Por el motivo incorrecto

Uno de los descubrimientos personales recientes es un don que carezco: no soy capaz de pensar en forma práctica: planear, prevenir, estar pendiente de las cuentas por pagar y por cobrar.  Haciendo un trabajo termino concentrado en detalles de forma, perfeccionando un pixel que no es el que al cliente le interesa, y por más que intento enfocarme mi foco no es aquel que los demás esperan.

[]Así que termino patinando.  Sin lograr avanzar en mis objetivos y mucho menos en los objetivos de quien me requiere, sea este mi familia o mi contratante.

Y es frustrante.  Terminan haciéndome sentir, termino sintiéndome, un estorbo; un lastre.  Sentir que es más lo que empeoro la situación que lo que sirvo para resolverla.  Es entonces cuando me deprimo.   No sé que tan clínicamente correcto sea aquí hablar de depresión, pero sí es una sensación de baja de ánimo, de perder mi mirada en divagaciones que no son pensamientos coherentes (y mucho menos útiles o prácticos).  Llego a sentir que lo mejor es que yo no existiera, que dejara de existir.  No ser más un lastre.  No generar más expectativas en los demás que los lleve a una nueva desilución conmigo.

Para que aprendan.

Pero no pasará.  Más allá de mi actitud temeraria no estoy pensando en culminar el fin de mi existencia.  Además porque sería por el motivo incorrecto, porque nadie sacará una lección de mi muerte y no solucionaré el problema de nadie.

Y no estaré ahí para saber si el sacrificio funcionó o no.

I’m not suicidal, but I need the rush

Hace tiempos no me daba el gusto de disfrutar de una buena columpiada.  La mayoría de los columpios con los que me suelo encontrar están diseñados para niños y no para tipos de 200 libras como yo.  Pero este parecía lo suficientemente sólido y los niños a mi alrededor no estaban interesados.

Parecía.  Las cadenas del columpio no estaban soldadas y no podía dejar de pensar si alguno de los eslabones empezaría a ceder y a abrirse.  No pude comprobar que eso sucediera, pero la preocupación fue suficiente para tenerla presente.  Sobre todo porque no podía mecerme suavemente: tenía la necesidad de hacerlo con fuerza, con todo el impulso que mi cuerpo podría transmitirle al columpio.

Necesitaba ese impulso, esa sensación de velocidad. La necesidad de descargar la tensión acumulada en ese instante de vértigo.  Pero el sentirme inseguro me amarraba.  Me hizo detenerme en seco en varias ocasiones. Continue reading