Caminando ciudades

[Puente de Brooklyn]Caminaba por las calles de Nueva York. Fue una visita relámpago, tenía que pernoctar una noche en la gran manzana en camino a visitar a mis papás en Japón. Traté de contactar a mis amigos de Facebook pero sólo hasta esa mañana, ya con el hotel reservado alguien me respondió positivamente. Una amiga boliviana a quien no veía en 18 años y quien vivía en Staten Island. Así que de mi hotel en Jamaica (Long Island) me fui a la ciudad a ver qué se alcanzaba a conocer.

Me apeé donde el metro quiso dejarme, saliendo a la calle a ver letreros en chino y salí a caminar la ciudad rumbo a lo que intuí era el sur. Me topé con una ardilla frente al puente de Brooklyn pero no alcancé a preparar la cámara para registrarla antes de que saliera corriendo.  Crucé la zona cero.  Bordeé Battery Park y finalmente llegué al muelle del ferry a Long Island.

Ya en Battery el olor era claro.  Ese olor a ciudad marina.  He tratado de recordar exactamente de dónde lo reconocía porque el olor de las ciudades caribeñas es diferente.  Es mar de trópico.  Por otro lado Estocolmo no huele a mar.  No lo suficiente por la baja salinidad del Báltico.  Pero el olor era claro.  Esos olores que te dicen que ya has estado ahí, que el ambiente te es familiar, así sea la primera vez que estás ahí.

[Cuervo en Tōkyō]Hay otros dos tipos de olores que por alguna razón me recuerdan a ciudades: los olores de la comida en la calle y el olor ácido de los buses que funcionan con alcohol.  Cuando era niño recuerdo que en las calles de Madrid vendían castañas.  No podría recordar con exactitud a qué huelen las castañas pero siento que cuando me encuentre nuevamente con ellas me transportarán a Madrid.  Un destello tuve cuando comí castañas en Japón pero ese olor estaba contaminado con el azufre de los termales.

Más claro es el olor de los puestos de salchichas que de alguna forma me transportan a Estocolmo.  Aunque no cualquier puesto de perros calientes.  Es más, el típico puesto de perros calientes no tiene ese olor que logra una buena bratwurst y es por ello que cuando siento el olor correcto logro transportarme a una calle en Estocolmo o a un paseo de verano por Alemania.

En Bogotá hay un olor que a veces me sorprende al caminar, pero al caminar de noche.  Si mal no recuerdo me lo presentaron como sándalo pero bien podría ser el cestro o zorrillo, mejor conocido como galán de la noche.  Símplemente vas caminando por la calle y de repente aparece ese olor.

[Tōkyō]Pero los olores no es lo único que te da la calle.  Caminar es encontrarse con muchas cosas.  Ver como peatones y automóviles se comportan frente a un paso peatonal o qué tan bien hecha está la ciudad para ser paseada.  Hacerte preguntas sobre el local de comidas frente al cual acabas de pasar.  Ver las personas solitarias o en grupos que deambulan.

Cuando caminas calles desconocidas o ciudades desconocidas la experiencia se multiplica.  A veces es bueno simplemente caminar sin rumbo, perderte y luego averiguar cómo encuentras el camino a casa.  Bogotá tal vez no es la ciudad más segura para hacerlo pero no me arrepiendo cuando me he atrevido, como lo hiciere en Venecia, Medellín o Yokohama.

Es difícil ver la cara de los demás cuando conduces.  O sentir los aromas de la calle cuando viajas en un bus o el vagón de un metro.  La ciudad se ve diferente desde las diversas situaciones pero de una forma u otra me gusta conocer y sentir las ciudades mientras me muevo por ellas.

Be Sociable, Share!

3 thoughts on “Caminando ciudades

  1. Muy cierto, las ciudades desconocidas se disfrutan más cuando se deambula por ellas. Y no me arrepiento de haberto hecho en Seattle a pesar del frío (para un caleño, la primavera en Seattle es casi causal de hipotermia) porque aunque me perdí, esa circunstancia hizo la experiencia inolvidable n_n

  2. Pingback: La ley de la papaya | The Chlewey Blog

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Connect with Facebook