Pensamientos claustrofóbicos sobre un futuro incierto

Claustrofobia. Foro por Catalina Olavarria

Claustrofobia. Foto por Catalina Olavarria

Hace varios años participaba en Internet en listas de correo electrónico dedicadas, entre otros, al hobbie de inventarse idiomas. Es un hobbie, usualmente inútil. Aunque J. R. R. Tolkien se haya inventado todo un mundo, escrito libros y los haya vendido muy bien, sólo para tener una excusa para inventar idiomas; aunque para Star Trek un lingüista se inventó el idioma Klingon y otras series de ciencia ficción hayan pagado a creadores para hacer más realistas los idiomas de otras razas; aunque L. L. Zamenhof haya pretendido alcanzar la paz mundial al inventarse el esperanto; a la hora de la verdad inventarse un nuevo idioma es algo inútil.

Pero ahí estaba yo, leyendo sobre las lenguas que otros inventaban y compartiendo mis ideas sobre un idioma más perfecto, o más natural, o más raro, lo que fuera. Y, entre tanto, aprendiendo de lingüística, de otras culturas, de ficción; de otras formas de ver el mundo.

Algunas de las personas que conocí en esa lista están hoy entre mis contactos de Facebook. Personas en otros lugares del mundo con quienes en algún momento de mi vida compartí algo que a casi nadie a mi alrededor le interesaba. Tolkien lo llamaba su vicio secreto. Años antes de que yo conociera Internet, cuando mi padre se enteró del tiempo que le dedicaba a uno de mis primeros idiomas, lo consideró algo inútil, sin propósito. En ese entonces conocía el esperanto y pronto me enteré que había otros idiomas creados para la comunicación universal, como el ido o interlingua. Mi invención era más una lengua secreta, y fue más secreta al saber que no era fácil compartirla. Más tarde supe del Klingon, pero no fue sino cuando conocí Internet que me enteré que había muchas más personas que se inventaban lenguas sólo por el placer de hacerlo.

Internet me ayudó a validarme. A saber que no estaba solo. Pronto empecé a participar en otros foros de distintos intereses. No era sólo la invención de lenguas o la recreación del mundo que realizo en mi mente, sino que podía hablar de muchos diversos temas y encontrarme con personas con las que podría entablar conversaciones.

No sé si es por mi personalidad introvertida, aunque a veces creo que también sufro de cierto grado de angustia social. Fui un niño bastante tímido en la escuela. Pocos amigos. Jugaba con ellos en los recreos pero casi nunca hice planes con mis compañeros de hacer algo por fuera. En algunas oportunidades de mi vida pude abrirme más, pero igual nunca fui de amigos, de compinches, de hablar sobre cualquier tema y compartir mi vida con las personas a mi alrededor. Tal vez porque muchos de mis temas eran muy míos, como mis idiomas. Tal vez porque me daba miedo exponerme como un ser vulnerable. Exponer mis inseguridades de adolescente y mis amores secretos. En ocasiones he visto descripciones de los introvertidos como personas que necesitan su tiempo a solas en lugar de necesitar vivir rodeados de gente. A veces me pregunto si más que introvertido soy un extrovertido frustrado.

Pero Internet me mostró otro mundo. Podía hablar de lo que no podía hablar con las personas que conocía, bien sea por pena o por que lo que decía incomodaba. En algún momento encontré un propósito en ayudar en la Wikipedia. Más adelante llegaría Facebook y la facilidad de tener esa confortable distancia conversacional con personas que ya conocía. Vino Twitter y la posibilidad de establecer nuevas relaciones.

Sí, relaciones distantes en gran medida, pero que en su momento se sienten cálidas y cercanas.

Pero, como digo, más que un introvertido soy un extrovertido frustrado. Frustrado por la angustia social, sobre todo. Pero en la constante necesidad de ser aceptado, de sentirme validado por otras personas. Las comunidades en línea, como esa lista de correos sobre lenguas ficticias, como Twitter, como Google plus, simulan esa parte hasta cierto punto. Pero también hace falta ese contacto humano directo. Y por contacto humano me refiero a más allá de mi familia. Ver caras diferentes. Tener conversaciones distintas. Conversaciones que no giren sobre cómo están los hijos y si ya hicieron las tareas; sobre si ya se pagó el recibo de la luz o que se acabó la comida de los gatos; sobre si finalmente voy a hacer algo productivo con mi vida.

Mi vida social virtual me consume demasiado tiempo. Tiempo que le robo a mi familia y tiempo que le robo a pretender que puedo tener una vida social no virtual. Pero sí, sobre todo tiempo que le robo a mi familia. Una vez más se me pide, como solución a mis problemas, que cierre todo: Twitter, Facebook, Google+; y una vez más creo que a la larga servirá de poco, excepto que una vez más me corto de ser alguien. Un paso más a ser un extrovertido frustrado. Un paso más a que las únicas interacciones que tendré son al interior de la familia y sólo para hablar de los problemas internos.

Hace años aprendí que dentro de mi familia no puedo hablar de mis sueños. Desde ese día que mi padre me dijo que inventarme idiomas era una tontería. Hasta otros sueños tal vez más cercanos y más útiles pero que siento que no los puedo conversar en medio del día a día de la casa, de los niños, etc.

No es que Internet y las redes sociales me estén ayudando a cumplir mis sueños, o siquiera a compartirlos. Pero el sólo prospecto de tener que cerrarlas es también cerrarle las puertas a ser un soñador, a eventualmente poder hablar con alguien sobre las cosas que me inquietan y que son demasiado inútiles como conversaciones familiares.

No sé cual sea mi lugar en este mundo. No funcioné como empleado. No he logrado despegar como emprendedor. Mi incursión política nunca despegó. No funciono en el hogar. Funciono en foros sólo porque no tengo un horario ni un compromiso real. Ni un aporte productivo real.

Pero pretender ser alguien. Pretender ese contacto humano real o virtual con alguien con quien pueda conversar sobre lo que me interesa, es un lujo que no estoy en capacidad de darme. Sacrificar mi poca pretensión de ser alguien para que las cosas que deben funcionar funcionen.

Asusta, porque ya sé que será otro fracaso y si voy a perder ese contacto con el mundo con el que sueño.

Asusta.

Y apesta.

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