El que no llora no mama y el que muestra el hambre no come

Lee uno a veces las historias de los emprendedores y muchos hablan de cómo se encerraron por dos o tres meses a perfeccionar su producto, o estuvieron años intentando e intentando, fracasando y fracasando hasta que dieron con aquello que la gente quiso y los llevó al camino del éxito.

A veces siento que no tengo bien definido mi proyecto de vida. Me gustan muchas cosas. Quiero hacer muchas cosas. Quiero hacer todo que no sé por donde empezar. Me falta un tiempo para pararme a pensar realmente. Sin distracciones.

El otro día tuve una discusión con alguien cercano. Para mí es difícil en ese tipo de conversaciones decir lo que realmente pienso. Mis ideas se mezclan. Mi lengua se traba. Empiezo a decir lo que siento y me falta mucho aún para terminar de armar mi idea cuando ya me están refutando. Así que es más fácil callar. Me reclaman porque callo, pero no tengo otra opción. Ese día, al final, decidí que iba a escribir sobre lo que no pude decir. Estaba alterado y en una ventana había otra discusión: sobre política, sobre teología, sobre filosofía. No sé. No era sobre mi ni mi familia. Cuando mi mente se enfocó en ello inmediatamente sentí una calma. Ya no estaba alterado. Y me pregunté si las personas que toman, o fuman, o meten droga para escapar de sus problemas es eso lo que sienten: una distracción que parece necesaria para escapar de las cosas que los agobian.

Gran parte del tiempo que tengo para detenerme a pensar, termina perdido en distraerme de pensar. Luego puedo pasar días enteros tratando de inventarme cómo solucionar un problema de programación o diseño con la esperanza de que sea mi carta de presentación para un nuevo emprendimiento.

Y todo ese tiempo es peleando internamente con todo lo que me toca hacer. Que tengo que salir *ya* a hacer una vuelta que no creo que sirva de mucho. Que pague, que cobre, que vaya y recoja, que venga y ayude.

No puedo darme el lujo de detenerme a pensar y arreglarme a mi mismo o para prepararme y estudiar o para encerrarme a mejorar un producto: porque los problemas están *ya*. Y es tan agobiante ese *ya* que necesito mi droga. Necesito meterme a internet a opinar de política, o de filosofía, o de cualquier güevonada que no sirva para algo práctico porque ya detesto lo práctico.

Entonces se trata de cerrar todo. Cerrar las distracciones para ver si puedo con el ya. Ni siquiera para ver si puedo detenerme a pensar, sino para ver si puedo con tantos ya que deben resolverse.

El resultado: cerrarme aun más. Ahí siempre está mi mente para inventarme diálogos y distracciones. Hace años intenté (me forzaron) a no distraerme en Twitter y Facebook y terminé perdiendo el tiempo de mis días resolviendo Sudokus, o viendo televisión.

Necesito poder detenerme. Detener todo. Cortar con esas causas de agobio y que un profesional (porque ni yo ni mi familia somos profesionales) me guíe. Sí, el profesional no me va a sacar de mis problemas pero ya está comprobado que ni la cantaleta de quienes me quieren ni mi propia persistencia pueden tampoco. Necesito detener todo.

O no.

Eso resuelve mi problema pero no el problema de los míos.

Hace varios años me ha venido cruzando la cabeza una idea y es una idea que afianzo cada vez más cuando hablo con personas que trabajan sobre el tema.

Pero nunca había hablado el tema seriamente en casa precisamente por el problema que tengo.

Quiero hacer mucho. Quiero hacer todo, y por ello mismo me frustro con facilidad, y en esa frustración prefiero que mis hijos hagan lo que quieran así sea ver programas de televisión y videos en YouTube que no les aporta ningún valor que estar encima de ellos supervisándoles sus tareas.

No soy un buen profesor conmigo mismo. No soy un buen padre supervisando deberes escolares. ¿Cómo puedo ser un buen maestro para mis hijos?

Necesito primero detenerme. Arreglar mis propios problemas y ahí sí.

Pero no puedo detenerme. Todo es *ya*. Y el último *ya* es que las deudas hacen insostenibles muchas decisiones que tomé o dejé pasar.

Creo que la escolaridad tradicional no es la más adecuada para mi hijo y creo que sería un mal mayor sacarlo de la escolaridad tradicional donde está para pasarlo a otra escolaridad tradicional que cueste unos pocos pesos menos.

Pero el salto a la escuela en casa es un salto grande y arriesgado precisamente por el *ya* que me impidieron detenerme a tiempo.

Creo, sin embargo, que es lo mejor. Que esto puede ser incluso la terapia que yo necesito al tiempo que la mejor forma de acompañar a mi hijo, de formarlo.

Pero por ahora sé que, pase lo que pase, debo desconectarme de este canal. Tenía que escribir esto y dejarlo aquí. Tengo que lograr detenerme a sacar un proyecto importante adelante, que no es de emprendimiento y que tardará años.

Gracias por leer.

Lo que me fui a hacer

Fui tres veces concursante en las Olimpiadas Internacionales de Matemáticas. He sido ya tres veces coordinador de las mismas. Estuve en otra en una figura que podría llamarse de observador (entre observador 3 y observador 2 en la nomenclatura actual). Si bien sé que muchos están al tanto de qué son las Olimpiadas Internacionales de Matemáticas, muchos de los que leen esto no, así que aquí les explicaré un poco de qué es y que se hace en una Olimpiada.

La Olimpiada Internacional de Matemáticas es un evento que se realiza cada año, usualmente en julio, en un país distinto cada vez. La primera fue celebrada en 1959 en Rumania contando con la participación de siete países de la cortina de hierro, pero pronto comenzó a abrirse con el objetivo de ser un evento sin orientación política. La quincuagésima sexta olimpiada, recientemente celebrada en Chiang Mai (Tailandia), contó con la participación de más de cien países, incluyendo países tan recientemente reconocidos como Kosovo.

Cada país participa con un equipo de seis estudiantes (menores de 20 años y sin estudios universitarios), quienes compiten individualmente. Varios países no completan el equipo de seis por diferentes motivos. Los estudiantes presentan dos pruebas de tres problemas cada uno, en dos días consecutivos, y tienen cuatro horas y media para resolver cada prueba. Para efectos de puntuación y calificación se considera como una sola prueba de seis problemas. Cada problema recibe un puntaje de 7 si se completa satisfactoriamente o 0 si no se hace nada, con posibles puntajes intermedios reconociendo metas parciales o avances hacia la solución. De esta forma cada estudiante puede tener como puntaje final un número entre 0 y 42.

Normalmente los problemas consisten en probar una conjetura, o en hallar con justificación un resultado. Aquí van, a modo de ejemplo, los tres problemas que ayudé a coordinar:

2013.

Una configuración de 4027 puntos del plano, de los cuales 2013 son rojos y 2014 azules, y no hay tres de ellos que sean colineales, se llama colombiana. Trazando algunas rectas, el plano queda dividido en varias regiones. Una colección de rectas es buena para una configuración colombiana si se cumplen las dos siguientes condiciones:

  • ninguna recta pasa por ninguno de los puntos de la configuración;
  • ninguna región contiene puntos de ambos colores.

Hallar el menor valor de k tal que para cualquier configuración colombiana de 4027 puntos hay una colección buena de k rectas.

2014

Sea n ≥ 2 un entero. Consideremos un tablero de tamaño n × n formado por n2 cuadrados unitarios. Una configuración de n fichas en este tablero se dice que es pacífica si en cada fila y en cada columna hay exactamente una ficha. Hallar el mayor entero positivo k tal que, para cada configuración pacífica de n fichas, existe un cuadrado de tamaño k × k sin fichas en sus k2 cuadrados unitarios.

2015

Determinar todas las ternas (a, b, c) de enteros positivos tales que cada uno de los números

abc,   bca,   cab

es una potencia de 2.

(Una potencia de 2 es un entero de la forma 2n, donde n es un entero no negativo.)

Dejo al lector, a manera de ejercicio, la solución de estos problemas.

Equipo colombiano en 1989, Brunsvick, Alemania Occidental

Equipo colombiano en 1989, Brunsvick, Alemania Occidental

Cuando era estudiante, mis olimpiadas consistían en lo siguiente: llegaba a la ciudad donde nos recibían (respectivamente Sydney, Brunsvick y Beijing), en ocasiones con algunos pocos días de antelación para aclimatación y ajuste al horario. El primer día nos recibían y nos daban alojamiento. El segundo día por la tarde era la inauguración. El tercer día era la primera prueba. El cuarto día era la segunda prueba, y en seguida habían varios días de paseos y excursiones mientras los jurados calificaban las pruebas. Las pruebas calificadas iban apareciendo en un tablero que podíamos consultar por la tarde. Al final del proceso nuestros líderes nos daban la noticia: cuántos puntos sacamos cada uno de nosotros y dónde fueron los cortes de medallas. Al día siguiente era la premiación; usualmente un banquete de despedida y al día siguiente nos íbamos.

Como dije, cada estudiante participa individualmente y obtiene una calificación entre 0 y 42 puntos. Normalmente se espera que cerca de la mitad de los concursantes obtenga medalla y en proporción 3:2:1 se distribuyen las medallas de bronce, plata y oro. Por ejemplo, en 2015 participaron 577 estudiantes, así que ganarían medalla 288 de ellos, siendo 144 medallas de bronce, 96 medallas de plata y 48 medallas de oro. Ese sería el ideal, pero como los puntajes se repiten, rara vez coinciden esos números con precisión. En Chiang Mai 282 estudiantes obtuvieron medalla, de los cuales 143 fueron bronce, 100 plata y 39 oro.

Sólo cuando se tienen todos los puntajes y se reúne el jurado por última vez es que uno, como estudiante, sabe si obtuvo medalla y cual medalla fue.

La competencia por países se basa en la suma de los puntajes de todos los estudiantes del respectivo equipo. El máximo puntaje posible por país sería entonces 252 puntos, que solamente ha sido logrado una vez: Estados Unidos en 1994. China, en 31 participaciones desde 1985, ha ganado la competencia por países en 19 oportunidades. La Unión Soviética, con 29 participaciones (hasta su disolución en 1991) obtuvo 14 veces el primer puesto. (Desde 1988 que ocupó el segundo lugar, y con excepción de 1996 que ocupó el sexto, China sólo ha quedado de primera o de segunda.)

Participé tres veces como estudiante. Obtuve sendas tres medallas de bronce. Y al siguiente año, coincidió que las olimpiadas se celebrarían en el mismo país, la misma provincia a la que me fui a vivir por motivos de trabajo de mi papá, así que estuve involucrado acompañando a los estudiantes (todos conocidos) y asistiendo a una sesión de coordinación. Eso fue en Sigtuna, Suecia, en 1991. Luego, alguna vez apoyé un entrenamiento en Colombia, o ayudé a calificar unas pruebas, pero estuve mayormente desvinculado a las Olimpiadas Internacionales hasta 2013 cuando fueron organizadas en Colombia.

2013En 2013, para la quincuagésima cuarta Olimpiada, los organizadores decidieron que todos los coordinadores locales fueran exconcursantes olímpicos. Me llamaron y acepté.

¿Qué es un coordinador?

Bueno, ya expliqué como es una olimpiada para un estudiante: va, presenta un par de pruebas, pasea y asiste finalmente a la premiación y regresa. De dónde salen los problemas y cómo es el proceso de calificación es un misterio. Más o menos: tampoco es que sea información secreta, pero es un proceso que uno no ve.

Los problemas son propuestos por los diferentes países varios meses antes de la competición. El país anfitrión convoca entonces a un comité de selección de problemas, compuesto generalmente por matemáticos del país anfitrión y personas con experiencia en el proceso. Ellos evalúan los problemas propuestos, ocasionalmente proponen cambios y crean una lista de problemas preseleccionados, o short list, buscando que haya una selección de cerca de una decena de problemas de nivel básico, alto y medio en las áreas de álgebra, combinatoria, geometría y teoría de números (aritmética).

Cerca de tres días antes de que lleguen los estudiantes, se reúnen los líderes de los equipos. Además de los seis concursantes, un equipo se compone de un líder y un profesor acompañante (llamado también colíder o deputy leader). El conjunto de los líderes de los equipos forman lo que se llama el Jurado, quienes son los que toman todas las decisiones con respecto a la competición. Su primera labor es la de seleccionar entre los problemas de la short list, los seis problemas que se presentarán en la competencia, en ocasiones proponiendo algún cambio en alguno de ellos.

Equipo de coordinación

Parte del equipo de coordinación del problema 2 de la IMO 2015.

Todos los problemas tienen una, o generalmente dos, soluciones oficiales que son conocidas por el comité de selección de problemas y dada a conocer al jurado. Pero se buscan otras posibles soluciones. Entre los líderes y los coordinadores se buscan soluciones alternativas. La primera gran labor de los coordinadores consiste en crear un esquema de puntuación: esto es decidir qué logros o metas parciales puede lograr un estudiante para obtener 1, 2, 3, 4, 5 o 6 puntos en el problema. Para ello los coordinadores conforman equipos dedicados a cada uno de los problemas. El equipo es liderado por un capitán de problema que puede o no ser coordinador. Cada equipo evalúa las posibles soluciones, qué tanto esfuerzo implican y qué merece o no un reconocimiento parcial y se crea así el esquema de puntuación.

El esquema de puntuación es presentado al jurado el cual puede aprobarlo, modificarlo o pedirle al equipo de coordinadores de ese problema que lo modifique.

El objetivo del esquema de puntuación es poder unificar al máximo los criterios que permitan comparar a los estudiantes entre sí, buscando que la calificación sea lo más justa y menos subjetiva posible. Lograr esto es labor primordial del equipo de coordinadores.

Antes del primer día de competencia (día de la primera prueba) cada problema debe estar escogido, traducido y con un esquema de marcación aprobado.

Una vez presentados los exámenes y sacadas las respectivas copias de los mismos, la labor de los coordinadores consiste en evaluar lo que hizo cada estudiante y determinar cuanto puntaje obtiene en el respectivo problema. Usualmente los coordinadores trabajan por parejas y cada pareja (o mesa) tiene que coordinar a cierto número de países. Así que los coordinadores obtenemos las copias de lo que los estudiantes de esos países contestaron en nuestro problema. Soluciones escritas a mano, en todo tipo de caligrafías, idiomas y orden, y nos corresponden determinar si son una solución completa de 7 puntos o si hay méritos para puntos parciales (entre 1 y 6 puntos), o no es suficiente (0 puntos), de acuerdo con el esquema de puntuación.

Desde luego, los estudiantes siempre encuentran una forma de solucionar el problema de una forma que no fue anticipada por el esquema de puntuación. Si la solución es completa no importa: son 7 puntos. Pero si es una aproximación, un resultado parcial, viene el primer desafío de coordinación. ¿Cuánto merece el estudiante por esa solución parcial que no está en el esquema de puntuación? En particular, si el esquema de puntuación otorga 1 punto a algo que es una buena idea de acuerdo a las soluciones oficiales. ¿Qué es una buena idea en una solución no anticipada?

Con mi compañera de coordinación

Con mi compañera de coordinación

La coordinación, en la forma más simple, es que los coordinadores se sienten a la mesa con el líder y profesor acompañante de cada equipo, y se pongan de acuerdo con cuantos puntos hay, de acuerdo al esquema de puntuación, en la solución de cada estudiante. Muchas veces esto es muy fácil: soluciones completas y fáciles de leer y de seguir (7 claros), nada escrito que valga la pena (0 claros) o cosas que escribe el estudiante que coinciden con el esquema de puntuación (puntos parciales claros).

Luego viene el siguiente caso más o menos fácil de coordinar: cuando los coordinadores no reconocimos un logro de un estudiante que los líderes sí (en ocasiones pasa al revés) o hay problema con la traducción de alguna palabra que puede resolverse fácilmente, o cuando el líder ha interpretado incorrectamente el esquema de puntuación pero acepta fácilmente la interpretación correcta.

Luego vienen los casos difíciles. Un caso complicado es cuando el estudiante parece haber resuelto el problema (o un problema parcial) pero tiene una falla en su argumentación. El líder suele pedir el máximo puntaje otorgable a ese logro y los coordinadores no suelen querer otorgar ese puntaje. La discusión se centra entre los coordinadores tratando de convencer a los líderes que la falla es grave y los líderes tratando de convencer de que es una falla menor.

El otro caso difícil es cuando el líder está convencido de que su estudiante tuvo una buena idea hacia una solución no contemplada en el esquema de puntuación. El principal problema aquí es determinar qué tan buena es la idea o qué tan relevantes son los resultados parciales. En ocasiones esto implica que el coordinador deba hablar con su capitán o con el equipo de coordinadores para buscar que el puntaje final sea lo más justo posible frente a estudiantes que intentaron u obtuvieron ideas contempladas en las soluciones oficiales.

No es un caso difícil pero sí desgastante, cuando los líderes insisten en ver logros que no existen, o tratan de vender que el estudiante tuvo un esfuerzo grande sobre ideas que no llevan a solución; u otras formas en los que un líder quiere convencer que un estudiante merece más puntos de los contemplados sobre casos o esquemas de solución que ya han sido contemplados y discutidos.

Esa es la coordinación. Al final de la coordinación con cada líder, si se llega a un acuerdo, se firma con copia la hoja de puntajes entre el líder y uno de los coordinadores de la mesa, y si no se citan más reuniones hasta que se llegue a un acuerdo, muchas veces mediado por una decisión del capitán de problema, usualmente tras discusión con todo el equipo de coordinadores cuando falta claridad.

Si el acuerdo no es posible, la decisión final queda en manos del jurado.

Una vez listas casi todas las coordinaciones, se llega a la última reunión de jurado. El primer punto es definir los pocos (uno, dos o tres, usualmente) casos de desacuerdo. El coordinador expone sus puntos, el líder expone sus puntos y el jurado (es decir todos los demás líderes, muchos de ellos que aceptaron la decisión del coordinador sobre casos parecidos con ellos) votan para dar la razón al coordinador o al líder. Creo que tan sólo una vez en los últimos 20 años, un jurado le dio la razón al líder.

Aprobados esos últimos casos, el jurado aprueba todos los puntajes. (Siempre que he visto esa decisión ha sido por unanimidad, así que supongo que eso es algo más bien de trámite) y viene la decisión final: establecer los cortes de medallería, es decir a partir de qué puntaje es bronce, plata y oro.

Este año en Tailandia se optó por una innovación. El jurado no votó por los puntajes específicos. El personal técnico simplemente estableció que con un corte habría tantas medallas y con un punto más habría tantas otras medallas, y así para el corte de plata y oro. Específicamente, con un puntaje habría 307 medallas y con el puntaje siguiente habría 282, cuando el ideal debía ser de 288 medallas. Al no conocer el valor de ese puntaje el jurado votó por la opción más cercana al ideal, sin saber si sus estudiantes estarían o no en el corte de medalla.

La responsabilidad de la coordinación depende del país anfitrión. En Colombia en 2013 y en Sudáfrica en 2014, el grueso de coordinadores locales fuimos exconcursantes olímpicos. En Tailandia en 2015, el grueso de coordinadores locales salieron de matemáticos tailandeses que habían hecho doctorados en el extranjero. En Argentina en 2012 y según me contaron, muchos de los coordinadores locales fueron profesores de escuela. Junto con los coordinadores locales, cada país puede invitar a cierto número de coordinadores extranjeros que aporten experiencia y gracias a ello me invitaron a Sudáfrica en 2014 y a Tailandia en 2015.

Como coordinador, yo no represento a Colombia (salvo cuando fui coordinador local) y, definitivamente no represento ni tengo vínculo con el equipo colombiano, ni sus líderes. Muchos coordinadores extranjeros tienen vinculación con el proceso local en sus respectivos países, pero durante la olimpiada somos parte de la organización local del país anfitrión. Ahora, para evitar suspicacias, nunca me tocó coordinar al equipo colombiano. Incluso, este año, hubo un desacuerdo entre los líderes colombianos y los coordinadores de mi problema, siendo la única discusión a nivel del equipo de coordinadores de la cual no participé; no porque yo no pudiera ser balanceado, sino para evitar cualquier tipo de suspicacia.

Pero el país anfitrión también es un país concursante. Y si los coordinadores estamos a nombre del país anfitrión, alguien tiene que coordinar al país anfitrión.

Los problemas que son escogidos para las pruebas son problemas originalmente propuestos por alguno de los países participantes. El problema que coordiné en Tailandia fue un problema propuesto por Serbia. La coordinación de ese problema para el equipo local, corresponde entonces al líder serbio con el apoyo bien del capitán de problema o de un coordinador extranjero. Esta responsabilidad me correspondió a mí (a pesar de que en mi equipo de coordinación había también dos coreanos y un hongkonés.)

Sí, alimenté un elefante

Sí, alimenté un elefante

Así que eso fue lo que me fui a hacer a Tailandia. Ayudar a que la quincuagésima sexta Olimpiada Internacional de Matemáticas funcionara apoyando en la coordinación.

Ya lo otro: sufrir por haberme quedado varado en Houston, o haber alimentado un elefante, o no saber en qué lugar suburbano del gran Bangkok me encontraba 8 horas antes de mi vuelo a casa, fueron elementos extra en mi experiencia personal.

Bienvenido 2015

Uno de los propósitos del año nuevo ha sido el de escribir. El de continuar escribiendo. Digamos que me puse una meta, como por tener algo que medir, como para saber si lo estoy cumpliendo o no: escribir el equivalente a tres páginas diarias para publicar, bien sea que las publique ese mismo día en mi blog, o las reúna para publicarlas más adelante como un libro o algo parecido.

Pues bien, hoy, siete de enero, ya llevo seis días de atraso con ese propósito. Pero ahí nos empezamos a poner en forma.

Quise dejar constancia, al atardecer del 31 de diciembre, de mis primeros propósitos de año nuevo, y aquí los pueden ver:

Así, que ya entrados en gastos, hagamos de este post el cumplimiento de esas primeras tres páginas del año y, de paso, una formalización de mis propósitos y planes para el 2015.

Primero. y ya lo dije: escribir. Escribir pensando en publicar. Si encuentro cómo escribir y que me paguen por publicar, mejor, pero, mientras tanto mantenerme escribiendo y publicando. [nota: igual puedes colaborarme vía Patreon]

Segundo, y ya lo decía en el video: no buscar excusas para no producir al menos un video al mes en cada uno de mis dos canales. [nota: también puedes colaborarme en Patreon]

Tercero: aprender. Continuar aprendiendo matemáticas. Continuar aprendiendo tecnologías web.

Cuarto: ganarme mi viaje a Tailandia. Merecérmelo.

Quinto: Producir un ingreso, sea como ingeniero, como desarrollador, como escritor, como videógrafo, o como lo que sea. Preferiblemente algo legal.

Seis: apersonarme de la educación de mis hijos. Va con todo. Si me quiero ver como una persona que aporta desde su conocimiento y desde sus ideas pensando en contribuir al desarrollo de extraños, también debo pensar en hacerlo con mi obligación primaria que son mis hijos. Además que ellos se lo merecen. Y, por otro lado, es parte del aporte no económico a la economía del hogar.

Siete: retomar el tema de la política, así no sea como parte de un partido en formación.

Ocho: saber y dar razón de lo que pasa en mi casa.

Nueve: mantener una actividad física diaria e irla incrementando. No sólo por el peso sino por la producción natural de endorfinas, la disciplina y esas horas interesantes que tengo para escribir en la mente cosas que nunca voy a poner en papel o publicar, excepto porque, por la primera resolución, sí lo voy a hacer.

Diez: terminar mi proyecto de la novena de aguinaldos. Sin excusas. Meta: conseguir las grabaciones faltantes antes de julio. ¿voluntarios?

Diez es un buen número cerrado. Dejémoslo ahí y espero comentarios.

Que gracias.

Nothing Worse Than Wasted Talent

Sé que estoy haciendo algo mal.  Lo sé.  Si no no sabría cómo explicar que las personas a mi alrededor estén felices y contentas insertadas como miembros productivos de la sociedad mientras yo me estrello una y otra vez con mi incapacidad de lograr lo que se espera de mí.

The saddest thing in life is wasted talent. — Lorenzo Anello a su hijo C. en A Bronx Tale

Esta percepción de fracaso constante se ha ido apoderando cada vez más de mí.  No siempre fue así.  Cuando estaba en el colegio yo no era el mejor alumno, pero tenía mis fuertes en los que me destacaba y que me hacían ver como ese genio que triunfará en la vida por encima de sus compañeros.  Un talento por el que me destacaba.  Un talento que me haría grande.

Nunca estudié bien.  Llegaba a los exámenes con lo que había retenido de clases y no con lo que había estudiado la noche anterior.  No hacía la mitad de mis tareas ni el trabajo en clase.  Me ponía a dibujar laberintos en el cuaderno en lugar de tomar apuntes.  Pero no me iba tan mal.  De alguna forma en los exámenes lograba sacar notas aceptables y buenas que me permitían finalmente pasar el año.  Recordaba.  Relacionaba.  Analizaba.

Las matemáticas fueron mi fuerte probablemente porque allá pesa más la capacidad de pensar que la de recordar.  O tal vez porque mi mente fue particularmente diestra en la forma de pensar de las matemáticas que en cierta forma se extendía a todo lo demás.  Las matemáticas me dieron para viajar a otros países a representar a Colombia en las Olimpiadas y para haber obtenido medallas en esas competencias.

Un talento que me haría triunfar.

Pero un talento que no me ha servido de mucho en mi vida adulta.  No me ha servido de mucho el talento de recordar, relacionar y analizar.

No sé si aún tengo la mente brillante que tenía cuando era joven.  No he tenido muchas oportunidades de ejercitarla porque las exigencias de la vida adulta me piden otros talentos.  Talentos que no tuve, que no crié, que no cultivé.  El talento de cumplir.  El talento de pensar en forma práctica.

Mi capacidad de analizar me lleva a darme cuenta de muchas de mis fallas.  Darme cuenta de todas esas pequeñas decisiones que me hacen fracasar.  Pero ser capaz de ver a posteriori esto; ser capaz incluso de predecirlo a veces; no me ayudan a lograrlo.

Para actuar correctamente uno no necesita pensar nada.  No es más que una cuestión de entrenamiento.  Es una cuestión de automatizar las respuestas.  Una cuestión de olvidarte de lo que no conlleve a su fin.

No tengo la disciplina de ser disciplinado y ante eso no existe fuerza de voluntad posible que me lleve a cambiar la situación.  Puedo analizar todo hasta encontrar mis errores, pero eso no me sirve para prevenirlos.  Y tal vez ni siquiera necesite tanto análisis para prevenirlo.  Necesito disciplina para adquirir disciplina.  Y ahí hay una trampa conceptual.  Un Catch-22.

Es algo que no puedo hacer solo.  Tampoco es algo que alguien pueda hacer por mí.  Necesito un entrenador.  Ni siquiera necesito un guía.  Necesito alguien que me acostumbre a actuar correctamente sin pensar.  Todo lo demás será carreta, lo tomaré como carreta y lo desecharé como carreta.

We have a misconception that if we only cared enough about something, we would do something about it. But that’s not true.

Motivation is in the mind; follow-through is in the practice. Motivation is conceptual; follow-through is practical. In fact, the solution to a motivation problem is the exact opposite of the solution to a follow through problem. The mind is essential to motivation. But with follow through, it’s the mind that gets in the way.

Peter Bergman

Uno de los problemas de este sobreanálisis es que empiezo a reconocer el fracaso de mis expectativas y mis acciones.  Me siento cada vez más incapaz de actuar dentro de una sociedad a la que le importa muy poco mi talento y sí mucho los talentos que no tengo.

Recuerdo que, cuando trabajé en Huawei, mi supervisor inmediato me decía que apreciaba mucho esos momentos en los que mi talento había ayudado a resolver más eficazmente ciertos problemas.  Esos momentos en los que utilicé mi habilidad para pensar por fuera de la caja y aplicar esos conocimientos que tenía, pero por los cuales no me habían contratado.  Pero a pesar de esos momentos, en el día a día yo simplemente no era confiable.  Y yo sabía entonces y sigo sabiendo ahora que mi jefe tenía razón.

Son pocos los empleadores, o posibles socios, que confíen en mí sólo por mis momentos de inspiración.  Creo aun que tengo un gran talento para dar.  Oxidado, tal vez.  Pero la falta de otros talentos: la falta de disciplina, principalmente, me llevan a seguir desperdiciando mi potencial.

O tal vez sólo deba olvidarme de lo que podría ser capaz.

Emplearme en algo que no sólo no requiera pensar sino que me impida pensar.  Finalmente pensar no me ha servido de mucho en mi vida adulta.

El problema es que sí creo que hay algo peor que el talento desperdiciado y es tener que matar tu único talento sólo para adaptarte a los demás.

Naturaleza de la frustración

No tengo ningún estudio formal sobre la neturaleza humana, pero me gusta observar lo que sucede a mi alrededor.  Hay dos sujetos de prueba que me han interesdo particularmente en los últimos meses, si no años, casos que tal vez un psicólogo o un psiquiatra podrían verlos como típicos o no particularmente anormales pero que para mí son importantes.

[me]Criar a un hijo es una tarea complicada.  Siempre hay un momento en el que riñen lo que el niño quiere hacer con lo que el niño tiene que hacer: un ‘tiene que hacer’ que es dictado por los grandes, por los adultos, por uno.  El niño no quiere someterse a esa voluntad adulta por lo que uno, como adulto, debe obligarlo.  Debe cambiarle lo que el niño quiere hacer por lo que tiene que hacer: comer, estudiar, cuidar su salud, etc.  Todo lo que ello implica son refuerzos positivos a largo plazo y no las satisfacciones inmediatas de jugar con sus juguetes, ver monos en la televisión o jugar un videojuego.

¿Cómo convencerlo que esas satisfacciones a largo plazo son más importantes que las satisfacciones a corto plazo?  No es que la paciencia del niño le de para experimentar la verdadera importancia del refuerzo a largo plazo, p. ej. una buena salud o una buena educación; menos aún cuanto tales refuerzos no se perciben como tales, porque, en el mundo ideal, no habría con qué compararlos en carne propia; porque los buenos hábitos de higiene no garantizan estar libre de enfermedades, sólo aumentan la probabilidad de que así sea.  En cambio la satisfacción inmediata es eso.  Es esa descarga de endorfinas que produce la actividad placentera.  El refuerzo es inmediato y fácil de percibir. Continue reading

Momentos decisivos

Leyendo el último post de Carnaval toda la vida recordaba una teoría que un profesor nos exponía: cuando de relaciones se trata las mujeres entregan todo a su presente mientras que los hombres viven de momentos decisivos.

Y mi vida está llena de eventos decisivos.  Hoy recuerdo cada una de las mujeres que en su momento me movieron el piso y aún cuando tengo la firme convicción de dedicar el resto de mi vida a honrar el pacto que hace cerca de 10 años suscribí, cada una de estas otras mujeres son y seguirán siendo parte de mi vida.

Hoy cumplo 38 años.  La cifra no es particularmente representativa como suelen serlo los múltiplos de 10, pero para mí tiene un significado muy especial por todo lo ocurrido durante el año transcurrido. Continue reading

Me gustaría…

Me gustaría escribir algo más serio que este blog. Escribir de ficción, de filosofía, de cómo ver el mundo con otros ojos, de cómo interpretar la realidad por nosotros mismos. Me gustaría escribir y publicar y saber que lo que escribo importa y ayuda a alguien.

Me gustaría pararme frente a un auditorio y ver los ojos atentos de quienes están sentados, y poder inspirar. Me gustaría ayudar a esas mentes a formarse por sí mismas y que mi papel sea más el de un guía que muestra nuevos caminos y alternativas para que ellos puedan decidir seguirlos o no.

Me gustaría entablar conversaciones que desafíen mi intelecto. Que me hagan pensar. Que me inviten a resolver problemas que no había pensado antes. A replantear mis conceptos. A seguir creciendo.

Me gustaría encontrar mi camino, mi vocación.  Sé que no es en los números o los electrones, pero sí con ellos.  Es en la gente.  En las personas.  En interactuar.  Y es ahí donde siento el peso de mi gran error de todos estos años de justificar en mi timidez buscar una carrera en las máquinas y no con la gente.

Me gustaría explorar mi mente hacia sus límites, y que mi mente, mis ideas, sirvan a los demás.

I’m not suicidal, but I need the rush

Hace tiempos no me daba el gusto de disfrutar de una buena columpiada.  La mayoría de los columpios con los que me suelo encontrar están diseñados para niños y no para tipos de 200 libras como yo.  Pero este parecía lo suficientemente sólido y los niños a mi alrededor no estaban interesados.

Parecía.  Las cadenas del columpio no estaban soldadas y no podía dejar de pensar si alguno de los eslabones empezaría a ceder y a abrirse.  No pude comprobar que eso sucediera, pero la preocupación fue suficiente para tenerla presente.  Sobre todo porque no podía mecerme suavemente: tenía la necesidad de hacerlo con fuerza, con todo el impulso que mi cuerpo podría transmitirle al columpio.

Necesitaba ese impulso, esa sensación de velocidad. La necesidad de descargar la tensión acumulada en ese instante de vértigo.  Pero el sentirme inseguro me amarraba.  Me hizo detenerme en seco en varias ocasiones. Continue reading

Rage… o 25 cosas sobre mí

Aunque no faltará quien se sienta desilusionado porque volví a escribir, creo que este ensayo es un proceso importante de autosanación mental.  Podría en estos momentos contenerme y concentrarme en mis deberes, pero eso sólo aplazaría más la solución de lo que me impide funcionar en esta sociedad del trabajaar, trabajaar y trabajaar. Continue reading

Buscando mis raíces

Uno de los consejos que he recibido en estos últimos días es que debo regresar a mis raíces.  Lo ha dicho una de las personas que más me ha marcado en mi vida, que más ha influido en mí y a quien yo más admiro. Y no es sólo porque sea mi padre.

La pregunta, sin embargo, es cuáles son mis raíces.  En alguna época de mi vida me destaqué por las matemáticas.  Nunca fui un estudiante ejemplar, pero mi facilidad y luego pasión por las matemáticas me hicieron destacar, viajar y triunfar.  Lo intenté más tarde, pero coyunturas de mi vida laboral se convirtieron en un obstáculo para algo que entonces me seguía gustando pero que no me apasionaba del mismo modo. Continue reading