Planeando bodas

Falta poco más de una semana para que se case la menor de mis primas.  Entre todos mis primos, primas y mi propio núcleo familiar es la tercera boda.  Estaba pensando si el número es pequeño pues igual tampoco es que tenga taaantos primos (dos de lado de mi madre, cuatro de parte de mi papá, mi hermana y yo) aunque ya todos pasamos de los 30.

[bodas] Como no soy de las personas a las que invitan sus amigos y compañeros de trabajo a sus propias bodas, pues lejos estoy de ser un experto en bodas.  La mía propia fue bastante sencilla.  Un poco a las carreras porque tocaba aprovechar que mis papás llegaban de vacaciones y el cura que mi esposa quería no se fuera aún de la ciudad. Continue reading

Matrimonio: un buen negocio

Bloguero invitado: Andrés Meza Escallón*

Yo soy de los que piensa que casarse es como montar una empresa en sociedad: no es para todo el mundo y lo más importante es que la socia le inspire a uno una confianza de proporciones bíblicas.

En efecto, montar una empresa no es para todo el mundo, por lo que la mayoría de la gente se siente cómoda en el papel de empleado de alguien más. Claro, también están los independientes o FreeLancer, quienes padecen las desventajas de los empresarios y las desventajas de los empleados con casi ninguno de sus beneficios, pero esa es otra historia. Para propósitos de nuestra analogía, sigamos con los casados / empresarios.

Primero, es clarísimo que casarse es como tener una empresa con una socia y una asamblea de socios chiquitos pero cansones. ¿O es que creen que los suegros, padres, tíos, hijos no quieren meter la cucharada en sus decisiones “de pareja“?  La sabiduría popular ya advierte que “uno se casa con la esposa y la familia de la esposa” y viceversa.

Segundo, montar una empresa o casarse implica tener recursos o estar en condiciones para generarlos. También implica obligaciones (de ahí el tradicional “el que tiene tienda, que la atienda”) que van desde las más obvias (como cumplirle a los proveedores, empleados y clientes) hasta las que uno desde afuera no ve (tributarle al Estado o llevar registros contables). En el caso del matrimonio, obviamente se espera de los cónyuges que tengan tanto sexo como sea posible y sostengan los gastos de la casa, pero también que respeten el contrato que firmaron.

También cuando se monta una empresa se debe tener muy clara la razón social, o el propósito para el que creó. Si es una fundación, debe tener clara su función social, si es con ánimo de lucro, de tener muy claro cómo espera obtener beneficios. Obviamente ambos enfoques no son excluyentes, pero se debe tener muy claro cuál es el prioritario. Por el lado del matrimonio, se debe tener claro para qué se casan los cónyuges:  ¿para criar una familia? ¿Para consolidar un patrimonio? ¿Para emprender un proyecto de vida conjunto? Nuevamente, estos propósitos no son excluyentes, es más, se espera que se complementen, pero si no se tiene en mente ninguno de esos tres, ¿para qué casarse?

Cuando tenemos empresas también se debe tener claro que a veces se gana y a veces se pierde. Pero si después de un tiempo uno se da cuenta de que la relación beneficio / costo ya no mayor que cero, ¿para qué  mantener la empresa?  Con los matrimonios pasa lo mismo: si el balance entre las cosas positivas y las negativas ya no es positivo, pues ambos deben hacer una reingeniería para rectificar el rumbo o irse cada uno por su lado. Bien lo decía Chiquinquirá Blandón: “un amor que sirva o un adiós que libere”.

Por otro lado, cuando monta una empresa en sociedad, más importante que la socia sea una genio de las finanzas, es que inspire confianza. Si sospecha que la socia le puede robar o que no es competente para encargarse de la empresa temporalmente si llega a faltar, ¿para qué arriesgarse?

Después de todas estas consideraciones, quienes todavía quieran casarse pueden estar haciendo un mejor negocio que estando solteros. Un matrimonio es una plataforma que da suficiente estabilidad para arriesgarse en proyectos de largo plazo (tener casa propia, criar hijos y nietos, desarrollar una carrera, etc.). Y para muchos, esos son los proyectos que valen la pena.

Por qué vale la pena casarse

Bloguero invitado: Hacemeun14*

Hace unos años cuando estaba entre mis 20 y 25 años pensaba que el matrimonio era algo que nunca iba a estar en mis planes; como cualquier ser humano de esa edad me creía inmortal y temerario y dado que mi hígado estaba en perfecto funcionamiento y mi colon no se manifestaba de ninguna manera pues me la pasaba de fiesta en fiesta.

Eran tiempos bonitos, una novia joven y atractiva y muy pocas responsabilidades, ¡oh juventud, divino tesoro! Pero esos años pasan tan rápido como se disfrutan. De pronto uno deja de ser el audaz jovencito que frecuenta los sitios de moda y tiene miles de amigos, para convertirse en un adulto joven con barriga incipiente.

Las visitas al médico son ahora frecuentes y el vendedor de la droguería ya sabe que uno va por una caja de Omeprazol. El inevitable paso del tiempo y el reloj biológico le pellizcan a uno el culo y bueno, de repente la idea de casarse se considera seriamente.

Entonces uno dice ¿por qué no? Casarse con la novia de toda la vida, esa mujer que lo hace a uno sonreír, conoce sus gustos, sus más oscuros secretos y la ruta indicada para una segura y deliciosa ‘petit morte’ conjunta.

Seguramente ya no serán los fines de semana de amigos, juegos de mesa, asados y borracheras memorables; pero estarán la inversión millonaria en la boda, la conversión inmediata al catolicismo para hacer el cursillo y poder casarse, la fiesta y el recibir regalos repetidos. Estarán las idas al supermercado para hacer mercado, contratar a una señora para que cocine y haga el aseo, pagar la cuota de la casa – carro – posgrado, y por supuesto, hacer un avance con la tarjeta de crédito… otro… otro… el último de este mes.

Ya no habrá que lidiar con los amigos borrachos ni ir a recoger los controles del Xbox a la casa de Daniel; ahora habrá que discutir con el plomero porque ¡Cómo va a costar tanto ese arreglo! Y así sucesivamente, una novedad tras otra, una nueva responsabilidad y una noche más en la que uno se da cuenta de que ¡nos dormimos sin tener sexo!

Pero en el fondo de todo uno busca eso, tranquilidad, saber que tiene donde llegar a dormir y donde comer, la sensación placentera del abrazo y los besos honestos de la otrora novia joven y atractiva, ahora esposa despelucada y ‘gordita’.

El matrimonio vale la pena, pues como diría un amigo ‘así uno siempre tiene qué hacer los viernes por la noche’.

@hacemeun14

Nota: ¡yo si me quiero casar!

Por Hacemeun14. (@hacemeun14)
Autor de ¿Me podés hacer un 14?

Yo creo en el amor

Bloguero invitado: José Luis Peñaredonda*

“Hasta que la muerte los separe”, dice el cura. Ellos sonríen. La muerte y el tiempo que los separa de ella es la última de sus preocupaciones. Ahora viene la ceremonia y la mamá de la novia está con los pelos de punta debajo del litro de laca que fija su peinado. Vienen los hijos, sacrificios, presupuestos y préstamos de vivienda, pero ya habrá tiempo para pensar en todo eso. Primero los gozosos.

Es que toda la gente que yo he conocido se ha casado ebria. No de alcohol al estilo Las Vegas, por supuesto. Ebrias de amor, de sueños. O, como dicen los neurocientíficos, de endorfinas. Si uno les hace caso a estos seres extraños de bata blanca que dicen que tienen todas las respuestas, estar enamorado es más o menos como haber consumido anfetaminas por un tiempo relativamente largo. Pero si uno los toma en serio, la vida se convierte en algo tan emocionante como una visita a la droguería.

Por eso yo prefiero creer en una versión cursi del asunto. Crecí soñando con una versión del amor eterno. que consiste en tener a alguien con el quien a pasear de la mano cuando tengamos 90 años y nuestra vida sexual sea un recuerdo borroso. Y ese sueño es horriblemente problemático, no tengo que decir por qué. Especialmente cuando renunciar a ese sueño es difícil. Muy difícil. Puedo construir argumentos racionales y filosos como una espada, pero esa vocecita molesta se las arregla para no callarse.

Y eso que solo he hablado del amor. No he hablado del matrimonio, una institución cuya cantidad de defectos –todos lo sabemos– es enorme. Otro sueño de esos que muchos cultivan toda la vida es tener una boda grande, bonita y costosa con todos los amigos. Y para ellas, con todas las amigas. Creo que, para la mayoría de las mujeres, las bodas son el equivalente de los carros para muchos hombres. Entre más grande y ostentoso, mejor. Sospecho que esa es una de las muchas rivalidades que las mujeres creen que mimetizan con la melosería y la ‘queridura’. El sueño no es solo tener una boda bonita. Es tener la boda más bonita entre las bodas de las amigas.

El asunto es que el amor eterno, para muchas personas, implica al matrimonio. Para ellos, cumplir el sueño del amor eterno los obliga a casarse. Pero ese no es el punto. El punto es: ¿A qué se debe que persigamos sueños que no nos convienen, por decirlo suavemente? Porque, creo, necesitamos de los sueños para darles sentido a nuestras realidades. Yo creo en el amor porque –lo confieso– sueño con el amor para toda la vida. Si no creyera en él no me hubiera dado la oportunidad de enamorarme. Pero enamorarme no me ha hecho olvidar todos los defectos y problemas del amor. Insisto en ello porque ese sueño del amor eterno me ayuda a levantarme todas las mañanas y a sobrellevar todas esas cosas malas.

Pero yo no creo en el matrimonio. Nunca he soñado con casarme, ni creo en la relación de necesidad que algunos trazan entre casarse y amar a alguien por toda la vida. Pero para alguien que cree en el matrimonio y sueña con estar casado con alguien para toda la vida, estar casado es vital. El matrimonio es difícil. Pero no claudicar en él es necesario para tener razones para seguir viviendo.