Sobre #MeToo (#YoTambién)

Recientemente leía en Quora las respuestas y comentarios a una pregunta: «¿Que errores comunes cometen las escritoras al retratar personajes masculinos?». (También existe la pregunta sobre los errores comunes de los escritores varones al retratar mujeres.) Dos tipos de errores sobresalen en la mayoría de respuestas: retratar a los varones como mujeres con bigote, o retratarlos como robots sin sentimientos.

Entendiendo primero que todos somos individuos y que hay una gran variación y excepciones, sí hay comportamientos que son más predominantemente femeninos y otros que son más predominantemente masculinos. Y como lectores o espectadores de una película o serie, muchas veces notamos cuando algo no es correcto. En general los hombres tenemos el mismo rango de sentimientos que una mujer, pero lo expresamos diferente. Bien sea por cultura o biología, nuestro papel no es compartir nuestros sentimientos sino actuar. Desde luego nuestros sentimientos, temores, frustraciones, expectativas, repercuten en nuestras acciones, pero no necesariamente en nuestras palabras. Usualmente no en nuestras palabras. Una escritora poco experimentada puede caer así en una de las dos trampas: poner a su personaje masculino a expresar constantemente sus sentimientos, o asumir que porque no los expresa es porque no los tiene.

Otro punto que se destaca frecuentemente es la diferencia de actitud de hombres y mujeres frente a los problemas. En muchos casos la mujer busca es validar sus sentimientos frente al problema. Para el hombre es un llamado a una acción para resolverlo. Esto me recuerda la escena de Inside Out en la cual Riley se rebela en la mesa. La mamá de Riley observa la situación y requiere del apoyo del papá para enfrentarla, buscar un consenso. El papá está distraído, leyendo o algo. Cuando le hacen caer en cuenta que hay un problema su actitud es tomar una acción inmediata: castigar a Riley enviándola a su cuarto. Problema resuelto. Fin de la situación. Regresamos a la normalidad. La mamá desde luego no está satisfecha. Pero decide no desgastarse.

Una respuesta parte de una hipótesis. Los hombres somos esencialmente solitarios. Bien por cultura o por naturaleza nuestros problemas son nuestros problemas y nos compete a nosotros resolverlos (sea que lo hagamos o no). No quiere decir que nos echemos toda la carga: pedir ayuda es una forma de intentar resolver nuestros problemas, pero no hay necesidad de hablar de nuestros problemas a menos que estemos haciendo precisamente eso: pidiendo ayuda. Ya las diferencias de personalidad y nuestras diferentes experiencias harán que este hombre solitario busque resolver sus problemas de una forma u otra.

Desde luego son generalidades. Hay diferencias entre individuos, y dentro de un individuo hay momentos. Muchas veces los hombres reventamos y ya no buscamos ayuda sino consuelo. Muchas veces las mujeres entienden que el problema hay que resolverlo sin esperar a validar consensos. Un buen escritor (hombre o mujer) entiende cuando la historia puede provocar una excepción a la norma y hacer a sus personales más creíbles.Pero no voy a extenderme en estereotipos en obras de ficción.

Voy a hablar de sexismo. Voy a hablar de acoso. Y voy a hablar de actitudes.

Una de las respuestas habla sobre el sexismo. El sexismo típico no se trata de un hombre que odia a las mujeres y se la pasa hablando de qué tan malas son las mujeres o por qué las mujeres deben permanecer en la cocina. El sexismo típico es un hombre que ni siquiera se siente sexista, sino inseguro. Se siente amenazado y termina expresando su frustración con la idea de que algo está mal porque una mujer osó salir de la cocina.

A veces los mismos hombres no entendemos esto. Crecimos con la expectativa de que debemos enfrentar nuestros temores, no hablar de ellos. ¡Sea varón! En una aldea primitiva los varones eramos la primera línea de defensa cuando nos amenazaba un león o una tribu vecina. No hay tiempo para sentimientos: hay que actuar. Nuestra adrenalina debe estar lista para repeler el ataque. La segunda línea de defensa, si la primera falla, son nuestras mamás, pero la situación suele dar tiempo para que estas se preparen. Esta segunda línea de defensa requiere ser más elaborada, menos impulsiva. Pero regresemos a la primera línea: la acción debe ser rápida; los temores deben ser dejados de lado.

Estamos lejos de esa aldea primitiva, pero muchas de las actitudes se conservan, bien heredadas por nuestros genes o por nuestra cultura. Pero aunque nos reservamos nuestros temores y sentimientos ellos siguen allí. No importa cuan vulnerables nos sentimos, debemos aparentar que estamos controlando la situación. Podemos actuar como bravucones temerarios cuando estamos cagados de miedo.

Crecí en los años 1980. La típica comedia romántica de la época se basaba en la conquista amorosa: la idea de que si insistimos lo suficiente por la mujer adecuada podemos conquistarla. El nerd que conquista a la reina de de la promoción. En algunos casos la comedia se basa en que equivocamos a la mujer adecuada, pero al final se resuelve y nuestra alma gemela no era la reina sino nuestra amiga de toda la vida.

La idea de conquista no es de los años 1980. Viene de mucho antes. Es Condorito y Pepe Cortisona peléandose por Yayita. Popeye y Brutus por Olivia. La perseverancia es vista como un valor. Hay que impresionar. Hay que mostrar interés pero no mostrar el hambre.

Hoy veo al feminismo denunciando al coqueteo. Insistiendo que no es no. Recordándonos que insistir es acoso. Una primera reacción es que nos cambiaron las reglas del juego. Tal vez un varón entienda que hay un coqueteo vulgar y entienda que ese es un límite que no debería cruzar, pero siente que el sólo hecho de expresar que está interesado será interpretado como acoso. O tan sólo saludar. ¿Lo es? La perseverancia ya no es un valor sino abuso.

Esto genera frustración y sentimientos de vulnerabilidad. Pero somos varones. No hablamos de cómo nos sentimos. Actuamos. Y actuamos vergonzantemente, apoyando esas ideas feministas como una forma de decirnos a nosotros mismos que no somos esos machos misóginos que ellas denuncian. O actuamos denunciando a las feminazis que quieren prohibirnos incluso decir algo lindo sobre nuestros congéneres. Actuamos culpando a otro: a esos machos que no son como uno pero nos dan mal nombre, o a esas feministas que no distinguen a un hombre decente como uno de un machista. Actuamos culpándonos a nosotros mismos por no ser suficientemente buenos, o por no ser suficientemente varones para defender nuestra posición. Actuamos pensando que siempre hemos estado en lo correcto y no no venga una feminista a decirnos cómo actuar o qué decir.

Y viene ahora una campaña como el #MeToo, el #YoTambién. Se trata de visibilizar el acoso, y el problema es que es muy fácil no entender de qué se trata.

Mi generación creció en una etapa de transición. Muchos de mis compañeros, yo mismo, crecimos con una mamá en casa, pero había ya varias mujeres ocupando trabajos antes reservados para los varones. Hoy en día la fuerza laboral es casi pareja y son raras las mujeres que tienen el privilegio (o la carga) de poder permanecer en casa con sus hijos. La economía se adaptó a absorber esa nueva fuerza laboral y los salarios se adaptaron a no sostener una familia sino media.

Ha habido muchos cambios hacia la igualdad y varios de ellos los hemos presenciado a lo largo de nuestras vidas, y por ello es fácil creer que esa igualdad ha sido conquistada. Nuestra generación no es como la de nuestros abuelos en que el machismo era la norma. Nosotros no somos como esos países árabes que obligan a las mujeres a usar nicab. No somos como en la india donde una pandilla viola a una chica en un tren y los absuelven a todos. Entonces ¿de qué se quejan esas feministas? Ya conquistaron el voto y el derecho a trabajar fuera de casa, ahora se quejan de cómo hablamos y qué decimos.

Pero aun falta mucho para esa igualdad. Y #MeToo es una prueba de ello.

Casi todas las mujeres en mi entorno han sido víctimas de alguna forma de abuso y acoso. Hay dos posibles explicaciones: una es que aun quedan unos pocos acosadores seriales, u otra que los varones somos acosadores por naturaleza.

Ahora, muchos de nosotros “sabemos” que no somos nosotros los acosadores. La idea de que somos acosadores por naturaleza es incómoda. Nos hace quedar mal. Nos destruye el mito de que ya la igualdad ha sido conquistada. Así que la explicación debe ser otra.

También aborrecemos a los acosadores seriales. Si llegáramos a descubrir a alguno, lo lincharíamos. No lo toleraríamos en nuestro círculo. Esos deben ser unos desadaptados que no nos representan.

Entonces debe haber otra explicación: las mujeres (o las feministas) están exagerando o muchos de los casos de abuso y acoso se trata de malentendidos o exageraciones.

Pero el problema es más complejo. Un acosador no es un personaje excluido y solitario, sino que es nuestro compañero de trabajo con el que compartimos unas cervezas y, dentro de nuestra experiencia, es un tipo decente. Un acosador puede ser el gerente, deportista, cantante o político que admiramos. Un acosador puede ser el soldado de la patria que nos defiende de esos facinerosos comunistas. Un acosador no es un marginado al que yo pueda rechazar sino una persona que se parece a mí, o se parece a quien yo admiro. Si lo acusan me podrían estar acusando a mí. Tal vez fue un mal entendido (y yo podría ser víctima de un malentendido similar). Si lo acusan es porque se le quieren tirar la carrera. Si la acusan es porque quieren mancillar el buen nombre de nuestro ejército.

En últimas la acusación es un golpe más a nuestras vulnerabilidades, temores y frustraciones que no debemos admitir.

Prefiero dejar claro una cosa aquí. Yo no soy una persona moralmente perfecta y fácilmente, cuando algunas de mis amigas de Facebook escriben en su estado #MeToo pueden estarse refiriendo a mí, sea que ellas se hayan dado cuenta o no. Tal vez mi personalidad introvertida y timidez impidieron que yo fuese más acosador de lo que he sido. Porque lo he sido.

Sí, lo admito. Yo he acosado en formas en las que hoy soy consciente. Y probablemente también he acosado en formas en las que aún no soy consiente todavía. Y no es algo que me enorgullece sino que me avergüenza.

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