Incluyentes pero segregados

InclusiónFrente a la polémica de esta semana, una amiga de Twitter comentaba porqué no se habla de inclusión de niños en condición de discapacidad. Por otro lado una amiga de mi hermana comentaba sobre el caso de niños genios y cómo la escuela normal no responde a ellos (no sé si a raíz o no de la polémica).

normal1La campana de Gauß nos muestra lo que es una distribución normal. Si tomamos una medida de la población con, por ejemplo su coeficiente intelectual, o su estatura en centímetros, y graficamos el número de individuos que hay por cada puntaje, formarán gráficas de distribución y la distribución gaussiana o campana de Gauß es una de las más comunes. Las distribuciones gaussianas tienen dos parámetros: la media μ (que en una distribución gaussiana coincide con la mediana y con la moda), y la desviación estándar σ. En esta distribución, el 68.2% de la población difiere de la media en menos de la desviación estándar, esto es, entre μ−σ y μ+σ.

En el ejemplo del coeficiente intelectual (CI), este ha sido normalizado de tal forma que 100 sea la media y 15 la desviación estándar. Así, el 68.2% de la población está entre un CI de 85 y 115. El restante 31.8% está por encima o por debajo (15.9% mayor a 115, y otro 15.9% menor a 85).

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El 95% de la población está difieren en menos de dos veces la desviación estándar, es decir entre μ−2σ y μ+2σ. En el ejemplo del CI, el 95% está entre 70 y 130. Tan sólo un 2.5% está por debajo de 70 y otro 2.5% por encima de 130. El 99,7% está a menos de tres veces la desviación estándar. Casi todos están entre μ−3σ y μ+3σ (entre un CI de 55 y 145), y sólo una ínfima parte por fuera. Un 0,15% por debajo de 55 y un 0,15% por encima de 145.

Digamos, ahora, que soy el administrador de un colegio, o un ministro de educación, a cargo de definir las políticas sobre qué se espera enseñarle a cada alumno, y veámoslo sólo desde el punto de vista de capacidad intelectual medida por el CI (que es una simplificación). Si diseño los currículos para alumnos que estén dentro de la desviación estándar (alumnos entre 85 y 115 normalizados para la edad), estoy cubriendo las necesidades de cerca de 14 de cada 20 alumnos. Pero estos currículos serán demasiado avanzados para 3 de cada 20 alumnos, y demasiado triviales para otros 3. Los profesores atenderán bien a los 14 alumnos de la media, pero deficientemente a 6 de ellos. Tres de ellos les irá tan mal que no progresan. Otros tres se aburrirán sin poder exigirse en sus capacidades y, o se adaptan a la “mediocridad” de la mayoría de sus alumnos, o acompañarán a los 3 quedados.

Pero si diseño el plan curricular y la formación docente para tener en cuenta al 99,7% de los alumnos (aquellos entre 55 y 145) nos enfrentamos a un gran desgaste. El profesor debe atender en una misma clase a niños avanzados que exigen más de lo normal, y a niños muy quedados que requieren otro tipo de atención especial. Y, además, atender a la mayoría.

Dado que esta opción de hiperpersonalización es desgastadora e irrealizable, a la larga hay tres opciones básicas, donde se parte diseñando para la mayoría. Digamos que es la escuela general, que está bien para el 70% de los alumnos, para la mayoría, que son lo suficientemente parejos (aunque con diferencias) como para que currículos y profesores puedan responder a todos con la debida atención.

La primera opción es ignorar a todos los demás. O se adaptan a la mayoría, o se excluyen. Muchas veces esto se racionaliza en que las minorías no son importantes si estas se convierten en un lastra para la mayoría. Igual los niños bruticos no importan. No se van a volver inteligentes por más educación especial. Igual siempre han estado marginados de la sociedad. Los genios, también que se adapten. Si quieren y si son tan genios que se adelanten y vayan a un curso más avanzado. Si no, se supone que deben ser inteligentes para adaptarse a la mayoría.

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Video: New Brunswick forbids segregated education | Canada

La segunda opción es similar. Se sigue diseñando un currículo único y unas políticas de clase únicas. Pero a los niños especiales de lado y lado se les acompaña. Se dan refuerzos para los niños de menor CI y se les ponen retos extra a los de mayor CI, pero dentro del salón de clases general, a todos los niños se los trata por igual.

La tercera opción es crear escuelas especiales. Está la escuela general para la gran mayoría de niños promedio. Pero hay escuelas especiales para los niños con atraso, y escuelas especiales para los niños genio. No es necesario que estas escuelas especiales sean tan homogéneas, pues el número de casos especiales es lo suficientemente pequeño que un profesor puede atender sin muchos problemas tanto a un alumno 116, como a un 145, repartiendo su tiempo entre ambos y adaptando los retos a cada uno de ellos. Mientras que en la escuela general, el profesor diseña un programa único que cubra toda la gama de normalidad sin necesidad de acompañamiento especializado.

Estas son simplificaciones. El coeficiente intelectual es tan sólo uno de los factores que marcan a los niños especiales. Hay otros tipos de discapacidad, como la discapacidad motriz que plantean sus propios retos. Las identidades de género no hegemónicas son otro. Las minorías étnicas y los inmigrantes son otro reto.

La primera opción es la opción excluyente. Dictada por las mayorías, las minorías o que se adapten o que se vayan. La escuela, la sociedad, no tiene por qué hacer excepciones hacia esos copos de nieve especiales.

La segunda opción es la opción incluyente integradora, donde el objetivo es que las minorías se integren a las mayorías, pero igual son las mayorías las que definen el modelo. Se busca explotar los talentos de quienes se destacan, pero sin perjudicar a las mayorías. Se busca atender a quienes se rezagan pero con el objetivo de que se integren. El que es simplemente diferente, se le acompaña para que se adapte.

xavier_87030La tercera opción es la opción incluyente segregada. Lo que se sale de la norma se atiende, pero en espacios separados a la mayoría. Para los niños especiales es bueno porque tienen una atención más personalizada y pensada para ellos, pero, por otro lado, no aprenden a convivir con la sociedad mayoritaria y pueden tener problemas de socialización. El otro riesgo es que estas escuelas especializadas pueden costar más y atienden menos personas que la escuela general. Y en la escuela general está la mayoría. Si toca recortar recursos, la escuela especial corre el riesgo de desaparecer y se puede caer en la opción excluyente.

Y esto no sucede solo con niños con discapacidad cognitiva y niños genios. Ocurre con minorías étnicas. Ocurre con inmigrantes. Ocurre con la homosexualidad y la transexualidad.

Colombia es un país donde la educación privada es un segmento bastante grande. Donde casi toda familia que puede pagar un colegio privado hace el deber de pagarlo, en gran medida por el desprestigio de la educación pública. Y la educación privada, como toda empresa privada, puede definir sus propias políticas dentro de ciertos límites. Muchos colegios privados son confesionales y la religión y los valores que esta religión profesa son parte importante del currículo y la formación. Muchos colegios privados se orientan a educación elitista, con colegiaturas costosas que sirven de filtro. Otros se definen como colegios de clase media. Algunos buscan ser incluyentes frente a discapacidades. Otros prefieren definir que la inclusión de discapacidades no son su propósito, pero que, dentro de la oferta general de colegios, no es un problema: los alumnos especiales pueden buscar otras alternativas. Otros colegios son especializados para niños genios. Otras instituciones se dedican a distintos tipos de discapacidades, bien cobrándole a los padres, o recibiendo ayudas del estado para atender a los niños más pobres con tales discapacidades.

Este esquema produce una segregación bastante grande. No es propiamente exclusión. Y a la larga existe una educación pública que se define como incluyente, pero limitada en recursos para ser activamente incluyente.

Independientemente de qué tan excluyente o segregada sea la educación privada. Un estado que se defina como incluyente (Colombia es un estado social de derecho, de acuerdo con la constitución de 1991), debe buscar que su educación pública sea incluyente. Pero la limitación de recursos atenta contra una correcta inclusión (integrada o segregada).

Ahora. Existiendo una escuela pública incluyente (y asumiendo que puede realmente ser incluyente), puede la escuela privada definirse como excluyente y segregada? Y hasta qué punto son estas exclusiones y segregaciones admisibles.

Si definimos que el estado debe velar por la educación de todos los niños, no sólo debe velar por ofrecer una escuela incluyente para quienes no pueden o no quieren tomar una opción privada. Debe velar también porque esta educación privada mantenga ciertos estándares. Que sean centros de formación y no centros de adoctrinamiento ideológico, o sistemas de explotación infantil. Por ejemplo, que un colegio especializado en educación a niños con discapacidad, efectivamente los eduque en lugar de simplemente reunirlos en un salón, asumir que son casos perdidos y cobrar las ayudas del gobierno o las pensiones de los padres.

Pero el estado tiene un límite en este esquema. Si el estado se entromete en cada aspecto de una escuela privada, esta pierde autonomía y no es más que un instrumento del estado.

En el ideal socialista, el estado es el único responsable de la educación. No debería haber escuela privada y todas las necesidades especiales, bien sean integradas o segregadas, las asume el mismo estado. En el ideal libertario, toda escuela es privada y puede definir su nicho, y las condiciones de demanda laboral hacen que el mejor interés de los empresarios sea invertir en la educación de toda la población por medio de la caridad voluntaria. En un modelo de tercera vía, el estado suple el papel de la caridad, permitiendo la escuela privada libre y ofreciendo una educación pública para todos los demás. Colombia es una extraña mezcla de elementos de estos distintos ideales, pero donde gran parte de la oferta de educación privada se basa en ideologías que no se refieren ni al mejor interés económico (libertario) ni social (socialista), sino doctrinario.

La polémica de esta semana es realmente una lucha entre esta educación privada doctrinaria y un estado que busca regular la educación privada desde otra ideología, y dentro de esta ideología hay grupos de presión fuertes que pugnan por una visión doctrinaria de sus propios intereses. Está tan arraigado el sistema privado segregado que es casi imposible que el estado pueda imponerse como regulador del mismo. En colegios grandes y serios, saben que no hay forma que el estado imponga una ideología doctrinaria contraria a su propia doctrina, porque esto atentaría contra las libertades liberales consagradas en la constitución. Porque en un estado laico, no sólo se evita que la iglesia y la religión se inmiscuya en el estado sino que el estado no puede inmiscuirse en las iglesias y la religión. Pero, también, estos colegios grandes y serios saben cómo afrontar los retos de la diversidad, dentro de un sistema general de inclusión segregada.

Entonces. ¿Por qué la polémica?

La cuestión es política. Cuando hablé sobre la diversidad sexual en mi entrada anterior, siempre sostuve que hay una norma. Que la gran mayoría de seres humanos caemos dentro de dos casillas, más o menos bien definidas. La gran mayoría de personas que trabajan en igualdad e inclusión lo saben, pero hay grupos que o bien lo desconocen o bien hablan como si lo desconocieran, el papel de la biología en la construcción de la identidad de género. Asumen en su discurso que las dos casillas de género: la de hombre y la de mujer, son exclusivamente culturales y que sólo puede haber inclusión verdadera cuando las casillas desaparezcan. Este discurso es lo que llaman identidad de género. La mayoría de personas que trabajan en inclusión e igualdad saben que esas casillas seguirán existiendo y tan sólo advierten que hay más casillas (minoritarias pero existentes) y que no son determinísticas.

En contraste, hay un sector religioso en el que prima su visión del mundo obtenida de la biblia o el corán sobre la realidad científicamente demostrable. Dice la biblia que Dios nos creó hombre y mujer (aunque no dice que exclusivamente hombre y mujer) por lo tanto no existen más categorías, ni siquiera minoritarias. La ciencia que avala una ínfima zona gris entre estas dos casillas, es la misma ciencia que nos muestra que somos simios y que tenemos un ancestro en común con los chimpancés, y la misma ciencia que declara que fue científicamente imposible un diluvio universal. Dependiendo el nivel de literalismo bíblico, la ciencia ha venido mostrando que ciertos fundamentos religiosos o bien son infundados o bien son falsos. Y, con base a interpretaciones y actitudes frente a la ciencia, el control de las iglesias sobre la población ha disminuído. La teoría de la evolución implica que la fábula de Adán y Eva es eso, una fábula, y si la biblia nos miente sobre eso, nos miente sobre otras cosas. Incluso iglesias abiertas a los descubrimientos científicos, como la Iglesia Católica, trata de convencernos que Adán y Eva son una alegoría y muchos católicos así lo entienden y siguen en la iglesia, pero otros terminamos no tomando a la biblia en serio.

La pérdida de poder de las iglesias, junto con cambios demográficos y de actitudes frente a la familia nuclear (que nunca fue definida antes por la iglesia, ni por la biblia), ha hecho que ciertos sectores del cristianismo se opongan a cualquier cambio de actitudes que se derive de un conocimiento que depende cada vez menos de la biblia. La aceptación social de la homosexualidad es uno de ellos. La homosexualidad siempre existió. Desde mucho antes de que existiera la iglesia cristiana y luego dentro del mismo seno de la iglesia. Pero, durante la hegemonía moral cristiana la homosexualidad no era aceptada: era condenada, ilegal, escondida dentro de seminarios y monasterios; o dentro de cortes; o dentro de los hogares. Hoy es pública, y para la gran mayoría de personas que vivieron sin ver la homosexualidad escondida, lo que hay hoy parece un fenómeno nuevo. ¿Qué cambió? Que hoy hay activistas que buscan la aceptación social de tal forma de vida, y la iglesia que pierde poder pinta a tales activistas como promotores. Y estos promotores son el enemigo que se necesita para mantener el discurso.

Las cartillas que no

Las cartillas que no

Cuando la ministra de educación Gina Parody salió a una rueda de prensa el pasado lunes, a explicar que ciertas cartillas de supuesta educación sexual no eran del Ministerio, en el chat de la transmisión en vivo vi un comentario que más o menos decía: «Señora ministra, por nuestros hijos no nos dejamos manipular por usted,» insinuando que Parody estaba mintiendo. Mi reacción es que por sus hijos esta señora se estaba dejando manipular por otros. Alguien, tal vez su pastor, le pintó que había un demonio llamado ideología de género y que el ministerio, encabezado por una ministra lesbiana, quería imponer aun en las escuelas privadas confesionales.

Sé que hay activistas feministas y por los derechos LGBT* que desconocen realidades científicas tales como el dimorfismo sexual, porque desde su punto de vista es más fácil culpar a factores netamente sociales de la desigualdad. Porque reconocer la ciencia da la falsa impresión de que esta es determinista. También sé que hay personas dentro del cristianismo que desconocen las realidades científicas porque estas amenazan bien los fundamentos del cristianismo (en sus lecturas más literales), bien el poder y la pretensión de un orden natural liderado por Dios y sustentado por la iglesia. Y entre ellos hay un montón de personas o bien manipuladas o bien reactivamente polarizadas frente a estas dos posturas. Sí, no todos los que marcharon en contra de las políticas (supuestas) del ministerio, lo hicieron desde un fundamentalismo religioso. Muchos, incluyendo cristianos moderados y libertarios ateos, lo hicieron como reacción a la ideología de género o a la concepción socialista de un estado que impone políticas.

Personalmente soy crítico frente a ese activismo feminista y pro-LGBT* que usa la ciencia sólo cuando le conviene. Algunas de las cosas que contiene el documento Ambientes escolares libres de discriminación, son muy cercanas al discurso de este tipo de activismo, y creo que si aceptamos el principio de escuela privada, esta debe estar libre de intromisiones del estado que atenten la libertad de cátedra, más allá de una regulación que asegure ciertos principios básicos de formación y de no explotación infantil.

13876684_10154375964874664_836378319071312466_nPero el documento Ambientes escolares libres de discriminación, no es un panfleto de esa tal ideología de género. Es un documento guía para que un colegio con criterio suficiente pueda preguntarse si su manual de convivencia es incluyente integrado o no, y definirse de acuerdo a sus principios y proyecto. Es un llamado a los colegios a que en sus manuales de convivencia reconozcan el acoso escolar tanto por otros alumnos, así como por profesores y padres. Pero para ver esto se necesita leer el documento de 99 páginas, no el resumen preparado por grupos activistas que se oponen a una supuesta ideología. Sí. Está redactado bajo un marco ideológico, lo cual alguien con suficiente criterio debe ser capaz de discernir. ¡Que nuestros hijos no están preparados para discernir eso y les crea confusión! Es irrelevante. Eso no está hecho para que los niños lo lean como parte de una clase de educación sexual. Está para que adultos con criterio lo lean y vean qué tanto aceptan o no.

No nacemos hombre o mujer: Nacemos bebés

No se nace hombre ni se nace mujer: se nace bebé. Una de las primeras cosas que hace un obstetra o una partera cuando nace un bebé es observar sus genitales y declarar si nació un varón o una hembra, aunque con el creciente uso del ultrasonido esto dejó de ser una sorpresa tras el parto.p19

Excepto por esos genitales, son muy pocas las diferencias corporales entre un bebé varón y una bebé hembra. Luego los niños crecen y llegan a la pubertad y las diferencias fisiológicas se acrecientan: la voz, el vello púbico y el vello facial, el crecimiento en estatura y masa corporal. La identidad sexual comienza antes de la pubertad: las hembras aprenden a reconocerse como niñas y como futuras mujeres; los varones aprenden a reconocerse como niños y como futuros hombres. Niños y niñas se visten diferente, tienen juguetes diferentes, desarrollan gustos diferentes.

Nuestra sociedad tiene dos casillas importantes para las personas adultas: los hombres y las mujeres. Y entre estas dos casillas hay diferencias fisiológicas internas y externas y diferencias en el comportamiento personal y frente a la sociedad, tales como la forma de vestir, de relacionarnos con los hijos, y en menor medida, de escoger profesión.

Un hombre, es un individuo cuyo par cromosómico sexual es XY y tiene mayores niveles de testosterona que de estrógenos y otras características hormonales. Sus organos sexuales son externos y constan de un pene y unos testículos. El pene, además de su función sexual, le permite apuntar al orinar. Los testículos, además de su función sexual, lo obligan a abrir ligeramente (o no tan ligeramente) las piernas al sentarse. Su pubertad tiende a comenzar después de los 12 años, y durante esta etapa de crecimiento desarrolla mayor estatura final y mayor masa muscular que las mujeres. El hombre tiene vello facial grueso. En nuestra sociedad tradicionalmente se esperaba que el hombre use menos adornos corporales, lo cual incluye llevar el pelo corto, no usar aretes ni pulseras, vestir trajes poco llamativos, etc. En distintas épocas ha variado la costumbre de afeitar o no el vello facial.

La mujer, por otro lado, es un individuo con par cromosómico XX y mayores niveles de estrógeno que de testosterona. Sus organos sexuales son internos: la vagina y los ovarios. Siendo nosotros mamíferos placentarios, macrocéfalos y bípedos, los huesos púbicos se ensanchan para permitir el eventual parto. Su pubertad suele comenzar antes de los 12 años, desarrollando menos estatura final y menor masa muscular que los hombres. El vello facial de la mujer es delgado, corto, y apenas distinguible de la vellosidad normal. En nuestra sociedad la mujer se arregla por medio de pelo largo y peinados, aretes, collares, pulseras y vestidos, maquillaje, entre otros.

La mayor parte de la vida pública está dominada por los hombres. Se espera que el hombre salga de su casa para obtener recursos y alimentar a su familia y para dirigir a la sociedad. De las mujeres se espera que cuiden a la familia y a los hijos aun cuando tengan que también salir a la vida pública.

En trabajos pesados como el arado de la tierra, la ganadería, la construcción, el uso de maquinaria pesada, etc. predominan los hombres. Las mujeres deben adaptarse a ese ritmo. En trabajos que impliquen cuidar a otras personas: enfermería, guarderías, escuela primara, predominan los hombres las mujeres. En países como Estados Unidos el trabajo de limpieza de edificios grandes se considera un trabajo pesado y por ello la mayoría de conserjes son varones, pero en Colombia se considera más afín al cuidado del hogar y la mayoría de las empleadas de aseo son mujeres. Colombia también tiene una gran fuerza de trabajo femenina en manufacturas y agricultura (principalmente recolección y cosecha) en contraste con otros países. También las colombianas se han dedicado a ciencia e ingeniería en números importantes en comparación con otros países, pero esto es relativamente reciente. Hace un par de generaciones las ingenierías eran campo exclusivo de los hombres.

En Colombia hay una gran variedad cultural en cuanto al papel del hombre y la mujer dentro del hogar. En la familia tradicional costeña, el hombre es el rey y la mujer es su propiedad. Cuando el hombre regresa a la casa la mujer debe servirlo y complacerlo y los niños deben aprender a respetar a su papá por encima de cualquier otra persona. Los niños varones aprenden a ser servidos por sus mamás y hermanas, y las niñas aprenden a servir a los hombres de la casa. En contraste, en la familia tradicional antioqueña la mujer de mayor jerarquía (p. ej. la madre en familias nucleares) es la jefe del hogar. La función del padre es traer a la casa la comida pero dentro del hogar quien lleva las riendas es la mujer. Los hijos aprenden a hacer respetar a su mamá por encima de cualquier cosa, incluyendo por encima del papá. En el resto del país hay cierta variedad, pero una relación un poco más igualitaria entre padres y madres. Esta relación en el hogar no se refleja necesariamente en la vida pública: tanto el hombre costeño como el hombre antioqueño dominan la vida pública.

Entre estas diferencias entre hombres y mujeres, confluyen diferentes factores. La producción de testosterona y estrógenos está relacionada con el par cromosómico sexual (XX o XY). El cuerpo de la madre gestante produce también mayores niveles de testosterona cuando está embarazada de un varón. La testosterona influye en el comportamiento. A mayor testosterona más competitivo es el individuo. Pero también se ha observado que el nivel de testosterona, sobre todo en el bebé gestante, influye en algunas habilidades tales como la facilidad de trabajar con números o las formas de percibir el espacio. Por ello los varones suelen destacarse más que las hembras en matemáticas. Esto, junto con la mayor agresividad, hacen que el individuo con testosterona prefiera salir del hogar y buscar riesgos, mientras que los individuos con menos testosterona sean más dados a la empatía y al cuidado. También el estrógeno y la testosterona influyen en cuándo y cómo se desarrolla la pubertad: el desarrollo de la cadera en las mujeres, el vello facial en los hombres, el desarrollo de masa muscular, el engrosamiento de la voz, etc.

La testosterona, si bien influenciada por la genética, también se dispara o disminuye por factores externos. La actividad física, sobre todo competitiva, incrementa la producción de testosterona, sin embargo cuando el individuo se reconoce en desventaja, los niveles de testosterona bajan, haciendo al individuo más empático y colaborador.

En la mayor parte de los casos, todos estos factores fisiológicos coinciden. El individuo XY tiene órganos sexuales externos y mayores niveles de testosterona, lo cual lo lleva a comportamientos más masculinos que suelen ser reforzados por lo que la sociedad espera de los hombres. Por otro lado el individuo XX tiene órganos sexuales internos, mayores niveles de estrógenos, lo cual lo lleva a comportamientos más femeninos que suelen ser reforzados por lo que la sociedad espera de las mujeres.

Pero no siempre sucede.

Primero, cerca de uno de cada mil individuos, no tiene uno de los pares cromosómicos sexuales normales, sino que presenta formas XXX, XXY, XYY, X0, y otros. Normalmente XXX presenta rasgos femeninos, y XYY razgos masculinos, mientras que XXY presentan rasgos ambiguos.

Aún entre los individuos XX y XY, los organos sexuales pueden ser ambiguos o reversados con una incidencia de uno entre cada diez mil. ¿Qué significa esto? Que en cerca de 5000 colombianos sus genitales son diferentes a lo que sus cromosomas dicen.

Los niveles de testosterona en el útero dependen de la madre, su capacidad biológica, su entorno (ya vimos que el ambiente puede aumentar o disminuir el nivel de testosterona), y cómo el feto indica a la madre que es un varón o una hembra. Como tal es apenas una tendencia que estos niveles sean mayores cuando el feto es varón que cuando es hembra, y hay muchos casos reversos. Una vez nacido, y hasta la pubertad y la edad adulta, varios factores ambientales pueden variar la producción de testosterona, adicional a diferencias genéticas no relacionadas con el par cromosómico sexual.

La sociedad juega un papel en la definición sexual. Esta relación es de doble vía. La teoría feminista de que es exclusivamente el patriarcado el que impone los roles sexuales no es apoyado por las observaciones ni por la lógica. La relación entre agresividad y empatía está en gran parte determinada por los cromosomas las hormonas, las cuales están en gran parte determinadas por el sexo, lo cual crea estructuras sociales que aprovechan y refuerzan ese comportamiento agresivo de los varones y la empatía de las hembras. Dependiendo de qué tan estricta es la sociedad, este adoctrinamiento conductual es rígido o laxo. En el último par de generaciones muchas cosas han cambiado en Colombia, sobre todo en las clases medias y altas, haciendo que más mujeres entren a trabajos tradicionalmente masculinos y más hombres aceptando trabajos y actitudes antes reservados para las mujeres. La longitud del pelo, el uso de adornos externos como aretes, collares y pulseras, y el uso de prendas llamativas son cada vez más aceptados. Pero hace un par de generaciones esto sólo se veía como parte de la contracultura (jipis), y una generación atrás era impensable. Aún hay estereotipos masculinos y femeninos impuestos culturalmente y por ello parece una gran ofensa la sugerencia del borrador de la cartilla Ambientes escolares libres de discriminación de sugerir que los niños varones no sean sancionados por preferir usar falda o las niñas pantalón.

Bandera transgénero499 de cada 500 individuos no presenta ambigüedades cromosómicas o genitales. Y la gran mayoría de estas personas no tienen dificultad para identificarse como hombres o como mujeres en concordancia con esta situación. Aún las mujeres que toman trabajos tradicionalmente masculinos se saben mujeres y la mayor parte de los hombres que toman oficios tradicionalmente femeninos se saben hombres. Pero dentro de estos casos de hombres y mujeres bien definidos, hay una pequeña fracción que no concuerda. La verdad la mayor parte de nosotros somos personas multidimensionales. Todos tenemos testosterona y estrógenos. Todos tenemos vello facial (varía el grosor). Nuestro cerebro y capacidad de decisión fácilmente pueden sobreescribir la tendencia genética, y cada uno de nosotros, entre las cosas que nos gusta hacer, hay algunas cosas tradicionalmente femeninas y otras cosas tradicionalmente masculinas. Todos tenemos algunas actitudes tradicionalmente femeninas y otras actitudes tradicionalmente masculinas. En ocasiones nuestros gustos y actitudes discordantes generan algo de angustia, p. ej. el niño varón que le gusta jugar y vestir a sus muñecos, pero que no se enteren sus amigos. Otros generan menos angustia y no nos da temor admitirlo. Nos adaptamos. Suprimimos nuestros gustos vergonzantes. Nos hacemos más hombres o más mujeres adaptándonos a lo que la sociedad y nuestros compañeros esperan de nosotros. Pero en unos pocos casos estas discordancias son tantas o tan profundas que para algunos individuos es más fácil adaptarse a lo que se espera del género opuesto. Son individuos XY de genitales externos que se identifican como niñas o mujeres, e individuos XX de genitales internos que se identifican como niños u hombres.

La mayor parte de las sociedades occidentales actuales, incluyendo la colombiana, son dicótomas en la identificación sexual. Tenemos una casilla para hombres y una casilla para mujeres. La gran mayoría de los varones nos identificamos como hombres y la gran mayoría de las hembras se identifican como mujeres. Y la gran mayoría de esa pequeña fracción que no se identifica en concordancia se identifica en el otro grupo: varones identificados como mujeres transexuales y hembras identificadas como hombres transexuales. Hay otras sociedades donde se distinguen distintos tipos de tercer género (y donde estos terceros géneros tienen distintos niveles de aceptación).

Pero estamos en Colombia con nuestras dos casillas. O somos hombres o somos mujeres. El 2 por mil de individuos intersexuales (con ambigüedad cromosómica o genital) terminan presentándose en la sociedad bien como hombres o bien como mujeres. Del 99,8% de los individuos no ambiguos, cerca del 99% tienen concordancia en su identificación sexual: varones que se identifican como hombres y hembras que se identifican como mujeres. Pero hay cerca de un 1% de individuos sin ambigüedad fisiológica que no se identifican dentro de su género concordante. Medio millón de colombianos que nacieron XY pero se identifican como mujeres o nacieron XX pero se identifican como hombres.

En sociedades muy rígidas, estas casillas son tan fuertes que los individuos transexuales deben o bien conformarse y adaptarse al genero concordante con su sexo fisiológico, con toda la angustia que esto causa, o mentir y vivir bajo su género psicológico ocultando su sexo fisiológico, lo cual también genera angustia de ser descubiertos. Con suerte, y gracias a la tecnología actual, pueden reasignarse: tomar hormonas y someterse a cirugía para que las características sexuales fisiológicas concuerden con su género psicológico, pero la reasignación no siempre es posible. Aun así hay suficientes individuos que no pueden aceptar aquello que se sale de sus casillas mentales, que los individuos transexuales viven en permanente riesgo de ser asaltados por su condición.

Y aun no he tocado el trasvestismo y la orientación sexual. Un trasvesti es una persona que se identifica primariamente con un género (generalmente concordante) pero pretende en ocasiones ser del otro género. Por ejemplo hombres que se visten como mujeres y viceversa. El trasvestismo puede ser un caso de identificación de género ambiguo o incompleto, o puede ser un juego de interpretación. El primer caso sería, por ejemplo, un individuo fisiológicamente varón (XY y genitales externos), que no se identifica plenamente como hombre o como mujer, pero normalmente se presenta a la sociedad bajo su género concordante (hombre) y, cuando la circunstancias lo permiten, cambia su presentación al género discordante (mujer en el ejemplo). El segundo caso es un individuo quien se identifica plenamente con un genero, generalmente en concordante, pero le gusta ocasionalmente aparentar o fingir ser del otro género.

Dentro del ~99% de individuos no ambiguos concordantes, una mayoría siente atracción sexual primaria hacia individuos del sexo opuesto. Los hombres varones en su mayoría sienten atracción sexual hacia las mujeres. Las mujeres hembras en su mayoría sienten atracción sexual hacia los hombres. En un número importante de ocasiones sentimos afecto hacia el tipo de personas al cual nos sentimos sexualmente atraídos, y en sociedades monógamas solemos buscar como compañeros permanentes de vida a una persona que a la vez nos atraiga sexualmente y por la cual sentimos afecto. Cerca del 90% de los individuos tenemos plena concordancia: o somos varones hombres que sentimos atracción y afecto hacia las mujeres (y de decidir casarnos lo haríamos con una mujer) o somos hembras mujeres que sentimos atracción y afecto hacia los hombres (y de decidir casarnos lo haríamos con un hombre). Y esto es evolutivamente bueno porque permite la preservación de la especie humana.

Aberración (pero no del tipo que hablamos aquí)

Aberración (pero no del tipo que hablamos aquí)

Y como los individuos heterosexuales cisgénero (concordantes) no ambiguos son la gran mayoría, es fácil ver por qué nuestra sociedad, y la mayoría de sociedades, establecen estas dos casillas: o somos hombres o somos mujeres. Y lo que se salga de esas casillas se considera una aberración. En sociedades rígidas es más fácil pensar que esas son aberraciones a pensar que existan otras casillas o que las casillas no estén bien definidas.

Y las aberraciones, o bien se encasillan en una de las dos categorías existentes, o bien deben excluirse de la sociedad. Los individuos ambiguos, trasngénero y homosexuales tienen mayor índice de suicidio que los no-ambiguos, cisgénero u heterosexuales, en gran medida porque no tienen una sociedad que los obliga a conformarse en una casilla incorrecta. Muchos lo hacen. Muchos se conforman. Muchos homosexuales se casan con personas del sexo opuesto sólo porque así lo espera la sociedad, muchas veces sin siquiera saber o reconocerse como homosexuales, reprimiendo la atracción y el afecto a otros individuos del mismo sexo. Muchas personas transgénero o bien ocultan su género psicológico o bien ocultan su sexo fisiológico. Las personas sexualmente ambiguas, con suerte pueden elegir: en muchos casos fueron sus médicos o sus padres quienes decidieron por ellos.

Como mayoría podemos decir que las aberraciones no son importantes. Ese 10% de homosexuales que se adapten. Ese 1% de trasngéneros que se definan (preferiblemente asumiendo su género en concordancia con el sexo fisiológico). Ese 1‰ de ambiguos ¡¿qué importan?! ¿Por qué debe la sociedad adaptarse a una ínfima minoría?

En muchos casos todo son decisiones. Yo no puedo decidir quién me atrae sexualmente pero sí puedo decidir con quién entablar una relación afectiva. Así como el heterosexual puede decidirse a ser célibe y reprimir sus impulsos sexuales, el homosexual debe decidirse a reprimir sus impulsos homosexuales. El individuo transexual, esa minoría, puede tomar la decisión de adaptarse. Muchos hemos hecho sacrificios, niños que aprendieron a no jugar a vestir a sus muñecos, hombres y mujeres que han aprendido a no fumar en el trabajo, o a no hablar mal del expresidente en ciertos círculos. ¿Por qué no pueden los individuos de esa minoría hacer ese sacrificio y reprimir su género psicológico? Es más, ni siquiera deben reprimir nada, con seguridad que identificarse como transgénero no es más que una moda, un deseo de llamar la atención.

Sí, como sociedad podemos decidir que las aberraciones, que lo anormal, no es importante. Podemos decidir que no hay más que dos casillas: hombres y mujeres, y que todo el mundo debe adaptarse a ellas en función a su sexo fisiológico. Finalmente casi todos somos normales. La mayoría no tenemos que decidir cómo adaptarnos y nunca fue un dilema.

O como sociedad podemos reconocer que las minorías existen y son respetables. Para empezar los individuos sexualmente ambiguos e intersexuales no lo son por decisión propia. En una sociedad que decide ser incluyente, no tiene justificación ignorarlos sólo porque son una ínfima minoría. Ahora, si bien existe transexualismos por moda, en su gran mayoría es un problema real de autoidentificación. Un niño que pueda hablar abiertamente de sus dudas, sin temor a ser intimidado por sus compañeros, maestros y padres, podrá entender mejor su identificación de género. Probablemente esto lo lleve a que no necesite definirse como trasnsexual, sino que se acepte como cisgénero con actutudes, gustos y comportamientos no concordantes pero no por ello aberrantes, o a que se defina plenamente transgénero sin temores ni rechazos. Esto no es afín a los sacrificios que conlleva dejar temporalmente el cigarrillo o no expresar nuestras opiniones políticas en ciertas circunstancias, porque usualmente fumar o tomar una postura política no es parte de nuestra identidad como persona, y porque eventualmente podemos salir a prender un cigarrillo o desfogar nuestro pensamiento político en foros de Internet.

Nos asustan muchas cosas.

Gina Parody y Cecilia ÁlvarezEntender que esas casillas tradicionales de hombre y mujer no son únicas, ni plenamente definidas; comprender que lo que llamábamos aberraciones son sólo condiciones no ordinarias, representan un cambio de paradigma y estos cambios de paradigmas asustan. Nos asusta más cuando se trata de nuestros hijos. ¿Qué tal que mi hijo resulte una aberración? ¡No! ¡mi hijo no puede ser una aberración y si pasa es por malas influencias! ¡Quieren confundir a nuestros hijos! ¡Esa ministra LGBTI!

Confundimos la aceptación a la diversidad como promoción de la anormalidad. Reconocer y aceptar que hay personas que no se encasillan o que se encasillan al revés de nuestras expectativas, no significa que los encasillados terminemos saliéndonos de nuestras categorías. La mayoría de los varones seguirán identificándose como hombres y la mayoría de ellos seguirán sintiéndose atraídos por mujeres y la mayoría de las hembras seguirán identificándose como mujeres y en su mayoría enamorándose de hombres. La especie humana no desaparecerá de la faz de la tierra. ¿Y nuestros hijos? Si nuestros hijos crecen como transexuales o como homosexuales, lo más probable es que la tendencia ya existiese. No nos convirtieron a nuestros hijos, sino que ellos ya lo eran y tan sólo lo están aceptando. Si creemos que eso es una aberración, no es que nos hayan corrompido a nuestros hijos, sino que así crecieron. Cabe preguntarnos en estos casos ¿qué pasaría si nuestro hijo crece con esa tendencia, pero debe ocultarla por temor a sus compañeros, maestros y padres? ¿estamos realmente dispuestos a que nuestros hijos crezcan desdichados con tal de no cambiar nuestro paradigma?

Pero no. Si realmente estamos convencidos de que es una aberración, es inconcebible que nuestros hijos lo sean y si lo son fue porque le llenaron la cabeza de basura o porque no merece existir.

Pero entonces no digamos mentiras. No digamos que nos interesan nuestros hijos. Nos interesa es conservar nuestro paradigma. O tal vez soy yo el anormal de creer que prefiero hijos felices a hijos encasillados.

Lo otro que nos asusta no es que nuestros hijos crezcan confundidos (porque para eso estoy yo) sino que otros niños, los hijos de otros, aberrantes o confundidos, agredan a nuestros hijos. Que otro niño varón intente besar a nuestro hijo varón. Que otra niña confunda a mi niña.

Para mí es claro que una buena educación sexual, y un buen manual de convivencia, no debe estar basado sólo en la aceptación de las diferencias minoritarias y la autoaceptación, sino en el respeto a la autonomía de los demás y la protección a la misma. Un beso no consentido es eso: un acto sexual no consentido. No importa si quien agrede es homosexual o transgénero o si es heterosexual y cisgénero. La agresión es agresión y la víctima debe ser protegida, con le exclusión del agresor si es el caso; pero antes de ello se le debe enseñar a los niños y niñas el respeto a la autonomía del otro, para que nunca vayan a ser los agresores.

No nacemos hombre o mujer. Nacemos bebés, y en su gran mayoría nacemos bebés varones o bebés hembras. Crecemos luego y nos hacemos hombres o mujeres (ocasionalmente andróginos u otra cosa), en una gran mayoría los varones creceremos como hombres y las hembras como mujeres; y diversos factores biológicos, ambientales y culturales contribuyen a la tendencia de que los varones crezcan como hombres y las hembras como mujeres.

Ignorar que esa tendencia es una tendencia y no un mandato rígido es tan peligroso como ignorar nuestra biología y el componente biológico de tales tendencias.

José, Jaime, Jacobo y Joaquim

De la mano (padre e hijo)

“De la mano (padre e hijo)” por Pedro Villarrubia (CC-by-nc-sa)

Los siguientes testimonios son ficticios, pero también reflejan dudas que a veces uno como padre se hace. ¿Estaré haciendo las cosas bien? ¿Sirve la misma fórmula siempre?

José:

«Siempre recuerdo a mi padre como una persona afable pero seria, estricta pero correcta. A él le debo todo lo que he logrado en la vida. Recuerdo cuando me enseño a nadar. Yo tendría unos siete años cuando nos convidó al río. No era la primera vez en ese río, pero siempre nos habíamos bañado en una ensenada con playa arenosa que se formaba entre las rocas. Ese día, sin embargo, me obligó a ir con el al muelle y me hizo saltar. Estaba muy asustado. Ahí el río era más profundo que en la ensenada. Pero la estricta voz de mi padre me dio confianza para saltar. Al principio sentí que me ahogaba, pero mi padre me alentaba a sacar la cabeza. A duras penas lo lograba. Finalmente el saltó también y me ayudó a salir. Me dijo que lo intentara de nuevo y esa vez me fue mejor. Ya no le temía al río ni a ahogarme. Que mi padre me haya echado al agua fue una valiosa lección que me a ayudado a enfrentar los problemas por más difíciles que parezcan.»

Jaime:

«Yo creo que mi padre era un psicópata. Con sus amigos era afable y hasta correcto, pero conmigo siempre fue extremadamente estricto. Creo que muchos de los problemas que he tenido en la vida han sido culpa de cómo mi padre me trató de niño. Recuerdo cuando tenía siete años y fuimos al río. Esta vez no me llevó a una ensenada tranquila donde siempre nos bañábamos sino que me llevó al muelle. El muy desgraciado a punta de gritos me hizo saltar al agua. ¡Yo no sabía nadar! ¡Casi me ahogo! Y mi padre no hacía sino gritar que sacara la cabeza. ¡Como si yo mismo no supiera que tenía que sacar la cabeza! No sé cuanto tiempo me hizo sufrir ahí antes de que él se metiera a sacarme. ¡Y el maldito tuvo el descaro de decirme que me volviera a meter! Nunca más pude volver al río y siempre tengo esa imagen cuando tengo que enfrentar algo nuevo que implique riesgos.»

Jacobo:

«Una de las cosas que más recuerdo de mi padre fue que siempre estuvo ahí para apoyarme. En todos los problemas que tuve, mi papá siempre estaba allí tendiéndome la mano y dándome una voz de apoyo. Él me generó la confianza en mi mismo, pues de niño nunca me sentí desamparado. A medida que yo crecía y mi papá se iba haciendo viejo, no podía estar tan pendiente de mis cosas pero siempre me hizo saber que seguía ahí, que yo podía recurrir a él. El sólo saber que podía recurrir a él me generaba confianza y me producía confianza en mi mismo. Sabía que no podía defraudar a mi padre tras tantos años de acompañarme. Yo tenía que mostrarle a mi padre lo orgulloso que estaba de él y que el pudiera enorgullecerse de su hijo. Hoy, que mi padre está lejos, aún siento que siempre me acompaña y me da confianza en todo lo que me he propuesto.»

Joaquim:

«Cuando mi padre se enfermó fue un gran trauma para mí. Papá siempre me había apoyado y acompañado en todo y, de repente, ya no estaba ahí. No es que sucediera de un día para otro, pero cada vez que no podía ayudarme con una tarea de la escuela sentía yo una gran angustia. Hoy siento que no me dejó crecer, que me volví tan dependiente de él que cuando papá no pudo seguir apoyándome quedé desamparado. Recuerdo sus ojos tristes por no poder seguir protegiéndome, por lo mal que me iba en la escuela y sentir su desilusión por no poder acompañarme con la misma frecuencia. Siento que mi vida ha sido una decepción para él. O tal vez su tristeza sea más de culpa por no haberme dejado crecer, ni permitir que yo cometiera mis propios errores. Hoy sigo enfrentando la angustia de tener que hacer las cosas solo y eso me ha limitado bastante. Sí puedo entender a mi papá y su sentimiento de que por querer protegerme me terminó haciendo daño.»

Pasando el testimonio

Como lo recordé en mi pasado post A journey, estudié en una escuela confesional y creo que gran parte de mi pensamiento humanista lo heredé de ese catolicismo que recién salía de Vaticano II, que no temía a la ciencia y por el contrario abrazaba el diálogo ecuménico y el entendimiento entre los pueblos. El cristianismo de da la otra mejilla y ama a tu prójimo, el de trata a los demás como quieras que te traten como una forma positiva de la regla de oro que trasciende culturas: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan. El cristianismo dirigido por un papa carismático que llamaba por la paz mundial y se oponía, como guía espiritual, a la pena de muerte.

En gran medida consideré que el núcleo de mis valores como persona venían de esa formación cristiana, aun cuando mis creencias sobre la metafísica del mundo se hubieran apartado de la metafísica judeocristiana. El Dios padre y creador y Jesús podrían ser sólo fábulas mientras siguiera apreciando los valores del cristianismo como el ideal de los valores humanos.

Mis estudios universitarios los hice en una universidad confesional, regida por la Compañía de Jesús y la filosofía ignaciana. La misma Compañía de Jesús que se acercó a la Teología de la Liberación sin adoptar la parte más extrema de la misma y que se consagró como el ala liberal y social del catolicismo frente al conservadurismo del Opus Dei. Si bien mi fe religiosa se fue diluyendo, tenía frente a mí varios ejemplos de como los valores cristianos pueden ser la base del mundo ideal al que todos aspiramos.

A pesar de mi agnosticismo, tomé la decisión de que mis hijos fueran bautizados en la iglesia donde me crié, en la fe de mi esposa y de la mayor parte de mi familia y conocidos. Y tomé la decisión de que estudiaran en una escuela confesional. No fui la única persona tomando esa decisión: mis padres sugirieron, mi esposa tuvo mucho que ver en la decisión, pero mi papel no fue sólo pasivo de aceptar la decisión de los demás sino que la apoyé por esa convicción de que la escuela confesional podría aportarle a mis hijos esos valores y principios que yo valoraba. Finalmente ellos, luego como adultos, podrían definir su propia fe.

Pero algo cambió con mi apostasía formal y con los motivos que me llevaron a la misma.

Parte ha sido entender que mis valores no son los valores del cristianismo. Son valores humanistas que bien comparten tanto las corrientes humanistas del cristianismo como el humanismo secular, mientras que existe todo un cristianismo no humanista, dentro y fuera del catolicismo, con el que no puedo identificarme.

No puedo identificarme con los creacionistas de tierra joven que prefieren boicotear los fundamentos de la ciencia con tal de que su escritura sea literalmente correcta. No puedo identificarme con los cristianos que restriegan el deuteronomio para justificar su odio a la homosexualidad, pero luego hablan de la nueva alianza para desligarse de las partes incómodas del antiguo testamento. No puedo identificarme con la fábula de La Caída y el mensaje implícito de que buscar la verdad (tomar el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal) sea el origen de los males del hombre. Que la colaboración entre todos los hombres sea tan amenazadora para Dios que tenga que confundir nuestras lenguas tal cual lo refleja la fábula de la torre de Babel. No puedo identificarme con Pablo escribiendo en sus cartas que buscar la razón es de necios.

En estos momentos me pregunto si realmente quiero que sean los valores cristianos, que pueden estar o no alineados con mi pensamiento humanista, los que sean enseñados a mis hijos. Me preocupa, sobre todo, que sean indoctrinados en una ideología que rechace el pensamiento crítico en aras de preservar un dogma. Por experiencia sé que no todo en la religión es una fe ciega que rechaza el pensamiento crítico pero lo hay.

Sé que particularmente en la escuela donde están mis hijos se desarrollan muchas destrezas intelectuales lo que se refleja en muy buenos resultados en las pruebas de estado de sus bachilleres y su aceptación en las universidades y eso no se logra con un rechazo total al pensamiento crítico.

Podría pensar en pasar a mis hijos a una educación secular, pero el solo hecho de ser secular no garantiza todas las destrezas intelectuales que espero que mis hijos aprendan. Podría dejarlos seguir en la escuela confesional donde están y yo preocuparme por que aprendan lo que yo considero importante y que la escuela no les puede dar. Está siempre la alternativa de la educación en casa, el home schooling, donde yo asumo la totalidad del proceso de aprendizaje. Pero en cualquier decisión yo no soy el único padre que toma las decisiones sobre cómo mis hijos enfrentarán la cuestión religiosa y sé que mi esposa se opondrá a lo que ella perciba como indoctrinación al ateismo.

No será mi objetivo criar hijos que rechacen el concepto de Dios, en parte porque yo no soy un cruzado antiteísta. En parte porque espero que ellos tengan el criterio suficiente para pensar por sí mismos. En parte porque el cristianismo en el que me crié y en el cual creo que mis hijos se están criando es preferible a muchas otras sectas y religiones donde se subvierte toda la concepción del mundo a lo que el pastor o guía religioso decida o interprete: desde los fundamentalismos cristianos, hasta los cultos extraterrestres suicidas, la cienciología o el marxismo dogmático o el uribismo acrítico.

La educación sexual prohibida

Vía “I’m Pro-Choice, Not Pro-Abortion” en Borderless News and Views

En ocasión de la discusión sobre el aborto, esta nos divide en dos bandos: quienes defienden la vida desde la concepción (llamados en inglés Pro-Life o pro-vida) y quienes defienden el derecho de la mujer a decidir sobre su útero (en inglés los Pro-Choice o pro-escogencia). Hay, desde luego, matices y puntos medios, como habrá personas que no han tomado una postura definida bien por apatía bien por el reconocimiento de lo complejo del tema.

Muy probablemente por mi educación cristiana siento que existe algo especial en toda vida humana y por ello no me gusta el concepto del aborto como método de control natal. Pero que no me guste no significa que tengo que imponer mi criterio sobre los demás.

Cuando escribo esto sigue vigente en Colombia la despenalización de lo que se conoce como aborto terapéutico frente a la inviabilidad del producto de la concepción, el peligro a la vida de la madre y el fruto de la violación o la inseminación artificial no consentida. Con sus respectivas reservas no considero estos casos como métodos de control natal. Por otro lado sí creo en el concepto de control natal cuando esta es una decisión de la mujer o de la mujer junto con la pareja que ella libremente escoja. La contracepción previa, o en casos excepcionales la contracepción de emergencia son, en mi concepto, métodos válidos de planificación. Como es también válida la abstención libre y voluntaria.

Mi educación cristiana y el hecho de que vivo en un país mayoritariamente cristiano (y mayoritariamente católico dentro del cristianismo) me hará referirme sin duda a lo que dice la biblia y la Iglesia Católica al respecto. La Iglesia tiene una postura de que el sexo sólo es válido dentro del matrimonio y el matrimonio (y el sexo dentro del matrimonio) tienen por objeto la procreación. Muchos grupos cristianos, incluyendo varios grupos católicos, promueven entonces que la única educación sexual válida es aquella que insiste en la abstención antes del matrimonio. Todo lo demás traerá una serie de problemas comenzando por la banalización del sexo, la cosificación de las personas, los embarazos no deseados y las enfermedades de transmisión sexual (ETS).

Hay, desde luego, fanáticos que creen que las ETS son un castigo de Dios, como también hay personas muy educadas y que viven su fe en comunión con un escepticismo científico y sin fanatismos que no asignan a Dios las ETS sino a las malas prácticas sexuales. En el mundo ideal predicado por estas personas, un mundo donde todos nos abstenemos del sexo antes de casarnos y luego permanecemos fieles dentro de una institución monogámica, muchos de los problemas asociados con el sexo no se presentarían. Una recíprocamente única pareja sexual de por vida nos previene de las ETS y el sexo como valoración de la pareja y continuación del diálogo y la intimidad puede ser más enriquecedor si lo reservamos al único ser amado.

Bueno, lo primero creo que es demostrable, lo segundo no estoy seguro.

De todas formas los métodos anticonceptivos y profilácticos no son 100% confiables. Depender de ellos bien puede generar una falsa sensación de seguridad que no previene en últimas las ETS ni los embarazos no deseados.

Hay dos problemas que tiene insistir en una educación sexual de sólo abstinencia. El primero es de índole práctica: hay grupos que se oponen a cualquier tipo de educación sexual que no sea de sólo abstinencia, y esta postura demora la implementación de programas de educación sexual. El segundo problema va al concepto mismo de lo que es la educación. El modelo de educación actual basado en currículos es defectuoso. A muchos nos sirvió, tal vez, para obtener un título universitario y, probablemente, obtener las bases para iniciar un oficio profesional. Pero el modelo también excluye porque no todos los alumnos aprehenden el currículo con el mismo nivel de entendimiento y no aprenden más que a memorizar para el examen. Por bien intencionado y bien logrado que se haga un currículo de educación sexual basado en la abstinencia muchos alumnos no comprenderán este y quedarán sin la protección de tal supuesta abstinencia.

Luego es muy fácil culpar a nuestros jóvenes. Culpar a los medios de comunicación que promueven antivalores familiares y la cultura del libertinaje. Culpar a nuestras adolescentes por andar más pendientes de los placeres sexuales que de su propia responsabilidad. Entonces, como ellas son culpables de quedar embarazadas, como ellas se lo buscaron, ahora que no vengan con el cuento de que el estado debe resolverles el problema matando a un bebé no nacido.

Sir Ken Robinson: “aun educamos a nuestros niños por lotes” en Changing Education Paradigms

Imagen de “La educación prohibida”

Ya sabemos que el modelo educativo basado en currículos es defectuoso. El modelo de educación pública, universal y gratuita, con programas curriculares y separación de los niños por edades es un modelo conveniente para quienes manejan el estado, conveniente para quienes manejan al proletariado, pero no es conveniente para educar a nuestros niños. Ese modelo creado en Prusia a finales del siglo XVIII tiene varias fallas conceptuales y ya muchos educadores han venido mostrándolas y replanteando el modelo desde hace décadas. Pero nuestros políticos, nuestros curas, nuestros procuradores, asumen todavía que ese es el modelo.

Todos nuestros jóvenes son educados sexualmente. La educación la reciben de sus padres, de sus primos y hermanos mayores, de la televisión e Internet, de los maestros en la escuela y de los programas curriculares entre muchas otras fuentes. Nuestro aprendizaje del lenguaje o de las ciencias naturales, incluso de la matemática y le historia, es en gran medida vivencial. El currículo es una guía para medir logros a distintas edades. Imponer un currículo como fuente única del saber académico crea un divorcio entre el aprendizaje vivencial y la escolaridad. Y con la educación sexual pasa lo mismo.

Probablemente no debemos llegar al punto de que en los colegios haya instrucciones prácticas y experimentales de cómo tener o no sexo. Pero nuestros niños y adolescentes deben comprender su cuerpo y apropiarse de la responsabilidad que ellos tienen consigo mismos. Apropiarse de esa responsabilidad bien puede llevarlos a abstenerse antes de estar seguros y a protegerse cuando sientan que les llegó el momento y a saber qué hacer cuando esa protección falle.

Ahora, y desde luego, en una educación confesional se les puede insistir que el momento en el que pueden garantizar estar seguros para iniciar su vida sexual es cuando se casen. Pero aún bajo esta insistencia algunos alumnos pueden equivocarse, pueden ignorar el consejo, pueden perder la fe o reemplazarla por alguna forma de razón escéptica. Si esta educación confesional es realmente responsable no debe limitarse a decir que se les advirtió: tiene que preparar a los jóvenes para enfrentar las alternativas.

Dice una máxima de los movimientos pro-escogencia: Educación para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir.

Una joven que ha recibido una buena educación sexual (hablando de la educación en el sentido completo del término y no del diseño de un programa curricular) puede tomar mejores decisiones sobre su cuerpo y sobre su práctica sexual. Puede decidir abstenerse o buscar el placer. Si esta educación ha sido deficiente, por ejemplo, porque hay un divorcio entre el currículo y la vivencia, esta joven puede cometer errores más fácilmente.

Esta joven que escoge libre e informadamente tendrá a su disposición una serie de métodos para desarrollar una vida sexual activa y protegida. Sabrá protegerse de las ETS y sabrá prevenir los embarazos antes de estar lista para ser madre. Entre mejor educadas sean nuestras mujeres y ante la disponibilidad de métodos anticonceptivos, incluyendo la contracepción de emergencia (píldora del día después), serán menos los casos en el que la mujer se vea ante el dilema de abortar.

Pero llegará el momento en que las prevenciones fallen. Las mujeres que no atendieron bien cuando se les intentó enseñar. O que se equivocaron en una prevención. O que el método falló. O que perdieron el juicio frente a una pareja dominante. O que fueron forzadas (no sólo frente a amenazas de fuerza letal). O que por cualquier razón, con culpa o sin culpa, son empreñadas cuando aún no están listas para ser madres. Muchas de estas mujeres reasumirán su proyecto de vida y tal vez hasta sean grandiosas madres. Pero no todas estarán listas. O, tal vez sean sus parejas o sus padres quienes no estén listos y obliguen a la mujer a “solucionar el problema”.

A mí no me gusta el aborto. Creo que cada vez que una mujer se enfrenta al dilema de abortar es porque algo malo pasó. Una educación fallida. Un violador. Un método anticonceptivo que no funcionó correctamente. Un tamizaje fallido de riesgos de enfermedades genéticas incompatibles con la vida. Pero no puedo imponer mi gusto frente al dilema que enfrenta la mujer que piensa o es obligada a abortar. Menos cuando yo nunca enfrentaré ese dilema en carne propia.

Un aborto mal practicado es un riesgo para la salud de la mujer y es un riesgo que puede acarrear incluso la muerte. El aborto ilegal, como cualquier otra actividad ilegal, carece de una supervisión por el estado lo que aumenta los riesgos de ser mal practicado. El aborto mal practicado es un problema existente y grave de salud en Colombia lo que significa que es algo que sucede. El aborto es percibido como una necesidad por muchas mujeres y la ley no será un impedimento para que en su desesperación lo busquen.

Yo no tengo una convicción fuerte frente al aborto. Simplemente no me gusta. Entiendo también a los hombres y mujeres que creen que el aborto es un asesinato. Un embrión de pocas semanas ya es un individuo humano vivo si bien aun no tenga el desarrollo neuronal que le permita sentir el ambiente. Por mucho que yo sufra por culpa de una persona abusiva, yo no tengo el derecho a asesinar esa persona. Si yo creo que ese embrión es ya una persona, la madre no tiene el derecho a asesinarla por el abuso que ese pequeño e inocente ser le infrinja por los próximos 8 meses (o más si decide quedárselo). Visto así el aborto sería el asesinato de inocentes sólo porque una persona decidió que no coincidía con su proyecto de vida. Es una decisión bastante egoísta.

Si quiero resolver este dilema. Si como sociedad queremos resolver el dilema, no podemos basarnos sólo en creencias. No es porque yo crea que un embrión es una persona o no. O porque yo crea o no en la biblia. O porque yo crea o no en el concepto de autonomía completa sobre nuestros cuerpos. Lo que sabemos es que antes de las doce semanas de gestación el embrión no ha desarrollado un sistema neuronal “humano” y si tengo que escoger entre matar sólo un embrión o por proteger al embrión poner en riesgo la vida de la gestante y, por lo tanto, también del embrión, escogeré salvar a la mujer.

Yo iría más allá del aborto terapéutico. Yo diría que el estado debe garantizar que toda mujer que decida abortar pueda contar con un medio seguro para hacerlo. No necesariamente un método gratuito pagado por los contribuyentes y amparable por tutela pero sí permitir que sea seguro y accesible. Pero el estado también debe velar para que el aborto sea una excepción. No prohibiéndolo sino generando las garantías para que el dilema del aborto sea tan raro como sea posible.

Y gran parte de esa garantía es la educación sexual. Entendiendo la educación como un conjunto y no sólo como una cátedra.

Naturaleza de la frustración

No tengo ningún estudio formal sobre la neturaleza humana, pero me gusta observar lo que sucede a mi alrededor.  Hay dos sujetos de prueba que me han interesdo particularmente en los últimos meses, si no años, casos que tal vez un psicólogo o un psiquiatra podrían verlos como típicos o no particularmente anormales pero que para mí son importantes.

[me]Criar a un hijo es una tarea complicada.  Siempre hay un momento en el que riñen lo que el niño quiere hacer con lo que el niño tiene que hacer: un ‘tiene que hacer’ que es dictado por los grandes, por los adultos, por uno.  El niño no quiere someterse a esa voluntad adulta por lo que uno, como adulto, debe obligarlo.  Debe cambiarle lo que el niño quiere hacer por lo que tiene que hacer: comer, estudiar, cuidar su salud, etc.  Todo lo que ello implica son refuerzos positivos a largo plazo y no las satisfacciones inmediatas de jugar con sus juguetes, ver monos en la televisión o jugar un videojuego.

¿Cómo convencerlo que esas satisfacciones a largo plazo son más importantes que las satisfacciones a corto plazo?  No es que la paciencia del niño le de para experimentar la verdadera importancia del refuerzo a largo plazo, p. ej. una buena salud o una buena educación; menos aún cuanto tales refuerzos no se perciben como tales, porque, en el mundo ideal, no habría con qué compararlos en carne propia; porque los buenos hábitos de higiene no garantizan estar libre de enfermedades, sólo aumentan la probabilidad de que así sea.  En cambio la satisfacción inmediata es eso.  Es esa descarga de endorfinas que produce la actividad placentera.  El refuerzo es inmediato y fácil de percibir. Continue reading