Bloqueando Transmilenios

[logo TM] Uno de los problemas de cómo transcurrieron las protestas del pasado viernes en contra de Transmilenio, es que los disturbios, la destrucción de propiedad pública y el saqueo de las taquillas, así como la posterior polémica sobre si la foto que El Tiempo publicó en primera plana el sábado fue un montaje o no, desvían la atención sobre los motivos y las formas de la jornada:

  1. los motivos de la propuesta, y
  2. el recurso del bloqueo como método de protesta.

Sobre el recurso del bloqueo expresé algunos puntos en mi anterior artículo.  Entiendo que originalmente se había llamado a un boicot y no a un bloqueo.  Un boicot es la decisión personal de no comprar o utilizar un artículo de origen ofensivo y de convencer a otros de hacer lo mismo.  Un bloqueo es impedir que quienes quieran comprar usar el artículo o servicio lo hagan.

Pero analicemos hoy el otro punto: los motivos que produjeron la protesta (haya sido un boicot, un bloqueo, o vandalismo): el servicio que presta Transmilenio.

[foto: subiendo al bus][foto: bus cebollero][foto: buses] Primero quiero aclarar que el servicio de transporte público colectivo tradicional es mucho peor que el servicio de Transmilenio, pero los usuarios no protestan ante este por varios motivos entre los que destaco:

  1. Transmilenio es mucho más fácil de bloquear que el caos del transporte público colectivo tradicional.
  2. Transmilenio es más reconocible como institución que el montón de instituciones que forman el transporte público colectivo tradicional.

Se dice, por ejemplo, que Transmilenio es manejado por solo 20 familias.  Pero si vamos a ver son las mismas 20 familias que manejan el transporte público colectivo tradicional.

Hace poco más de 10 años escribía sobre las diferencias entre el enfoque de negocio y el enfoque de servicio público en cuanto al transporte público.  Pero de una forma u otra todo servicio público debe buscar ser económicamente viable.  Prestar el servicio produce costos (combustible, salarios, arreglos y reposición de bienes de capital, etc.) y estos costos serán cobrados a los usuarios por medio de las tarifas, o serán cobrados a personas interesadas por medio de publicidad, o serán cobrados los ciudadanos por medio de impuestos que entran como subsidios o como operación directa por el estado.

En el transporte público colectivo tradicional son operadores privados los que se encargan de todos los detalles de la operación y el estado (el Distrito) tan solo está para otorgar rutas.  Para la empresa operadora el negocio está en tener muchos buses trabajando en cada una de sus rutas, pues cobra por afiliación del bus.  Para el conductor el negocio está en recoger muchos pasajeros porque cobra una fracción del pasaje.  Los otros conductores que cubren la misma ruta son competencia para el chofer del bus, y este debe planear los tiempos de recorrido para procurar que se acumulen muchos pasajeros pero que el siguiente conductor no lo rebase y los recoja.  El dueño del bus, si no es operador ni conductor, maximiza sus ingresos cuando cada bus es rentable (recogiendo muchos pasajeros con pocos recorridos).  La combinación de todos estos factores tienden a perjudicar más que a favorecer al usuario.

En Transmilenio hay otra serie de actores en el negocio.  Está el Distrito como dueño de la infraestructura: vías, estaciones, equipos de comunicación, etc.  Están los operadores privados, los dueños de los buses, los conductores, etc. Y el operador del recaudo.

Para el Distrito Transmilenio no es rentable.  Para los operadores el negocio está en maximizar el número de pasajeros por bus, aunque tienen obligaciones de cumplir ciertos horarios.  Para los conductores los detalles de la operación no deben ser negocio: ellos reciben un salario fijo.

Claramente para el operador sigue siendo mejor negocio no prestar el mejor servicio, aunque en un sentido contrario al caso del transporte público colectivo tradicional.

¿Qué pasa si el sistema no es rentable para el operador?  Pues que muchos operadores preferirán invertir en otras cosas.  ¿Cómo lograr que el operador se mantenga en el negocio?  Subsidiando parte de la operación.  La otra opción es dejar que el operador de vaya y sea el estado quien asuma la operación.

El principal problema de Transmilenio en cuanto a operación es que se requiere que los buses vayan llenos.  (Eso también le pasa a los dueños de buses en el transporte público colectivo tradicional.)  Y eso es percibido por el usuario como largas esperas, acumulación de personas en los vagones de las estaciones  y buses llenos donde el usuario es estrujado.

Pero creo que hay otros problemas con Transmilenio que no obedecen a la operación.  Uno de los peores: la cultura ciudadana.

[foto: subiendo al articulado][foto: esperando articulado] En casi todos los sistemas de transporte masivo, los usuarios han aprendido que es mejor dejar salir a quienes se bajan del bus o del tren antes de subirse. Pero eso no funciona en Transmilenio en Bogotá. Al usar el sistema en horas pico, fácilmente uno comprueba que el civismo individual no sirve. Si uno no empuja a los demás no puede entrar. Si uno se pone a esperar a que los otros salgan, alguien más se colará al atiborrado bus. Y si uno es el que necesita salir tiene que salir empujando porque quienes quieren entrar, o quienes están esperando el siguiente bus, bloquean la puerta.

Algunos detalles de la operación contribuyen a este panorama: la utilización de las mismas puertas para recorridos diferentes, por ejemplo.  Puedes estar de primero en la fila para entrar, pero si para el bus que no te sirve quedas estorbando.  Diera la impresión de que el sistema no está diseñado para que los usuarios sean decentes entre ellos.

El viernes hablaba que el bloqueo a Transmilenio afectaba a los otros usuarios.  En cierta forma me parece absurdo que para exigir la mejora de un servicio tengamos que dañarle el servicio a los demás.  Pero si somos los ciudadanos los culpables del caos, tal vez el bloqueo si estaba justificado.  El objetivo era molestar a uno de los principales agentes de que Transmilenio funcione mal: el usuario de Transmilenio.

Mi derecho de pasar por encima tuyo

Uno de los puntos de discusión interna dentro del Partido Pirata Colombiano (en formación) ha sido el tema de la utilización de situaciones de hecho como forma válida de expresar nuestra opinión.  Algunos de nosotros creemos que si queremos ser un partido legítimo dentro del que reconocemos como un estado de derecho nuestro mensaje será más claro y coherente si nos atenemos a los canales de expresión legales.  Queremos que nuestra voz se escuche en la calle pero también en el Congreso.  Sin embargo, por muy de derecho que el estado pretenda ser, muchas personas en todo el mundo llegan a la conclusión de que de vez en cuando su legítima protesta tiene que hacerse escuchar ocupando Wall Street, bloqueando Transmilenio o tumbando la página web de una institución gubernamental.

Como ante toda causa, suelen ser más los elementos subjetivos que los objetivos que me llevan a simpatizar con ella o no o con sus métodos.  He sentido cierta simpatía por los movimientos que en 2011 ocuparon las plazas de Tahrir en El Cairo o del Sol en Madrid.  Igualmente suelo sentir cierto regocijo cuando Anonymous desfasa temporalmente la página de un promotor de censurar Internet bajo la excusa de unos derechos de autor que se quedan en manos de grandes corporaciones.  Pero esa simpatía personal no debe nublar mi juicio sobre lo que es justo o válido.

Bueno.  Debo reconocer que lo que puede ser justo o válido bajo una filosofía política puede ser injusto o inválido por otra.  Hay ciertos aspectos de la filosofía política con la cual simpatizo: el hombre debe ser libre y el estado, bajo unas reglas muy claras, debe entrar a mediar donde esas libertades entran en conflicto.

Está mi libertad de expresión, por ejemplo.  Mi libertad de expresión bien me podría llevar a publicar un artículo en mi blog en defensa del régimen Nazi.  O en contra de la comunidad LGBT.  O a favor de la legalización de las drogas blandas.  O en contra de Jota Mario Valencia.  O a favor de Jota Mario Valencia.  Pero mi libertad de expresión no solo me permite escribir en mi blog.  Me permite publicar eso en un medio impreso, o decirlo públicamente en una calle.  O de tatuármelo en mi cuerpo.  Pero no sólo eso.  Yo puedo cantar a grito herido en una fiesta una canción con derechos de autor reservados.  O mi libertad de expresión me permite pintar una pared.  O desfasar una página web.  O verter pintura indeleble sobre un abrigo de piel que porta otra persona. O… o tomarme Transmilenio y evitar que otros usuarios puedan desplazarse.

Está también mi libertad de locomoción.  La libertad que yo tenga de moverme libremente en el mundo sin que haya muros o fronteras que me lo impidan.  La libertad que tengo de entrar a tu casa y abandonarla cuando me plazca.  O, por lo menos, el derecho que tengo de poder desplazarme entre el lugar que habito y el lugar donde trabajo por medio de vías públicas y servidumbres.

Está también la libertad de poseer.  El derecho a la propiedad.  El derecho a que yo tenga algo llamado mi casa donde yo decido quien entra o no.  El derecho a considerar que toda una laguna es mía y que sólo pueden beber de ella las personas que me paguen por un derecho sobre mi propiedad.  El derecho a que nos reunamos todos los de la aldea para establecer una línea imaginaria que los de la aldea vecina no puedan cruzar.  El derecho a que si yo pongo siete palabras juntas puedo acusar de robo de propiedad intelectual a cualquier otra persona que use juntas esas siete palabras.

Todos estos derechos y libertades entran en conflicto en algún momento y las sociedades tienen una serie de reglas implícitas y explícitas para dirimir muchos de esos conflictos y mecanismos formales e informales para resolver otros casos donde tales reglas no existen.

Si dos suecos discuten sobre quién es el dueño de una cabra, irán ante un juez adjuntando testigos y documentos.  Si dos yemenitas tienen la misma discusión se dirime por quién saca primero su fusil.  Distintas sociedades tienen distintos mecanismos para resolver sus problemas.  Pero dentro de mi filosofía política debo establecer cuáles son mis límites entre lo válido y lo que no lo es.

Esta mañana un personaje que se presentaba como representante de una asociación de usuarios de Transmilenio decía que no podía condenar el derecho de expresión de los usuarios que aburridos por el mal servicio bloqueaban las estaciones.  La libertad de expresión, como cualquier otro derecho o libertad tiene algún límite cuanto se enfrenta a otras libertades y derechos, como la buena honra de una persona difamada, el derecho a obtener información de una página web desfasada o tumbada, o el derecho de un trabajador de regresar a su casa tras una jornada de trabajo.

Alguna sociedad o alguna filosofía política dirá que es más importante la libertad de expresión.

Pues bien.  Dentro de mi filosofía, no toda forma de expresión es válida cuando se afectan los derechos de otras personas.  Es válido decir que el servicio de Transmilenio es un asco cuando lo es (y porque lo es).  Es válido buscar mecanismos para amplificar nuestra denuncia cuando nuestra denuncia es válida.  Pero en mi libro no es válido que ese mecanismo para amplificar nuestra voz sea convertir en víctimas a las mismas personas que decimos representar.

Y esas divagaciones vinieron antes de que me enterara en qué habían terminado las protestas: en destrucción de propiedad pública (pública significa que pertenece al pueblo, no que no pertenece a nadie) y en vulgar robo de dinero.

Foto: Protestas en Transmilenio - Saqueo de las cajas en la Estación Calle 72Foto: Protestas en Transmilenio - Destrucción de estación Calle 72

Nota: Ninguna de las fotos es mía. Fueron publicadas por usuarios de Twitter y haciendo clic sobre ellas llega a sus sitios originales de publicación.