Dios te quiere muerto

[portada: God Wants You Dead] Hagamos un ejercicio mental muy sencillo.  Digamos que tú tienes una idea.  Me cuentas esa idea y a mí me gusta y la adopto.  Entonces tú y yo tenemos una misma idea.  O si vemos la idea como nuestro objeto de estudio la idea existe en dos personas, en dos anfitriones: tú y yo.  Si compartimos la idea con más personas y a estas le gusta la idea, esa buena idea residirá ahora en muchas más personas.  Si la idea es suficientemente atractiva la idea incluso podrá sobrevivirnos.  Las buenas ideas entonces se propagan.  Pero ¿qué es una buena idea? O más exactamente ¿qué es una idea que se va a propagar y sobrevivir?

No entraré a detallar qué es una idea.  Por ejemplo “lávate las manos antes de comer” es una idea.  Con nuestros actuales conocimientos sobre los gérmenes sabemos que es buena idea y sabemos por qué.  Los que estén familiarizados con la Biblia cristiana saben que Jesús rechazaba esa idea lo que nos dice tres cosas: 1) la idea ya existía en tiempos bíblicos, 2) Jesús no sabía de gérmenes, 3) Jesús sí sabía lo que era la perversión de una idea.  Los judíos en la época de Jesús no sabían para qué se lavaban las manos antes de comer.  Lo hacían sólo porque era un dogma de fe.  Probablemente algunos antepasados de los judíos eran más escrupulosos con respecto a comer la tierra en sus manos junto con sus alimentos y enseñaron este escrúpulo a sus hijos mientras que otros no.  Los que no vivían más enfermos y sus hijos morían por cualquier infección.  Así la idea de lavarse las manos prosperó, pues los anfitriones de la idea eran más saludables y se reproducían más.  La idea quedó así escrita en el código de Hammurabi atribuido luego a Moisés y convirtiéndose en parte de la ley judía.

Algunas ideas nos ayudan a sus anfitriones a sobrevivir.  Es bueno para el que tiene la idea y para las personas a quien este inspira porque, bueno, sobreviven.  Es bueno para la idea porque prospera.  Si pensamos en la idea como un organismo, estas ideas serían organismos simbióticos.  Otras ideas no favorecen directamente al individuo.  La idea de “no robarás” puede poner al individuo en desventaja frente a la idea contraria cuando hay un botín apetecible.  Pero cuando vivimos en sociedad y dentro de la sociedad todos compartimos la idea nos va mejor en conjunto que a cada uno individualmente.  No obtendré un botín, pero mis bienes no se convertirán tampoco en botín de otros.  Este beneficio mutuo aún en contra del beneficio individual inmediato es lo que convierte a esta idea en una idea altruista.

Las ideas simbióticas y altruistas son buenas ideas.  Nos ayudan a mantenernos vivos y a convivir en sociedad.  Y por eso esas ideas se propagan y permanecen.  Pero no son las únicas ideas.  En ocasiones una mala idea también se propaga.  El rechazo de Jesús al dogmatismo lo llevó a descartar el lavado de manos como una buena idea.  Pero no sólo eso.  Esas palabras fueron escritas e incluidas en los libros sagrados del cristianismo y tomadas como dogma.  Cuando los primeros médicos dotados de microscopios descubrieron los gérmenes y su relación con las enfermedades, los demás médicos rechazaban la idea de lavarse las manos cuando abrían pacientes y realizaban operaciones causando la muerte por infecciones de sus pacientes.  ¿Cuántas personas habrán muerto antes de que se consolidara la teoría del germen por intervenciones quirúrgicas sucias y descuidadas?

Una mala idea que nos muestran Sean Hastings y Paul Rosemberg en su libro God Wants You Dead [copia, 4GB] [torrent] es el de agrupar ideas.  Digo.  Si yo tengo una serie de buenas ideas ¿no es buena idea ponerlas juntas y convertirlas en un decálogo?

Decálogo para ser feliz

  1. Mira el cielo
  2. Huele las flores
  3. Pasa más tiempo con tus padres, tu pareja o tus hijos
  4. Aleja a las personas negativas de tu vida
  5. No dependas de cosas externas que deseas
  6. Piensa en lo que tienes, no en lo que te falta
  7. Si caes once veces levántate doce
  8. Comparte siempre una sonrisa
  9. Celebra tus triunfos, olvídate de tus derrotas
  10. Comparte este decálogo: las personas felices a tu alrededor te harán sentir más feliz.

Son diez ideas que parecen buenas.  Ponerlas juntas y darle un nombre es también una buena idea porque así podremos referirnos más fácilmente a ellas.  Es más, si tengo varios decálogos (el de ser feliz, el de estar a paz con Dios, el de ser exitoso, el del buen amigo, etc.) podemos estar definiendo todo un estilo de vida.

El problema es que al agrupar las cosas no sólo nos ayuda a organizar nuestra mente, sino que al empaquetar las ideas las convertimos en ideas complejas (compuestas) y podemos así seguir hasta tener toda una ideología.  Y cada una de estas ideas complejas serán aceptadas o rechazadas en bloque.  Si analizamos por separado cada una de las ideas de mi decálogo para ser feliz podemos ver que algunas parecen muy buenas ideas, otras no tanto, y tal vez alguna parezca, incluso, una mala idea.  La idea 6 y más en combinación con la 5 tal vez no promuevan la felicidad sino el conformismo.  Pero no porque haya malas ideas en la lista significa que todas las ideas de la lista sean malas.   Convertidas en un decálogo está la tendencia de aceptarlas todas en bloque así haya basura entre las ideas individuales, o a rechazarlas todas así haya ideas realmente buenas en la mezcla.

Las ideologías y anti-ideologías, así como sus íconos, junto con algunas ideas simbióticas y altruistas, tienen también una carga de ideas parásitas.  Ideas que no cumplen un papel directo de preservación del individuo o indirecto de preservación de la sociedad sino que simplemente están ahí para garantizar la perpetuación de la idea y de la ideología.  Ideas que nos llevan al sacrificio.  Ideas como que debemos sentirnos culpables por tener sentimientos egoístas.  Ideas como que es heroico morir por la patria.  Ideas que nos hacen sentir que sólo somos una parte sacrificable de un colectivo.

No es que los colectivos en sí sean malos.  Finalmente somos animales sociables y cualquier cosa que nos permita vivir dentro de la sociedad (ideas como “no matarás” o “no robarás”) son aceptables.  Pero cuando el colectivo se sacraliza y nos demanda sacrificios, entonces esa idea del colectivo, esa ideología, es parásita.  Jesús (ícono de ese colectivo que son las iglesias cristianas) nos enseñaba  que no se hizo el hombre para la ley sino la ley para el hombre.  (Y claramente sabemos ya que la ley es un conjunto de ideas empaquetadas, y que claramente la ley la podemos convertir también en un ícono: La Ley.)

La vida y ejemplo de Jesús nos muestra una persona que reivindicaba a las otras personas. “Levántate y anda”: los milagros son ejemplo de la superación del individuo. “Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”: cuando colectivos como el estado nos ofrece medios de pago como las monedas pues estas son del colectivo y no debemos mezclarlas con lo que nos piden otros colectivos o nuestra sociedad. “Con la vara que midas serás medido” y “has a otros lo que quieras que te hagan” son llamados a la integridad y a la reflexión. (Alguien dirá que la regla de oro “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan”  es mucho más antigua que Jesús, pero su forma positiva aparece por primera vez en el cristianismo.) “Da la otra mejilla” y “ama a tu enemigo” nos invitan a detener cualquier ciclo de violencia.  Ahora bien, cuando una iglesia (o un clérigo) sale a juzgarnos a todos nosotros sin admitir críticas, podemos ver cómo el colectivo que pregona a Jesús como ícono se aparta de lo que Jesús (asumiendo su existencia) nos enseñó.

Hastings y Rosemberg nos enumeran una serie de colectivos e íconos, comenzando por la religión y Dios (no el creador cuya existencia es debatible, sino la idea de Dios o dioses que nos imponen las religiones, cuya existencia (de la idea) es verificable) y continuando por el Estado-Nación.  Íconos y colectivos como La Ley (que se sobrepone al sentido de justicia), las corporaciones, el concepto de El Pueblo, o La Raza, o La Clase.  Incluso La Familia o La Pareja se convierten en ideas colectivas con elementos parásitos.  Yo agregaría otros colectivos e íconos como La Universidad, la Educación Pública y La Mujer.  En el discurso político de ciertos grupos también se evidencia la colectivización del oponente y surgen términos como La Oligarquía, El Patriarcado, El Neoliberalismo.

En el proceso de construcción del Partido Pirata Colombiano, una de las cosas que hemos cuidado y discutido es cómo ser un partido político sin hacer lo que criticamos de los partidos políticos.  Esto incluye cómo vender un discurso positivo de liberación y empoderamiento del individuo cuando es más fácil vender un discurso de miedo para que los votantes nos acojan sin cuestionar.  El miedo nos dice que una serie de criminales roban a nuestros artistas y que por ello debemos pasar leyes de protección a los derechos de autor, y que una serie de depravados van por nuestros hijos y por ello es necesario vigilar los contenidos que publicamos en Internet para perseguir la pornografía infantil.  También podemos apelar al miedo y decir que el gobierno quiere meterse en nuestras vidas para controlarnos y usar la excusa de la lucha antipiratería y anti pornografía infantil como un medio para censurarnos.  Pero esto no sería justo con ustedes.  Sería traicionarnos a nosotros mismos.  No es porque un ogro llamado El Gobierno conspire con otros demonios llamados La Industria de Contenidos para someternos a nosotros y maximizar las ganancias de unos pocos y aumentar el control sobre nuestras vidas.  Simplemente es porque por temor cedemos el control de nuestras vidas a un control colectivo y, por ello mismo, irresponsable.

Pero es más fácil vender el miedo.

Vientos de paz

Vuelve y juega el cuento de la paz, de la salida negociada del conflicto o de la máxima de no negociación con el terrorismo. El presidente de la República acaba de anunciar que ha habido acercamientos previos con las Farc y que espera hacerlos con el Eln, mientras que el expresidente denuncia que hay acuerdos con el terrorismo.

Tomar una postura debe partir de unos principios, y la postura debe ser consecuencia de esos principios. Los principios no son absolutos ni universales y el que otra persona tenga principios diferentes a los míos no lo hace equivocado. En mi opinión, más importante que la veracidad de los principios es la coherencia ideológica entre estos y la postura tomada. Invito así a quien quiera controvertirme que empiece por enunciarme sus propios principios.

En mi opinión (es decir, mis principios), una sociedad ideal es aquella en la cual se puedan ejercer los derechos y libertades civiles tales como la libertad de expresión, el derecho a la privacidad, la libertad de empresa, libertad de cultos, etc. con un mínimo de fricción; y que ante los conflictos (porque la ausencia de conflictos la creo imposible) existan reglas claras y mecanismos de autoridad reconocida que permitan dirimirlos sin la necesidad de la violencia física. Creo en el derecho a la propiedad (incluyendo el derecho a la propiedad colectiva cuando emana de una decisión autónoma) y en el derecho a la vida y la dignidad de la vida humana. Creo que tenemos el derecho a tener una conciencia propia y a poder expresarla por medios no violentos, incluyendo la libertad de denunciar y sospechar. Creo, incluso, que la expresión por medios violentos está amparada por el derecho a la expresión sólo que está contrapuesta al derecho a la vida y a la integridad física de otras personas y en mi opinión estos derechos humanos priman sobre el derecho civil expuesto. Creo que las sociedades deben tener mecanismos para defender sus derechos fundamentales lo cual incluye todo el aparato de policías, fiscales y jueces que prevengan, eviten o castiguen las transgresiones a los derechos de los demás.

La existencia de grupos armados como las Farc y el Eln, así como los ejércitos privados al servicio del narcotráfico o de otros intereses particulares, las bandas criminales, y otros fenómenos dentro del momento actual de la historia del país atentan contra esa sociedad ideal. En otras palabras, lo que algunos llaman amenaza terrorista y otros conflicto armado o guerra, es una amenaza seria al desarrollo y la dignidad de los colombianos.

Y, como tal, esta amenaza o conflicto debe acabar.

Sobre el concepto de conflicto

Para mí el concepto de conflicto lo defino a partir de lo que conocemos como conflicto de intereses. Yo quiero algo. Tú quieres algo. En ocasiones nuestros algos son distintos y ambos podemos obtenerlo y entonces no hay conflicto, pero en otras ocasiones ese algo es lo mismo, o el algo del uno implica el agotamiento del algo del otro. Nuestros intereses entran en conflicto y los dos no podemos tener al mismo tiempo nuestros respectivos algos.

El conflicto termina cuando una de las partes, o ambas, renuncian a sus pretensiones o son incapaces de obtenerlas. Bien porque una parte se apropió de su interés antes que el otro, o lo tomó por la fuerza despojando a la contraparte, bien porque tras una pelea una de las partes se impuso, o bien porque se charló y se llegó a un acuerdo.

En ocasiones el conflicto no se da porque los intereses sean incompatibles sino porque los creemos incompatibles. Esto se da, principlamente, cuando se confunde lo que queremos con el método para obtener lo que queremos.

Hay conflictos personales (entre individuos), grupales, internacionales, etc. pero un tipo de conflicto que me parece relevante para esta discusión son los conflictos sociales. Esto es cuando dos o más grupos significativos de la sociedad se encuentran ante intereses aparentemente incompatibles.

En el caso colombiano, podríamos pensar que existe un estado constitucional que expresa algunos intereses y existe una subversión cuyos intereses entran en conflicto con el primero. El estado debe, por mandato constitucional, proteger la vida, honra y bienes de los colombianos y como tal no puede aceptar que la subversión atente contra la vida, honra y bienes de los demás ciudadanos. Este estado también, tradicionalmente, ha estado al servicio principal de los intereses de una clase política dirigente y de quienes financian a esta clase política. (Lo que acabo de decir es una sobresimplificación de un fenómeno más complejo.)

Esa subversión tiene como interés expuesto reemplazar al estado por uno bajo los ideales comunistas en el cual no existan conflictos de clase y, particularmente, tumbar al estado opresor actual que sirve a los intereses particulares de sus clases dirigentes. Para lograr esta lucha debe financiarse y para ello ha recurrido a negocios ilegales y a defender estos negocios, y así uno de sus intereses actuales también es proteger y preservar tales negocios. Por otro lado, independiente de la perversión que es el narcotráfico, la sola noción de estado comunista niega muchos de los derechos y libertades civiles consagrados hoy en la Constitución y los cuales defiendo.

Ahora, dentro del propio estado hay disidencias y conflictos de intereses y el pueblo colombiano está conformado por individuos y grupos con sus propios intereses, muchos de los cuales entran en conflicto. Pero en aras de la simplificación hablaré sólo de estos dos actores: el estado constitucional y la subversión; particularmente porque en la actualidad las diferencias partidistas al interior del estado no se dirimen por las armas.

Hay otra definición de conflicto, o más exactamente de conflicto armado sin carácter internacional (conflicto armado interno). Una definición legal que aparece en el título de ámbito del Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra de 1949 relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados sin carácter internacional, 1977. (Protocolo II en adelante.)

Esta definición reza:

TÍTULO I – ÁMBITO DEL PRESENTE PROTOCOLO

Artículo 1. Ámbito de aplicación material

1. El presente Protocolo, que desarrolla y completa el artículo 3 común a los Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949, sin modificar sus actuales condiciones de aplicación, se aplicará a todos los conflictos armados que no estén cubiertos por el artículo 1 del Protocolo adicional a los Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949 relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados internacionales (Protocolo I) y que se desarrollen en el territorio de una Alta Parte contratante entre sus fuerzas armadas y fuerzas armadas disidentes o grupos armados organizados que, bajo la dirección de un mando responsable, ejerzan sobre una parte de dicho territorio un control tal que les permita realizar operaciones militares sostenidas y concertadas y aplicar el presente Protocolo.

2. El presente Protocolo no se aplicará a las situaciones de tensiones internas y de disturbios interiores, tales como los motines, los actos esporádicos y aislados de violencia y otros actos análogos, que no son conflictos armados.

Aquí hay una parte clara: hay algo que se está desarrollando en el territorio de una Alta Parte contratante, es decir en el territorio colombiano, y las fuerzas armadas constitucionales de la nación. Por más que se quiera torcer el significado de las cosas en el momento en el que fuerzas armadas con mando en el estado colombiano constitucional e internacionalmente reconocido ejerzan acciones armadas en contra de algo dentro del territorio colombiano, se cumple esta parte de la definición.

Donde hay más espacio para la interpretación es en la definición de ese algo contra lo cual las fuerzas armadas constitucionales ejercen acciones armadas. El Protocolo II es explícito en determinar algunos puntos donde no aplica (p. ej. motines) y se sobreentiende que no aplica al uso de las armas del estado para combatir a la delincuencia común (organizada o no).

El uribismo insiste en que las Farc y el Eln no cumplen las condiciones de esta definición y como tales son asimilables a delincuencia, y por ello no existe conflicto armado interno.

Hay dos razones prácticas de la negación del conflicto. La una está al interior mismo del Protocolo II, Título IV, Artículo 13, numeral 3:

3. Las personas civiles gozarán de la protección que confiere este Título, salvo si participan directamente en las hostilidades y mientras dure tal participación.

Básicamente esto significa que si la población civil colabora con las fuerzas armadas bajo mando del estado colombiano, quedarían desamparadas de la protección legal que confiere el Protocolo II frente a las fuerzas disidentes. (No es que sirva de mucho porque igual las Farc no reconocen el Protocolo II ni las protecciones que de ahí emanan.) E, igualmente, si los civiles colaboran con la delincuencia no podrían ser procesados como cómplices.

La segunda razón es que el Protocolo II niega la intervención de otras naciones. La no intervención, por un lado, impide que otro país apoye abiertamente a la disidencia armada y, sobre todo, utilice sus propias fuerzas en apoyo de esta disidencia. Pero, por otro lado, el conflicto armado interno debe ser interno y como tal los otros países no están obligados a resolver este problema interno. Los miembros de grupos delincuenciales pueden ser apresados en otro país y extraditados para que los mecanismos judiciales tengan efecto. Los miembros de las disidencias armadas pueden apelar al derecho al asilo.

El concepto de la paz

Tratemos de no confundir el objetivo con el medio. El artículo 22 de la Constitución Política de Colombia, emitida en 1991 y en vigor desde entonces, dice que la Paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento. Es por lo tanto inconstitucional no buscar la Paz. Pero las así llamadas negociaciones de paz no son la Paz. El estado no está obligado a buscar una mesa de negociación con las Farc y el Eln y menos si considera que tal negociación prolongará la guerra antes que lograr la Paz.

Pero hablo aquí de la paz como si estuviéramos de acuerdo en qué es. La Constitución no la define.

Creo que los conflictos son inevitables. Incluídos los conflictos sociales. La paz no sería la ausencia de conflictos sino que esos conflictos no pretendan resolverse mediante el uso de violencia directa. Actualmente la subversión usa la violencia directa (ataques terroristas, enfrentamientos con el ejército y la policía, secuestros, amenazas y extorsión) como método para lograr sus intereses (altruistas o no) y el estado constitucional a través de sus fuerzas armadas usa violencia directa para contener a la subversión.

En su forma más restringida, la paz que queremos muchos colombianos, es el fin de esa violencia directa que produce la subversión, entendiendo que la violencia directa del estado contra la subversión es una consecuencia de la primera.

Hay otras formas de violencia, como es la violencia estructural, por ejemplo cuando una clase social dirigente en preservación de sus propios intereses desconoce los derechos e intereses básicos de una clase social oprimida. Para algunos la paz no sólo debe incluir el cese de la violencia directa de la subversión sino la eliminación de estas violencias estructurales.

Pero para continuar con el análisis limitémonos a la paz restringida: el cese de hostilidades de la subversión contra el estado y el consecuente cese de hostilidades del estado contra la subversión.

Y regresemos al principio que expuse al comienzo. El estado actual de hostilidades entre la subversión y el estado limita mi ejercicio de derechos y libertades civiles e, incluso, amenaza mis derechos humanos (y cuando hablo de mis derechos me arrogo hablar por cada uno de los colombianos). La paz, entendida como el cese permanente de hostilidades entre estas dos partes, es, por lo tanto, un estado deseable.

Esta paz, sin embargo, no puede obtenerse a cualquier costo. No puede obtenerse al costo de vulnerar nuestros derechos humanos ni los derechos y libertades civiles más de lo que ya están siendo vulnerados por el estado actual de hostilidades.

Esto significa que hay dos escenarios de acabar el conflicto que para mí son peores que el conflicto mismo:

  1. Una victoria militar a cualquier costo.
  2. Una negociación donde los principios comunistas que se oponen a mis principios liberales sean impuestos.

Sobre cómo acabar la guerra

Hay cuatro formas tradicionales de terminar una guerra o un conflicto armado:

  1. Una negociación entre las partes donde estas busquen lograr sus propios objetivos por medio del diálogo y donde los intereses cedidos o renunciados no sean interpretados como una derrota de ninguna de las partes. Llamaremos a esto una paz negociada.
  2. Una negociación donde una de las partes se reconozca derrotada pero condiciona el cese de hostilidades a ciertos requisitos y garantías. Llamaremos a esto una rendición condicionada.
  3. El reconocimiento de una de las partes a que la continuación de la lucha es más gravosa que someterse a la merced y voluntad de la otra parte y, en consecuencia, se rinden sin condiciones. Esto se llama, en consecuencia, rendición incondicional.
  4. El agotamiento de las partes en la vía armada, bien sea por la eliminación física de los combatientes de un bando, por desbandamiento, o porque los combatientes de uno o ambos bandos pierden interés en continuar acciones hostiles. Salvo que una de las partes haya sido completamente eliminada, siempre podría haber discusión sobre si la parte más débil al final de este conflicto fue realmente derrotada.

En el caso del enfrentamiento del estado colombiano contra las Farc, el primer escenario implica que un estado que no está derrotado busca acuerdos con una subversión que no se admite derrotada. En el actual equilibrio de fuerzas que favorece al estado constitucional sobre la subversión, las concesiones que el estado haga a los intereses de las Farc serán considerados por una parte de la opinión pública como una entrega del estado al chantaje de una subversión ilegítima.

En los demás escenarios asumiré que son las Farc la parte derrotada porque no veo en un futuro más o menos cercano que la relación de fuerzas sea tal que las Farc logren una victoria militar.

El segundo escenario es muy similar al primero, salvo que las Farc reconocerían que la vía armada se agotó y que la negociación tiene como objetivo principal lograr garantías en la demovilización. Sería una guerrilla que no pide condiciones tales como una reforma agraria o la revisión de la política internacional colombiana como condición para entregar las armas, sino que se enfocaría en puntos como garantías de debido proceso y disminución o suspensión de penas.

En el caso del M-19 y más adelante del EPL y otros grupos subversivos, hubo una negociación con términos favorables para los combatientes que depusieron las armas pero no hubo concesiones directas del estado con respecto a su política. La Asamblea Constituyente de 1991 no fue un requisito previo de las guerrillas desmovilizadas sino más bien una oportunidad coyuntural. Hasta qué punto fue una paz negociada o una rendición condicionada es debatible.

En la actualidad (2012), es difícil pensar que si las Farc llegan a la negociación como parte derrotada obtenga las mismas garantías que el M-19 en 1990.

El tercer escenario: la rendición incondicional, no sería completamente incondicional. Las Farc no se estarían sometiendo a la merced y voluntad de un estado victorioso sino a las garantías de un estado de derecho y unas leyes que limitan las penas. Si esto se lleva a cabo pronto, lo más probable es que sea porque las Farc han acordado la existencia previa de leyes favorables.

Hay un antecedente reciente en Colombia. La desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia y otros grupos ilegales antiinsurgentes, en las cuales no exigieron garantías más allá de la aplicación de leyes vigentes, incluyendo una ley hecha a la medida y que extendía las garantías procesales.

Por otro lado, si el estado y sus fuerzas armadas constitucionales se imponen con mayor contundencia sobre las Farc, puede llegar el momento en el que los líderes que entonces sobrevivan decidan entregarse al estado dentro de las leyes vigentes.

Dentro del cuarto escenario hay varias formas. Una es la eliminación completa y física de las Farc, bien porque el estado libre una guerra sin cuartel (que sería una violación al Protocolo II) hasta que el último guerrillero esté preso o muerto, bien porque ningún líder de las Farc toma la decisión de rendirse. Una escenario más probable es la desbandada: en algún punto los frentes sobrevivientes de las Farc pierden la unidad de mando y renuncian individualmente a proseguir una lucha contra el estado limitándose a sus propios intereses criminales. Si esta modalidad de crimen es de relativo bajo impacto eventualmente el estado cambiaría la actual estrategia militar a unas acciones más de tipo policivo.

La otra manifestación del agotamiento sería que las Farc, todavía con cierto nivel de mando unificado, renuncie unilateralmente a la ofensiva. Sería una guerrilla casi derrotada pero que no se atreve a entregarse a la justicia sino simplemente a resistir pasivamente, a esconderse. Si logran resistir lo suficiente en esta situación la ofensiva militar del estado será en algún momento insostenible. No estoy hablando aquí de un cambio estratégico de las Farc de esperar el agotamiento de la acción militar del estado para retomar su lucha, sino el abandono permanente de esta lucha.

Podría darse también (aunque no lo veo políticamente viable), que sea el estado el que abandone primero la lucha, o que concentre la actual ofensiva contra las Farc en una estrategia netamente defensiva y reactiva enfocada a la prevención del terrorismo. Pero teniendo en cuenta la historia de las Farc, no veo que estas terminen aceptando una situación de empate virtual sino que deseen retomar la lucha.

Escenario ideal

Ya había planteado que de acuerdo a mis principios hay escenarios indeseables. Uno es la prolongación indefinida del estado de hostilidades. De cuando en cuando las partes cambian de estrategia lo que les puede dar una ventaja puntual. Al comenzar la doctrina de seguridad democrática las Farc se replegaron y tuvieron un golpe grande cuando la doctrina fue reelegida porque esto acabó con sus predicciones de resistir un cuatrenio y retomar su rumbo. Pero, y a pesar de los golpes grandes que recibió durante el segundo cuatrenio de la seguridad democrática, hacia el final del gobierno de Uribe las Farc habían retomado cierta ofensiva de carácter terrorista. Personalmente no creo que Santos haya aflojado en el esquema de seguridad democrática sino que las Farc han logrado cambiar su estrategia y parecer más contundentes de lo que fueron entre 2006 y 2009.

En una prolongación del conflicto eventualmente una de las partes comete un error grave en la reformulación de la estrategia. La situación actual le permite al estado cometer más errores graves sin que se conviertan en derrota. Con suerte, para una pronta resolución del conflicto, las Farc cometerían pronto un error suficientemente grave que las lleve a buscar una rendición o un abandono de la lucha.

Una victoria militar a cualquier costo, de parte del Estado contra la subversión, lo considero también poco deseable por lo de “a cualquier costo”. A cualquier costo significaría la suspensión de derechos y libertades civiles de todos los ciudadanos y actualmente garantizados en la constitución. Esto puede acelerar la victoria militar del estado, pero significaría que el estado se convirtió en algo indeseable desde mi punto de vista.

Una victoria militar del estado dentro de la constitución y las leyes es, desde los principios que he planteado, una opción deseable siempre y cuando sea pronta. Buscar la victoria militar sin conseguirla constituye una prolongación del conflicto.

La victoria militar puede darse en forma de rendición condicionada, rendición incondicional o simple abandono de la lucha o eliminación física de la otra parte, sin entrar a detallar cuál de esas alternativas es la más deseable.

Una victoria de la guerrilla la considero indeseable por el modelo de estado que históricamente ha planteado el comunismo y que va en contra de las libertades y derechos civiles que defiendo.

Entonces llegamos al caso de la paz negociada. En principio no considero que ni la paz negociada ni la victoria militar sean intrínsecamente malas o buenas. Así como veo buena una victoria militar del estado pronta y encausada dentro de la constitución y mala una victoria militar por parte de un estado que viole sistemáticamente los derechos y libertades civiles, hay negociaciones buenas y negociaciones malas.

Si las negociaciones de paz no garantizan al menos esa paz restringida vista como el fin de las hostilidades entre las fuerzas del estado y la subversión, sino que antes ayudan a prolongar la guerra, entonces no estoy de acuerdo.

Pero incluso una negociación que exitosamente logre la paz sería indeseable si hay un detrimento en los principios que defiendo.

Dentro de la paz negociada veo cosas que considero contrarias a mis principios, cosas que considero simplemente feas, cosas que me son aceptables y cosas que yo mismo espero.

En contra de mis principios estaría que las Farc impusieran limitaciones a la libertad de empresa o a la libertad de expresión como parte de la negociación. Definitivamente inaceptable que las Farc exigieran la pena de muerte a los opositores de la solución negociada u otras suspensión de los derechos humanos (pero se me haría absurdo que el gobierno de Santos siquiera permita que se discuta algo así).

Feo vería que las Farc exijan cambios radicales en la política internacional o que Timochenko sea nombrado senador o ministro sin siquiera someter su nombre a las urnas. Sería feo pero no inaceptable. La impunidad frente a crímenes atroces sería fea pero no inaceptable. Si estas cosas feas permiten que los colombianos podamos continuar con mejores vidas no me opondré.

Apenas aceptable serían penas cortas y suspendidas a los líderes guerrilleros no directamente involucrados en crímenes atroces y la integración de los combatientes rasos a programas de reinserción.

Lo que esperaría como deseable: que dentro de las negociaciones que efectivamente lleven a la paz, se dé la oportunidad de plantear un modelo de sociedad menos excluyente y que la firma de la paz sirva de pretexto para implementarlo.

Predicciones

Mi hijo está entrando a primer grado en el colegio. En once años saldrá bachiller a una edad apta para prestar el servicio militar obligatorio. Durante este tiempo espero que él pueda tomar una decisión libre y autónoma y que si se decide por tomar las armas del estado no sea ante la perspectiva de matar a nombre del estado para defender a unos colombianos de la demencia de otros colombianos que pretenden ser insurgentes.

Soy medianamente optimista de que en once años la actual guerra no será determinante en la decisión que tomará mi hijo.

Pero soy mucho menos optimista en creer que la paz se va a lograr dentro de los dos años que le quedan de gobierno al Presidente Santos.

Creo que tanto la paz negociada como la victoria militar del estado son posibles, pero ambas son difíciles. Creo que de optar el estado por una solución netamente militar estaríamos perdiendo una oportunidad de dar un fin más próximo a la guerra actual, como también creo que una negociación de paz sin perspectivas reales ayudará más a prolongar la guerra que a acabarla.

Las Farc están bastante golpeadas pero aún no están derrotadas y siguiendo su patrón histórico van a querer mostrar fortaleza frente a una negociación. Si esa fortaleza la pretenden a punta de terrorismo harán que sus pretensiones en la mesa de negociación sean menos aceptables por la mayoría de ciudadanos votantes de Colombia. Creo que los mandos de las Farc podrían mostrar mayor fortaleza sosteniendo un alto el fuego unilateral que recurriendo al terrorismo. Pero no lo van a hacer.

Si los colombianos votantes no apoyan mayoritariamente las concesiones que el gobierno haga a la guerrilla, el gobierno no estará en capacidad de conceder. Esto debilita al gobierno quien quedaría atrapado por la opinión pública crítica del proceso por un lado y la necesidad de mostrar resultados por el otro. Y las Farc van a querer aprovechar este debilitamiento para aumentar sus pretensiones.

En conjunto esto significara o bien un nuevo fracaso en la búsqueda de la paz negociada, con la consiguiente prolongación de la guerra, o una paz mal hecha, que si bien no será germen de una nueva guerra si desatará una nueva ola de violencia.

Creo que el modelo de estado que tiene Juan Manuel Santos en la cabeza es bueno, pero también tiene una tendencia de querer complacer a casi todo el mundo. Soy algo pesimista de que el gobierno de Santos sea el interlocutor adecuado frente a una negociación con las Farc. Me temo que se va a dejar enredar entre el juego de las Farc de obtener más concesiones usando el terrorismo como muestra de fortalecimiento y el de la derecha política que insistirá en ver las pretensiones de las Farc y su recurso terrorista como muestras del fracaso de la vía negociada.

Por otro lado creo que Timochenko en 2012 puede ser más serio de lo que fue Marulanda en 1998. Las Farc están duramente golpeadas, mientras que en 1998 había una percepción de fortalecimiento. Que sea más serio no quiere decir que esta vez sí haya esperanza porque las Farc siguen mostrando esa política de querer llegar fortalecidas a la mesa de negociación y querer mostrar la fortaleza con terrorismo.

Ojalá me equivoque en mi percepción del carácter de Santos, porque un gobierno con un proyecto claro que logre defender es la mejor garantía que tenemos los colombianos de llegar a una solución pronta a esta guerra.

Pero no creo que esta sea la última oportunidad tampoco.

Cuestión de garantías

Es a veces frustrante para uno, como ciudadano de bien, saber que el estado ofrece tantas garantías a los delincuentes: dizque derecho a la defensa, dizque derecho a la casa por cárcel, dizque el derecho a que la prensa no los trate como culpables hasta no ser vencidos en juicio y una serie de derechos más que parecen más destinados a poner a los delincuentes en la calle que a protegernos.

Foto de Víctor Solano

Entonces nos indignamos.  Sucede un crimen atroz y exigimos que el autor de tal abominación se pudra en la cárcel.  Exigimos al estado que se encargue de todo aquello que nos produce inquietud o miedo, sea un abusador de niños o una montaña que se nos viene encima.  Miedo que es usado muchas veces por nuestros propios gobernantes para mantener y aumentar su poder.  Miedo que también tumba gobiernos cuando creemos que no es capaz de copar nuestras temerosas expectativas o simplemente nos deja desamparados.

Nuestra posición frente al estado es ambivalente.  Queremos un estado que nos proteja, pero rechazamos un estado que nos imponga tributos o nos imponga reglas.  Desde luego que nuestros propios principios y nuestros propios temores nos hacen sacrificar uno de los lados de esta ambivalencia.  Podemos sacrificar nuestra libertad por un poco de más seguridad, o sacrificar nuestra comodidad amparada por el estado por el derecho a que el estado no se entrometa en nuestras vidas.

Pero cuando delegamos en el estado la responsabilidad por nuestra seguridad; ¿sí estamos entregando nuestra confianza a una institución en la que realmente confiamos?

Captura de un video de la Policía

Nos indignamos por los senadores que abusan de su posición.  Nos sentimos legitimados en eludir impuestos porque los políticos y los funcionarios son corruptos y se robarán la plata que como contribuyentes pagamos.  Hacemos cruzadas en medios de comunicación sociales porque unos policías incineran perros y recordamos todos los abusos de la policía.  Nos quejamos de la burocracia inútil.  Ese estado formado por políticos, funcionarios y fuerza pública nos causa desconfianza.  Un estado que estorba.  Que no nos deja trabajar y emprender.  Que nos roba.  Que abusa de nosotros.

Un estado en el que no confiamos, pero al que aún así le exigimos que nos ayude.  Que nos reconstruya la casa tras un desastre ecológico.  Que encierre a los delincuentes.  Que acabe con los terroristas.  Que nos dé educación gratis.  Que castigue duramente a los que maltratan animalitos.  Que nos subsidie el desempleo.

Un día criticamos a la policía por sus reiterados abusos contra animales y contra personas desposeídas.  Al día siguiente exigimos más policías que nos protejan de los predadores sexuales y de los vagabundos que atentan contra el disfrute de nuestros parques.

Sí.  Tal vez no sea una contradicción.  Queremos policías que se dediquen a atrapar a verdaderos delincuentes y no a maltratar a pobres perritos.

Nos quejamos de todas las garantías que el estado de derecho le otorga a los delincuentes pero esto es porque olvidamos que esas garantías no están allá para proteger a los malvados delincuentes de la justicia punitiva, sino que estas garantías están allá para proteger a todos los ciudadanos de los abusos del estado.  Sí.  Para protegernos de esos representantes que se creen con derecho de pasar por encima de nosotros.  Para protegernos de esos oficiales de policía que no tienen recelos en tratar a las patadas a unos pobres indigentes e incinerar a sus perros.  Para protegernos de los abusos de los funcionarios estatales.

¿Hasta qué punto queremos que el estado se entrometa en nuestras vidas con el fin de protegernos?  ¿Qué tipo de estado es el que queremos que se entrometa?  ¿Ese estado lleno de políticos interesados, funcionarios corruptos y fuerza pública abusadora?  ¿O un estado dirigido por las personas más capaces y moralmente correctas?  ¿Creemos realmente que esto últimos es posible?

(fuente original requerida)

Y no.  No quiero ver a Javier Velasco (de comprobarse autor de todo lo que lo acusan) libre sólo porque pobrecito, está enfermo y no sabe lo que hace.  No quiero ver al confeso asesino serial Luis Alfredo Garavito libre sólo porque haber confesado, haberse portado bien en la cárcel y decir que encontró a Dios en prisión sea algo que se mete en una calculadora de rebaja de penas.  Esas son personas que desde mi lega opinión no representan garantías a la sociedad.

¿Entonces?

Tampoco quiero un estado que por su afán de encontrar delincuentes se meta en mi conexión de Internet, en mi correspondencia, en mis relaciones sociales.

No quiero un estado formado por individuos poco confiables, que roban el erario y abusan de su poder y, para rematar, entregarles a ellos la función de vigilarme a mí y a los míos.

No quiero a un estado que, respondiendo exclusivamente a la indignación social, entregue más uniformes de policía a personas poco capacitadas y legisle aumentando penas y llenando las cárceles a límites tales que es imposible pensar que estas tengan un papel resocializador.

Quiero, como ciudadano, garantías frente al estado, así esas garantías también apliquen a mis indeseables conciudadanos.

Estados fallidos

[Soldados estadounidenses en Haití] Tras el terremoto de Haití en enero de 2010 escuché muchas voces denunciando el hecho de que el gobierno de facto (quien garantizaba el orden público, distribuía las ayudas, organizaba a los escuadrones de rescate, etc.) era el ejército de los Estados Unidos y no las autoridades haitianas.  Pero esas críticas no llegaban a la descalificación del hecho.  Las críticas venían de una declaración de principios antiimperialistas pero parecían razonables en reconocer que de otra forma no hubiera funcionado.

Tal vez las críticas más duras venían del propio interior de los Estados Unidos y no por el temor imperialista sino por los recursos gastados, -aunque, igual, esas personas parecían reconocer que si no se actuaba así tendrían luego a sus puertas un problema de refugiados—. Continue reading

Entre la legalidad y la legitimidad

Parto de la existencia de un concepto muy preciso: la legalidad. Lo legal es aquello que permite u ordena la ley vigente de un estado, dentro de la jurisdicción de tal estado. Algo se puede hablar de leyes internacionales, pero estos son más acuerdos entre los estados que se convierten en legislación interna.

[]La legitimidad, por otro lado, es un concepto abstracto que no se refleja necesariamente en las leyes, sino que es dictado por la ética, entendiéndo como ética a un conjunto de comportamientos y normas sobre lo que pensamos que es correcto o no. Aunque hay quienes hayan intentado establecer una “ética universal”, la verdad es que existen diferentes escuelas éticas y formas de ver la ética lo que conlleva a que existan diferentes formas de interpretar qué es legítimo y qué no.

En algunos casos la legitimidad y la legalidad van de la mano.  La mayor parte de las filosofías éticas condenan el homicidio y el robo, siendo estos así medios ilegítimos para obtener resultados e, igualmente, la mayor parte de las legislaciones procriben el homicidio y el robo como actos ilegales penalizables.  Homicidio y hurto hablados en términos generales, porque hay casos en los cuales filosofías y legislaciones permiten que un ser humano pierda la vida en manos de otro ser humano, o que permita que una propiedad sea transferida sin contraprestación ni la voluntad de ceder del propietario original.

Ejemplo de estos últimos son la pena de muerte, las muertes en combate o el embargo de bienes. Continue reading