Desconfianzas

Desconfío de las personas para quienes una idea se convierte en más importante que la gente.

Marchando_por_la_libertad_en_ColombiaEnero de 2008. Las Farc habían incumplido su promesa de liberar a Emmanuel, el hijo de Clara Rojas concebido y nacido en cautiverio. En el juego de liberaciones a cuenta gotas que mantuvieron las Farc durante los gobiernos de Álvaro Uribe, este hecho rebosó la copa de la indignación colombiana. Óscar Morales, un ingeniero de Barranquilla creó un grupo de Facebook bajo el nombre de No Más Farc y pronto ganó momento. En las primeras discusiones de qué hacer, más que simplemente ventilar indignaciones en un grupo, surgió la idea de convocar a una marcha: el objetivo era lograr, convocando por redes sociales, un millón de voces contra las Farc, a un mes de creado el grupo.

Participé desde casi el principio y, entre mis aportes, cree una aplicación para Facebook que enlazaba con la página web que montó Morales, y ayudé a elaborar un documento de preguntas frecuentes, un FAQ, que fue adoptado. El objetivo más general del grupo y de la marcha de Un millón de voces contra las Farc, era mostrarles a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo, que ellas no nos representa al pueblo colombiano. Uno de los lemas fue Colombia soy yo. Pero, más allá de eso, cada uno de nosotros, de los que convocaron, los que ayudamos, los que organizaron, los que participamos, tenía su propia idea de qué significaba no más Farc y qué país esperaban a cambio.

Pasó la multitudinaria manifestación. Fue bonito sentirse parte de algo. Pero no bastaba. Los muchos grupos que participaron de la organización, incluyendo el grupo de Facebook y sus administradores, continuaron trabajando. A un mes de la marcha contra las Farc, se había convocado otra contra el paramilitarismo. No fue una reacción, la verdad los convocantes habían venido trabajando desde antes. Para mí, así como para muchos de los que habíamos trabajado en Un millón de voces, las marchas eran complementarias: nos oponíamos a la violencia, bien fuera causada por las Farc y el Eln o por las Auc y sus engendros. Para otros era disonante: la marcha contra las Farc fue una marcha contra el comunismo y por ello no podrían marchar ahora al lado de los comunistas que convocaban la marcha contra las Auc.

Dentro del grupo No más Farc, pronto la línea anticomunista se impondría. Empezaron a censurar las voces que no nos ajustábamos a la línea editorial. La línea antiviolencia empezó a trabajar por otros lados y varios de nosotros fuimos encontrándonos, entre otros frentes, en el movimiento Visionarios de Antanas Mockus.

Bien. El 4F, la marcha de Un millón de voces contra las Farc, pasó hace más de ocho años. Cambiamos de presidente: Juan Manuel Santos Calderón se insinuó como el sucesor de Álvaro Uribe Velez. Antamas Mockus Šivickas se perfiló como el principal contendor, pero Santos terminó convenciendo mejor a los no uribistas de representar una opción más seria. Entre los votos del uribismo, de santistas de vieja data, y de personas que se sentían más seguros con la seriedad de Santos que la esperanza de Mockus, Santos se hizo en segunda vuelta la votación más alta que cualquier presidente de Colombia haya tenido.

Santos empezó siguiendo, casi al pie de la letra, las políticas de Uribe, pero se reconcilió con Ecuador y Venezuela. Deshizo la fracasada unión de los ministerios de Salud y Trabajo. Las Farc, que habían venido retomando iniciativa en combate, se siguió haciendo sentir. Uribe y sus seguidores empezaron a hablar de retroceso. En lo que parece ser más un caso de orfandad de poder, Uribe se alejó del presidente que ayudó a elegir y empezó a criticarlo. Dos años después Santos se había desprendido de todo rezago del uribismo y anunciaba el inicio de diálogos con las Farc.

Esos diálogos terminan en estos días y ahora nos corresponde al pueblo colombiano aceptar los acuerdos o rechazarlos.

Los antiviolencia que participamos el 4F en Un millón de voces contra las Farc, vemos esto como ese paso importante a una Colombia sin Farc. Los anticomunistas de entonces lo ven como una claudicación definitiva al Comunismo internacional.

doctor_faustoNo diré que el no al plebiscito venga todo de este anticomunismo dogmático, paranoico. Hay una parte importante que viene de ahí. Esas voces que sin leer los acuerdos ya están equiparando la Colombia de Santos con la Venezuela de Chávez y Maduro. Porque lo importante aquí no es mirar qué se tiene en las manos, sino una guerra de ideas. Y, la verdad, esta guerra de ideas no es muy disímil a cómo el gobierno ha querido vender los acuerdos: como si esta, y sólo esta, fuera la paz.

Una de las cosas que intentó hacer el presidente Uribe durante su mandato, una de las tesis centrales de la Doctrina de Seguridad Democrática, es considerar que en Colombia no hay una guerra civil, ni un conflicto armado, sino una amenaza a la democracia. Hay colombianos armados con fusiles y portando uniformes enfrentados a otros colombianos armados con fusiles y portando uniformes. En muchos diccionarios eso es una guerra civil. Las Farc y el Eln esgrimen una razón política basada en hechos tales como el acceso de los campesinos a la tierra, y en contra de una clase terrateniente que ha utilizado las armas del estado para proteger sus intereses. Objetivamente hay un conflicto armado. Pero el reconocimiento del conflicto, si bien no obliga, si confiere a los actores el carácter de partes. Farc y Eln, así como un grupo de estos terratenientes a los que se oponen, se aliaron con el narcotráfico. Los unos como una forma de financiación, los otros como protección de intereses mutuos. Estos nexos de las Farc y el Eln con el narcotráfico, junto con los actos terroristas que cometieron, llevó a que sus detractores simplemente los llamaran narcoterroristas. Su carácter insurgente, cualquier motivación política esgrimida, cualquier causa objetiva del conflicto, queda negada al llamárseles narcoterroristas.

Captura de pantalla de 2016-09-05 17-13-52Y ante narcoterroristas ninguna negociación es posible. En un conflicto se puede negociar entre las partes. En una guerra civil se negocia entre los bandos. Pero con los narcoterroristas no se negocia. Esto es, desde luego, una consigna general. En la práctica Uribe anunció varias veces la intención de negociar con las Farc, incluyendo la posibilidad de conceder indultos y permitir la participación en política de sus miembros. Pero al habérsele negado la posibilidad de continuar en la presidencia, en cabeza propia, o de un seguidor cercano como pudo serlo Andrés Felipe Arias, ahí si la consigna se convierte en grito de batalla y se culpa a Santos de negociar con narcoterroristas. Y de haber logrado un acuerdo.

En parte Uribe tenía razón para haber desconfiado de Santos. Si bien Santos aprovechó en 2010 el posicionamiento uribista, Santos no se debe exclusivamente a Uribe. Santos tiene un gran historial político antes del uribismo. Santos no sería un títere de Álvaro Uribe y por ello el distanciamiento. Pero en muchos uribistas queda la sensación de que Santos traicionó a Uribe. Y he aquí la otra razón para el no: la desconfianza sistemática hacia Juan Manuel Santos, sumada a la desconfianza sistemática a las Farc. Aún si el acuerdo entre el gobierno y las Farc fuera inmaculado, desde su ideología y análisis objetivo, no confían ni en Santos ni en las Farc y, por lo tanto, no confían en el acuerdo.

IMAGEN-11192182-1.pngDesde luego, no se necesita ser uribista para desconfiar de Santos. Y no se necesita ser uribista para desconfiar de las Farc. Las Farc han dado muchas muestras de no ser confiables, desde la silla vacía al lado del presidente Andrés Pastrana, hasta declaraciones en las que dicen buscar la paz como estrategia hacia el poder. Santos negocia con todo el mundo y no le cumple a nadie: campesinos, transportadores, grupos ecologistas, etc. Cuando anunciaron las negociaciones con las Farc yo mismo me preguntaba si Santos sería el interlocutor ideal.

Estas dos grandes razones para el no: la ideológica (zero concesiones al comunismo) y la desconfianza (hacia las Farc, hacia Santos, o hacia ambos) no las voy a cambiar con un artículo. Para cambiar una ideología, una visión filosófica de la realidad, es necesario una conversación larga, donde debo estar tan preparado para convencer como para dejarme convencer. Sobre la desconfianza, no seré yo quien trate de convencerlo a ud. que Santos y Timochenko son personas de confianza. Yo por mucho confío que sean los garantes, las organizaciones internacionales, y la fuerza que de la refrendación popular, la que sostenga esta apuesta que es el Acuerdo Final.

En los argumentos por el no, hay muchas personas que expresan dos oposiciones ideológicas puntuales: el hecho de que los autores de delitos atroces no paguen penas de cárcel, y un número fijo de escaños parlamentarios que tendrán aseguradas las Farc. Al menos es una oposición concreta con referencia a los acuerdos. Sin especulaciones sobre que estos escaños son una puerta al modelo venezolano, sí se crea un premio a la insurgencia armada, victimaria de terrorismo, a formar un partido político con ventajas jurídicas que otros partidos políticos no tienen, incluidos partidos nuevos que no tienen el bagaje de 200 años de violencia partidista en Colombia.

Este tipo de objeciones ideológicas basadas directamente en los acuerdos tienen más validez. Ese es el punto del plebiscito, en mi opinión, que como pueblo, como ciudadanía, escojamos entre dos escenarios: no hacer nada, o dar un paso por un bien mayor sabiendo que ese paso tendrá cosas posiblemente desagradables. Decir si creemos que ese bien mayor supera lo desagradable o si lo desagradable es tanto y el bien mayor tan poquito que es mejor no hacer nada. Si bien he visto muchas cosas que no me gustan, por ahora no he visto algo lo suficientemente desagradable que me lleve a pensar que es mejor dejar así, pero tu criterio puede ser otro, tu límite puede ser otro, o tu opinión sobre la importancia de ese bien mayor puede ser distinta.

El bien mayor del que hablamos no es la paz de Colombia. Es tan solo un paso hacia la construcción de la misma por medio de la desmovilización y desarme del grupo ilegal más grande que hay hoy en Colombia. El mercadeo de este acuerdo como si ya fuera la paz es inconveniente. Por un lado genera una falsa expectativa pero, sobre todo, porque eso da munición a la oposición porque pueden decir, con razón, que el acuerno no sólo no es la paz sino que no la garantiza. O incluso, como muchos dicen, es un paso equivocado hacia la paz. Ya vemos cómo el Eln quiere mostrar fortaleza frente a una eventual negociación y podríamos enfrentarnos a un nuevo proceso de violencia con el fin de lograr objetivos políticos.

Pero sí creo errado lo que algunos promotores del No dicen: que el acuerdo es un paso a una renegociación donde el estado sea menos generoso frente a las penas alternas y no haya tantas concesiones políticas. Para que haya un nuevo acuerdo con menos cosas que no nos gusten.

¿Es factible una renegociación?

Algunos dicen que sí. Que tras tanto anuncio de alto el fuego y una relativa convivencia pácifica durante el último año ni el gobierno ni las Farc estarían dispuestos a levantarse de la mesa. Otros dicen que no importa. Si las Farc realmente tienen voluntad de paz renegociarán y si no, entonces eso prueba lo que temían: que las Farc no tenían voluntad de paz. Mi respuesta es que no me importa comprobar si las Farc tienen o no voluntad de paz: quiero es que se desarmen.

En principio ni las Farc ni el gobierno han hablado de un plan B, ¿qué hacer si no pasa el plebiscito? En principio eso es no hacer nada. Es mantener el status quo. Lo que no queda claro es si es el status quo de una larga negociación en La Habana en medio del alto el fuego actual, o al status quo antes del inicio de las negociaciones: la guerra, el conflicto, o la amenaza terrorista, como querramos llamarlo.

Sin acuerdo, el alto el fuego es inestable, y eso significará más colombianos muertos. Sin acuerdo no hay incentivos para los frentes de las Farc para abandonar la extorsión, o eventualmente decir qué pasó con los secuestrados en medio de un proceso de reparación.

Tal vez haya renegociación, y tal vez las Farc sean más humildes esta vez. (¿Realmente creen eso?) ¿Será suficiente? O habrá otro No para que haya otra renegociación hasta que sea aceptable: la rendición incondicional de las Farc.

Ver el no como una prueba para las Farc, o como un mensaje pensando en una renegociación, me parece peligroso. Más bien digan que votan No porque los sapos son muy difíciles de tragar y lo que se logra a cambio: el desarme de las Farc, no es suficiente.

castrochavistaFinalmente están los puntos del acuerdo que no son claros. ¿Cuáles son las nuevas circunscripciones especiales? ¿Qué son «las conductas criminales que amenacen la implementación de los acuerdos y la construcción de paz» que se definirían en el inexistente punto 3.7? Aquí nos toca dar un voto de confianza o desconfianza. No confío particularmente en Santos y en las Farc, pero por razones distintas. No creo que Santos esté confabulando con las Farc, ni mucho menos Humberto de La Calle Lombana y los otros negociadores colombianos. Como tal no creo que nos estén ocultando la receta de cocina para la implementación de Socialismo del Siglo XXI, y por otro lado hay suficientes ojos encima de estos acuerdos que me hacen pensar en dar mi voto de confianza. Pero frente a estas incertidumbres no puedo culpar a quien decida dar un voto de desconfianza.

Desconfío de las personas para quienes una idea se convierte en más importante que la gente. Es por esto que desconfío de las Farc. Pero también desconfío de quienes se les hace la boca agua hablando del principio de la no impunidad, o de quienes decidieron que cualquier cosa vale para contrarrestar el socialismo. Desconfío quien automáticamente llama narcoterrorista a un colombiano reclutado por el lado equivocado de la guerra, porque no es guerra, ni es persona: es una idea. Desconfío del que usa lemas y consignas en lugar de puntos y argumentos. Desconfío del que ya decidió su voto y considera que todo vale, incluyendo ignorar los problemas de sus aliados y se sirve de la manipulación mediática.

Inadmisibles

2245170100_331066e3ca_bQue quede claro: las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Farc, que negociaron con el gobierno del Presidente Juan Manuel Santos Calderón, no estaban derrotadas hace cuatro años cuando iniciaron las conversaciones, ni hace seis años cuando Álvaro Uribe terminó su segundo mandato. Estaban muy golpeadas, eso sí, al punto que entendieron que continuar la lucha armada era vano. Pero no estaban derrotadas y por ello los diálogos en La Habana no se trataban de un sometimiento a la justicia, ni una rendición, sino una salida negociada.

Muchos hubiéramos preferido una rendición, pero a veces no se trata de lo que se quiere sino de lo que se puede lograr. Las Farc fueron muy golpeadas durante el gobierno de Uribe y su cambio de estrategia. Durante los primeros dos años de la presidencia de Santos, las Farc continuaron recibiendo golpes, incluyendo las muertes en combate de Jorge Briceño (Mono Jojoy) y Alfonso Cano. Juan Manuel Santos, como Ministro de Defensa y después como Presidente, acabó con toda la cúpula militar de las Farc de 2006. Bueno, Manuel Marulanda (Tirofijo) murió enfermo, en una cueva, incapaz de recibir atención médica.

Pero a pesar de esos golpes, aún había frentes activos. En 2010, cuando Uribe dejó su presidencia, las Farc seguían combatiendo y seguían reclutando y extorsionando y emboscando soldados. Nunca dejaron de hacerlo durante los ocho años del gobierno de Uribe. Pero Uribe y los dos primeros años de Santos sí los convencieron de que la insurrección armada era inútil, y por ello mismo estuvieron dispuestos a negociar.

IMAGEN-11192182-1.pngNo es que no estuvieran dispuestos antes. No creo que el Caguán haya sido una farsa. Uribe también les ofreció diálogos. Pero Andrés Pastrana Arango y Álvaro Uribe Vélez se equivocaron en leer a su interlocutor. Fueron dos gobiernos y una guerrilla enfrascados en determinar inamovibles de lado y lado. En la mentalidad de Uribe sólo había una condición: que las Farc dejaran de ser Farc. Viendo el trato con alias Karina (antes y después de su entrega) se ve que Uribe pudo haber entregado todo sólo con que renunciaran a su nombre.

Pero lo que está acabando, el acuerdo al que se llegó el pasado 24 de agosto, no fue una rendición, ni las Farc renunciaron a ser ellas. Fue una negociación donde las Farc discutieron con el gobierno condiciones para dejar las armas.

Y hubo dos tipos de condiciones: las que competen a las Farc directamente, a sus combatientes y su futuro en la vida civil y política del país, y las que se extienden a los demás colombianos.

jaime-pardo-Leal-2Dentro de las primeras condiciones están los detalles de cómo dejar las armas, quién los protege mientras se desarman, qué pasará con los crímenes pendientes que van más allá de la rebelión (prisión, penas alternativas), cómo se reinsertarán a la vida civil, qué garantías de representación política tendrán, etc. En los años 1980, a raíz de las negociaciones entre el gobierno de Belisario Betancur y las guerrillas de entonces, se creó la Unión Patriótica, como una alternativa política a las Farc y sus militantes fueron sistemáticamente masacrados por el naciente fenómeno del paramilitarismo. El M-19 tras su reinserción a la vida civil y política enfrentó el asesinato de su líder y candidato presidencial Carlos Pizarro Leongómez (en la misma campaña presidencial en las que Luis Carlos Galán Sarmiento y Bernardo Jaramillo Ossa perdieron sus vidas). Es entendible que las Farc estén reacias a firmar un acuerdo que las deje vulnerables.

Las Farc entienden que no pueden ganar ya la guerra, pero pueden seguir luchándola. Si no tienen garantías, bien podrían escoger morir en combate a asesinados en la plaza pública.

14055159_10154520976814312_2901167662871245980_nLas otras condiciones tienen que ver con el país y con nosotros como colombianos. Se habla de reforma agraria, de repensar la estrategia contra las drogas, de redibujar el mapa político del país. Es lograr en la negociación parte de lo que las motivó a alzarse en armas hace 52 años. No es todo: es apenas una parte. Es también parte de lo que algunos presidentes colombianos han querido hacer en estos 52 años. A la hora de la verdad no es una concesión del estado de derecho a las Farc, sino una oportunidad de hacer propuestas.

Desde luego, como en toda reforma agraria, si soy un hacendado que ha acumulado riqueza especulando con finca raíz improductiva, esa reforma agraria me será desfavorable; pero si soy un campesino desplazado me puede favorecer. Podremos leer los detalles para saber si es buena o mala, pero no es una imposición fariana que se encuentre por fuera de lo que distintos gobiernos colombianos ya había formulado y propuesto. Y similar pasa con las drogas y demás puntos.

También hay acuerdos sobre víctimas y reparación y sobre otros actores armados y sus víctimas.

¿Habrá impunidad?

Sí. En cierta forma. Se habla de penas alternativas que no implican prisión, así que si lo que queremos ver es a los responsables de crímenes tras las rejas no lo iremos a ver, salvo que a alguien le prueben un crimen que no está dispuesto a confesar. También habrá impunidad para los agentes del estado que se sobrepasaron de sus funciones y propiciaron una guerra sucia, salvo que les prueben un crimen que no estén dispuestos a confesar.

¿Tendrán representación en el congreso sin todos los requisitos de los partidos políticos?

Sí. Es una medida temporal y no permanente, pero se extenderá por dos legislaturas. Además de la representación política tendrán derecho a las garantías que el estado otorga a los demás partidos políticos, incluyendo recursos del estado para llevar a cabo sus campañas políticas. La representación política en el congreso está condicionada a que quienes ocupen curules no tengan procesos penales pendientes.

¿El estado pagará una subvención a los guerrilleros rasos?

Sí. Las mismas ayudas que hoy ya reciben los desmovilizados que desertaron de las guerrilla o las que recibieron los paramilitares que se reincorporaron a la vida civil tras los procesos de Ralito.

¿Dejarán las armas pero no entregarán bienes?

Los bienes de las Farc quedaron por fuera del acuerdo. Esto significa que las Farc no entregarán bienes como parte del acuerdo, pero igualmente todo bien que hoy tengan las Farc serán susceptibles de ser confiscados por el estado si fueron adquiridos con plata de secuestro o narcotráfico. Las leyes de extinción de dominio siguen vigentes.

¿Es esto inadmisible?

Tú dirás. No es una rendición ni una entrega de armas condicionada. Mucho menos una rendición incondicional. No es un sometimiento a la justicia. Si para ti no es admisible algo menos que un sometimiento a la justicia, entonces es claro que este acuerdo no es admisible.

3d7ad50da8a25ccbe2698a5738893e49Que las Autodefensas Unidas de Colombia sí se sometieron a la justicia sin estar derrotadas. Sí. Los líderes de las Auc consideraron, en su momento, que eso era lo mejor para ellos y sus grupos. Era también claro que para la comunidad internacional sería inadmisible aceptar cualquier carácter político a las Auc y otros grupos paramilitares. Las Farc y el Eln piensan diferente y tienen expectativas diferentes.

¿Era y es posible derrotar a las Farc? ¿Llevarlas al punto en el que no vean más opción que el sometimiento a la justicia?

Tal vez, pero el costo en dinero, vidas humanas, desplazamiento interno y desprestigio del país era y sería muy alto. En ocho años de Uribe y su Seguridad Democrática no se lograron derrotar. Durante el último año de Uribe, las Farc estaban ya retomando una ofensiva, se estaban adaptando a la nueva estrategia.

Puedo recordar tres casos en que unas fuerzas armadas regulares derrotaron a grupos guerrilleros. La Emergencia Malaya, los Jemeres Rojos y los Tigres Tamil. Y no estoy muy seguro en cuanto a los Jemeres. Básicamente Pol Pot y sus seguidores se murieron de viejos en las selvas camboyanas y algo similar pasó con los Tigres Tamil en Sri Lanka.

Avro Lincoln Bomber A73-33 of No. 1 Squadron RAAF on a bombing mission over the Malayan jungle. Two 500 pound bombs can be seen falling from the aircraft.

Avro Lincoln Bomber A73-33 of No. 1 Squadron RAAF on a bombing mission over the Malayan jungle. Two 500 pound bombs can be seen falling from the aircraft.

En la Emergencia Malaya el gobierno británico y sus aliados combatieron las guerrillas que pretendían liberar la Malasia Británica (hoy la parte Malaya de la Península de Malaca) del Impero Británico y su proceso de descolonización. Cuarenta mil soldados de la Mancomunidad, un cuarto de millón de soldados Malayos aliados de los británicos y más de cincuenta mil hombres armados combatieron a una guerrilla de ocho mil individuos (en su mayoría chinos étnicos). Una relación de fuerzas de 40 a 1 y 12 años después los guerrilleros fueron derrotados, con grandes bajas en la población civil, principalmente debido al desplazamiento.

Ese es el tipo de costos que Colombia debería enfrentar. La estrategia de Seguridad Democrática de Uribe, apoyado en el Plan Colombia que Andrés Pastrana Arango negoció con los Estados Unidos para combatir el narcotráfico, en algo se acercaron pero fueron insuficientes.

Una derrota militar, tal vez llegare a parecerse más a las derrotas de los Tigres Tamiles y los Jemeres Rojos, combatiéndolos por años y años hasta que se volvieron insignificantes, que a una rendición como la de las fuerzas del Partido Comunista Malayo tras 12 años de fallida revolución.

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Imagen que circula en Facebook. Las cifras no las he verificado.

Así que nos enfrentamos a dos escenarios inadmisibles:

Se acaba la lucha entre el estado y las Farc al costo inadmisible de algo de impunidad y participación política (y una que otra cosa positiva a favor de víctimas y reforma agraria).

O seguimos combatiendo a las Farc hasta que se rindan o se mueran, o abandonen, o sean insignificantes, con un costo inadmisible de vidas de colombianos.

Yo prefiero tomar la opción práctica. Prefiero que mueran menos colombianos y que los recursos que económicos y de personal hoy en día se han dedicado a combatir a las Farc, se destinen a otros frentes como reconstrucción, reparación de víctimas y educación.

si-a-la-pazNo digo que votaré por el «SÍ» en el referendo. Aún falta terminar de revisar los acuerdos y tal vez encuentre algo que sea tan inadmisible que me incline a recular mi decisión. Pero, por ahora, en mi decisión de voto el «SÍ» lleva la delantera.

En medio de la guerra

Digamos que hay una guerra. No entraré a discutir si se trata o no de un conflicto interno, una guerra civil de baja intensidad, una amenaza terrorista o cualquier otro nombre. Hay unos tipos con fusil en un lado y otros tipos con fusil en el otro lado y cuando se ven se disparan a matar; y hay personas sin fusil que ordenan, apoyan o financian a los tipos con fusil en cada bando.

0022Uno de los bandos son las fuerzas militares constitucionales de una nación reconocida como tal por la comunidad internacional, con una línea de mando que parte del jefe de estado de esa nación y que cuenta con el reconocimiento y el apoyo de la mayoría de los ciudadanos de ese país. Un grupo significativo de estos ciudadanos consideran a los soldados de este bando como héroes que los están protegiendo del mal. Estas fuerzas militares son financiadas a través de los impuestos que todos los ciudadanos pagan, así como ayudas económicas provenientes de otras naciones, especialmente de los Estados Unidos por medio de cruces de cuentas que terminan favoreciendo a su propio complejo industrial militar. (A la hora de la verdad, creo que tras el cruce de cuentas son más lo que toman que lo que dejan.)

web_web_farc_big_big_ceEl otro bando se autodenomina Ejército del Pueblo, aunque posee una mínima base popular de apoyo. Sus combatientes y sus comandantes son, con contadas excepciones, personas naturales de la misma nación a cuyo ejército regular combaten. Una parte importante de los ciudadanos de esta nación, si bien no apoyan a este otro ejército, sí creen que las causas por las cuales dicen luchar son objetivas. (Por ahora no comento lo que creo sobre ello.) Un grupo importante de ciudadanos no se identifica con los combatientes de ninguno de los dos bandos. Ante este mínimo apoyo popular, este bando se financia con ayudas internacionales pero, principalmente, con actividades ilegales como la extorsión y el tráfico de drogas.

Pero, independientemente de la asimetría o de la legitimidad entre estos dos bandos, la realidad es que ambos bandos existen y se enfrentan. Es una guerra. Para simplificar, a las fuerzas armadas constitucionales las llamaré el ejército (y a sus combatientes soldados) y al otro bando la guerrilla (y a sus combatientes guerrilleros).

Entre los combatientes de ambos bandos, hay soldados voluntarios y soldados reclutados; y entre los reclutados hay quienes han aceptado su reclutamiento identificándose plenamente con su bando y quienes han sido obligados e indoctrinados. En los últimos años el ejército cuenta con más voluntarios y menos reclutas forzados, y todos los combatientes son mayores de edad. En la guerrilla, por otro lado, la gran mayoría de combatientes entraron como reclutas forzados y una parte importante de ellos fueron reclutados siendo menores de edad.

Son pocos los combatientes voluntarios que entran con el objetivo de que los maten. Pero quien entra voluntariamente como combatiente en una guerra está aceptando implícitamente que la muerte en acción bélica es un riesgo que está dispuesto a tomar. Finalmente es una guerra. En cuanto a los combatientes menos voluntarios, sus reclutadores saben que la muerte es un riesgo al que están exponiendo a los reclutados. Hay dos formas básicas de reducir este riesgo: siendo más efectivos que el otro bando o no habiendo guerra. Pero el otro bando también querrá ser más efectivo que uno para minimizar el riesgo de que sus propios combatientes mueran.

Es triste la noticia de que murieron soldados. Por un lado son personas que, como personas y desde mi perspectiva humanista, merecen vivir. Por otro lado son los combatientes del bando al cual yo mismo le reconozco legitimidad. Pero es una guerra. Mientras insistamos que estamos en guerra, la muerte de soldados es un riesgo. Como humanista también me parece triste que mueran guerrilleros, particularmente porque la gran mayoría de guerrilleros fueron reclutados a la fuerza. Pero por otro lado siento que entre más guerrilleros mueran ahora, más cerca estamos de que acabe la guerra y así mueran menos soldados, menos guerrilleros y menos civiles. Pero si bien me entristece que mueran soldados, no me indigna. Me indigna la guerra.

Existe esta guerra, y esta guerra se acabará cuando una de las partes derrote a la otra o entre las partes se llegue a un acuerdo. La guerrilla nunca ha estado medianamente cerca de derrotar al ejército y hoy menos que nunca: la diferencia de recursos y la legitimidad otorgada por la ciudadanía hacen casi imposible que esto suceda. El ejército sí podría derrotar a la guerrilla pero no es una labor fácil: desde su concepción, la guerrilla está basada en tácticas de guerra asimétrica que ofrece un blanco pequeño al armamento de un ejército regular, y más cuando este ejército regular tiene la obligación de proteger a la población civil. Si queremos acabar la guerra para que mueran menos soldados y menos civiles, probablemente la opción más rápida sea la salida negociada.

Por línea de mando, no es el ejército quien negocia por su parte sino sus comandantes civiles en el gobierno. No sé ni creo relevante saberlo, si en la guerrilla exista una división similar entre combatientes y comandantes civiles.

Hay varios conceptos que es importante no confundir: la guerra, el armisticio, la paz, la tregua y la negociación. La tregua es un alto el fuego: es la decisión unilateral de una de las partes o el acuerdo entre las partes de no dispararse por un tiempo, sin que se haya declarado el fin de la guerra. Una tregua indica que la guerra sigue vigente. Una tregua no conlleva mayores compromisos y quien rompe una tregua bilateral simplemente está anunciando el fin de la tregua. (Ahora, quien rompe una tregua sin aviso previo, está aceptando perder credibilidad.)

El armisticio es el alto el fuego definitivo. El armisticio, que puede venir en forma de rendición o en forma de acuerdo, es la decisión de acabar la guerra. En las actuales conversaciones, la negociación, entre el gobierno y la guerrilla en La Habana, no se está negociando la paz sino el armisticio por acuerdo. Por eso me parece incorrecto que el gobierno actual hable de la Paz y que la oposición se refiera a la situación actual como la paz de Santos.

La negociación es una conversación que se realiza con el objetivo de llegar a acuerdos. Quienes negocian deciden las condiciones bajo las cuales están negociando. La negociación para llegar a un acuerdo de armisticio parte, por definición, de la existencia de una guerra. No hay reglas fijas de cómo y qué se puede negociar ni de qué condiciones previas requiere la negociación. Básicamente la única regla es la inmunidad de los negociadores durante la negociación y la capacidad del negociador de lograr acuerdos de parte del bando que representa. La negociación puede hacerse con o sin tregua. La negociación puede estar condicionada o no a otros requisitos como el tipo de acciones bélicas que las partes pueden ejercer o no durante la negociación.

En la negociación actual en La Habana entre el gobierno y la guerrilla, se acordó que era una negociación en medio del conflicto. Esto quiere decir que la negociación no depende de cómo se desarrolle la guerra. En principio esto significa que no se reconoce cuartel a la guerrilla como condición para la negociación. Y viceversa. Esto significa que si el ejército bombardea un campamento guerrillero matando al comandante, o si la guerrilla embosca a una patrulla del ejército, los negociadores no tienen por qué abandonar la negociación. Puede no gustarnos, pero el problema no es la negociación ni el gobierno sino la guerra.

La negociación debe ser juzgada por los acuerdos a los que llegue, no por las condiciones que la negociación no tiene.

Triste que hayan muerto once soldados en Cauca en una emboscada de la guerrilla. Rechazo el hecho de que el autodenominado Ejército del Pueblo, que no me representa como pueblo, realice acciones bélicas contra personas, contra colombianos y más cuando estaban empeñados en una tregua. No reconozco legitimidad alguna a la supuesta lucha de esta guerrilla (o cualquier otra guerrilla actual en Colombia). No creo que cualquier motivo medianamente objetivo justifiquen el daño que le están haciendo al país. Pero, repito, no me indigna la muerte de soldados: me indigna la guerra innecesaria en la que mueren soldados (o civiles, o guerrilleros reclutados de niños).

Pero la única forma en la que yo le pediré al gobierno que se pare de la mesa de negociación es el momento en el que tenga la certeza de que morirán menos colombianos a mediano y largo plazo (y que los colombianos vivan mejor) ganando la guerra que negociando el armisticio. Si ya se tomó la decisión de negociar en medio de la guerra para acordar un armisticio, la guerra y la negociación deben llevarse con lógicas separadas.

Y si lo que se acuerde en la Habana es malo para el país, lo denunciaré. (Pero el acuerdo, no las condiciones que la negociación no tiene,)

Vientos de paz

Vuelve y juega el cuento de la paz, de la salida negociada del conflicto o de la máxima de no negociación con el terrorismo. El presidente de la República acaba de anunciar que ha habido acercamientos previos con las Farc y que espera hacerlos con el Eln, mientras que el expresidente denuncia que hay acuerdos con el terrorismo.

Tomar una postura debe partir de unos principios, y la postura debe ser consecuencia de esos principios. Los principios no son absolutos ni universales y el que otra persona tenga principios diferentes a los míos no lo hace equivocado. En mi opinión, más importante que la veracidad de los principios es la coherencia ideológica entre estos y la postura tomada. Invito así a quien quiera controvertirme que empiece por enunciarme sus propios principios.

En mi opinión (es decir, mis principios), una sociedad ideal es aquella en la cual se puedan ejercer los derechos y libertades civiles tales como la libertad de expresión, el derecho a la privacidad, la libertad de empresa, libertad de cultos, etc. con un mínimo de fricción; y que ante los conflictos (porque la ausencia de conflictos la creo imposible) existan reglas claras y mecanismos de autoridad reconocida que permitan dirimirlos sin la necesidad de la violencia física. Creo en el derecho a la propiedad (incluyendo el derecho a la propiedad colectiva cuando emana de una decisión autónoma) y en el derecho a la vida y la dignidad de la vida humana. Creo que tenemos el derecho a tener una conciencia propia y a poder expresarla por medios no violentos, incluyendo la libertad de denunciar y sospechar. Creo, incluso, que la expresión por medios violentos está amparada por el derecho a la expresión sólo que está contrapuesta al derecho a la vida y a la integridad física de otras personas y en mi opinión estos derechos humanos priman sobre el derecho civil expuesto. Creo que las sociedades deben tener mecanismos para defender sus derechos fundamentales lo cual incluye todo el aparato de policías, fiscales y jueces que prevengan, eviten o castiguen las transgresiones a los derechos de los demás.

La existencia de grupos armados como las Farc y el Eln, así como los ejércitos privados al servicio del narcotráfico o de otros intereses particulares, las bandas criminales, y otros fenómenos dentro del momento actual de la historia del país atentan contra esa sociedad ideal. En otras palabras, lo que algunos llaman amenaza terrorista y otros conflicto armado o guerra, es una amenaza seria al desarrollo y la dignidad de los colombianos.

Y, como tal, esta amenaza o conflicto debe acabar.

Sobre el concepto de conflicto

Para mí el concepto de conflicto lo defino a partir de lo que conocemos como conflicto de intereses. Yo quiero algo. Tú quieres algo. En ocasiones nuestros algos son distintos y ambos podemos obtenerlo y entonces no hay conflicto, pero en otras ocasiones ese algo es lo mismo, o el algo del uno implica el agotamiento del algo del otro. Nuestros intereses entran en conflicto y los dos no podemos tener al mismo tiempo nuestros respectivos algos.

El conflicto termina cuando una de las partes, o ambas, renuncian a sus pretensiones o son incapaces de obtenerlas. Bien porque una parte se apropió de su interés antes que el otro, o lo tomó por la fuerza despojando a la contraparte, bien porque tras una pelea una de las partes se impuso, o bien porque se charló y se llegó a un acuerdo.

En ocasiones el conflicto no se da porque los intereses sean incompatibles sino porque los creemos incompatibles. Esto se da, principlamente, cuando se confunde lo que queremos con el método para obtener lo que queremos.

Hay conflictos personales (entre individuos), grupales, internacionales, etc. pero un tipo de conflicto que me parece relevante para esta discusión son los conflictos sociales. Esto es cuando dos o más grupos significativos de la sociedad se encuentran ante intereses aparentemente incompatibles.

En el caso colombiano, podríamos pensar que existe un estado constitucional que expresa algunos intereses y existe una subversión cuyos intereses entran en conflicto con el primero. El estado debe, por mandato constitucional, proteger la vida, honra y bienes de los colombianos y como tal no puede aceptar que la subversión atente contra la vida, honra y bienes de los demás ciudadanos. Este estado también, tradicionalmente, ha estado al servicio principal de los intereses de una clase política dirigente y de quienes financian a esta clase política. (Lo que acabo de decir es una sobresimplificación de un fenómeno más complejo.)

Esa subversión tiene como interés expuesto reemplazar al estado por uno bajo los ideales comunistas en el cual no existan conflictos de clase y, particularmente, tumbar al estado opresor actual que sirve a los intereses particulares de sus clases dirigentes. Para lograr esta lucha debe financiarse y para ello ha recurrido a negocios ilegales y a defender estos negocios, y así uno de sus intereses actuales también es proteger y preservar tales negocios. Por otro lado, independiente de la perversión que es el narcotráfico, la sola noción de estado comunista niega muchos de los derechos y libertades civiles consagrados hoy en la Constitución y los cuales defiendo.

Ahora, dentro del propio estado hay disidencias y conflictos de intereses y el pueblo colombiano está conformado por individuos y grupos con sus propios intereses, muchos de los cuales entran en conflicto. Pero en aras de la simplificación hablaré sólo de estos dos actores: el estado constitucional y la subversión; particularmente porque en la actualidad las diferencias partidistas al interior del estado no se dirimen por las armas.

Hay otra definición de conflicto, o más exactamente de conflicto armado sin carácter internacional (conflicto armado interno). Una definición legal que aparece en el título de ámbito del Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra de 1949 relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados sin carácter internacional, 1977. (Protocolo II en adelante.)

Esta definición reza:

TÍTULO I – ÁMBITO DEL PRESENTE PROTOCOLO

Artículo 1. Ámbito de aplicación material

1. El presente Protocolo, que desarrolla y completa el artículo 3 común a los Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949, sin modificar sus actuales condiciones de aplicación, se aplicará a todos los conflictos armados que no estén cubiertos por el artículo 1 del Protocolo adicional a los Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949 relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados internacionales (Protocolo I) y que se desarrollen en el territorio de una Alta Parte contratante entre sus fuerzas armadas y fuerzas armadas disidentes o grupos armados organizados que, bajo la dirección de un mando responsable, ejerzan sobre una parte de dicho territorio un control tal que les permita realizar operaciones militares sostenidas y concertadas y aplicar el presente Protocolo.

2. El presente Protocolo no se aplicará a las situaciones de tensiones internas y de disturbios interiores, tales como los motines, los actos esporádicos y aislados de violencia y otros actos análogos, que no son conflictos armados.

Aquí hay una parte clara: hay algo que se está desarrollando en el territorio de una Alta Parte contratante, es decir en el territorio colombiano, y las fuerzas armadas constitucionales de la nación. Por más que se quiera torcer el significado de las cosas en el momento en el que fuerzas armadas con mando en el estado colombiano constitucional e internacionalmente reconocido ejerzan acciones armadas en contra de algo dentro del territorio colombiano, se cumple esta parte de la definición.

Donde hay más espacio para la interpretación es en la definición de ese algo contra lo cual las fuerzas armadas constitucionales ejercen acciones armadas. El Protocolo II es explícito en determinar algunos puntos donde no aplica (p. ej. motines) y se sobreentiende que no aplica al uso de las armas del estado para combatir a la delincuencia común (organizada o no).

El uribismo insiste en que las Farc y el Eln no cumplen las condiciones de esta definición y como tales son asimilables a delincuencia, y por ello no existe conflicto armado interno.

Hay dos razones prácticas de la negación del conflicto. La una está al interior mismo del Protocolo II, Título IV, Artículo 13, numeral 3:

3. Las personas civiles gozarán de la protección que confiere este Título, salvo si participan directamente en las hostilidades y mientras dure tal participación.

Básicamente esto significa que si la población civil colabora con las fuerzas armadas bajo mando del estado colombiano, quedarían desamparadas de la protección legal que confiere el Protocolo II frente a las fuerzas disidentes. (No es que sirva de mucho porque igual las Farc no reconocen el Protocolo II ni las protecciones que de ahí emanan.) E, igualmente, si los civiles colaboran con la delincuencia no podrían ser procesados como cómplices.

La segunda razón es que el Protocolo II niega la intervención de otras naciones. La no intervención, por un lado, impide que otro país apoye abiertamente a la disidencia armada y, sobre todo, utilice sus propias fuerzas en apoyo de esta disidencia. Pero, por otro lado, el conflicto armado interno debe ser interno y como tal los otros países no están obligados a resolver este problema interno. Los miembros de grupos delincuenciales pueden ser apresados en otro país y extraditados para que los mecanismos judiciales tengan efecto. Los miembros de las disidencias armadas pueden apelar al derecho al asilo.

El concepto de la paz

Tratemos de no confundir el objetivo con el medio. El artículo 22 de la Constitución Política de Colombia, emitida en 1991 y en vigor desde entonces, dice que la Paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento. Es por lo tanto inconstitucional no buscar la Paz. Pero las así llamadas negociaciones de paz no son la Paz. El estado no está obligado a buscar una mesa de negociación con las Farc y el Eln y menos si considera que tal negociación prolongará la guerra antes que lograr la Paz.

Pero hablo aquí de la paz como si estuviéramos de acuerdo en qué es. La Constitución no la define.

Creo que los conflictos son inevitables. Incluídos los conflictos sociales. La paz no sería la ausencia de conflictos sino que esos conflictos no pretendan resolverse mediante el uso de violencia directa. Actualmente la subversión usa la violencia directa (ataques terroristas, enfrentamientos con el ejército y la policía, secuestros, amenazas y extorsión) como método para lograr sus intereses (altruistas o no) y el estado constitucional a través de sus fuerzas armadas usa violencia directa para contener a la subversión.

En su forma más restringida, la paz que queremos muchos colombianos, es el fin de esa violencia directa que produce la subversión, entendiendo que la violencia directa del estado contra la subversión es una consecuencia de la primera.

Hay otras formas de violencia, como es la violencia estructural, por ejemplo cuando una clase social dirigente en preservación de sus propios intereses desconoce los derechos e intereses básicos de una clase social oprimida. Para algunos la paz no sólo debe incluir el cese de la violencia directa de la subversión sino la eliminación de estas violencias estructurales.

Pero para continuar con el análisis limitémonos a la paz restringida: el cese de hostilidades de la subversión contra el estado y el consecuente cese de hostilidades del estado contra la subversión.

Y regresemos al principio que expuse al comienzo. El estado actual de hostilidades entre la subversión y el estado limita mi ejercicio de derechos y libertades civiles e, incluso, amenaza mis derechos humanos (y cuando hablo de mis derechos me arrogo hablar por cada uno de los colombianos). La paz, entendida como el cese permanente de hostilidades entre estas dos partes, es, por lo tanto, un estado deseable.

Esta paz, sin embargo, no puede obtenerse a cualquier costo. No puede obtenerse al costo de vulnerar nuestros derechos humanos ni los derechos y libertades civiles más de lo que ya están siendo vulnerados por el estado actual de hostilidades.

Esto significa que hay dos escenarios de acabar el conflicto que para mí son peores que el conflicto mismo:

  1. Una victoria militar a cualquier costo.
  2. Una negociación donde los principios comunistas que se oponen a mis principios liberales sean impuestos.

Sobre cómo acabar la guerra

Hay cuatro formas tradicionales de terminar una guerra o un conflicto armado:

  1. Una negociación entre las partes donde estas busquen lograr sus propios objetivos por medio del diálogo y donde los intereses cedidos o renunciados no sean interpretados como una derrota de ninguna de las partes. Llamaremos a esto una paz negociada.
  2. Una negociación donde una de las partes se reconozca derrotada pero condiciona el cese de hostilidades a ciertos requisitos y garantías. Llamaremos a esto una rendición condicionada.
  3. El reconocimiento de una de las partes a que la continuación de la lucha es más gravosa que someterse a la merced y voluntad de la otra parte y, en consecuencia, se rinden sin condiciones. Esto se llama, en consecuencia, rendición incondicional.
  4. El agotamiento de las partes en la vía armada, bien sea por la eliminación física de los combatientes de un bando, por desbandamiento, o porque los combatientes de uno o ambos bandos pierden interés en continuar acciones hostiles. Salvo que una de las partes haya sido completamente eliminada, siempre podría haber discusión sobre si la parte más débil al final de este conflicto fue realmente derrotada.

En el caso del enfrentamiento del estado colombiano contra las Farc, el primer escenario implica que un estado que no está derrotado busca acuerdos con una subversión que no se admite derrotada. En el actual equilibrio de fuerzas que favorece al estado constitucional sobre la subversión, las concesiones que el estado haga a los intereses de las Farc serán considerados por una parte de la opinión pública como una entrega del estado al chantaje de una subversión ilegítima.

En los demás escenarios asumiré que son las Farc la parte derrotada porque no veo en un futuro más o menos cercano que la relación de fuerzas sea tal que las Farc logren una victoria militar.

El segundo escenario es muy similar al primero, salvo que las Farc reconocerían que la vía armada se agotó y que la negociación tiene como objetivo principal lograr garantías en la demovilización. Sería una guerrilla que no pide condiciones tales como una reforma agraria o la revisión de la política internacional colombiana como condición para entregar las armas, sino que se enfocaría en puntos como garantías de debido proceso y disminución o suspensión de penas.

En el caso del M-19 y más adelante del EPL y otros grupos subversivos, hubo una negociación con términos favorables para los combatientes que depusieron las armas pero no hubo concesiones directas del estado con respecto a su política. La Asamblea Constituyente de 1991 no fue un requisito previo de las guerrillas desmovilizadas sino más bien una oportunidad coyuntural. Hasta qué punto fue una paz negociada o una rendición condicionada es debatible.

En la actualidad (2012), es difícil pensar que si las Farc llegan a la negociación como parte derrotada obtenga las mismas garantías que el M-19 en 1990.

El tercer escenario: la rendición incondicional, no sería completamente incondicional. Las Farc no se estarían sometiendo a la merced y voluntad de un estado victorioso sino a las garantías de un estado de derecho y unas leyes que limitan las penas. Si esto se lleva a cabo pronto, lo más probable es que sea porque las Farc han acordado la existencia previa de leyes favorables.

Hay un antecedente reciente en Colombia. La desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia y otros grupos ilegales antiinsurgentes, en las cuales no exigieron garantías más allá de la aplicación de leyes vigentes, incluyendo una ley hecha a la medida y que extendía las garantías procesales.

Por otro lado, si el estado y sus fuerzas armadas constitucionales se imponen con mayor contundencia sobre las Farc, puede llegar el momento en el que los líderes que entonces sobrevivan decidan entregarse al estado dentro de las leyes vigentes.

Dentro del cuarto escenario hay varias formas. Una es la eliminación completa y física de las Farc, bien porque el estado libre una guerra sin cuartel (que sería una violación al Protocolo II) hasta que el último guerrillero esté preso o muerto, bien porque ningún líder de las Farc toma la decisión de rendirse. Una escenario más probable es la desbandada: en algún punto los frentes sobrevivientes de las Farc pierden la unidad de mando y renuncian individualmente a proseguir una lucha contra el estado limitándose a sus propios intereses criminales. Si esta modalidad de crimen es de relativo bajo impacto eventualmente el estado cambiaría la actual estrategia militar a unas acciones más de tipo policivo.

La otra manifestación del agotamiento sería que las Farc, todavía con cierto nivel de mando unificado, renuncie unilateralmente a la ofensiva. Sería una guerrilla casi derrotada pero que no se atreve a entregarse a la justicia sino simplemente a resistir pasivamente, a esconderse. Si logran resistir lo suficiente en esta situación la ofensiva militar del estado será en algún momento insostenible. No estoy hablando aquí de un cambio estratégico de las Farc de esperar el agotamiento de la acción militar del estado para retomar su lucha, sino el abandono permanente de esta lucha.

Podría darse también (aunque no lo veo políticamente viable), que sea el estado el que abandone primero la lucha, o que concentre la actual ofensiva contra las Farc en una estrategia netamente defensiva y reactiva enfocada a la prevención del terrorismo. Pero teniendo en cuenta la historia de las Farc, no veo que estas terminen aceptando una situación de empate virtual sino que deseen retomar la lucha.

Escenario ideal

Ya había planteado que de acuerdo a mis principios hay escenarios indeseables. Uno es la prolongación indefinida del estado de hostilidades. De cuando en cuando las partes cambian de estrategia lo que les puede dar una ventaja puntual. Al comenzar la doctrina de seguridad democrática las Farc se replegaron y tuvieron un golpe grande cuando la doctrina fue reelegida porque esto acabó con sus predicciones de resistir un cuatrenio y retomar su rumbo. Pero, y a pesar de los golpes grandes que recibió durante el segundo cuatrenio de la seguridad democrática, hacia el final del gobierno de Uribe las Farc habían retomado cierta ofensiva de carácter terrorista. Personalmente no creo que Santos haya aflojado en el esquema de seguridad democrática sino que las Farc han logrado cambiar su estrategia y parecer más contundentes de lo que fueron entre 2006 y 2009.

En una prolongación del conflicto eventualmente una de las partes comete un error grave en la reformulación de la estrategia. La situación actual le permite al estado cometer más errores graves sin que se conviertan en derrota. Con suerte, para una pronta resolución del conflicto, las Farc cometerían pronto un error suficientemente grave que las lleve a buscar una rendición o un abandono de la lucha.

Una victoria militar a cualquier costo, de parte del Estado contra la subversión, lo considero también poco deseable por lo de “a cualquier costo”. A cualquier costo significaría la suspensión de derechos y libertades civiles de todos los ciudadanos y actualmente garantizados en la constitución. Esto puede acelerar la victoria militar del estado, pero significaría que el estado se convirtió en algo indeseable desde mi punto de vista.

Una victoria militar del estado dentro de la constitución y las leyes es, desde los principios que he planteado, una opción deseable siempre y cuando sea pronta. Buscar la victoria militar sin conseguirla constituye una prolongación del conflicto.

La victoria militar puede darse en forma de rendición condicionada, rendición incondicional o simple abandono de la lucha o eliminación física de la otra parte, sin entrar a detallar cuál de esas alternativas es la más deseable.

Una victoria de la guerrilla la considero indeseable por el modelo de estado que históricamente ha planteado el comunismo y que va en contra de las libertades y derechos civiles que defiendo.

Entonces llegamos al caso de la paz negociada. En principio no considero que ni la paz negociada ni la victoria militar sean intrínsecamente malas o buenas. Así como veo buena una victoria militar del estado pronta y encausada dentro de la constitución y mala una victoria militar por parte de un estado que viole sistemáticamente los derechos y libertades civiles, hay negociaciones buenas y negociaciones malas.

Si las negociaciones de paz no garantizan al menos esa paz restringida vista como el fin de las hostilidades entre las fuerzas del estado y la subversión, sino que antes ayudan a prolongar la guerra, entonces no estoy de acuerdo.

Pero incluso una negociación que exitosamente logre la paz sería indeseable si hay un detrimento en los principios que defiendo.

Dentro de la paz negociada veo cosas que considero contrarias a mis principios, cosas que considero simplemente feas, cosas que me son aceptables y cosas que yo mismo espero.

En contra de mis principios estaría que las Farc impusieran limitaciones a la libertad de empresa o a la libertad de expresión como parte de la negociación. Definitivamente inaceptable que las Farc exigieran la pena de muerte a los opositores de la solución negociada u otras suspensión de los derechos humanos (pero se me haría absurdo que el gobierno de Santos siquiera permita que se discuta algo así).

Feo vería que las Farc exijan cambios radicales en la política internacional o que Timochenko sea nombrado senador o ministro sin siquiera someter su nombre a las urnas. Sería feo pero no inaceptable. La impunidad frente a crímenes atroces sería fea pero no inaceptable. Si estas cosas feas permiten que los colombianos podamos continuar con mejores vidas no me opondré.

Apenas aceptable serían penas cortas y suspendidas a los líderes guerrilleros no directamente involucrados en crímenes atroces y la integración de los combatientes rasos a programas de reinserción.

Lo que esperaría como deseable: que dentro de las negociaciones que efectivamente lleven a la paz, se dé la oportunidad de plantear un modelo de sociedad menos excluyente y que la firma de la paz sirva de pretexto para implementarlo.

Predicciones

Mi hijo está entrando a primer grado en el colegio. En once años saldrá bachiller a una edad apta para prestar el servicio militar obligatorio. Durante este tiempo espero que él pueda tomar una decisión libre y autónoma y que si se decide por tomar las armas del estado no sea ante la perspectiva de matar a nombre del estado para defender a unos colombianos de la demencia de otros colombianos que pretenden ser insurgentes.

Soy medianamente optimista de que en once años la actual guerra no será determinante en la decisión que tomará mi hijo.

Pero soy mucho menos optimista en creer que la paz se va a lograr dentro de los dos años que le quedan de gobierno al Presidente Santos.

Creo que tanto la paz negociada como la victoria militar del estado son posibles, pero ambas son difíciles. Creo que de optar el estado por una solución netamente militar estaríamos perdiendo una oportunidad de dar un fin más próximo a la guerra actual, como también creo que una negociación de paz sin perspectivas reales ayudará más a prolongar la guerra que a acabarla.

Las Farc están bastante golpeadas pero aún no están derrotadas y siguiendo su patrón histórico van a querer mostrar fortaleza frente a una negociación. Si esa fortaleza la pretenden a punta de terrorismo harán que sus pretensiones en la mesa de negociación sean menos aceptables por la mayoría de ciudadanos votantes de Colombia. Creo que los mandos de las Farc podrían mostrar mayor fortaleza sosteniendo un alto el fuego unilateral que recurriendo al terrorismo. Pero no lo van a hacer.

Si los colombianos votantes no apoyan mayoritariamente las concesiones que el gobierno haga a la guerrilla, el gobierno no estará en capacidad de conceder. Esto debilita al gobierno quien quedaría atrapado por la opinión pública crítica del proceso por un lado y la necesidad de mostrar resultados por el otro. Y las Farc van a querer aprovechar este debilitamiento para aumentar sus pretensiones.

En conjunto esto significara o bien un nuevo fracaso en la búsqueda de la paz negociada, con la consiguiente prolongación de la guerra, o una paz mal hecha, que si bien no será germen de una nueva guerra si desatará una nueva ola de violencia.

Creo que el modelo de estado que tiene Juan Manuel Santos en la cabeza es bueno, pero también tiene una tendencia de querer complacer a casi todo el mundo. Soy algo pesimista de que el gobierno de Santos sea el interlocutor adecuado frente a una negociación con las Farc. Me temo que se va a dejar enredar entre el juego de las Farc de obtener más concesiones usando el terrorismo como muestra de fortalecimiento y el de la derecha política que insistirá en ver las pretensiones de las Farc y su recurso terrorista como muestras del fracaso de la vía negociada.

Por otro lado creo que Timochenko en 2012 puede ser más serio de lo que fue Marulanda en 1998. Las Farc están duramente golpeadas, mientras que en 1998 había una percepción de fortalecimiento. Que sea más serio no quiere decir que esta vez sí haya esperanza porque las Farc siguen mostrando esa política de querer llegar fortalecidas a la mesa de negociación y querer mostrar la fortaleza con terrorismo.

Ojalá me equivoque en mi percepción del carácter de Santos, porque un gobierno con un proyecto claro que logre defender es la mejor garantía que tenemos los colombianos de llegar a una solución pronta a esta guerra.

Pero no creo que esta sea la última oportunidad tampoco.

Paz de izquierda o de derecha

A veces usar los términos “derecha” e “izquierda” es una simplificación conveniente de la cual abusé bastante en mi entrada anterior.  A grandes rasgos hay todavía ciertas formas de pensar políticamente que pueden catalogarse como la forma de derecha o la forma de izquierda.

El ideal tradicional de derecha se basa en tres pilares: Dios, Patria y Familia.  (Lo de Dios puede ser reemplazado por los dogmas de la religión mayoritaria o por algún tipo de moral “tradicional”.)  Sugiere una actitud conservadora (respeto a la tradición) y una fuerte referencia a valores considerados tradicionales.

La izquierda, por otra parte, prefiere hacer énfasis en conceptos como “igualdad” y “justicia social”.  En ese sentido trata de rescatar alguna causa que aun parezca ser una parte oprimida por la tradición (la derecha) y reivindicarla.  En alguna época fueron los proletarios pero hoy pueden ser los indígenas, las mujeres que quieren abortar, los homosexuales que quieren formar familia, los toros de lidia masacrados, etc.

Pero este trazado de izquierda y derecha es algo que cambia con el tiempo.  Los cambios que crea la izquierda se convierten en la tradición de nuevas generaciones.  El libre mercado, por ejemplo, base del capitalismo actual, fue un concepto que fue revolucionario en su momento: la izquierda que se oponía a la tradición mercantilista y el control del estado sobre la economía.  Pues bien, esos mercados liberales que se impusieron se han convertido en la nueva derecha.  Durante la administración de George W. Bush se acuñó incluso el término “Neo conservadores” (Newcons) para referirse a los principales defensores de un menor control estatal mientras que las autodenominadas izquierdas insistían en un mayor control para evitar que los predadores del libre mercado pasaran por encima de los pobres.

Las guerrillas colombianas actuales fueron inspiradas en la revolución cubana y se adhirieron a los ideales que en su momento emanaban de la Unión Soviética.  Como tal obtuvieron el remoquete de izquierda, y más adelante para diferenciarlas de los movimientos social-demócratas, se les llamó “extrema izquierda”.

Cuando en los años 1980 y 1990 surgieron grupos armados ilegales antiinsurgentes, se los llamó, en contraste, “extrema derecha”.  Esta denominada extrema derecha incluía a narcotraficantes como Pablo Escobar (quien dejó varios escritos a favor de su interpretación de la “justicia social” en contra del “imperialismo yanqui”), ganaderos (quienes podríamos asumir abrazaban los ideales de Dios, Patria y Familia), militares, etc. a quienes más que una ideología común de cómo manejar el país, los unía un enemigo común.  No me consta qué tan “derechas” y qué tan “extremas” fueron las autodefensas, más allá de combatir a otro enemigo armado.

Y tan poca ideología (¿derecha?) había en general en esos grupos que hoy en día las bacrim que se escindieron del proyecto paramilitar se han aliado a las propias guerrillas para explotar el negocio de la droga mientras que se dedican a matar a quienes reclaman la tradición de títulos de propiedad arrebatados durante la guerra.

Hoy se supone entonces que quien aboga por la solución armada del no-conflicto colombiano es una persona de derecha mientras que quien considera que la solución negociada del conflicto debe ser de izquierda.

Pero qué pasa si yo prefiero establecer otro tipo de valores, por ejemplo decido que mi ideal máximo es la vida, humana o no.  Entonces me opongo a las corridas de toros (izquierdista) y al aborto (derechista) y abogo por la solución negociada del conflicto (izquierdista) y la prohibición de esos venenos llamados drogas (derechista).

O mi ideal máximo es la capacidad de cada ser humano adulto de escoger libremente y como tal no me opongo a las corridas de toros (derechista), apoyo el derecho de la mujer a abortar (izquierdista) y de escoger con qué droga experimentar o intoxicarse (izquierdista) y dado que en los aspectos del no-conflicto armado no es cuestión de libertades individuales simplemente tomo partido por, por ejemplo, un gobierno democrático sobre una insurgencia de ideales absolutistas y abogo por la solución militar (derecha).

Prefiero que sobre cada tema social cada individuo tome una postura propia y no que se autoetiquete y asuma todas las posturas que se supone que tengan que ver con esa etiqueta.

Mi postura frente al hecho de que ciertos colombianos autodenominados guerrilleros estén matando a otros colombianos (sean soldados, ideólogos de derecha o simples transeúntes) es que como sociedad debemos lograr que la matanza pare.  La solución militar o la solución negociada no son más que medios para lograrlo.

El concepto de la impunidad, esgrimido como sagrado tanto por los ideólogos de la derecha (que no quieren que los guerrilleros salgan impunes por haber combatido al estado) como por los ideólogos de la izquierda (que no quieren que los militares salgan impunes de haber combatido a las guerrillas), no me parece en últimas tan importante.

Sí.  Prefiero ver a los asesinos presos.  Pero prefiero ver a un asesino libre con el compromiso de dejar de asesinar que saber que sigue siendo un asesino perseguido pero aún activo y asesinando sólo porque aún no lo logramos capturar o matar.

Pero la ley del Marco Legal para la Paz que actualmente propone el gobierno no creo que sirva tampoco de mucho, sencillamente porque esos asesinos autodenominados guerrilleros no están realmente interesados.

No veo los demás colombianos qué les podamos ofrecer para que ellos dejen voluntariamente de asesinar colombianos.  Ni siquiera entregarles el poder porque con seguridad con el poder seguirán conservando las armas y querrán hacer lo que han hecho todos los revolucionarios victoriosos: matar a los opositores.

Desafortunadamente sólo hay un caso documentado en los cuales un ejército regular venció militarmente a una insurgencia irregular moderna: la Emergencia Malaya que en 12 años, una relación de fuerzas de 40 a 1 y el desplazamiento forzado de medio millón de campesinos a campos de concentración por parte de los británicos, logró que el imperio británico venciera a las guerrillas comunistas.  La derrota de los Tigres Tamiles podría también citarse como un caso de derrota por substracción de materia.

Esto nos muestra que lograr la derrota militar de las Farc y el ELN será un camino largo y violento.  Camino para el cual ocho años de doctrina de seguridad democrática no fueron suficientes.

Pero si recordamos que el objetivo no es derrotarlas, ni el objetivo es apaciguarlas o asimilarlas, sino que el objetivo es neutralizarlas, tal vez se puede buscar alguna otra solución.

El placer de especular

Encapuchados lanzaban papas explosivas, por @presidiario1728

Inició el Tratado de Libre Comercio entre Colombia y los Estados Unidos y, como era previsible, un sector de la sociedad autodenominado como “sectores sociales” o etiquetado como “la izquierda” salió a protestar.  Según reportes que oí hubo encapuchados en la Universidad Nacional amenazando el tráfico en la Carrera 30 y la Calle 26 y otros tantos en la Universidad Distrital haciendo disturbios por la Avenida Circunvalar.   Disturbios que incluían la explosión de las así llamadas “papas bomba”.  Escuché también de disturbios similares en la Universidad de Antioquia.

Por la mañana la noticia era la desactivación de un carro-bomba dirigido al comando de la Policía.  Por un aparente desperfecto mecánico la camioneta cargada de explosivos se averió en el céntrico barrio residencial y comercial Eduardo Santos.  La bomba fue completamente desactivada por las autoridades.

Foto de los vehículos afectados, por @sanchezjuma

El día se puso más “interesante” después.  Antes del medio día explotó una bomba en la Calle 74 con Avenida Caracas en lo que a todas luces fue un atentado contra el abogado, ex Ministro de Interior y Justicia y conductor de radio Luis Fernando Londoño Hoyos.  Una “bomba lapa” fue colocada sobre el capó de la camioneta blindada en la que se transportaba el exministro.  Un escolta retiró el artefacto el cual explotó causando la muerte de este escolta, el conductor del vehículo y causando graves heridas al abogado, a un conductor de buseta que se encontraba al lado y a muchos otros transeúntes.

Carlos Fuentes

Por la tarde se conoció la noticia sobre la muerte del escritor e intelectual mexicano Carlos Fuentes.  Salvo esta última noticia vienen las especulaciones sobre si los hechos anteriores estaban conectados o no.

Fernando Londoño

Londoño Hoyos fue ministro del hoy expresidente Álvaro Uribe Vélez y trabaja actualmente como director y conductor del programa de opinión “La hora de la verdad” de la cadena Radio Super, desde donde defiende las ideas políticas y la gestión del gobierno pasado.  Es reconocido como una de las voces más importantes de “la derecha” colombiana.  Antes de ser ministro fue abogado litigante y representó en muchas ocasiones a demandantes contra el estado.  En su actividad privada se hizo poseedor de acciones de la empresa Invercolsa que en su momento estaban disponibles sólo para empleados.  Londoño, siendo contratista y no empleado, adquirió un importante paquete de acciones en lo que muchos, incluyendo la Procuraduría General de la Nación y el Juzgado 28 Civil de Circuito de Bogotá consideraron ilegal.  Sin duda la lista de enemigos personales e ideológicos de Londoño Hoyos es bastante grande.

Adicionalmente ayer se votaba en la Cámara de Representantes el proyecto de la ley Marco Legal para la Paz, de la cual el expresidente Uribe y varios de sus escuderos, incluido Londoño Hoyos, han sido férreos opositores.

No han faltado las especulaciones sobre si el atentado contra Londoño vendría de sectores obscuros de la derecha para enturbiar el proyecto de ley que permitiría una eventual paz con las guerrillas que supuestamente Uribe y su gobierno estuvieron a punto de derrotar pues si el atentado fuere atribuido a las Farc, como enemigo natural del exministro, no tendría sentido premiar a las guerrillas con una ley de impunidad.

También hay quienes dicen que el atentado no pudo provenir de las Farc por ello mismo: porque sería un tropiezo para demostrar voluntad de paz.

Desde finales de los años 1990 las Farc abrazaron el terrorismo “puro” como una forma más de combate contra el estado.  Antes de ello las guerrillas colombianas no se caracterizaban por ataques indiscriminados contra la sociedad civil o atentados con bombas contra figuras públicas, aunque para la definición de muchos el sólo hecho de alzarse en armas y combatir a la fuerza pública ya los convierte en terroristas.  Con anterioridad los atentados con bombas fueron casi exclusivos de grupos narcoterroristas como la agrupación Los Extraditables del Cartel de Medellín.

En los años 1990, las Farc empezaron a usar dispositivos explosivos improvisados en cilindros de gas vacíos que podían ser arrojados (nunca supe cómo los arrojaban).  Estos cilindros bomba eran arrojados principalmente contra puestos de policía, los cuales por ser primordialmente cuerpos de seguridad ciudadana (y no combatientes antiinsurgentes) se encuentran en los centros urbanos de pequeños municipios.  Los cilindros bomba producen una destrucción indiscriminada lo que unido a los poco precisos mecanismos de lanzamiento producían un gran daño a la población civil cercana a los puestos de policía.

Los defensores de turno de la guerrilla decían que no se les podía pedir a las Farc armas de precisión como las que poseían las fuerzas armadas constitucionales y que era responsabilidad del estado de poner combatientes en medio de la población civil.  (Repito, un Policía no es un combatiente sino un servidor civil.)

En 1999, sin embargo, estalló una bomba frente a las oficinas de la Federación Nacional de Fondos Ganaderos en Bogotá, causando daños en la casa que fungía como oficina y destrucción, heridos y muertos entre las personas que pasaban entonces por la calle.  Las Farc fueron identificadas como los autores de ese atentado y, desde entonces, no han sido tímidas en colocar bombas destinadas a causar daño en instituciones civiles no combatientes y terror en la sociedad.  Uno de los casos más sonados la bomba en el Club El Nogal en pleno gobierno de Uribe y ministerio de Londoño Hoyos.  Uno menos conocido (anterior incluso a la FNFG), fue el atentado de Santo Domingo (Arauca) cuando en medio de combates con las fuerzas armadas las Farc detonaron un carro bomba que mató a varios civiles, incluidos niños, y los hechos fueron luego atribuidos a bombas racimo lanzadas desde aviones de la Fuerza Aérea Colombiana FAC.

La tesis de que el atentado contra Londoño Hoyos no favorece a las Farc porque enturbiaría la aprobación de la ley Marco Legal para la Paz no tiene sentido a la luz de lo que las Farc han demostrado en los últimos años.  En mi opinión a las Farc les vale huevo que aprueben o no esa ley.  Como les vale huevo si con el atentado convertían a Londoño Hoyos en un mártir de la derecha colombiana.  Tampoco creo que las Farc fuesen tan brutas de creer que matando a Londoño callaban a la derecha.

Sin embargo, desde la lógica que han mostrado las Farc este atentado tiene sentido.  A las Farc como grupo extremista no les interesa callar a los extremistas del otro espectro político.  Dentro de la lógica de las Farc es más importante debilitar el centro porque con un centro debilitado las voces moderadas pierden audiencia y son más proclives a gravitar hacia cualquiera de los extremos.

E internacionalmente la extrema derecha, aún hoy, es más rechazada internacionalmente que la extrema izquierda.  Colombia, dividida entre esos dos extremos, estaría en una guerra donde ambas partes recibirían un grado de apoyo moral, económico e, incluso, militar de la comunidad internacional.  Una institucionalidad destruida y, eventualmente, una capacidad de tomarse el estado.

Por el contrario, una democracia fuerte bajo principios políticos liberales, donde el pueblo encuentre solución a sus problemas dentro de la propia institucionalidad, donde se pueda discutir abiertamente de las distintas formas de resolver los problemas sociales y con compromisos y posturas moderadas, deslegitima completamente la lucha armada de los extremistas.

En una democracia funcional las Farc no tendrían otra opción a acabar la guerra que rendirse, lo cual aún con leyes benévolas como las que sugiere el Marco Legal para la Paz, sigue siendo una derrota.

Las Farc nunca estuvieron ni medianamente cerca a ganar la guerra y no lo están hoy.  Pero nunca, ni en los momentos más duros de la doctrina de la Seguridad Democrática del gobierno de Álvaro Uribe Vélez, estuvo cerca de ser completamente derrotada.  Mientras ellos crean que aún tienen una esperanza de continuar su absurda lucha lo seguirán intentando.

Y dentro de ese sentido asesinar a una de las voces más activas de la derecha dura cumple varios objetivos: enviar el mensaje de que los enemigos de su revolución no están a salvo (y de paso declarar a ese tipo de derecha como su enemigo), crear confusión en la población civil (terrorismo) y polarizar el país: una justificación para continuar peleando.

Pero las Farc no son el único enemigo de Fernando Londoño Hoyos.  En estos momentos, con la información que conozco y que han revelado las autoridades no hay plena certeza de que sí hayan sido las Farc los perpetradores de ese atentado.  En mi opinión sí son los más probables autores, pero afirmar que lo son y la justificación que acabo de dar no es más que especulación de mi parte.

Igualmente hay indicios de que el atentado que intentaron por la mañana contra el comando de la Policía hayan sido las Farc y si ambos atentados hubieran cumplido su objetivo el grado de caos que habría hoy en la ciudad sería bastante alto.

En los pasados disturbios contra Transmilenio, de los que hablé en este blog, han surgido evidencias de que las acciones más violentas fueron coordinadas por las Farc.  Probablemente no fueron las Farc las que incitaron las protestas, pero sí aprovecharon para aumentar el caos.

Y esto ata el tercer elemento con los que inicié este post: las protestas en universidades públicas contra el tlc.

Creo firmemente que las acciones más violentas registradas ayer por los protestantes anti-tlc tuvieron participación de las Farc.  Repito: no creo que todos los que se oponen al tlc sean farianos, simpatizantes de las Farc o idiotas útiles de la insurgencia.  (Y, desde luego, mucho menos estoy diciendo que los estudiantes de universidades públicas sean guerrilleros.)  Pero sí creo que las Farc tenían interés en infiltrar esas protestas como una forma de aumentar el caos.

Y si creemos que ayer era una fecha muy especial para el actual gobierno, sin duda la resonancia de todos estos actos juntos hubiera sido un ruidoso (si no muy claro) mensaje.  Un mensaje de que las Farc seguirán luchando y que no se sienten derrotadas.

Ayer quería escribir sobre el tlc.  Sobre cómo veo el Tratado de Libre Comercio entre Colombia y los Estados Unidos a la luz de los motivos por los cuales sigo insistiendo en la creación del Partido Pirata Colombiano.  Pero eso tendrá que esperar.

Sobre el regocijo por la muerte

Ya varias veces lo he dicho: rechazo completamente a las FARC y su pretensión de ser nuestras fuerzas armadas y nuestro ejército.  No creo en la economía planificada, ni la dictadura del proletariado, ni la lucha de clases, ni ninguna de esos otros ideales de izquierda.

Soy humanista.  Creo en el valor de cualquier vida humana, aún la de aquellos que desprecian la vida de los demás.  Y espero que se entienda que lo que voy a decir lo digo desde esta perspectiva y no como una admirador de las guerrillas.

No me alegro por la muerte de alias el Mono Jojoy.  No felicito a las Fuerzas Armadas.  No comparto la alegría colectiva de todos los que veo en mi timeline de Twitter.

Creo que si se requirieron 50 bombas sobre el campamento de alias el Mono Jojoy para darle de baja es porque faltaron más recursos, más imaginación y más determinación para garantizar su captura o su rendición incondicional. Continue reading

Análisis asimétrico

«La guerra es la continuación de la política por otros medios», decía Carl von Clausewitz. Carl Schmitt respondía que «la política es la continuación de la guerra por otros medios». Nuestro gran filósofo político José Obdulio Gaviria simplemente nos propone que aquí no hay guerra.

Cuando se habla de guerras se propone el concepto de guerra asimétrica, esto es un conflicto bélico entre una parte que posee un ejército regular y otra que dice que no puede financiar tal, y por ende ajusta sus prácticas a obtener mayores beneficios con pocos gastos: emboscadas, sabotaje, apoyo (y mimetismo) en la población civil, etc.  En otras palabras guerra de guerrillas y terrorismo.  Desde luego que hablar de guerra asimétrica implica reconocer cierta legitimidad al combatiente menor.  Quien resta tal legitimidad preferirá hablar de amenaza terrorista.

Así que no sólo existen guerras asimétricas, sino también un uso asimétrico del lenguaje en el análisis de un conflicto. Continue reading

Un año

Hace un año participé en la gran marcha en contra de las FARC y tangencialmente en su organización, y ante la crítica de algunos sectores sobre la visión limitada de esa iniciativa, mi posición es que había algo que decir, así no fuera todo lo que hubiera que decir.

Hoy recibimos este aniversario tras una serie de eventos.  Las muertes de Raúl Reyes (abatido en confusos hechos), Iván Ríos (asesinado) y Manuel Marulanda (por causas naturales) en marzo.  El rescate de 4 rehenes civiles y 11 uniformados en la Operación Jaque, incluyendo la así llamada joya de la corona: Íngrid Betancourt.  Deserciones como la de Karina primero, y luego las de cuidadores de reenes que le garantizaron la libertad a Óscar Tulio Lizcano, entre otros.  Hay muchos signos que apuntan a un debilitamiento de la guerrilla. Continue reading

¿Están derrotadas las FARC?

Desde mi escritorio en medio de la ciudad no puedo hacer nada más que especular, así que mi lectura de la realidad puede estar completamente equivocada. ¿Están derrotadas las FARC? Esto lo escribo al final del día en que se conoció la suerte de Luis Edgar Devia, alias Raúl Reyes, y aunque no me alegro por la muerte de 18 colombianos (17 guerrilleros y un soldado), no puedo dejar de pensar que algunas cosas pintan más promisorias, aunque todavía el camino es tortuoso.

Las FARC no están derrotadas, ni con este ni con muchos otros golpes grandes que han sufrido en los últimos días. Todavía cuentan con un importante apoyo internacional, todavía tienen combatientes y redes de apoyo, y si logran resistir lo suficiente hay una posibilidad de que la marea política cambie a una situación que les sea más favorable. Pero desde mi escritorio, esa esperanza es muy poco probable, y gran parte del futuro del país depende de como manejen las FARC esas probabilidades: si insisten en una guerra o si se preparan para la paz. Continue reading