No me gusta el trago

No me gusta el trago. Sabe feo. Me parecía feo cuando mis padres me lo ofrecían de niño (eran otras épocas) y por ello lo seguí rechazando al hacerme más viejo. No soy abstemio completo. Muy de vez en cuando me he tomado una cerveza para la sed. Una. Una botella de 250 cc, porque una pinta no me cabe. Ni la segunda botella. A veces ni siquiera me puedo terminar esa servida porque no me gusta.

Aguardiente

Aguardiente – vía https://foundation.wikimedia.org/wiki/File:Aguardientes_de_colombia_mas.JPG

No me gustan las personas con tufo. Bueno, otros no gustarán de mi aliento descuidado, pero no hablo de ellos. Hablo de que no me gustan las personas con tufo, con el aliento de bebedor. No me gustan los borrachos extrovertidos que quieren ver a todos a su alrededor tomando con ellos disque para que nos sintamos bien. No me gustan, en absoluto, los conductores borrachos.

No me gustan las odas al trago. La idea culturalmente aceptada de que tomar alcohol es lo que separa a los hombres de los niños. La idea de que tomar licor es bueno, de que es un ideal, de que no hay vida si no hay trago. No soy fanático. Un brindis está bien, pero que el plan sea salir un viernes de la oficina para emborracharse me parece deplorable y me parece triste de que eso se celebre.

Pero si para mi hay algo claro es que no tengo el derecho de imponer mis gustos sobre los demás. En particular sobre otros adultos. Salvo que yo sea custodio legal de un adulto no me corresponde decirle qué debe hacer o no con su vida. Puedo aconsejarle. Puedo restringirle mis espacios (por ejemplo, no permitirle a un amigo entrar a mi casa mientras esté borracho). Puedo decidir libremente hacer o no negocios con una persona que tenga un comportamiento ofensivo (bajo ciertas limitaciones legales destinadas a evitar la discriminación). Puedo hacer todo lo legalmente posible para evitar que maneje bajo la influencia del alcohol (y si yo fuere policía, lo legalmente posible, si no mi obligación, será arrestarlo). Puedo opinar abiertamente que una persona que no controle la bebida no esté cerca de mis hijos. Pero la decisión de si toma ocasionalmente o regularmente, de si controla al trago o el trago lo controla a él o ella, le corresponde a esa persona adulta.

Persona adulta.

Creo que la obligación social de cuidar a nuestros menores, así yo no sea el custodio legal de un menor de edad en particular. Y parte de esa obligación social es evitar que estos menores sean expuestos a los peligros del alcohol. Hoy sabemos cosas que mis padres no sabían cuando yo era niño. Así como yo aprendí que no me gustaba el trago, otros niños aprenden que sí, pero también hay ya estudios que muestran que la probabilidad de incidencia del alcoholismo aumenta entre más temprano se inicie el consumo de alcohol. También se sabe hoy que el alcohol afecta al formación del cerebro. El cerebro se termina de formar al rededor de los 25 años, aunque es poco lo que crece entre los 18 y los 25. Un consumo habitual, aun sin caer en alcoholismo, entre los 16 y los 18 años afecta negativamente el desarollo del cerebro. Hay razones más alla de las legales por las cuales no hay que darle alcohol a los menores de edad.

Ya dije que aunque no me gusta el trago no soy fanático. Brindar me parece bien. Tomar una cerveza o un vino con el almuerzo me parece bien. Mientras se respete al que no quiere consumir, está bien. No objeto el consumo moderado por parte de personas adultas. Si el trago te ayuda a desinibirte y tener una mejor relación social, bien puedas. Si un día decides que quieres emborracharte y disfrutar cada etapa del alicoramiento, mientras hayas entregado las llaves de tu automóvil bien puedas. Si no pudiste controlarlo y hoy eres un alcohólico y un borracho, no está bien, pero fue una decisión que tomaste como adulto. Te aconsejo que busques tratamiento. Si eres un alcohólico sobrio, te felicito: mantente sobrio; un día a la vez.

Eso sí me parece importante, no sólo no dar trago a los menores, sino hace todo lo posible como sociedad para evitar el alcoholismo infantil. Suspender la licencia de quienes vendan licor a menores de edad. Multar a los establecimientos que no verifiquen la edad de a quienes venden. Sancionar a los padres y otros adultos que inciten al consumo de licor a menores. Perseguir fuertemente a quienes ilegalmente le vendan alcohol a los niños, o a la salida de colegios. Y aquí no me importa si quien vende carga una caja de doce medias de aguardiente o botellitas de colección: si su objetivo es que sean menores de edad quienes consuman ese trago ha de ser sancionado.

También me parece importante ser firmes con el control del trago adulterado. Si quieres consumir aguardiente Tres Esquinas o whisky Buchanans, sería bueno que tengas una garantía razonable de que efectivamente sea aguardiente Tres Esquinas o whisky Buchanans y no metanol. Si quieres consumir chicha artesanal, que al menos haya una garantía razonable de que tampoco haya metanol en la mezcla.

Pues bien. Lo mismo que pienso sobre el alcohol, lo pienso sobre el cigarrillo (exepto que lo tolero aún menos: quien fuma no sólo consume él o ella sino que nos pone a consumir a los que estamos al lado), sobre la mariguana, el peyote, la cocaína, la heroína y cualquier otra droga. Algunas de esas otras drogas son peores que el alcohol. En otras drogas hoy ilegales, el alcohol es objetivamente peor. Algunas son más adictivas que otras. Una de las más adictivas es la nicotina. Mucho más adictiva que la heroína. Y aun así hay quienes sólo son fumadores ocasionales.

Hoy es fácil tener una discusión abierta sobre el consumu de alcohol. Podemos discutir qué es un consumo razonable. Qué es un consumo moderado. Qué es alcoholismo. Podemos discutir hasta dónde es inocuo el trago y a partir de cuando no, porque sabemos los problemas del consumo excesivo pero también porque es legal y porque está regulado. El carácter ilegal de otras drogas hacen que esta discusión sea menos razonable y más llena de mitos.

Hoy podemos encontrar muchas odas al trago, e incluso odas a emborracharse. Y como padres, maestros o custodios de menores de edad es nuestra responsabilidad matizar el contexto. ¿Por qué yo puedo tomarme una cerveza con el almuerzo pero mi hijo no? Es algo que podemos hablar. Es una buena forma de entender contextos y enseñarle a nuestros niños sobre estos contextos. Y esa discusión es posible porque mi vaso de cerveza está a la vista de todos los comensales.

Y así debería ser con todo. Por más que hablemos de los peligros de las drogas, nuestros hijos encontrarán en internet a personas defendiendo el uso recreativo de la mariguana y del extasis. Y si no podemos hablar abiertamente con ellos de eso bien podrán convencerse, desde su rebeldía de adolecentes (o de prepúberes) que somos nosotros los mentirosos.

Ese es el tipo de discusión que hoy podemos tener con el trago es el tipo de discusión que deberíamos tener con nuestros hijos sobre la mariguana. Sobre la heroína. Sobre la pornografía. Sobre el sexo. Sobre la presión de grupo.

Pretender que el problema no existe, o que la mejor forma de controlarlo es que los policías se dediquen a decomisar dosis personales, es eludir el problema. Y sí, tal vez nuestros hijos se salven por estar menos expuestos. Tal vez no porque creímos que estaban a salvo y nos dimos cuenta cuando ya era tarde. Porque confiamos que fuera papá estado y sus policías quienes tuvieran a nuestros hijos a salvo y no nosotros.

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