Desconfianzas

Desconfío de las personas para quienes una idea se convierte en más importante que la gente.

Marchando_por_la_libertad_en_ColombiaEnero de 2008. Las Farc habían incumplido su promesa de liberar a Emmanuel, el hijo de Clara Rojas concebido y nacido en cautiverio. En el juego de liberaciones a cuenta gotas que mantuvieron las Farc durante los gobiernos de Álvaro Uribe, este hecho rebosó la copa de la indignación colombiana. Óscar Morales, un ingeniero de Barranquilla creó un grupo de Facebook bajo el nombre de No Más Farc y pronto ganó momento. En las primeras discusiones de qué hacer, más que simplemente ventilar indignaciones en un grupo, surgió la idea de convocar a una marcha: el objetivo era lograr, convocando por redes sociales, un millón de voces contra las Farc, a un mes de creado el grupo.

Participé desde casi el principio y, entre mis aportes, cree una aplicación para Facebook que enlazaba con la página web que montó Morales, y ayudé a elaborar un documento de preguntas frecuentes, un FAQ, que fue adoptado. El objetivo más general del grupo y de la marcha de Un millón de voces contra las Farc, era mostrarles a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo, que ellas no nos representa al pueblo colombiano. Uno de los lemas fue Colombia soy yo. Pero, más allá de eso, cada uno de nosotros, de los que convocaron, los que ayudamos, los que organizaron, los que participamos, tenía su propia idea de qué significaba no más Farc y qué país esperaban a cambio.

Pasó la multitudinaria manifestación. Fue bonito sentirse parte de algo. Pero no bastaba. Los muchos grupos que participaron de la organización, incluyendo el grupo de Facebook y sus administradores, continuaron trabajando. A un mes de la marcha contra las Farc, se había convocado otra contra el paramilitarismo. No fue una reacción, la verdad los convocantes habían venido trabajando desde antes. Para mí, así como para muchos de los que habíamos trabajado en Un millón de voces, las marchas eran complementarias: nos oponíamos a la violencia, bien fuera causada por las Farc y el Eln o por las Auc y sus engendros. Para otros era disonante: la marcha contra las Farc fue una marcha contra el comunismo y por ello no podrían marchar ahora al lado de los comunistas que convocaban la marcha contra las Auc.

Dentro del grupo No más Farc, pronto la línea anticomunista se impondría. Empezaron a censurar las voces que no nos ajustábamos a la línea editorial. La línea antiviolencia empezó a trabajar por otros lados y varios de nosotros fuimos encontrándonos, entre otros frentes, en el movimiento Visionarios de Antanas Mockus.

Bien. El 4F, la marcha de Un millón de voces contra las Farc, pasó hace más de ocho años. Cambiamos de presidente: Juan Manuel Santos Calderón se insinuó como el sucesor de Álvaro Uribe Velez. Antamas Mockus Šivickas se perfiló como el principal contendor, pero Santos terminó convenciendo mejor a los no uribistas de representar una opción más seria. Entre los votos del uribismo, de santistas de vieja data, y de personas que se sentían más seguros con la seriedad de Santos que la esperanza de Mockus, Santos se hizo en segunda vuelta la votación más alta que cualquier presidente de Colombia haya tenido.

Santos empezó siguiendo, casi al pie de la letra, las políticas de Uribe, pero se reconcilió con Ecuador y Venezuela. Deshizo la fracasada unión de los ministerios de Salud y Trabajo. Las Farc, que habían venido retomando iniciativa en combate, se siguió haciendo sentir. Uribe y sus seguidores empezaron a hablar de retroceso. En lo que parece ser más un caso de orfandad de poder, Uribe se alejó del presidente que ayudó a elegir y empezó a criticarlo. Dos años después Santos se había desprendido de todo rezago del uribismo y anunciaba el inicio de diálogos con las Farc.

Esos diálogos terminan en estos días y ahora nos corresponde al pueblo colombiano aceptar los acuerdos o rechazarlos.

Los antiviolencia que participamos el 4F en Un millón de voces contra las Farc, vemos esto como ese paso importante a una Colombia sin Farc. Los anticomunistas de entonces lo ven como una claudicación definitiva al Comunismo internacional.

doctor_faustoNo diré que el no al plebiscito venga todo de este anticomunismo dogmático, paranoico. Hay una parte importante que viene de ahí. Esas voces que sin leer los acuerdos ya están equiparando la Colombia de Santos con la Venezuela de Chávez y Maduro. Porque lo importante aquí no es mirar qué se tiene en las manos, sino una guerra de ideas. Y, la verdad, esta guerra de ideas no es muy disímil a cómo el gobierno ha querido vender los acuerdos: como si esta, y sólo esta, fuera la paz.

Una de las cosas que intentó hacer el presidente Uribe durante su mandato, una de las tesis centrales de la Doctrina de Seguridad Democrática, es considerar que en Colombia no hay una guerra civil, ni un conflicto armado, sino una amenaza a la democracia. Hay colombianos armados con fusiles y portando uniformes enfrentados a otros colombianos armados con fusiles y portando uniformes. En muchos diccionarios eso es una guerra civil. Las Farc y el Eln esgrimen una razón política basada en hechos tales como el acceso de los campesinos a la tierra, y en contra de una clase terrateniente que ha utilizado las armas del estado para proteger sus intereses. Objetivamente hay un conflicto armado. Pero el reconocimiento del conflicto, si bien no obliga, si confiere a los actores el carácter de partes. Farc y Eln, así como un grupo de estos terratenientes a los que se oponen, se aliaron con el narcotráfico. Los unos como una forma de financiación, los otros como protección de intereses mutuos. Estos nexos de las Farc y el Eln con el narcotráfico, junto con los actos terroristas que cometieron, llevó a que sus detractores simplemente los llamaran narcoterroristas. Su carácter insurgente, cualquier motivación política esgrimida, cualquier causa objetiva del conflicto, queda negada al llamárseles narcoterroristas.

Captura de pantalla de 2016-09-05 17-13-52Y ante narcoterroristas ninguna negociación es posible. En un conflicto se puede negociar entre las partes. En una guerra civil se negocia entre los bandos. Pero con los narcoterroristas no se negocia. Esto es, desde luego, una consigna general. En la práctica Uribe anunció varias veces la intención de negociar con las Farc, incluyendo la posibilidad de conceder indultos y permitir la participación en política de sus miembros. Pero al habérsele negado la posibilidad de continuar en la presidencia, en cabeza propia, o de un seguidor cercano como pudo serlo Andrés Felipe Arias, ahí si la consigna se convierte en grito de batalla y se culpa a Santos de negociar con narcoterroristas. Y de haber logrado un acuerdo.

En parte Uribe tenía razón para haber desconfiado de Santos. Si bien Santos aprovechó en 2010 el posicionamiento uribista, Santos no se debe exclusivamente a Uribe. Santos tiene un gran historial político antes del uribismo. Santos no sería un títere de Álvaro Uribe y por ello el distanciamiento. Pero en muchos uribistas queda la sensación de que Santos traicionó a Uribe. Y he aquí la otra razón para el no: la desconfianza sistemática hacia Juan Manuel Santos, sumada a la desconfianza sistemática a las Farc. Aún si el acuerdo entre el gobierno y las Farc fuera inmaculado, desde su ideología y análisis objetivo, no confían ni en Santos ni en las Farc y, por lo tanto, no confían en el acuerdo.

IMAGEN-11192182-1.pngDesde luego, no se necesita ser uribista para desconfiar de Santos. Y no se necesita ser uribista para desconfiar de las Farc. Las Farc han dado muchas muestras de no ser confiables, desde la silla vacía al lado del presidente Andrés Pastrana, hasta declaraciones en las que dicen buscar la paz como estrategia hacia el poder. Santos negocia con todo el mundo y no le cumple a nadie: campesinos, transportadores, grupos ecologistas, etc. Cuando anunciaron las negociaciones con las Farc yo mismo me preguntaba si Santos sería el interlocutor ideal.

Estas dos grandes razones para el no: la ideológica (zero concesiones al comunismo) y la desconfianza (hacia las Farc, hacia Santos, o hacia ambos) no las voy a cambiar con un artículo. Para cambiar una ideología, una visión filosófica de la realidad, es necesario una conversación larga, donde debo estar tan preparado para convencer como para dejarme convencer. Sobre la desconfianza, no seré yo quien trate de convencerlo a ud. que Santos y Timochenko son personas de confianza. Yo por mucho confío que sean los garantes, las organizaciones internacionales, y la fuerza que de la refrendación popular, la que sostenga esta apuesta que es el Acuerdo Final.

En los argumentos por el no, hay muchas personas que expresan dos oposiciones ideológicas puntuales: el hecho de que los autores de delitos atroces no paguen penas de cárcel, y un número fijo de escaños parlamentarios que tendrán aseguradas las Farc. Al menos es una oposición concreta con referencia a los acuerdos. Sin especulaciones sobre que estos escaños son una puerta al modelo venezolano, sí se crea un premio a la insurgencia armada, victimaria de terrorismo, a formar un partido político con ventajas jurídicas que otros partidos políticos no tienen, incluidos partidos nuevos que no tienen el bagaje de 200 años de violencia partidista en Colombia.

Este tipo de objeciones ideológicas basadas directamente en los acuerdos tienen más validez. Ese es el punto del plebiscito, en mi opinión, que como pueblo, como ciudadanía, escojamos entre dos escenarios: no hacer nada, o dar un paso por un bien mayor sabiendo que ese paso tendrá cosas posiblemente desagradables. Decir si creemos que ese bien mayor supera lo desagradable o si lo desagradable es tanto y el bien mayor tan poquito que es mejor no hacer nada. Si bien he visto muchas cosas que no me gustan, por ahora no he visto algo lo suficientemente desagradable que me lleve a pensar que es mejor dejar así, pero tu criterio puede ser otro, tu límite puede ser otro, o tu opinión sobre la importancia de ese bien mayor puede ser distinta.

El bien mayor del que hablamos no es la paz de Colombia. Es tan solo un paso hacia la construcción de la misma por medio de la desmovilización y desarme del grupo ilegal más grande que hay hoy en Colombia. El mercadeo de este acuerdo como si ya fuera la paz es inconveniente. Por un lado genera una falsa expectativa pero, sobre todo, porque eso da munición a la oposición porque pueden decir, con razón, que el acuerno no sólo no es la paz sino que no la garantiza. O incluso, como muchos dicen, es un paso equivocado hacia la paz. Ya vemos cómo el Eln quiere mostrar fortaleza frente a una eventual negociación y podríamos enfrentarnos a un nuevo proceso de violencia con el fin de lograr objetivos políticos.

Pero sí creo errado lo que algunos promotores del No dicen: que el acuerdo es un paso a una renegociación donde el estado sea menos generoso frente a las penas alternas y no haya tantas concesiones políticas. Para que haya un nuevo acuerdo con menos cosas que no nos gusten.

¿Es factible una renegociación?

Algunos dicen que sí. Que tras tanto anuncio de alto el fuego y una relativa convivencia pácifica durante el último año ni el gobierno ni las Farc estarían dispuestos a levantarse de la mesa. Otros dicen que no importa. Si las Farc realmente tienen voluntad de paz renegociarán y si no, entonces eso prueba lo que temían: que las Farc no tenían voluntad de paz. Mi respuesta es que no me importa comprobar si las Farc tienen o no voluntad de paz: quiero es que se desarmen.

En principio ni las Farc ni el gobierno han hablado de un plan B, ¿qué hacer si no pasa el plebiscito? En principio eso es no hacer nada. Es mantener el status quo. Lo que no queda claro es si es el status quo de una larga negociación en La Habana en medio del alto el fuego actual, o al status quo antes del inicio de las negociaciones: la guerra, el conflicto, o la amenaza terrorista, como querramos llamarlo.

Sin acuerdo, el alto el fuego es inestable, y eso significará más colombianos muertos. Sin acuerdo no hay incentivos para los frentes de las Farc para abandonar la extorsión, o eventualmente decir qué pasó con los secuestrados en medio de un proceso de reparación.

Tal vez haya renegociación, y tal vez las Farc sean más humildes esta vez. (¿Realmente creen eso?) ¿Será suficiente? O habrá otro No para que haya otra renegociación hasta que sea aceptable: la rendición incondicional de las Farc.

Ver el no como una prueba para las Farc, o como un mensaje pensando en una renegociación, me parece peligroso. Más bien digan que votan No porque los sapos son muy difíciles de tragar y lo que se logra a cambio: el desarme de las Farc, no es suficiente.

castrochavistaFinalmente están los puntos del acuerdo que no son claros. ¿Cuáles son las nuevas circunscripciones especiales? ¿Qué son «las conductas criminales que amenacen la implementación de los acuerdos y la construcción de paz» que se definirían en el inexistente punto 3.7? Aquí nos toca dar un voto de confianza o desconfianza. No confío particularmente en Santos y en las Farc, pero por razones distintas. No creo que Santos esté confabulando con las Farc, ni mucho menos Humberto de La Calle Lombana y los otros negociadores colombianos. Como tal no creo que nos estén ocultando la receta de cocina para la implementación de Socialismo del Siglo XXI, y por otro lado hay suficientes ojos encima de estos acuerdos que me hacen pensar en dar mi voto de confianza. Pero frente a estas incertidumbres no puedo culpar a quien decida dar un voto de desconfianza.

Desconfío de las personas para quienes una idea se convierte en más importante que la gente. Es por esto que desconfío de las Farc. Pero también desconfío de quienes se les hace la boca agua hablando del principio de la no impunidad, o de quienes decidieron que cualquier cosa vale para contrarrestar el socialismo. Desconfío quien automáticamente llama narcoterrorista a un colombiano reclutado por el lado equivocado de la guerra, porque no es guerra, ni es persona: es una idea. Desconfío del que usa lemas y consignas en lugar de puntos y argumentos. Desconfío del que ya decidió su voto y considera que todo vale, incluyendo ignorar los problemas de sus aliados y se sirve de la manipulación mediática.

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