Un frágil futuro

El No ganó con un 50,21%, el perdió con un 49,78%, menos de medio punto porcentual de diferencia. Ese margen tan escaso, de menos de 60 mil votos frente a una votación de más de 12 millones y medio de votos válidos, hace pensar que casi cualquier cosa pudo haber cambiado el resultado.

«Qué pereza salir a votar con este clima.»

«Qué pereza salir a votar con este clima.»

En la Costa Caribe el ganó, pero también hubo la mayor abstención, en gran parte promovida por el paso del huracán Matthew. Si la participación en el Caribe hubiera sido similar a la del resto del país, conservando las tendencias de voto de la región, ese medio punto porcentual se hubiera revertido fácilmente.

Muchos pastores evangélicos y muchos curas católicos hicieron una fuerte campaña en contra del plebiscito porque los acuerdos tenían enfoque de género («nos van a colar la ideología de género» decían), o porque en el acto inaugural de la firma de los acuerdos, en el espíritu de inclusión del gobierno con comunidades indígenas, hubo actos que consideraron anti-cristianos, satanistas. Si estas feligresías hubieran votado libremente, sin la guía espiritual que les mintió sobre la ideología de género, ese medio punto porcentual se hubiera revertido fácilmente.

El destino de Colombia si esos jipis del Sí hubieran ganado.

El destino de Colombia si esos jipis del Sí hubieran ganado.

Muchos promotores del No vendieron la equivocada idea de que los acuerdos implicaban que el comunismo se tomaría al país y que nos convertiríamos en Cuba o en Venezuela si pasaba el plebiscito. Que en dos años se acabaría el papel higiénico y tendríamos que hacer largas filas para comprar leche en polvo. Claramente nada de eso se desprende de la letra de los acuerdos, ni de la realidad del país, pero ese discurso de miedo caló. Sin esas mentiras, con un voto más libre, ese medio punto porcentual se hubiera revertido fácilmente.

Pero también hubo varios curas católicos que apoyaron abiertamente el , y sé de líderes evangélicos que también se mostraron favorables al mensaje cristiano del perdón. También muchos promotores del amenazaron que la consecuencia del No era regresar a la guerra, incluso a una guerra peor, a una guerra urbana. ¿Cuántos votos del fueron influenciados por estos líderes espirituales y estas mentiras apocalípticas? Si estos votos hubieran sido más libres el margen del No pudo haber sido más alto, más claro.

Y están los votos nulos, y la abstención general. Muchos votos nulos son sin duda personas que anularon su voto intencionalmente. Un amigo de Facebook comentaba que no lo convencían los acuerdos, pero tampoco quería avalar las mentiras de los del No, así que su intención era votar en blanco, pero como no existía esa opción iría a anular su voto. Conceptualmente el es el voto que cuenta. La pregunta era si apoyábamos un acuerdo, así que todo abstencionista intencional, toda anulación intencional, fue un acto democrático contrario a apoyar ese acuerdo. De forzar esos votos hubieran sido votos por el No y el No hubiera sido más claro.

ctz-fiqwaaafnf5Noté en mis redes sociales, en Twitter, pero sobre todo en Facebook, que quienes exponían sus argumentos por el No, válidos o no tanto, eran atacados. Unos pocos, después de varias semanas de discusión expresaban una incertidumbre con argumentos que en el fondo expresaban más incredulidad hacia la campaña a favor del que hacia los promotores del No. Otros muchos sólo se expresaron finalmente ayer después de las 5 de la tarde cuando el No ya era un hecho. No eran personas que temieran a la ideología de género, ni que creyeran que nos convertiríamos en Venezuela, pero sí personas que no se convencieron de la viabilidad de los acuerdos o desconfiaban de Santos y las Farc por igual. Pero, sobre todo, personas que no se sintieron libres de expresar sus inquietudes. Quienes se atrevían a expresarse por el No antes de las elecciones fueron atacados, descalificados, por muchos de los que íbamos por el . También lo vi al revés pero en una escala mucho menor.

El Sí (verde) y No (naranja) en Antioquia.

El Sí (verde) y No (naranja) en Antioquia.

Este tipo de plebiscitos deben ganarse con votaciones cercanas al 67% o más. En muchos de los pueblos que sufrieron la guerra, el apoyo fue de ese orden o superior, porque son personas que prefieren perdonar al victimario ante la perspectiva de conocer la verdad y que esta no se repita, que pensar en conceptos abstractos como la no impunidad. En 1992, en Sudáfrica, el 68,73% de los blancos apoyaron algo incluso más incierto que nuestro plebiscito: iniciar negociaciones con los negros. Sí, conversaciones con antiguos grupos terroristas como el Concejo Nacional Africano, conversaciones que podrían convertir a un país de ciudadanos blancos en un país donde los blancos serían una minoría perseguida. Y aun así dos de cada tres blancos consideró que era lo mejor.

¿Por qué dos de cada tres colombianos no apoyamos el plebiscito por la paz? Porque la pregunta es esa. No es sobre como revertir medio punto porcentual. Jurídicamente hubiera sido suficiente con revertir ese medio punto porcentual, pero la legitimidad de lo aprobado hubiera quedado en entredicho en contraste con un contundente, con una mayoría clara de colombianos que hubiéramos apoyado ese acuerdo.

El Camarada Santiago con el Comandante Fidel

El Camarada Santiago con el Comandante Fidel.

Una parte fue la propaganda del No que pintaba a Colombia como una futura Venezuela. Los que llegaron a decir, con no más evidencia que una foto, que el presidente Santos era un agente de Fidel Castro, un Caballo de Troya para infiltrar al establecimiento e implantar el comunismo. La propaganda que nos convenció que las Farc son un cartel multimillonario que estaba escondiendo sus bienes para comprar votos más adelante. Otra fueron esos líderes cristianos (católicos y evangélicos) que nos prevenían frente al satanismo y la ideología de género. Pero ese tipo de argumentos también pesaron en la Sudáfrica blanca de 1992, y aún así 2 de cada 3 sudafricanos blancos apoyaron el inicio de negociaciones con la Sudáfrica negra.

El perdió esa contundencia que debió haber tenido, y lo dejó al borde de que unos pastores manipuladores o un huracán hubieran logrado esa pírrica victoria del No, por los acuerdos mismos y la misma campaña del . Sencillamente ni el gobierno ni quienes creíamos en el , fuimos capaces de convencer a los suficientes colombianos de que apoyar estos acuerdos era lo mejor para el país.

Influyó la negociación misma. Muchos sectores se sintieron excluidos de la negociación, el más importante de ellos fue el expresidente Uribe y su caudal político. Tengo versiones encontradas, unas que dicen que Santos los invitó a participar y no aceptaron, y otras que dicen que ellos propusieron ir y Santos no aceptó. Sea la razón real, el uribismo, quien hizo posible que las Farc se sentaran a negociar, no participó y no se sintió incluido en el acuerdo final. El acuerdo final fue de otros, de un gobierno (no de un estado) con un grupo guerrillero, donde una parte importante del país (ellos, el uribismo), fueron excluidos. Uribe dice que sólo lo querían para la foto, para avalar un acuerdo en el que no tuvo injerencia, y que por ello no fue. ¿Hubiera sido posible un acuerdo con la participación del uribismo en la mesa? Tal vez no. O tal vez sí, y si el acuerdo se hubiera logrado, así hubiere sido el mismo acuerdo, el uribismo no lo hubiera estado desprestigiando con la contundencia con que lo hizo.

Influyó el acuerdo mismo. 297 páginas donde entran en mucho detalles en ciertos puntos pero dejan otros demasiado vagos. No dicen (y en mi opinión no tendrían que haberlo dicho) qué pasa con la plata que las Farc supuestamente tienen, o con los menores de edad reclutados. ¿Son los cuerpos de seguridad creados para evitar que masacren a los guerrilleros desmovilizados un disfraz de la guerrilla para no dejar las armas? ¿Qué pasará con unos pocos campesinos que adquirieron de buena fe unas tierras despojadas? El acuerdo mismo no fue lo suficientemente claro para dilucidar esas inquietudes, así que en últimas se leía bajo nuestros presupuestos: desconfío de Santos y la guerrilla, entonces esas incertidumbres son huecos para implementar el peor escenario posible; o tengo esperanza, entonces esas incertidumbres se solucionarán positivamente en su debido momento. Una lectura que pudo haber convencido a muchos, sólo sirvió para confirmar nuestros preconceptos.

Influyeron las contradicciones del gobierno. Santos dijo que iba a haber cárcel y el acuerdo permitía que cualquier guerrillero pudiera salir sin conocer el interior de una prisión. Dijo que no participarían en política y nada en el acuerdo impide que los líderes de las Farc participen en política. Y todo ello mella en la credibilidad de un gobierno y de las políticas que intenta impulsar. Repito. Es muy probable que si el uribismo hubiera estado en la mesa desde el principio, el acuerdo hubiera sido muy similar. La misma alternatividad penal que permitiera que los líderes de las Farc, sin conocer el interior de una prisión llegaran más adelante elegidos al Congreso. El rechazo no fue porque ello pasara, sino porque pasó a pesar de la promesa de que no pasaría.

Influyó que vendieran el plebiscito como el «plebiscito por la paz». La paz es multidimensional y el acuerdo lo reconoce. El acuerdo va más allá de las condiciones para que un solo grupo guerrillero, las Farc, se desmovilicen y pretende reivindicaciones sociales y política antidroga que, en mi opinión, contribuyen a esa paz multidimensional. Pero excluye (y no tendría por qué incluirlo) a otros grupos. Excluye a nuestro comportamiento intolerante frente a las diferencias. Por muy buena intención del acuerdo, y por más alcances adicionales que pretenda, no puede garantizar la paz, así que no era un plebiscito por la paz. Y, por otro lado, se vende al No como la guerra. Y claramente no es así. El No era una incertidumbre, es una incertidumbre, pero no es garantía de guerra. Ni las Farc, ni el gobierno, ni la oposición de derecha, están interesados en que las negociaciones y la tregua terminen (aunque creo que sí está en el deseo de algunos, lejos de la mayoría pero sí algunos, de quienes votaron No). Y lo vemos. Llevamos un año largo en tregua. Un mes desde que se anunció que la tregua era indefinida, y hoy no amanecimos matándonos.

Influyeron los gestos de las mismas Farc. Si no pedían perdón, los colombianos no podríamos votar , porque no tienen voluntad de reconciliación. Cuando pidieron perdón, entonces los colombianos podremos votar No porque el perdón ya los comprometió a que no regresarán a la guerra. Si negocian estando armados es porque nos están amenazando, pero si se desarman, ya el estado logró su objetivo y no hay nada que negociar. Y como las Farc no son tontas, no han declarado todos sus bienes, ni revelado todas sus verdades, ni se desarmarán antes de tener algo seguro.

Aprender a negociar es conocer al otro. Lograr la paz es entender al otro. O no. Depende qué entendamos por paz. La eliminación del otro significa también la paz para mí. Muchos de los promotores del estaríamos contentos con que no existiera el uribismo y esos otros obstáculos para implementar la paz con las Farc. Así como muchos promotores del No estarían contentos con que no existieran las Farc y así lograr la paz entre todos los que no somos Farc. Queremos una paz que no nos implique reconocer al otro, al que piensa distinto. Que no nos exija tener que conocer qué anhela, qué piensa, qué quiere, qué desea. Entonces la negociación es sólo yo qué quiero. Quiero que las Farc se desmovilicen y paguen cárcel, y que la plata de las Farc sirva para que no me cobren más impuestos. Quiero que Uribe y Cabal y Pachito Santos se callen y dejen de oponerse a todo sólo porque ellos no son los protagonistas. Y cuando escuchamos al otro, es sólo con la intención de buscar cómo rebatirlo. Leer el acuerdo para encontrar una palabra ambigua e inventarme unas consecuencias desfavorables. Buscar qué tan infundado es cada argumento por el No. Y luego pregonar sin pena que no estoy obligado a entender al otro, porque el otro es un intolerante.

Quisiera ser optimista y que este No sea un punto de partida para una renegociación más incluyente, en la que al final se logre un mejor acuerdo para el futuro del país.

Pero soy pesimista. Para las Farc su mejor interés es no apresurarse. Para el gobierno su mejor interés es invitar real y no simbólicamente al uribismo y otros sectores políticos adversos. Pero para el uribismo su mejor interés es no apresurarse. El gobierno depositó la mayor parte de su caudal político en esta negociación y en este plebiscito y lo perdió. Las Farc ya saben que no es con Santos con quien tienen que negociar. Y está la tregua. Eso es bueno. Por ahora. Pero eso significa también que no hay afán. Las Farc pueden seguir haciendo actos políticos, que a la larga servirán para recoger las banderas del Polo Democrático y, cuando prospere finalmente un acuerdo, si es que prospera, estarán políticamente más fortalecidas. El Centro Democrático puede seguir alargando el proceso con la esperanza de lograr retomar el poder en 2018 y ahí sí acabarlo. Y mientras tanto, el ELN podrá seguir con sus ambigüedades sabiendo que con el gobierno de Santos no se va a negociar. Sabiendo que la tregua entre las Farc y el gobierno es frágil y que eso les permite cierto grado de impunidad. Y algo similar pasa con las bacrim herederas del paramilitarismo.

Voté , porque consideré que era lo mejor para el país. Sabiendo que no era la paz. Sabiendo que había cosas que no me gustaban en esos acuerdos. Sabiendo que el No no implicaría la reanudación de la guerra. Algunos decían que como no se puede confiar ni en Santos ni en las Farc, había que votar No. Mi desconfianza en Santos y las Farc fueron parte de mi decisión por el , porque el era comprometer a ese Santos y esas Farc con la letra de unos acuerdos que, aunque imperfectos, eran medibles. Hoy no caímos en el peor escenario: la reanudación de la guerra, pero nos enfrentamos a más años de negociación en medio de una frágil tregua que le conviene más al ELN y las bacrim. Y al final uno de dos desenlaces posibles: llegar a un acuerdo que sea escencialmente lo mismo que ayer rechazamos, o que eventualmente la tregua se rompa, por ejemplo el día que un candidato de la derecha asuma como presidente el 7 de agosto de 2018 y no pasó nada, excepto que el ELN y las bacrim se fortalecieron.

En el mejor de los casos: Álvaro Uribe Vélez, Humberto de La Calle Lombana y Rodrigo Londoño Echeverry estarán en Oslo el 10 de diciembre de 2017 recibiendo el premio Nobel de la Paz. No soy tan optimista.

Desconfianzas

Desconfío de las personas para quienes una idea se convierte en más importante que la gente.

Marchando_por_la_libertad_en_ColombiaEnero de 2008. Las Farc habían incumplido su promesa de liberar a Emmanuel, el hijo de Clara Rojas concebido y nacido en cautiverio. En el juego de liberaciones a cuenta gotas que mantuvieron las Farc durante los gobiernos de Álvaro Uribe, este hecho rebosó la copa de la indignación colombiana. Óscar Morales, un ingeniero de Barranquilla creó un grupo de Facebook bajo el nombre de No Más Farc y pronto ganó momento. En las primeras discusiones de qué hacer, más que simplemente ventilar indignaciones en un grupo, surgió la idea de convocar a una marcha: el objetivo era lograr, convocando por redes sociales, un millón de voces contra las Farc, a un mes de creado el grupo.

Participé desde casi el principio y, entre mis aportes, cree una aplicación para Facebook que enlazaba con la página web que montó Morales, y ayudé a elaborar un documento de preguntas frecuentes, un FAQ, que fue adoptado. El objetivo más general del grupo y de la marcha de Un millón de voces contra las Farc, era mostrarles a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo, que ellas no nos representa al pueblo colombiano. Uno de los lemas fue Colombia soy yo. Pero, más allá de eso, cada uno de nosotros, de los que convocaron, los que ayudamos, los que organizaron, los que participamos, tenía su propia idea de qué significaba no más Farc y qué país esperaban a cambio.

Pasó la multitudinaria manifestación. Fue bonito sentirse parte de algo. Pero no bastaba. Los muchos grupos que participaron de la organización, incluyendo el grupo de Facebook y sus administradores, continuaron trabajando. A un mes de la marcha contra las Farc, se había convocado otra contra el paramilitarismo. No fue una reacción, la verdad los convocantes habían venido trabajando desde antes. Para mí, así como para muchos de los que habíamos trabajado en Un millón de voces, las marchas eran complementarias: nos oponíamos a la violencia, bien fuera causada por las Farc y el Eln o por las Auc y sus engendros. Para otros era disonante: la marcha contra las Farc fue una marcha contra el comunismo y por ello no podrían marchar ahora al lado de los comunistas que convocaban la marcha contra las Auc.

Dentro del grupo No más Farc, pronto la línea anticomunista se impondría. Empezaron a censurar las voces que no nos ajustábamos a la línea editorial. La línea antiviolencia empezó a trabajar por otros lados y varios de nosotros fuimos encontrándonos, entre otros frentes, en el movimiento Visionarios de Antanas Mockus.

Bien. El 4F, la marcha de Un millón de voces contra las Farc, pasó hace más de ocho años. Cambiamos de presidente: Juan Manuel Santos Calderón se insinuó como el sucesor de Álvaro Uribe Velez. Antamas Mockus Šivickas se perfiló como el principal contendor, pero Santos terminó convenciendo mejor a los no uribistas de representar una opción más seria. Entre los votos del uribismo, de santistas de vieja data, y de personas que se sentían más seguros con la seriedad de Santos que la esperanza de Mockus, Santos se hizo en segunda vuelta la votación más alta que cualquier presidente de Colombia haya tenido.

Santos empezó siguiendo, casi al pie de la letra, las políticas de Uribe, pero se reconcilió con Ecuador y Venezuela. Deshizo la fracasada unión de los ministerios de Salud y Trabajo. Las Farc, que habían venido retomando iniciativa en combate, se siguió haciendo sentir. Uribe y sus seguidores empezaron a hablar de retroceso. En lo que parece ser más un caso de orfandad de poder, Uribe se alejó del presidente que ayudó a elegir y empezó a criticarlo. Dos años después Santos se había desprendido de todo rezago del uribismo y anunciaba el inicio de diálogos con las Farc.

Esos diálogos terminan en estos días y ahora nos corresponde al pueblo colombiano aceptar los acuerdos o rechazarlos.

Los antiviolencia que participamos el 4F en Un millón de voces contra las Farc, vemos esto como ese paso importante a una Colombia sin Farc. Los anticomunistas de entonces lo ven como una claudicación definitiva al Comunismo internacional.

doctor_faustoNo diré que el no al plebiscito venga todo de este anticomunismo dogmático, paranoico. Hay una parte importante que viene de ahí. Esas voces que sin leer los acuerdos ya están equiparando la Colombia de Santos con la Venezuela de Chávez y Maduro. Porque lo importante aquí no es mirar qué se tiene en las manos, sino una guerra de ideas. Y, la verdad, esta guerra de ideas no es muy disímil a cómo el gobierno ha querido vender los acuerdos: como si esta, y sólo esta, fuera la paz.

Una de las cosas que intentó hacer el presidente Uribe durante su mandato, una de las tesis centrales de la Doctrina de Seguridad Democrática, es considerar que en Colombia no hay una guerra civil, ni un conflicto armado, sino una amenaza a la democracia. Hay colombianos armados con fusiles y portando uniformes enfrentados a otros colombianos armados con fusiles y portando uniformes. En muchos diccionarios eso es una guerra civil. Las Farc y el Eln esgrimen una razón política basada en hechos tales como el acceso de los campesinos a la tierra, y en contra de una clase terrateniente que ha utilizado las armas del estado para proteger sus intereses. Objetivamente hay un conflicto armado. Pero el reconocimiento del conflicto, si bien no obliga, si confiere a los actores el carácter de partes. Farc y Eln, así como un grupo de estos terratenientes a los que se oponen, se aliaron con el narcotráfico. Los unos como una forma de financiación, los otros como protección de intereses mutuos. Estos nexos de las Farc y el Eln con el narcotráfico, junto con los actos terroristas que cometieron, llevó a que sus detractores simplemente los llamaran narcoterroristas. Su carácter insurgente, cualquier motivación política esgrimida, cualquier causa objetiva del conflicto, queda negada al llamárseles narcoterroristas.

Captura de pantalla de 2016-09-05 17-13-52Y ante narcoterroristas ninguna negociación es posible. En un conflicto se puede negociar entre las partes. En una guerra civil se negocia entre los bandos. Pero con los narcoterroristas no se negocia. Esto es, desde luego, una consigna general. En la práctica Uribe anunció varias veces la intención de negociar con las Farc, incluyendo la posibilidad de conceder indultos y permitir la participación en política de sus miembros. Pero al habérsele negado la posibilidad de continuar en la presidencia, en cabeza propia, o de un seguidor cercano como pudo serlo Andrés Felipe Arias, ahí si la consigna se convierte en grito de batalla y se culpa a Santos de negociar con narcoterroristas. Y de haber logrado un acuerdo.

En parte Uribe tenía razón para haber desconfiado de Santos. Si bien Santos aprovechó en 2010 el posicionamiento uribista, Santos no se debe exclusivamente a Uribe. Santos tiene un gran historial político antes del uribismo. Santos no sería un títere de Álvaro Uribe y por ello el distanciamiento. Pero en muchos uribistas queda la sensación de que Santos traicionó a Uribe. Y he aquí la otra razón para el no: la desconfianza sistemática hacia Juan Manuel Santos, sumada a la desconfianza sistemática a las Farc. Aún si el acuerdo entre el gobierno y las Farc fuera inmaculado, desde su ideología y análisis objetivo, no confían ni en Santos ni en las Farc y, por lo tanto, no confían en el acuerdo.

IMAGEN-11192182-1.pngDesde luego, no se necesita ser uribista para desconfiar de Santos. Y no se necesita ser uribista para desconfiar de las Farc. Las Farc han dado muchas muestras de no ser confiables, desde la silla vacía al lado del presidente Andrés Pastrana, hasta declaraciones en las que dicen buscar la paz como estrategia hacia el poder. Santos negocia con todo el mundo y no le cumple a nadie: campesinos, transportadores, grupos ecologistas, etc. Cuando anunciaron las negociaciones con las Farc yo mismo me preguntaba si Santos sería el interlocutor ideal.

Estas dos grandes razones para el no: la ideológica (zero concesiones al comunismo) y la desconfianza (hacia las Farc, hacia Santos, o hacia ambos) no las voy a cambiar con un artículo. Para cambiar una ideología, una visión filosófica de la realidad, es necesario una conversación larga, donde debo estar tan preparado para convencer como para dejarme convencer. Sobre la desconfianza, no seré yo quien trate de convencerlo a ud. que Santos y Timochenko son personas de confianza. Yo por mucho confío que sean los garantes, las organizaciones internacionales, y la fuerza que de la refrendación popular, la que sostenga esta apuesta que es el Acuerdo Final.

En los argumentos por el no, hay muchas personas que expresan dos oposiciones ideológicas puntuales: el hecho de que los autores de delitos atroces no paguen penas de cárcel, y un número fijo de escaños parlamentarios que tendrán aseguradas las Farc. Al menos es una oposición concreta con referencia a los acuerdos. Sin especulaciones sobre que estos escaños son una puerta al modelo venezolano, sí se crea un premio a la insurgencia armada, victimaria de terrorismo, a formar un partido político con ventajas jurídicas que otros partidos políticos no tienen, incluidos partidos nuevos que no tienen el bagaje de 200 años de violencia partidista en Colombia.

Este tipo de objeciones ideológicas basadas directamente en los acuerdos tienen más validez. Ese es el punto del plebiscito, en mi opinión, que como pueblo, como ciudadanía, escojamos entre dos escenarios: no hacer nada, o dar un paso por un bien mayor sabiendo que ese paso tendrá cosas posiblemente desagradables. Decir si creemos que ese bien mayor supera lo desagradable o si lo desagradable es tanto y el bien mayor tan poquito que es mejor no hacer nada. Si bien he visto muchas cosas que no me gustan, por ahora no he visto algo lo suficientemente desagradable que me lleve a pensar que es mejor dejar así, pero tu criterio puede ser otro, tu límite puede ser otro, o tu opinión sobre la importancia de ese bien mayor puede ser distinta.

El bien mayor del que hablamos no es la paz de Colombia. Es tan solo un paso hacia la construcción de la misma por medio de la desmovilización y desarme del grupo ilegal más grande que hay hoy en Colombia. El mercadeo de este acuerdo como si ya fuera la paz es inconveniente. Por un lado genera una falsa expectativa pero, sobre todo, porque eso da munición a la oposición porque pueden decir, con razón, que el acuerno no sólo no es la paz sino que no la garantiza. O incluso, como muchos dicen, es un paso equivocado hacia la paz. Ya vemos cómo el Eln quiere mostrar fortaleza frente a una eventual negociación y podríamos enfrentarnos a un nuevo proceso de violencia con el fin de lograr objetivos políticos.

Pero sí creo errado lo que algunos promotores del No dicen: que el acuerdo es un paso a una renegociación donde el estado sea menos generoso frente a las penas alternas y no haya tantas concesiones políticas. Para que haya un nuevo acuerdo con menos cosas que no nos gusten.

¿Es factible una renegociación?

Algunos dicen que sí. Que tras tanto anuncio de alto el fuego y una relativa convivencia pácifica durante el último año ni el gobierno ni las Farc estarían dispuestos a levantarse de la mesa. Otros dicen que no importa. Si las Farc realmente tienen voluntad de paz renegociarán y si no, entonces eso prueba lo que temían: que las Farc no tenían voluntad de paz. Mi respuesta es que no me importa comprobar si las Farc tienen o no voluntad de paz: quiero es que se desarmen.

En principio ni las Farc ni el gobierno han hablado de un plan B, ¿qué hacer si no pasa el plebiscito? En principio eso es no hacer nada. Es mantener el status quo. Lo que no queda claro es si es el status quo de una larga negociación en La Habana en medio del alto el fuego actual, o al status quo antes del inicio de las negociaciones: la guerra, el conflicto, o la amenaza terrorista, como querramos llamarlo.

Sin acuerdo, el alto el fuego es inestable, y eso significará más colombianos muertos. Sin acuerdo no hay incentivos para los frentes de las Farc para abandonar la extorsión, o eventualmente decir qué pasó con los secuestrados en medio de un proceso de reparación.

Tal vez haya renegociación, y tal vez las Farc sean más humildes esta vez. (¿Realmente creen eso?) ¿Será suficiente? O habrá otro No para que haya otra renegociación hasta que sea aceptable: la rendición incondicional de las Farc.

Ver el no como una prueba para las Farc, o como un mensaje pensando en una renegociación, me parece peligroso. Más bien digan que votan No porque los sapos son muy difíciles de tragar y lo que se logra a cambio: el desarme de las Farc, no es suficiente.

castrochavistaFinalmente están los puntos del acuerdo que no son claros. ¿Cuáles son las nuevas circunscripciones especiales? ¿Qué son «las conductas criminales que amenacen la implementación de los acuerdos y la construcción de paz» que se definirían en el inexistente punto 3.7? Aquí nos toca dar un voto de confianza o desconfianza. No confío particularmente en Santos y en las Farc, pero por razones distintas. No creo que Santos esté confabulando con las Farc, ni mucho menos Humberto de La Calle Lombana y los otros negociadores colombianos. Como tal no creo que nos estén ocultando la receta de cocina para la implementación de Socialismo del Siglo XXI, y por otro lado hay suficientes ojos encima de estos acuerdos que me hacen pensar en dar mi voto de confianza. Pero frente a estas incertidumbres no puedo culpar a quien decida dar un voto de desconfianza.

Desconfío de las personas para quienes una idea se convierte en más importante que la gente. Es por esto que desconfío de las Farc. Pero también desconfío de quienes se les hace la boca agua hablando del principio de la no impunidad, o de quienes decidieron que cualquier cosa vale para contrarrestar el socialismo. Desconfío quien automáticamente llama narcoterrorista a un colombiano reclutado por el lado equivocado de la guerra, porque no es guerra, ni es persona: es una idea. Desconfío del que usa lemas y consignas en lugar de puntos y argumentos. Desconfío del que ya decidió su voto y considera que todo vale, incluyendo ignorar los problemas de sus aliados y se sirve de la manipulación mediática.