I’m not suicidal, but I need the rush

Hace tiempos no me daba el gusto de disfrutar de una buena columpiada.  La mayoría de los columpios con los que me suelo encontrar están diseñados para niños y no para tipos de 200 libras como yo.  Pero este parecía lo suficientemente sólido y los niños a mi alrededor no estaban interesados.

Parecía.  Las cadenas del columpio no estaban soldadas y no podía dejar de pensar si alguno de los eslabones empezaría a ceder y a abrirse.  No pude comprobar que eso sucediera, pero la preocupación fue suficiente para tenerla presente.  Sobre todo porque no podía mecerme suavemente: tenía la necesidad de hacerlo con fuerza, con todo el impulso que mi cuerpo podría transmitirle al columpio.

Necesitaba ese impulso, esa sensación de velocidad. La necesidad de descargar la tensión acumulada en ese instante de vértigo.  Pero el sentirme inseguro me amarraba.  Me hizo detenerme en seco en varias ocasiones.

Me gusta el riesgo y uno de los puntos donde mejor se expresa en en mi velocidad para conducir.  La velocidad me ha traído algunos accidentes.  En 1991 corría en mi bicicleta desde Sigtuna hasta mi casa en Södermalm y en una bajada la velocidad me ganó en una curva.  Preferí salir del camino antes de arriesgar estrellarme con un poste y solo recuerdo caer de frente dando un bote y con la bicicleta pasando por encima.  Salí ileso y la bicicleta sólo sufrió en su rueda delantera.

A veces me pregunto que pasaría si de nuevo mi vehículo me falla, si no soy capaz de controlar una curva por ir más rápido de lo que puedo controlar.  Vivo entre esa prevención y la necesidad de correr.  Y muchas veces no mido.  A veces me sorprendo cuando tomo decisiones extremas sin mayor tiempo para pensar, meterme entre dos carros que también van rápido.  Hace unos cinco años, conducía de Bogotá a Melgar y adelante de La vaca que ríe había aceite en la vía.  El carro resbaló, perdí tracción.  Venía un auto de frente y el mío estaba invadiendo la calzada contraria.  En instantes tuve los reflejos suficientes para acelerar suavemente, recuperar la tracción y regresar a mi carril con un estrecho pero suficiente margen para evitar la colisión.

Años atrás no tuve esos reflejos.  Regresaba de Chinauta y pasando cerca del Muña perdí tracción, no recuerdo por qué, y mi primera reacción fue frenar y cabretillar con toda para no montarme sobre el separador.  Sin suerte, una vez el carro recuperó tracción la maniobra extrema le hizo dar una voltereta.  Me sentí como en una atracción de una ciudad mecánica, amarrado por el arnés mientras veía cómo el mundo giraba a mi alrededor hasta quedar patas arriba.

Mi única lesión, al soltar mi cinturón apoyé mi mano sobre el techo del vehículo y una fracción de vidrio se me incrustó en el dedo.  Mi novia (hoy mi esposa) sufrió un poco más pero salió igualmente sin mayores problemas.  Una amiga que iba en el asiento trasero y sin cinturón quedó sentada sobre el techo del carro, sana y salva.  Dos años más tarde murió por intoxicación con monóxido de carbono.

La vida y la muerte.  La muerte puede venir en cualquier momento, aun por más responsable que uno sea al conducir.  Puede venir porque esperas que el agua salga más caliente, por un aneurisma silencioso, por un accidente de tránsito o porque te quitas la vida.

Conscientemente yo no me quitaría la vida.  Me gusta sentir la adrenalina, pero lejos de mí está actuar pensando en que me quiero matar.  Quiero vivir.  No sé por qué.  Apego enfermizo al chisme, tal vez, pero quiero vivir lo suficiente como para saber qué pasa.  Hasta ahora ninguna consecuencia en vida me ha parecido lo suficientemente indeseable como para preferir no afrontarla, y eso que soy un cobarde para afrontar consecuencias.

A veces, mezquinamente, fantaseo con mi muerte.  Una muerte que haga recapacitar a mi familia o al obscuro objeto del mal trato que me han dado o de la forma incorrecta como pretendieron actuar de buena fe.  Pero no sólo es mezquino.  Es estúpido.  Tras el hecho no habrá forma de evaluar las lecciones aprendidas.  Si hay un motivo para dar la vida, definitivamente no es ese.

Y es que no es lo mismo dar la vida, quitarse la vida o arriesgar la vida.  El primero es un acto altruista.  Consiste en permitir tu muerte a cambio de cierta garantía de un bien mayor para otros (tu familia, tu patria, tu dios, lo que quiera que para ti signifique más que tú mismo).  Podríamos pensar que dar la vida tal vez no sea un acto inteligente y totalmente desinteresado, pero quitarse la vida para castigar a otros es definitivamente un acto de soberana estupidez.

Y tampoco soy tan estúpido, lo lamento.

Yo arriesgo mi vida, no porque mi vida no valga, sino porque necesito descargar las tensiones de mi vida en descargas de adrenalina.  Tal vez también sea estúpido.  Pero cuando no soy capaz de tomar verdaderos riesgos en mi modelo de vida, sólo me queda el vértigo físico y primario: conducir rápido, columpiarme con fuerza, tratar de reventar una pelota de tenis contra un muro: destruir.

Soy muy cobarde para arriesgar muchas cosas y ante eso termino arriesgando otras.

Desde enero llevo twitteando de cuando en vez que quiero irme a Haití a trabajar.  No lo he hecho.  No he sido capaz de tomar decisiones realmente radicales como irme de la seguridad de mi hogar y buscar nuevos rumbos, bien se colaborando en la reconstrucción de una zona de desastre, o meseriando en Nueva York.  Me freno en ese tipo de decisiones de vida.  A duras penas logré tomarme un café con el obscuro objeto y confesarle, entre dientes, mi alma, y aún no me decido a arriesgarlo todo por componer ese aspecto de mi vida.

No me atrevo a arriesgar mi vida en el sentido trascendental de la misma, por eso me la paso arriesgando mi vida en el sentido más físico y prosaico del término.  Y veo como mi vida se pasa, extinguiéndose, pero aferrándome primitivamente a ella.

Esperando ver cuando las circunstancias terminarán por acabarla.

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4 thoughts on “I’m not suicidal, but I need the rush

  1. Pingback: Tweets that mention I’m not suicidal, but I need the rush « The Chlewey Blog -- Topsy.com

  2. Me alegra que estés apegado a tu vida, y de que estés sano y salvo hoy, gracias a eso podemos jugar este mes (aunque no sea una razón para vivir exactamente, pero que importa).

    Estaré chismoseando tu blog… curiosamente compartimos muchas opiniones, incluso esta pasión por el rush de adrenalina; claro que yo me conformo con Salitre mágico jua jua.

  3. Pingback: Por el motivo incorrecto « The Chlewey Blog

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