Por los próximos cuatro años

Mi primera reacción el pasado domingo 25 de mayo, cerca de las cuatro y veinticinco de la tarde cuando ya habían publicado el boletín #4 de la registraduría con el preconteo de más del 10% de las mesas y ya era clara la situación, es que no había una verdadera alternativa para la segunda vuelta. El opositor de derecha Óscar Iván Zuluaga Escobar y el presidente en ejercicio Juan Manuel Santos Calderón encabezaban la votación y los siguientes boletines lo fueron confirmando. Zuluaga con casi un 30% de los votos y Santos con poco más del 25% pasarán a votación en segunda vuelta.

No soy antiuribista, pero el uribismo no me gusta. No soy antiuribista porque no me defino en oposición a Álvaro Uribe Vélez y su doctrina y legado. Reconozco logros en su administración. Reconozco la oportunidad histórica de su mandato. Dependiendo de la coyuntura política no vería problema alguno en darle mi voto a Uribe frente a alternativas menos deseables. O en darle mi voto a un candidato uribista. Por ello mismo no tuve una reacción inmediata a que hay que votar por Santos para atajar a Zuluaga. No es mi razón de ser política, ni mucho menos, atajar al uribismo.

Pero hay cosas de la campaña uribista que no me han gustado como las mentiras sistemáticas en contra del gobierno y del proceso de paz de La Habana. No es que yo crea en el proceso de paz en La Habana. Ya antes me había expresado en que no creo que el gobierno de Santos sea el interlocutor ideal de parte de la ciudadanía y la institucionalidad colombiana. Pero una cosa es expresar opiniones, opiniones informadas y hechos basados en evidencia y otra muy distinta es armar hombres de paja y hacer insinuaciones francamente mentirosas como decir que Santos y Timochenco están entregando el país al Castro-chavismo, o jugar a ser la víctima de una conspiración del gobierno que tiene las mismas evidencias que las armas químicas que Bush encontró en Irak.

La satanización de la oposición durante el gobierno de Uribe es otro punto al que, como pirata, me opongo. No he estudiado a fondo las propuestas de Zuluaga, pero el estilo de campaña desarrollado por Uribe y otros de sus escuderos me hacen ver que esto es aún peor que durante su gobierno. El sistemático desconocimiento de la institucionalidad tales como no presentar pruebas a la Fiscalía de las acusaciones presentadas en contra del gobierno o anunciar que se desconocerán las elecciones por fraude del gobierno aun antes de que estas se celebrasen (hablo de la campaña, porque Zuluaga declaró en los debates que sí reconocería los resultados). La promesa de levantar la mesa de negociación en La Habana o de condicionarla a requerimientos que se sabe que las FARC no van a aceptar es otro asunto que juega en contra de Zuluaga y su campaña del uribista y derechista Centro Democrático.

Todas esas son cosas que cuentan para que no me sienta a gusto dándole mi voto a Óscar Iván Zuluaga Escobar, candidato de Centro Democrático.

Por otro lado está el candidato de gobierno, el actual presidente Juan Manuel Santos Calderón. Como con todo gobierno que conozco, Santos ha tenido aciertos y fracasos. Hay actuaciones con las que he estado de acuerdo y actuaciones en las que estoy en franco desacuerdo. Pero, en mi opinión, pesan más los desaciertos que sus logros y, particularmente, que lo que escogió como bandera de su reelección.

Santos tiene un modelo de país en su cabeza y, en muchos aspectos, comparto esa visión. Pero tiene un gran problema de fondo de creer que ese país lo va a lograr a punta de acuerdos y de quedar bien con todo el mundo porque por ese camino lo que logra es prostituir su modelo y quedar mal con todos. Logró mayorías en el congreso en lo que se conoció como la aplanadora: una pieza de maquinaria que le permitía pasar casi todos sus proyectos pero que requiere un mantenimiento enorme; lo que siempre se conoció como aceitada pero que pasó a llamarse la mermelada.

Esa forma de hacer política no es nueva de Santos. Uribe la practicó y por ello suena irónico cuando la campaña del Centro Democrático esgrime a la mermelada como estrategia anti-Santos. Sonaría irónico si no es porque los uribistas lo creen. Y Uribe practicó ese método con Zuluaga de Ministro de Hacienda. Y antes de Uribe, lo usó Pastrana, y Samper, y Gaviria, y los gobiernos anteriores a la constitución de 1991 cuando se reconocían legalmente los así llamados auxilios parlamentarios.

Y sí, Santos ha usado el presupuesto de la nación, tramitado por los congresistas, para que estos dispongan de obras para sus regiones a cambio de pasar proyectos de ley. Juan Manuel Santos ha sistemáticamente criado una clase política que actúe en masa y, aun con ello, ha sido incapaz de lograr reformas claves como la reforma a la Salud, la reforma a la Justicia y la reforma a la Educación porque en su afán de afinar su maquinaria dejó por fuera al ciudadano de a pie, a las personas que reciben la salud, la justicia y la educación y a los profesionales que las aplican.

La implementación del tratado de libre comercio con los EE.UU., negociado durante la administración de Álvaro Uribe, trajo imposiciones sobre propiedad intelectual que favorecen al gran capital estadounidense, mismo gran capital contra el que se alzó el movimiento Occupy Wall Street, y no a los productores locales de semillas o de contenidos digitales, entre otras.

Yo creo en el libre mercado, pero creo que el libre mercado debe ser libre tanto para el gran productor como para el pequeño productor y debe ser libre para el gran consumidor y para el pequeño consumidor. Un libre mercado enfocado a favorecer al gran productor sobre el pequeño consumidor es una perversión del modelo y ahí encuentro diferencias fundamentales entre lo que propone Juan Manuel Santos y lo que yo creo. (Por cierto: una evidencia más de que Santos no es castro-chavista.) La tardanza en implementar sistemas de protección al medio ambiente frente a prácticas predatorias legales (e, incluso, frente a las ilegales), hacen que Santos esté lejos de ser el presidente que quiero gobernando a mi país por cuatro años más.

Y está el tema de la paz. Por un lado se supone que Santos pretendió armar eso como un asunto de estado, no de gobierno, pero luego, pareciera que su único caballo de batalla, su única propuesta para ser reelecto, era que él, Juan Manuel Santos, era el candidato de la paz. Claramente esto era un diferenciador frente a Zuluaga y el uribismo que prometían levantar la mesa de negociación en La Habana, pero los demás candidatos apoyaban plenamente o con reservas, las conversaciones con las FARC fueron así sistemáticamente ignorados.

Mi desilusión viene de antes. De los cinco candidatos que se enfrentaron en primera vuelta todos tenían sus peros. Ninguno lograba enamorar con sus propuestas o su carisma. La candidata conservadora Marta Lucía Ramírez me pareció que representaba a una derecha más seria, pero igual estaba demasiado a la derecha para mi gusto en temas sociales. Si hay alguien a quien creo rescatable en estos momentos en el Polo Democrático es, precisamente, a su candidata Clara López. Pero no veo al Polo, todavía, con la paciencia y liderazgo de Michelle Bachelet, Lula da Silva o Dilma Rouseff, para llevar su visión dentro de un cause democrático y dentro una economía de mercado. En Enrique Peñalosa veo una coherencia en su visión de país, empañada por una serie de saltos y piruetas en su forma de hacer política. Finalmente voté por Peñalosa por el tipo de personas que lo estaban apoyando en esta última etapa, pero tanto López como Ramírez eran para mí una mucho mejor opción para darle mi voto en segunda vuelta que Santos o Zuluaga.

Pero ni Peñalosa, ni López, ni Ramírez lograron llegar a la segunda vuelta.

Mi primera reacción fue que quedaron justamente los dos por los cuales yo no votaría; y dentro de este escenario contemplé abstenerme a votar en segunda vuelta, o esa abstención velada que es ir a la urna a anular el voto. Recuerdo que en 1998 me pasó eso mismo: no confiaba ni en Horacio Serpa ni en Andrés Pastrana y consideré seriamente anular mi voto, pero una vez en el cubículo de votación marqué sólo la casilla de Pastrana y deposité ese voto así.

Esa fue mi sensación durante el resto del domingo y el lunes.

El lunes, adicionalmente, sentí en redes sociales esa sensación de que me obligaban moralmente a votar por Santos para atajar a Uribe. Muchos a querer disfrazar o justificar su voto por Santos como un voto por la Paz. Dentro de mi duelo de no tener una buena opción para votar el 15 de junio próximo, me resentí a ese tipo de manipulación. Particularmente porque ni soy antiuribista, ni creo que Santos sea la Paz.

Pero, la verdad, las elecciones de segunda vuelta presidencial no se tratan de buscar un candidato por el que sí votarías, ni escoger entre el menos malo. Se trata de terminar de definir lo que no se definió en la primera vuelta presidencial.

En la primera vuelta presidencial ya se decidió que el próximo presidente de Colombia será una persona de tendencia económica neoliberal pro-gran-capital y comprometido a lograr la gobernabilidad comprando al congreso. Eso ya no está en juego y en mi opinión es un error si el Polo Democrático o la Alianza Verde pretenden lograr acuerdos programáticos con la campaña de Juan Manuel Santos a cambio de su voto. Lo peor que puede pasar es que Santos gane la segunda vuelta a costa de comprometerse con el Polo, con la Alianza Verde, con los conservadores de Marta Lucía Ramírez, con los congresistas mermelados, con Dios y con el Diablo y que ante una alianza tan disímil sea incapaz de cumplir cualquier cosa.

Esta segunda vuelta es para decidir, entre lo que ya se decidió, cuales puntos diferenciadores son los que deberían primar en el gobierno de los próximos cuatro años.

Y no votar, o anular el voto, es siempre una opción en una democracia libre.

Hoy me inclino por Juan Manuel Santos porque lo que no me ha gustado de Uribe y su campaña pesa más que lo que no me ha gustado de Santos. Porque prefiero un país donde haya paros y no uno donde la gente esté asustada de protestar contra el gobierno (y uds. ya saben que no me gustan los paros). Porque prefiero que se queme la posibilidad de una negociación de Paz en La Habana a, simplemente, levantarse de la mesa.

Pero dije: “Uribe y su campaña” pero el candidato presidencial no es Álvaro Uribe Vélez: el candidato es Óscar Iván Zuluaga Escobar. No he conocido a Zuluaga lo suficiente para realmente sentir cómo es él como persona o como futuro presidente. Si Zuluaga no es más que un títere de Uribe lo veo como una mala cosa porque sería un fusible, una oportunidad del uribismo de ser más radical aún de lo que fue porque al títere lo pueden quemar. Pero sospecho que Zuluaga no es un títere. Podría ser alguien aún más sectario que el expresidente y senador electo Uribe, alguien como Fernando Londoño Hoyos; o un clon ideológico como Andrés Felipe Arias; o podría ser, lo que creo más probable, una persona con criterio propio para tomar sus propias decisiones por fuera de la doctrina. Sospecho que Zuluaga puede ser esto último y, en ese caso, podría ver a Zuluaga como una mejor opción que Santos.

Hablo de una mejor opción no porque me sea ideológicamente afín. Ya perdí en la primera vuelta la posibilidad de tener un presidente ideológicamente afín. Sino una mejor opción de tener en el Palacio de Nariño, por los próximos cuatro años, un presidente que permita unas reglas de juego donde prime la discusión de qué es mejor para el país y no la discusión de quién gana.

Pero no conozco a Zuluaga lo suficiente, y dentro de lo que sí conozco me quedo con Santos sobre Uribe.

La ley de la papaya

A veces termina uno metido en unos estrambóticos debates en Twitter, probablemente porque la tiranía de los 140 caracteres nos lleva a fraccionar o simplificar las ideas y estas no son tan claras como uno quisiera expresarlas, o porque sencillamente tenemos una tendencia a observar el mundo de tal forma que confirmemos el juicio que ya hicimos del mismo y no con la mente abierta de pensar si encontramos nueva información para corregir nuestra preconcepción.

Uno de los temas álgidos del debate que se está dando es de la relación entre lo que algunos percibimos como el sentido común de la prevención y el deseo de poder disfrutar de la vida sin tener que preocuparnos de lo que no debería ser problema.

A mí me gusta caminar por la ciudad y he caminado a diferentes horas en diferentes partes de esta y otras ciudades, en ocasiones con mayor o menor temor de diferentes amenazas como toparme con asaltantes armados en Bogotá o con bandas de muchachos xenófobos en Yokohama.  A veces los temores pudieron haber estado injustificados y a veces mi falta de prevención pudo haber rayado en lo insensato.  Afortunadamente no tengo nada que lamentar, como desafortunadamente muchas otras personas más precavidas que yo sí tienen episodios trágicamente lamentables en sus vidas.

Como padre de un par de muchachos (niño y niña) que estarán entrando a la adolescencia en los próximos diez años entiendo que mi responsabilidad va mucho más allá de las precauciones individuales que tomo o no tomo cuando salgo a caminar, sino que incluyen el poder que tengo como ciudadano de formar la sociedad y más cuando entre las posibles formas que he previsto he considerado la participación directa como hacedor de leyes.

Quiero que mis hijos crezcan y disfruten de la vida con muchos menos temores de los que yo tuve.  Y que disfruten más.  No quiero tenerlos resguardados en una jaula ni en la protección de cuatro paredes sólo para que no les pase nada, sino que salgan y se la gocen.  Pero tampoco quiero que sean insensatamente temerarios y que crean que pueden hacer lo que quieran sin asumir responsabilidades por sus decisiones.

Pero si quiero que disfruten más, teman menos y no les pase nada, hay muchas cosas que puedo hacer como padre y ciudadano.  Debo darles libertad para que vayan y disfruten, pero debo darles límites que por un lado refuercen su confianza y por otro su responsabilidad.  Debo procurar una sociedad que no los trate como delincuentes por ser adolescentes, ni los desampare.  Debo buscar que la sociedad no les sea hostil cuando ellos estén en lo correcto ni cuando ellos se equivoquen.

No quiero que mi hijo el día de mañana sea acusado, falsa o correctamente, por una violación, ni que mi hija sea víctima de una.  Ni al contrario.  Que ninguno de ellos, al calor del alcohol y sus hormonas, no sepa controlarse; ni que actuando correctamente de pie a una falsa acusación; ni que sea víctima de quien no pudo controlarse o de quien creyendo actuar correctamente no lo hizo.  Debo enseñarles donde están sus propios límites porque a partir de ahí están los derechos de las otras personas.  Y debo enseñarles a que establezcan sus límites frente a los demás para que no sean ellos los abusados.  Y debo enseñarles a que sean precavidos sin vivir asustados.  A que puedan explorar y disfrutar más allá de la zona segura que yo pueda construirles.  Quiero que mi hija pueda seguir luciendo sus minifaldas que hoy disfruta en su inocencia infantil sin que eso sea una invitación a que la traten como ella no merece.

Quiero que los otros muchachos y muchachas (y hombres y mujeres más maduros) que mis chicos puedan encontrar no sean una amenaza para ellos.  Que los demás sepan respetar la voluntad de mis hijos.  Que no abusen de mis hijos ni les hagan daño.  Que sepan que si mi hija o mi hijo dicen no, entonces es no.

Quiero que los demás respeten a mis hijos porque lo correcto es respetar a los demás.  Porque, así como espero enseñarles a mis hijos el respeto al otro, a ellos otros también les hayan enseñado a respetar.  Que este mutuo respeto a nuestros mutuos derechos sea por convicción de vivir en una sociedad y no sólo por temor a la policía y los jueces que los condenarán, porque finalmente si la única razón de actuar bien es el temor al castigo, la otra solución es actuar mal y ocultar el hecho.  Pero no soy ingenuo de pensar que todos los demás (o mis propios hijos) se portarán bien sólo por convicción.

Entonces también quiero una legislación que proteja a las víctimas y un estado capaz de hacer cumplir esa protección, tanto preventiva como punitivamente.  Que el potencial agresor de mis hijos se restrinja porque sabe que el riesgo de que lo atrapen es alto.  Que el potencial agresor de mis hijos se restrinja porque sabe que si lo atrapan no tendrá excusas.

Pero esto también es ingenuo.  Es ingenuo en un país donde los ciudadanos normalmente respetan la ley porque siempre hay casos de predadores humanos que creen que pueden salirse con la suya y de predadores humanos a quienes no les importa las consecuencias.  Lo decía arriba.  Si la única razón para no hacer algo es el temor al castigo, muchos interpretarán que el verdadero problema para sí mismos no es cometer el acto prohibido sino dejarse atrapar.  Con suficiente legislación puedo proteger a mis hijos de los ciudadanos temerosos de la ley, pero no los puedo proteger de quienes carecen de ese temor.

Y en la Colombia donde mis hijos viven y probablemente vivirán cuando sean adolescentes y adultos jóvenes, los ciudadanos no nos caracterizamos por nuestro respeto a la ley.  Esto es algo que va mucho más allá del machismo o de una visión machista de la sociedad sino que se ha cimentado en años de guerra y de un estado que por años ha servido más al interés de los agentes de poder que al interés del ciudadano común.

Así yo logre entrar al congreso y desde allí impulsar y lograr aprobar las leyes correctas para que Colombia no sea un país machista donde impere la ley de la papaya no voy a lograr generar el cambio a tiempo para que mis hijos estén 100% seguros.  O 98% seguros.

Para mí no es solamente ingenuo sino que es irresponsable pretender que porque la culpa moral y penal recaiga en el potencial abusador de mis hijos, eso signifique que yo no tenga el deber de enseñarles a ser cuidadosos; porque sé que la culpa moral y penal del potencial abusador no es suficiente para que estén a salvo.

Cerca del 1% de la población humana carece de empatía: el cimiento del comportamiento moral y de que hacer daño a los demás está mal independientemente del posible castigo, y el 1% de 47 millones de colombianos son 470.000 psicópatas que si bien no todos serán violentos, su número no es despreciable.  Sumado a esto una de las más probadas tácticas de reclutamiento de menores para la guerra (también aplicable a adultos jóvenes) es borrar la empatía.  Esto es algo que hace la guerrilla.  Es algo que han hecho los paramilitares.  Es algo que también hace el estado cuando se enfrenta a una guerra, y es algo que hacen las pandillas en las calles.  Demasiadas personas para ser controladas sólo por leyes.

Sumemos la esquizofrenia y su capacidad de ocultar la realidad.  Sumemos la depresión clínica (que podría afectar hasta un 20% de la población) y la capacidad que tiene ésta de que a una persona normal no le importen en algún momento las consecuencias de sus actos.

Y sumemos todos los posibles peligros que no tienen como origen a otra persona como salir a acampar a un sitio seguro (libre de delincuentes humanos) pero perderse en el camino, caer por un barranco o toparse con un animal de presa o una alimaña ponzoñosa.

Ningún esquema de seguridad será 100% efectivo.  A un vecino se le puede escapar la boa que guarda como mascota y asfixiar a nuestro hijo en la seguridad de su habitación.  Puedo vivir en un edificio que resiste temblores de 7,5 pero estar justo el día del terremoto haciendo una vuelta en un edificio que no es sismorresistente.  Puedo prohibirle a mi hija ir a fiestas en minifalda pero justo está viajando en un bus que secuestran delincuentes altamente armados.

Por más que la prevención no sea 100% efectiva.  Por más que la sociedad sea 99% segura frente a amenazas originadas por otras personas, eso no significa que no debo enseñarle a mis hijos normas básicas de prevención.

Y por más que yo les enseñe prevención, ellos también pueden decidir no seguir mis consejos.

A mí no me gusta, aborrezco, la cultura de la papaya en Colombia.  Me parece que un alcalde, como jefe de la policía, no debe limitar su acción frente al crimen al consejo de no dar papaya.  Para mí es inaceptable que un juez absuelva a un victimario porque la víctima dio papaya.  (Si la ley existe que autoriza al juez a hacer esto, díganme, por favor, como demandarla o apoyar la demanda.)

Pero que no me guste la existencia de una ley de la papaya, no me exime de ser cauto y enseñarle a mis hijos precaución.  Y no acepto, salvo razones, que esta forma de pensar sea tachada de machismo.

La campaña del señor Blanco

Veo que desde ya se está destapando la campaña a favor del voto en blanco en las próximas elecciones presidenciales que tendrán lugar en mayo de 2014.

Ya en otras ocasiones me he referido al voto en blanco, de cómo este tuvo sus orígenes como carta blanca, es decir como un voto de no compromiso, una opción de aceptar que otros decidan por uno, y se ha convertido en una especia de voto de protesta.

Hay tres razones principales para votar en blanco: la primera es de la persona que acepta de antemano el resultado de la elección pero no quiere comprometerse con un nombre o una postura en particular. La segunda es de quien considera que los candidatos o las posturas presentadas no reflejan su propia posición y por lo tanto las rechaza todas. La tercera es de quien simplemente se reusa a pensar y toma la salida fácil: depositar un voto sin valor.

Como todos estos votos en blanco se cuentan con una sola cifra, discernir las razones y, sobre todo darle un significado a esos votos, es prejuicioso, particularmente cuando la votación en blanco se encuentra dentro de los niveles históricos. Ahí hay de los tres tipos de votantes en blanco: los que protestan y los que aceptan, los que pensaron su voto en blanco y los que no quisieron pensar.

Las razones personales por las que una persona puede votar en blanco son muchas. Dentro de las tres básicas mencionadas hay muchos matices y la decantación por el voto en blanco frente a las alternativas de candidatos o propuestas a votar puede ser más o menos razonada. Por ejemplo, alguien puede pensar que ninguno de los candidatos que puntea las encuestas convence y que ninguno de los demás candidatos merece ser considerado. O ninguno de los candidatos que conoce (o cree conocer por referencias o afiliación política) es su candidato y los que no conoce no hay tiempo de conocerlos (o si son desconocidos es porque en principio no convocan y por lo tanto no serán buenos). O repasó las hojas de vidas de todos y ninguno convenció. O, sencillamente, todos tienen el vicio de ser políticos y por lo tanto ninguno merece el voto. O porque siempre vota en blanco.

Si bien es deseable, no podemos exigir que todos nos tomemos el tiempo debido para evaluar todos y cada uno de los candidatos, sus pros y sus contras y decidirnos por el mejor o, en su defecto, por el voto en blanco.

Por lo tanto, si tienes razones personales para votar en blanco, aún cuando no todos los candidatos se han lanzado y han expuesto sus propuestas, no entraré a juzgarlas. Tu voto es tu voto.

Lo que sí desconfío a esta hora de la contienda es de una campaña a favor del voto en blanco.

Para empezar no seamos ingenuos de pensar que toda campaña de voto en blanco está descontaminada de la política tradicional. El Concejo Electoral ofrece espacios de participación política a cargo del erario para las campañas a favor del voto en blanco así como para las campañas a favor de votar por un candidato. No sólo eso sino que las campañas a favor del voto en blanco reciben, al igual que las campañas a favor de candidato, una plata por reposición de votos. Con los solos promedios históricos de votación en blanco, esa reposición está garantizada mucho más fácil que saliendo a competir con propuestas reales.

Pero incluso pensando que las campañas por el voto en blanco son sinceras y no una forma de obtener plata del estado (de los contribuyentes que pagamos IVA y 4‰ y nos descuentan retefuente, etc.) una campaña por el voto en blanco cuando no se han definido la totalidad de candidatos y propuestas es prematura.

La consecuencia política del voto en blanco es la siguiente.

Si el voto en blanco se mantiene dentro del promedio histórico, ese voto no significa mucho en términos políticos. No significa nada. El estado seguirá como siempre y no pasará nada.

Si el voto en blanco sube substancialmente en contra de los candidatos menores pero los candidatos punteros y de la maquinaria política tradicional se mantienen con cifras importantes, entonces el voto en blanco es un castigo a las alternativas. Eso significa que la única forma de ser tenido en cuenta en política no es presentar propuestas novedosas sino pertenecer a la maquinaria. Un castigo a quienes se atreven a presentar propuestas alternativas.

Si el voto en blanco sube substancialmente a costa de la votación de los candidatos punteros (pero no los sobrepasa), es claramente un voto de castigo. El estado seguirá funcionando como siempre pero la importancia de la votación en blanco se incrementa. Significa algo en contra del ganador, significa que este no tiene un apoyo total de parte del electorado.

Si el voto en blanco gana (no recuerdo es si es necesario que el voto en blanco sea mayoría o sólo baste con ser la mayor pluralidad), las elecciones son invalidadas. He aquí el verdadero poder del voto en blanco de acuerdo a la legislación colombiana: obliga a unas segundas elecciones en las que no participen ninguno de los candidatos que no pudieron vencer al voto en blanco. Claramente, cuando ningún candidato ofrece suficientes garantías al electorado (por ejemplo en casos que se han dado a nivel regional en los que hay un candidato único y este no representa a sus ciudadanos) la consecuencia política del voto en blanco como voto mayoritario importa.

Pero, repito, ese no es el escenario aún.

Aun no podemos decir si los candidatos punteros (p. ej. Juan Manuel Santos, Óscar Iván Zuluaga, Clara López) o los candidatos alternativos (p. ej. Camilo Romero, Óscar Naranjo, Antonio Navarro) no merecen ocupar el cargo de Presidente de la República de Colombia.

Adicionalmente, cuando el voto en blanco se convierte en una opción permanente (y no sólo coyuntural), cuando la campaña es a que votemos en blanco esta vez, pero también la próxima, lo que se está es proponiendo otro modelo de política. Se crea una crisis institucional dentro del acontecer político tradicional pues haría imposible la toma de decisiones de acuerdo con la constitución.

No estoy diciendo que eso sea malo. (No creo que sea bueno, pero esto es tan solo una opinión.) Pero esto requiere que el promotor del voto en blanco sea claro en decirnos cual es la propuesta real que hay detrás del voto en blanco: castigar una coyuntura o generar un cambio profundo en la forma de hacer política. ¿Qué es lo que propone si gana el voto en blanco?

Mientras una campaña de promoción del voto en blanco no responda esta pregunta, consideraré que esa campaña es poco seria y su propuesta es por moda o por plata.

Y eso incluye una campaña a favor del voto en blanco por el movimiento político que ayudé a fundar.

Dios te quiere muerto

[portada: God Wants You Dead] Hagamos un ejercicio mental muy sencillo.  Digamos que tú tienes una idea.  Me cuentas esa idea y a mí me gusta y la adopto.  Entonces tú y yo tenemos una misma idea.  O si vemos la idea como nuestro objeto de estudio la idea existe en dos personas, en dos anfitriones: tú y yo.  Si compartimos la idea con más personas y a estas le gusta la idea, esa buena idea residirá ahora en muchas más personas.  Si la idea es suficientemente atractiva la idea incluso podrá sobrevivirnos.  Las buenas ideas entonces se propagan.  Pero ¿qué es una buena idea? O más exactamente ¿qué es una idea que se va a propagar y sobrevivir?

No entraré a detallar qué es una idea.  Por ejemplo “lávate las manos antes de comer” es una idea.  Con nuestros actuales conocimientos sobre los gérmenes sabemos que es buena idea y sabemos por qué.  Los que estén familiarizados con la Biblia cristiana saben que Jesús rechazaba esa idea lo que nos dice tres cosas: 1) la idea ya existía en tiempos bíblicos, 2) Jesús no sabía de gérmenes, 3) Jesús sí sabía lo que era la perversión de una idea.  Los judíos en la época de Jesús no sabían para qué se lavaban las manos antes de comer.  Lo hacían sólo porque era un dogma de fe.  Probablemente algunos antepasados de los judíos eran más escrupulosos con respecto a comer la tierra en sus manos junto con sus alimentos y enseñaron este escrúpulo a sus hijos mientras que otros no.  Los que no vivían más enfermos y sus hijos morían por cualquier infección.  Así la idea de lavarse las manos prosperó, pues los anfitriones de la idea eran más saludables y se reproducían más.  La idea quedó así escrita en el código de Hammurabi atribuido luego a Moisés y convirtiéndose en parte de la ley judía.

Algunas ideas nos ayudan a sus anfitriones a sobrevivir.  Es bueno para el que tiene la idea y para las personas a quien este inspira porque, bueno, sobreviven.  Es bueno para la idea porque prospera.  Si pensamos en la idea como un organismo, estas ideas serían organismos simbióticos.  Otras ideas no favorecen directamente al individuo.  La idea de “no robarás” puede poner al individuo en desventaja frente a la idea contraria cuando hay un botín apetecible.  Pero cuando vivimos en sociedad y dentro de la sociedad todos compartimos la idea nos va mejor en conjunto que a cada uno individualmente.  No obtendré un botín, pero mis bienes no se convertirán tampoco en botín de otros.  Este beneficio mutuo aún en contra del beneficio individual inmediato es lo que convierte a esta idea en una idea altruista.

Las ideas simbióticas y altruistas son buenas ideas.  Nos ayudan a mantenernos vivos y a convivir en sociedad.  Y por eso esas ideas se propagan y permanecen.  Pero no son las únicas ideas.  En ocasiones una mala idea también se propaga.  El rechazo de Jesús al dogmatismo lo llevó a descartar el lavado de manos como una buena idea.  Pero no sólo eso.  Esas palabras fueron escritas e incluidas en los libros sagrados del cristianismo y tomadas como dogma.  Cuando los primeros médicos dotados de microscopios descubrieron los gérmenes y su relación con las enfermedades, los demás médicos rechazaban la idea de lavarse las manos cuando abrían pacientes y realizaban operaciones causando la muerte por infecciones de sus pacientes.  ¿Cuántas personas habrán muerto antes de que se consolidara la teoría del germen por intervenciones quirúrgicas sucias y descuidadas?

Una mala idea que nos muestran Sean Hastings y Paul Rosemberg en su libro God Wants You Dead [copia, 4GB] [torrent] es el de agrupar ideas.  Digo.  Si yo tengo una serie de buenas ideas ¿no es buena idea ponerlas juntas y convertirlas en un decálogo?

Decálogo para ser feliz

  1. Mira el cielo
  2. Huele las flores
  3. Pasa más tiempo con tus padres, tu pareja o tus hijos
  4. Aleja a las personas negativas de tu vida
  5. No dependas de cosas externas que deseas
  6. Piensa en lo que tienes, no en lo que te falta
  7. Si caes once veces levántate doce
  8. Comparte siempre una sonrisa
  9. Celebra tus triunfos, olvídate de tus derrotas
  10. Comparte este decálogo: las personas felices a tu alrededor te harán sentir más feliz.

Son diez ideas que parecen buenas.  Ponerlas juntas y darle un nombre es también una buena idea porque así podremos referirnos más fácilmente a ellas.  Es más, si tengo varios decálogos (el de ser feliz, el de estar a paz con Dios, el de ser exitoso, el del buen amigo, etc.) podemos estar definiendo todo un estilo de vida.

El problema es que al agrupar las cosas no sólo nos ayuda a organizar nuestra mente, sino que al empaquetar las ideas las convertimos en ideas complejas (compuestas) y podemos así seguir hasta tener toda una ideología.  Y cada una de estas ideas complejas serán aceptadas o rechazadas en bloque.  Si analizamos por separado cada una de las ideas de mi decálogo para ser feliz podemos ver que algunas parecen muy buenas ideas, otras no tanto, y tal vez alguna parezca, incluso, una mala idea.  La idea 6 y más en combinación con la 5 tal vez no promuevan la felicidad sino el conformismo.  Pero no porque haya malas ideas en la lista significa que todas las ideas de la lista sean malas.   Convertidas en un decálogo está la tendencia de aceptarlas todas en bloque así haya basura entre las ideas individuales, o a rechazarlas todas así haya ideas realmente buenas en la mezcla.

Las ideologías y anti-ideologías, así como sus íconos, junto con algunas ideas simbióticas y altruistas, tienen también una carga de ideas parásitas.  Ideas que no cumplen un papel directo de preservación del individuo o indirecto de preservación de la sociedad sino que simplemente están ahí para garantizar la perpetuación de la idea y de la ideología.  Ideas que nos llevan al sacrificio.  Ideas como que debemos sentirnos culpables por tener sentimientos egoístas.  Ideas como que es heroico morir por la patria.  Ideas que nos hacen sentir que sólo somos una parte sacrificable de un colectivo.

No es que los colectivos en sí sean malos.  Finalmente somos animales sociables y cualquier cosa que nos permita vivir dentro de la sociedad (ideas como “no matarás” o “no robarás”) son aceptables.  Pero cuando el colectivo se sacraliza y nos demanda sacrificios, entonces esa idea del colectivo, esa ideología, es parásita.  Jesús (ícono de ese colectivo que son las iglesias cristianas) nos enseñaba  que no se hizo el hombre para la ley sino la ley para el hombre.  (Y claramente sabemos ya que la ley es un conjunto de ideas empaquetadas, y que claramente la ley la podemos convertir también en un ícono: La Ley.)

La vida y ejemplo de Jesús nos muestra una persona que reivindicaba a las otras personas. “Levántate y anda”: los milagros son ejemplo de la superación del individuo. “Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”: cuando colectivos como el estado nos ofrece medios de pago como las monedas pues estas son del colectivo y no debemos mezclarlas con lo que nos piden otros colectivos o nuestra sociedad. “Con la vara que midas serás medido” y “has a otros lo que quieras que te hagan” son llamados a la integridad y a la reflexión. (Alguien dirá que la regla de oro “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan”  es mucho más antigua que Jesús, pero su forma positiva aparece por primera vez en el cristianismo.) “Da la otra mejilla” y “ama a tu enemigo” nos invitan a detener cualquier ciclo de violencia.  Ahora bien, cuando una iglesia (o un clérigo) sale a juzgarnos a todos nosotros sin admitir críticas, podemos ver cómo el colectivo que pregona a Jesús como ícono se aparta de lo que Jesús (asumiendo su existencia) nos enseñó.

Hastings y Rosemberg nos enumeran una serie de colectivos e íconos, comenzando por la religión y Dios (no el creador cuya existencia es debatible, sino la idea de Dios o dioses que nos imponen las religiones, cuya existencia (de la idea) es verificable) y continuando por el Estado-Nación.  Íconos y colectivos como La Ley (que se sobrepone al sentido de justicia), las corporaciones, el concepto de El Pueblo, o La Raza, o La Clase.  Incluso La Familia o La Pareja se convierten en ideas colectivas con elementos parásitos.  Yo agregaría otros colectivos e íconos como La Universidad, la Educación Pública y La Mujer.  En el discurso político de ciertos grupos también se evidencia la colectivización del oponente y surgen términos como La Oligarquía, El Patriarcado, El Neoliberalismo.

En el proceso de construcción del Partido Pirata Colombiano, una de las cosas que hemos cuidado y discutido es cómo ser un partido político sin hacer lo que criticamos de los partidos políticos.  Esto incluye cómo vender un discurso positivo de liberación y empoderamiento del individuo cuando es más fácil vender un discurso de miedo para que los votantes nos acojan sin cuestionar.  El miedo nos dice que una serie de criminales roban a nuestros artistas y que por ello debemos pasar leyes de protección a los derechos de autor, y que una serie de depravados van por nuestros hijos y por ello es necesario vigilar los contenidos que publicamos en Internet para perseguir la pornografía infantil.  También podemos apelar al miedo y decir que el gobierno quiere meterse en nuestras vidas para controlarnos y usar la excusa de la lucha antipiratería y anti pornografía infantil como un medio para censurarnos.  Pero esto no sería justo con ustedes.  Sería traicionarnos a nosotros mismos.  No es porque un ogro llamado El Gobierno conspire con otros demonios llamados La Industria de Contenidos para someternos a nosotros y maximizar las ganancias de unos pocos y aumentar el control sobre nuestras vidas.  Simplemente es porque por temor cedemos el control de nuestras vidas a un control colectivo y, por ello mismo, irresponsable.

Pero es más fácil vender el miedo.

Vientos de paz

Vuelve y juega el cuento de la paz, de la salida negociada del conflicto o de la máxima de no negociación con el terrorismo. El presidente de la República acaba de anunciar que ha habido acercamientos previos con las Farc y que espera hacerlos con el Eln, mientras que el expresidente denuncia que hay acuerdos con el terrorismo.

Tomar una postura debe partir de unos principios, y la postura debe ser consecuencia de esos principios. Los principios no son absolutos ni universales y el que otra persona tenga principios diferentes a los míos no lo hace equivocado. En mi opinión, más importante que la veracidad de los principios es la coherencia ideológica entre estos y la postura tomada. Invito así a quien quiera controvertirme que empiece por enunciarme sus propios principios.

En mi opinión (es decir, mis principios), una sociedad ideal es aquella en la cual se puedan ejercer los derechos y libertades civiles tales como la libertad de expresión, el derecho a la privacidad, la libertad de empresa, libertad de cultos, etc. con un mínimo de fricción; y que ante los conflictos (porque la ausencia de conflictos la creo imposible) existan reglas claras y mecanismos de autoridad reconocida que permitan dirimirlos sin la necesidad de la violencia física. Creo en el derecho a la propiedad (incluyendo el derecho a la propiedad colectiva cuando emana de una decisión autónoma) y en el derecho a la vida y la dignidad de la vida humana. Creo que tenemos el derecho a tener una conciencia propia y a poder expresarla por medios no violentos, incluyendo la libertad de denunciar y sospechar. Creo, incluso, que la expresión por medios violentos está amparada por el derecho a la expresión sólo que está contrapuesta al derecho a la vida y a la integridad física de otras personas y en mi opinión estos derechos humanos priman sobre el derecho civil expuesto. Creo que las sociedades deben tener mecanismos para defender sus derechos fundamentales lo cual incluye todo el aparato de policías, fiscales y jueces que prevengan, eviten o castiguen las transgresiones a los derechos de los demás.

La existencia de grupos armados como las Farc y el Eln, así como los ejércitos privados al servicio del narcotráfico o de otros intereses particulares, las bandas criminales, y otros fenómenos dentro del momento actual de la historia del país atentan contra esa sociedad ideal. En otras palabras, lo que algunos llaman amenaza terrorista y otros conflicto armado o guerra, es una amenaza seria al desarrollo y la dignidad de los colombianos.

Y, como tal, esta amenaza o conflicto debe acabar.

Sobre el concepto de conflicto

Para mí el concepto de conflicto lo defino a partir de lo que conocemos como conflicto de intereses. Yo quiero algo. Tú quieres algo. En ocasiones nuestros algos son distintos y ambos podemos obtenerlo y entonces no hay conflicto, pero en otras ocasiones ese algo es lo mismo, o el algo del uno implica el agotamiento del algo del otro. Nuestros intereses entran en conflicto y los dos no podemos tener al mismo tiempo nuestros respectivos algos.

El conflicto termina cuando una de las partes, o ambas, renuncian a sus pretensiones o son incapaces de obtenerlas. Bien porque una parte se apropió de su interés antes que el otro, o lo tomó por la fuerza despojando a la contraparte, bien porque tras una pelea una de las partes se impuso, o bien porque se charló y se llegó a un acuerdo.

En ocasiones el conflicto no se da porque los intereses sean incompatibles sino porque los creemos incompatibles. Esto se da, principlamente, cuando se confunde lo que queremos con el método para obtener lo que queremos.

Hay conflictos personales (entre individuos), grupales, internacionales, etc. pero un tipo de conflicto que me parece relevante para esta discusión son los conflictos sociales. Esto es cuando dos o más grupos significativos de la sociedad se encuentran ante intereses aparentemente incompatibles.

En el caso colombiano, podríamos pensar que existe un estado constitucional que expresa algunos intereses y existe una subversión cuyos intereses entran en conflicto con el primero. El estado debe, por mandato constitucional, proteger la vida, honra y bienes de los colombianos y como tal no puede aceptar que la subversión atente contra la vida, honra y bienes de los demás ciudadanos. Este estado también, tradicionalmente, ha estado al servicio principal de los intereses de una clase política dirigente y de quienes financian a esta clase política. (Lo que acabo de decir es una sobresimplificación de un fenómeno más complejo.)

Esa subversión tiene como interés expuesto reemplazar al estado por uno bajo los ideales comunistas en el cual no existan conflictos de clase y, particularmente, tumbar al estado opresor actual que sirve a los intereses particulares de sus clases dirigentes. Para lograr esta lucha debe financiarse y para ello ha recurrido a negocios ilegales y a defender estos negocios, y así uno de sus intereses actuales también es proteger y preservar tales negocios. Por otro lado, independiente de la perversión que es el narcotráfico, la sola noción de estado comunista niega muchos de los derechos y libertades civiles consagrados hoy en la Constitución y los cuales defiendo.

Ahora, dentro del propio estado hay disidencias y conflictos de intereses y el pueblo colombiano está conformado por individuos y grupos con sus propios intereses, muchos de los cuales entran en conflicto. Pero en aras de la simplificación hablaré sólo de estos dos actores: el estado constitucional y la subversión; particularmente porque en la actualidad las diferencias partidistas al interior del estado no se dirimen por las armas.

Hay otra definición de conflicto, o más exactamente de conflicto armado sin carácter internacional (conflicto armado interno). Una definición legal que aparece en el título de ámbito del Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra de 1949 relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados sin carácter internacional, 1977. (Protocolo II en adelante.)

Esta definición reza:

TÍTULO I – ÁMBITO DEL PRESENTE PROTOCOLO

Artículo 1. Ámbito de aplicación material

1. El presente Protocolo, que desarrolla y completa el artículo 3 común a los Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949, sin modificar sus actuales condiciones de aplicación, se aplicará a todos los conflictos armados que no estén cubiertos por el artículo 1 del Protocolo adicional a los Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949 relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados internacionales (Protocolo I) y que se desarrollen en el territorio de una Alta Parte contratante entre sus fuerzas armadas y fuerzas armadas disidentes o grupos armados organizados que, bajo la dirección de un mando responsable, ejerzan sobre una parte de dicho territorio un control tal que les permita realizar operaciones militares sostenidas y concertadas y aplicar el presente Protocolo.

2. El presente Protocolo no se aplicará a las situaciones de tensiones internas y de disturbios interiores, tales como los motines, los actos esporádicos y aislados de violencia y otros actos análogos, que no son conflictos armados.

Aquí hay una parte clara: hay algo que se está desarrollando en el territorio de una Alta Parte contratante, es decir en el territorio colombiano, y las fuerzas armadas constitucionales de la nación. Por más que se quiera torcer el significado de las cosas en el momento en el que fuerzas armadas con mando en el estado colombiano constitucional e internacionalmente reconocido ejerzan acciones armadas en contra de algo dentro del territorio colombiano, se cumple esta parte de la definición.

Donde hay más espacio para la interpretación es en la definición de ese algo contra lo cual las fuerzas armadas constitucionales ejercen acciones armadas. El Protocolo II es explícito en determinar algunos puntos donde no aplica (p. ej. motines) y se sobreentiende que no aplica al uso de las armas del estado para combatir a la delincuencia común (organizada o no).

El uribismo insiste en que las Farc y el Eln no cumplen las condiciones de esta definición y como tales son asimilables a delincuencia, y por ello no existe conflicto armado interno.

Hay dos razones prácticas de la negación del conflicto. La una está al interior mismo del Protocolo II, Título IV, Artículo 13, numeral 3:

3. Las personas civiles gozarán de la protección que confiere este Título, salvo si participan directamente en las hostilidades y mientras dure tal participación.

Básicamente esto significa que si la población civil colabora con las fuerzas armadas bajo mando del estado colombiano, quedarían desamparadas de la protección legal que confiere el Protocolo II frente a las fuerzas disidentes. (No es que sirva de mucho porque igual las Farc no reconocen el Protocolo II ni las protecciones que de ahí emanan.) E, igualmente, si los civiles colaboran con la delincuencia no podrían ser procesados como cómplices.

La segunda razón es que el Protocolo II niega la intervención de otras naciones. La no intervención, por un lado, impide que otro país apoye abiertamente a la disidencia armada y, sobre todo, utilice sus propias fuerzas en apoyo de esta disidencia. Pero, por otro lado, el conflicto armado interno debe ser interno y como tal los otros países no están obligados a resolver este problema interno. Los miembros de grupos delincuenciales pueden ser apresados en otro país y extraditados para que los mecanismos judiciales tengan efecto. Los miembros de las disidencias armadas pueden apelar al derecho al asilo.

El concepto de la paz

Tratemos de no confundir el objetivo con el medio. El artículo 22 de la Constitución Política de Colombia, emitida en 1991 y en vigor desde entonces, dice que la Paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento. Es por lo tanto inconstitucional no buscar la Paz. Pero las así llamadas negociaciones de paz no son la Paz. El estado no está obligado a buscar una mesa de negociación con las Farc y el Eln y menos si considera que tal negociación prolongará la guerra antes que lograr la Paz.

Pero hablo aquí de la paz como si estuviéramos de acuerdo en qué es. La Constitución no la define.

Creo que los conflictos son inevitables. Incluídos los conflictos sociales. La paz no sería la ausencia de conflictos sino que esos conflictos no pretendan resolverse mediante el uso de violencia directa. Actualmente la subversión usa la violencia directa (ataques terroristas, enfrentamientos con el ejército y la policía, secuestros, amenazas y extorsión) como método para lograr sus intereses (altruistas o no) y el estado constitucional a través de sus fuerzas armadas usa violencia directa para contener a la subversión.

En su forma más restringida, la paz que queremos muchos colombianos, es el fin de esa violencia directa que produce la subversión, entendiendo que la violencia directa del estado contra la subversión es una consecuencia de la primera.

Hay otras formas de violencia, como es la violencia estructural, por ejemplo cuando una clase social dirigente en preservación de sus propios intereses desconoce los derechos e intereses básicos de una clase social oprimida. Para algunos la paz no sólo debe incluir el cese de la violencia directa de la subversión sino la eliminación de estas violencias estructurales.

Pero para continuar con el análisis limitémonos a la paz restringida: el cese de hostilidades de la subversión contra el estado y el consecuente cese de hostilidades del estado contra la subversión.

Y regresemos al principio que expuse al comienzo. El estado actual de hostilidades entre la subversión y el estado limita mi ejercicio de derechos y libertades civiles e, incluso, amenaza mis derechos humanos (y cuando hablo de mis derechos me arrogo hablar por cada uno de los colombianos). La paz, entendida como el cese permanente de hostilidades entre estas dos partes, es, por lo tanto, un estado deseable.

Esta paz, sin embargo, no puede obtenerse a cualquier costo. No puede obtenerse al costo de vulnerar nuestros derechos humanos ni los derechos y libertades civiles más de lo que ya están siendo vulnerados por el estado actual de hostilidades.

Esto significa que hay dos escenarios de acabar el conflicto que para mí son peores que el conflicto mismo:

  1. Una victoria militar a cualquier costo.
  2. Una negociación donde los principios comunistas que se oponen a mis principios liberales sean impuestos.

Sobre cómo acabar la guerra

Hay cuatro formas tradicionales de terminar una guerra o un conflicto armado:

  1. Una negociación entre las partes donde estas busquen lograr sus propios objetivos por medio del diálogo y donde los intereses cedidos o renunciados no sean interpretados como una derrota de ninguna de las partes. Llamaremos a esto una paz negociada.
  2. Una negociación donde una de las partes se reconozca derrotada pero condiciona el cese de hostilidades a ciertos requisitos y garantías. Llamaremos a esto una rendición condicionada.
  3. El reconocimiento de una de las partes a que la continuación de la lucha es más gravosa que someterse a la merced y voluntad de la otra parte y, en consecuencia, se rinden sin condiciones. Esto se llama, en consecuencia, rendición incondicional.
  4. El agotamiento de las partes en la vía armada, bien sea por la eliminación física de los combatientes de un bando, por desbandamiento, o porque los combatientes de uno o ambos bandos pierden interés en continuar acciones hostiles. Salvo que una de las partes haya sido completamente eliminada, siempre podría haber discusión sobre si la parte más débil al final de este conflicto fue realmente derrotada.

En el caso del enfrentamiento del estado colombiano contra las Farc, el primer escenario implica que un estado que no está derrotado busca acuerdos con una subversión que no se admite derrotada. En el actual equilibrio de fuerzas que favorece al estado constitucional sobre la subversión, las concesiones que el estado haga a los intereses de las Farc serán considerados por una parte de la opinión pública como una entrega del estado al chantaje de una subversión ilegítima.

En los demás escenarios asumiré que son las Farc la parte derrotada porque no veo en un futuro más o menos cercano que la relación de fuerzas sea tal que las Farc logren una victoria militar.

El segundo escenario es muy similar al primero, salvo que las Farc reconocerían que la vía armada se agotó y que la negociación tiene como objetivo principal lograr garantías en la demovilización. Sería una guerrilla que no pide condiciones tales como una reforma agraria o la revisión de la política internacional colombiana como condición para entregar las armas, sino que se enfocaría en puntos como garantías de debido proceso y disminución o suspensión de penas.

En el caso del M-19 y más adelante del EPL y otros grupos subversivos, hubo una negociación con términos favorables para los combatientes que depusieron las armas pero no hubo concesiones directas del estado con respecto a su política. La Asamblea Constituyente de 1991 no fue un requisito previo de las guerrillas desmovilizadas sino más bien una oportunidad coyuntural. Hasta qué punto fue una paz negociada o una rendición condicionada es debatible.

En la actualidad (2012), es difícil pensar que si las Farc llegan a la negociación como parte derrotada obtenga las mismas garantías que el M-19 en 1990.

El tercer escenario: la rendición incondicional, no sería completamente incondicional. Las Farc no se estarían sometiendo a la merced y voluntad de un estado victorioso sino a las garantías de un estado de derecho y unas leyes que limitan las penas. Si esto se lleva a cabo pronto, lo más probable es que sea porque las Farc han acordado la existencia previa de leyes favorables.

Hay un antecedente reciente en Colombia. La desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia y otros grupos ilegales antiinsurgentes, en las cuales no exigieron garantías más allá de la aplicación de leyes vigentes, incluyendo una ley hecha a la medida y que extendía las garantías procesales.

Por otro lado, si el estado y sus fuerzas armadas constitucionales se imponen con mayor contundencia sobre las Farc, puede llegar el momento en el que los líderes que entonces sobrevivan decidan entregarse al estado dentro de las leyes vigentes.

Dentro del cuarto escenario hay varias formas. Una es la eliminación completa y física de las Farc, bien porque el estado libre una guerra sin cuartel (que sería una violación al Protocolo II) hasta que el último guerrillero esté preso o muerto, bien porque ningún líder de las Farc toma la decisión de rendirse. Una escenario más probable es la desbandada: en algún punto los frentes sobrevivientes de las Farc pierden la unidad de mando y renuncian individualmente a proseguir una lucha contra el estado limitándose a sus propios intereses criminales. Si esta modalidad de crimen es de relativo bajo impacto eventualmente el estado cambiaría la actual estrategia militar a unas acciones más de tipo policivo.

La otra manifestación del agotamiento sería que las Farc, todavía con cierto nivel de mando unificado, renuncie unilateralmente a la ofensiva. Sería una guerrilla casi derrotada pero que no se atreve a entregarse a la justicia sino simplemente a resistir pasivamente, a esconderse. Si logran resistir lo suficiente en esta situación la ofensiva militar del estado será en algún momento insostenible. No estoy hablando aquí de un cambio estratégico de las Farc de esperar el agotamiento de la acción militar del estado para retomar su lucha, sino el abandono permanente de esta lucha.

Podría darse también (aunque no lo veo políticamente viable), que sea el estado el que abandone primero la lucha, o que concentre la actual ofensiva contra las Farc en una estrategia netamente defensiva y reactiva enfocada a la prevención del terrorismo. Pero teniendo en cuenta la historia de las Farc, no veo que estas terminen aceptando una situación de empate virtual sino que deseen retomar la lucha.

Escenario ideal

Ya había planteado que de acuerdo a mis principios hay escenarios indeseables. Uno es la prolongación indefinida del estado de hostilidades. De cuando en cuando las partes cambian de estrategia lo que les puede dar una ventaja puntual. Al comenzar la doctrina de seguridad democrática las Farc se replegaron y tuvieron un golpe grande cuando la doctrina fue reelegida porque esto acabó con sus predicciones de resistir un cuatrenio y retomar su rumbo. Pero, y a pesar de los golpes grandes que recibió durante el segundo cuatrenio de la seguridad democrática, hacia el final del gobierno de Uribe las Farc habían retomado cierta ofensiva de carácter terrorista. Personalmente no creo que Santos haya aflojado en el esquema de seguridad democrática sino que las Farc han logrado cambiar su estrategia y parecer más contundentes de lo que fueron entre 2006 y 2009.

En una prolongación del conflicto eventualmente una de las partes comete un error grave en la reformulación de la estrategia. La situación actual le permite al estado cometer más errores graves sin que se conviertan en derrota. Con suerte, para una pronta resolución del conflicto, las Farc cometerían pronto un error suficientemente grave que las lleve a buscar una rendición o un abandono de la lucha.

Una victoria militar a cualquier costo, de parte del Estado contra la subversión, lo considero también poco deseable por lo de “a cualquier costo”. A cualquier costo significaría la suspensión de derechos y libertades civiles de todos los ciudadanos y actualmente garantizados en la constitución. Esto puede acelerar la victoria militar del estado, pero significaría que el estado se convirtió en algo indeseable desde mi punto de vista.

Una victoria militar del estado dentro de la constitución y las leyes es, desde los principios que he planteado, una opción deseable siempre y cuando sea pronta. Buscar la victoria militar sin conseguirla constituye una prolongación del conflicto.

La victoria militar puede darse en forma de rendición condicionada, rendición incondicional o simple abandono de la lucha o eliminación física de la otra parte, sin entrar a detallar cuál de esas alternativas es la más deseable.

Una victoria de la guerrilla la considero indeseable por el modelo de estado que históricamente ha planteado el comunismo y que va en contra de las libertades y derechos civiles que defiendo.

Entonces llegamos al caso de la paz negociada. En principio no considero que ni la paz negociada ni la victoria militar sean intrínsecamente malas o buenas. Así como veo buena una victoria militar del estado pronta y encausada dentro de la constitución y mala una victoria militar por parte de un estado que viole sistemáticamente los derechos y libertades civiles, hay negociaciones buenas y negociaciones malas.

Si las negociaciones de paz no garantizan al menos esa paz restringida vista como el fin de las hostilidades entre las fuerzas del estado y la subversión, sino que antes ayudan a prolongar la guerra, entonces no estoy de acuerdo.

Pero incluso una negociación que exitosamente logre la paz sería indeseable si hay un detrimento en los principios que defiendo.

Dentro de la paz negociada veo cosas que considero contrarias a mis principios, cosas que considero simplemente feas, cosas que me son aceptables y cosas que yo mismo espero.

En contra de mis principios estaría que las Farc impusieran limitaciones a la libertad de empresa o a la libertad de expresión como parte de la negociación. Definitivamente inaceptable que las Farc exigieran la pena de muerte a los opositores de la solución negociada u otras suspensión de los derechos humanos (pero se me haría absurdo que el gobierno de Santos siquiera permita que se discuta algo así).

Feo vería que las Farc exijan cambios radicales en la política internacional o que Timochenko sea nombrado senador o ministro sin siquiera someter su nombre a las urnas. Sería feo pero no inaceptable. La impunidad frente a crímenes atroces sería fea pero no inaceptable. Si estas cosas feas permiten que los colombianos podamos continuar con mejores vidas no me opondré.

Apenas aceptable serían penas cortas y suspendidas a los líderes guerrilleros no directamente involucrados en crímenes atroces y la integración de los combatientes rasos a programas de reinserción.

Lo que esperaría como deseable: que dentro de las negociaciones que efectivamente lleven a la paz, se dé la oportunidad de plantear un modelo de sociedad menos excluyente y que la firma de la paz sirva de pretexto para implementarlo.

Predicciones

Mi hijo está entrando a primer grado en el colegio. En once años saldrá bachiller a una edad apta para prestar el servicio militar obligatorio. Durante este tiempo espero que él pueda tomar una decisión libre y autónoma y que si se decide por tomar las armas del estado no sea ante la perspectiva de matar a nombre del estado para defender a unos colombianos de la demencia de otros colombianos que pretenden ser insurgentes.

Soy medianamente optimista de que en once años la actual guerra no será determinante en la decisión que tomará mi hijo.

Pero soy mucho menos optimista en creer que la paz se va a lograr dentro de los dos años que le quedan de gobierno al Presidente Santos.

Creo que tanto la paz negociada como la victoria militar del estado son posibles, pero ambas son difíciles. Creo que de optar el estado por una solución netamente militar estaríamos perdiendo una oportunidad de dar un fin más próximo a la guerra actual, como también creo que una negociación de paz sin perspectivas reales ayudará más a prolongar la guerra que a acabarla.

Las Farc están bastante golpeadas pero aún no están derrotadas y siguiendo su patrón histórico van a querer mostrar fortaleza frente a una negociación. Si esa fortaleza la pretenden a punta de terrorismo harán que sus pretensiones en la mesa de negociación sean menos aceptables por la mayoría de ciudadanos votantes de Colombia. Creo que los mandos de las Farc podrían mostrar mayor fortaleza sosteniendo un alto el fuego unilateral que recurriendo al terrorismo. Pero no lo van a hacer.

Si los colombianos votantes no apoyan mayoritariamente las concesiones que el gobierno haga a la guerrilla, el gobierno no estará en capacidad de conceder. Esto debilita al gobierno quien quedaría atrapado por la opinión pública crítica del proceso por un lado y la necesidad de mostrar resultados por el otro. Y las Farc van a querer aprovechar este debilitamiento para aumentar sus pretensiones.

En conjunto esto significara o bien un nuevo fracaso en la búsqueda de la paz negociada, con la consiguiente prolongación de la guerra, o una paz mal hecha, que si bien no será germen de una nueva guerra si desatará una nueva ola de violencia.

Creo que el modelo de estado que tiene Juan Manuel Santos en la cabeza es bueno, pero también tiene una tendencia de querer complacer a casi todo el mundo. Soy algo pesimista de que el gobierno de Santos sea el interlocutor adecuado frente a una negociación con las Farc. Me temo que se va a dejar enredar entre el juego de las Farc de obtener más concesiones usando el terrorismo como muestra de fortalecimiento y el de la derecha política que insistirá en ver las pretensiones de las Farc y su recurso terrorista como muestras del fracaso de la vía negociada.

Por otro lado creo que Timochenko en 2012 puede ser más serio de lo que fue Marulanda en 1998. Las Farc están duramente golpeadas, mientras que en 1998 había una percepción de fortalecimiento. Que sea más serio no quiere decir que esta vez sí haya esperanza porque las Farc siguen mostrando esa política de querer llegar fortalecidas a la mesa de negociación y querer mostrar la fortaleza con terrorismo.

Ojalá me equivoque en mi percepción del carácter de Santos, porque un gobierno con un proyecto claro que logre defender es la mejor garantía que tenemos los colombianos de llegar a una solución pronta a esta guerra.

Pero no creo que esta sea la última oportunidad tampoco.

No nos crean tan…

Ante la declaración de culpabilidad de Santoyo viene Álvaro Uribe Velez a razgarse las vestiduras y mostrarnos como es el poder de penetración del narcoparamilitarismo que lograron colar a ese general en el cuerpo de seguridad del presidente que más combatió al paramilitarismo y el narcotráfico.

El presidente que hizo del micromanagement su estilo de gobierno.  Que cada semana iba a un consejo comunal y recordaba el nombre de todos los funcionarios del municipio, desde el alcalde hasta el que servía los tintos.  Ese presidente no tenía por qué investigar a su jefe de seguridad, ni de las acciones que este ya tenía en la Procuraduría antes de ser ascendido a General.

El narcotráfico que untó al después General Santoyo, el paramilitarismo que éste confesó haber apoyado, logró colar esta ficha dentro del propio esquema de seguridad de Álvaro Uribe.  Pobrecito Presidente.  El único presidente que ha enfrentado al paramilitarismo.

Pero ¿Cómo enfrentó Álvaro Uribe al paramilitarismo?

Negoció con ellos.  Les creó una ley a la medida para que pagaran irrisorias penas de arresto y salieran con sus fortunas intactas tras pagar una pequeña indemnización a las víctimas.  Ley que fue luego endurecida por la Corte Constitucional (que no por el ejecutivo).

Y cuando se dio cuenta que no era posible armar un caso contra los jefes paramilitares sin la propia confesión de ellos, y que estas confesiones estarían plagadas de salpicaduras a muchos colombianos de bien; con estos paramilitares ya recluídos porque se habían “demovilizado” y entregado (porque no fueron capturados), decidió entregarlos a los EE.UU.

Porque, eso sí, el gran compromiso que Álvaro Uribe y sus escuderos siempre esgrimen como lucha contra el narcotráfico es el récord de extradiciones de colombianos a los EE.UU.

No soy enemigo de la extradición.  Si un colombiano va a los EE.UU. y comete un delito serio allá, la soberanía colombiana no debe convertirse en un amparo para garantizar la impunidad.  La extradición es un mecanismo de cooperación judicial y debe ser entendido como tal.

La extradición no es y no debe ser la política criminal de un estado.  En este sentido lo único que hace es delegar esta política a otro estado.

Uribe ha extraditado a más colombianos a los EE.UU. que cualquier otro presidente sólo porque los EE.UU. han solicitado en extradición a más colombianos durante el mandato de Uribe que durante cualquier otro mandato.  No porque el compromiso de Uribe haya sido mayor.

Y Uribe extraditó a los cabecillas paramilitares no para luchar contra el paramilitarismo, porque aquí nisiquiera está delegando a los EE.UU. los cargos por paramilitarismo y genocidio de estos jefes sino que está ignorando completamente los crímenes de sangre que ellos cometieron aquí para que otro país los retenga por un delito accesorio.

Entonces no, señor expresidente Álvaro Uribe.  No se las venga aquí a andar de indignado.  Yo no sé si Ud. es culpable de paramilitarismo, o de haber confiado en personas como el exdirector del DAS Jorge Noguera, o haber aceptado como jefe de seguridad a un policía cuyos cuestionamientos existentes de nexos con el paramilitarismo no eran completamente públicos.  No sé si sea culplable en forma alguna de los desfalcos que algunos empresarios quisieron abusar de una política de su gobierno manejada por Andrés Felipe Arias.  No sé si sea culpable de que en su afán de mostrar resultados con la guerrilla su Comisionado de Paz haya metido (o se haya dejado meter) falsos desmovilizados.  No sé si sea culpable de que funcionarios del DAS en afán de congraciarse con Ud. hayan interceptado ilegalmente a opositores y magistrados.

Sólo le pido que deje de presentarse como el único colombiano que ha salvado a este país gracias a sus grandes dotes de microgerente mientras a su alrededor pasaban todas esas cosas de las que Ud. ahora se muestra indignado.

Porque yo si recuerdo que uno de los grandes puntos en su campaña de 2002 fue acabar con la politiquería y como en ocho años de gobierno no sólo olividó esa promesa sino que usó esta misma politiquería para lograr un plan de gobierno que fue incapaz de hacer irrelevantes a las autodenominadas Fuerzas Armasdas Revolucionarias de Colombia – Ejercito del Pueblo.

Y toda esa corrpupción de la que acusan a su gobierno tiene que ver con eso.

Reformando congresos

Sesión plenaria del Senado de Colombia. Foto Angel Vargas.

Colombia tiene 268 representantes para 45.000.000 de colombianos. Esto es que tenemos un representante por cada 170.000 habitantes. Es un número relativamente bajo frente a otras democracias.

Poster en formato desmotivaciones que vi circulando hoy por Facebook.

Nuestro congreso, por otro lado, es costoso. No tengo datos de costos de funcionamiento de otros congresos y parlamentos bien en comparación con el PIB, número de representantes o número de habitantes. Si alguien los tiene le agradezco que me los facilite.

Podemos tomar el sentimiento fácil de decir que necesitamos menos representantes para que haya menos pícaros en el congreso, pero ¿podremos garantizar que los que saldrán elegidos serán los menos pícaros? O, por el contrario, estaremos entregando a menos políticos el poder de repartirse su cuota burocrática (es decir más cuota por afortunado representante).

Invitación falaz a reducir el número de “senadores”. Primero, Colombia no tiene 270 senadores sino tan solo 102 mientras que en EE.UU. hay dos senadores por cada estado.
Tenemos 268 congresistas (incluyendo los 166 representantes a la cámara) pero en ese orden de ideas los suecos tienen 349 parlamentarios y los alemanes 622 (más 69 consejeros).

¿Qué hay de los movimientos alternativos? Menos congresistas implica mayores trabas para que un movimiento alternativo obtenga una representación, pero, tal vez, esto no es problema: muchos de los movimientos alternativos pueden no ser suficientemente representativos.

[Debo aclarar que aquí podría tener yo un conflicto de intereses pues estoy en la construcción de un movimiento alternativo con aspiración de poder.]

Entonces tendremos menos congresistas y esto significará menos pícaros. ¿Por qué no llevar el razonamiento al extremo y prescinidir completamente del congreso?  No más escándalos en el congreso.  No más pícaros legislando y emitiendo reformas a beneficio propio.

Ese sería un nuevo modelo de estado.  Seríamos pioneros.  ¿No?

No.  Ese modelo de estado ya existe y tiene un nombre: dictadura.

En teoría en una democracia representativa como la letra dice que es la colombiana, existe un congreso o parlamento donde el constituyente delegado (parlamentarios, senadores, representantes a la cámara o como querramos llamarlos) representan al constituyente primario (nosotros, los ciudadanos).

Si el problema es que nuestros representantes no nos representan.  Si el problema es que nuestros representantes son costosos y roban.  Si el problema son las personas que nosotros elegimos porque no responden a nosotros, los ciudadanos, entonces el problema no es el número.

Nuestros representantes deben representarnos y no todos lo hacen.  O tal vez sí.  En mi caso personal el senador que elegí fue de los que votó no a redacción final de la Reforma a la Justicia (tendría que ver qué participación tuvo en los demás debates).  Tal vez nuestros senadores y representantes a la cámara sí representen al país que los eligió y que los problemas de corrupción y legislación a nombre de intereses propios e intereses privados no sean más que un reflejo de lo que somos en conjunto los ciudadanos de nuestro país.

No pretendamos que con sólo disminuir el número de nuestros representantes vamos a estar mejor representados.  Esa es una solución facilista y retórica.  Lo que debemos preocuparnos es que nuestros representantes nos respondan por sus actos.  Tal vez el ajuste en el número sea necesario pero esa no es la solución.

Entre la legalidad y la legitimidad

Parto de la existencia de un concepto muy preciso: la legalidad. Lo legal es aquello que permite u ordena la ley vigente de un estado, dentro de la jurisdicción de tal estado. Algo se puede hablar de leyes internacionales, pero estos son más acuerdos entre los estados que se convierten en legislación interna.

[]La legitimidad, por otro lado, es un concepto abstracto que no se refleja necesariamente en las leyes, sino que es dictado por la ética, entendiéndo como ética a un conjunto de comportamientos y normas sobre lo que pensamos que es correcto o no. Aunque hay quienes hayan intentado establecer una “ética universal”, la verdad es que existen diferentes escuelas éticas y formas de ver la ética lo que conlleva a que existan diferentes formas de interpretar qué es legítimo y qué no.

En algunos casos la legitimidad y la legalidad van de la mano.  La mayor parte de las filosofías éticas condenan el homicidio y el robo, siendo estos así medios ilegítimos para obtener resultados e, igualmente, la mayor parte de las legislaciones procriben el homicidio y el robo como actos ilegales penalizables.  Homicidio y hurto hablados en términos generales, porque hay casos en los cuales filosofías y legislaciones permiten que un ser humano pierda la vida en manos de otro ser humano, o que permita que una propiedad sea transferida sin contraprestación ni la voluntad de ceder del propietario original.

Ejemplo de estos últimos son la pena de muerte, las muertes en combate o el embargo de bienes. Continue reading