Mi derecho de pasar por encima tuyo

Uno de los puntos de discusión interna dentro del Partido Pirata Colombiano (en formación) ha sido el tema de la utilización de situaciones de hecho como forma válida de expresar nuestra opinión.  Algunos de nosotros creemos que si queremos ser un partido legítimo dentro del que reconocemos como un estado de derecho nuestro mensaje será más claro y coherente si nos atenemos a los canales de expresión legales.  Queremos que nuestra voz se escuche en la calle pero también en el Congreso.  Sin embargo, por muy de derecho que el estado pretenda ser, muchas personas en todo el mundo llegan a la conclusión de que de vez en cuando su legítima protesta tiene que hacerse escuchar ocupando Wall Street, bloqueando Transmilenio o tumbando la página web de una institución gubernamental.

Como ante toda causa, suelen ser más los elementos subjetivos que los objetivos que me llevan a simpatizar con ella o no o con sus métodos.  He sentido cierta simpatía por los movimientos que en 2011 ocuparon las plazas de Tahrir en El Cairo o del Sol en Madrid.  Igualmente suelo sentir cierto regocijo cuando Anonymous desfasa temporalmente la página de un promotor de censurar Internet bajo la excusa de unos derechos de autor que se quedan en manos de grandes corporaciones.  Pero esa simpatía personal no debe nublar mi juicio sobre lo que es justo o válido.

Bueno.  Debo reconocer que lo que puede ser justo o válido bajo una filosofía política puede ser injusto o inválido por otra.  Hay ciertos aspectos de la filosofía política con la cual simpatizo: el hombre debe ser libre y el estado, bajo unas reglas muy claras, debe entrar a mediar donde esas libertades entran en conflicto.

Está mi libertad de expresión, por ejemplo.  Mi libertad de expresión bien me podría llevar a publicar un artículo en mi blog en defensa del régimen Nazi.  O en contra de la comunidad LGBT.  O a favor de la legalización de las drogas blandas.  O en contra de Jota Mario Valencia.  O a favor de Jota Mario Valencia.  Pero mi libertad de expresión no solo me permite escribir en mi blog.  Me permite publicar eso en un medio impreso, o decirlo públicamente en una calle.  O de tatuármelo en mi cuerpo.  Pero no sólo eso.  Yo puedo cantar a grito herido en una fiesta una canción con derechos de autor reservados.  O mi libertad de expresión me permite pintar una pared.  O desfasar una página web.  O verter pintura indeleble sobre un abrigo de piel que porta otra persona. O… o tomarme Transmilenio y evitar que otros usuarios puedan desplazarse.

Está también mi libertad de locomoción.  La libertad que yo tenga de moverme libremente en el mundo sin que haya muros o fronteras que me lo impidan.  La libertad que tengo de entrar a tu casa y abandonarla cuando me plazca.  O, por lo menos, el derecho que tengo de poder desplazarme entre el lugar que habito y el lugar donde trabajo por medio de vías públicas y servidumbres.

Está también la libertad de poseer.  El derecho a la propiedad.  El derecho a que yo tenga algo llamado mi casa donde yo decido quien entra o no.  El derecho a considerar que toda una laguna es mía y que sólo pueden beber de ella las personas que me paguen por un derecho sobre mi propiedad.  El derecho a que nos reunamos todos los de la aldea para establecer una línea imaginaria que los de la aldea vecina no puedan cruzar.  El derecho a que si yo pongo siete palabras juntas puedo acusar de robo de propiedad intelectual a cualquier otra persona que use juntas esas siete palabras.

Todos estos derechos y libertades entran en conflicto en algún momento y las sociedades tienen una serie de reglas implícitas y explícitas para dirimir muchos de esos conflictos y mecanismos formales e informales para resolver otros casos donde tales reglas no existen.

Si dos suecos discuten sobre quién es el dueño de una cabra, irán ante un juez adjuntando testigos y documentos.  Si dos yemenitas tienen la misma discusión se dirime por quién saca primero su fusil.  Distintas sociedades tienen distintos mecanismos para resolver sus problemas.  Pero dentro de mi filosofía política debo establecer cuáles son mis límites entre lo válido y lo que no lo es.

Esta mañana un personaje que se presentaba como representante de una asociación de usuarios de Transmilenio decía que no podía condenar el derecho de expresión de los usuarios que aburridos por el mal servicio bloqueaban las estaciones.  La libertad de expresión, como cualquier otro derecho o libertad tiene algún límite cuanto se enfrenta a otras libertades y derechos, como la buena honra de una persona difamada, el derecho a obtener información de una página web desfasada o tumbada, o el derecho de un trabajador de regresar a su casa tras una jornada de trabajo.

Alguna sociedad o alguna filosofía política dirá que es más importante la libertad de expresión.

Pues bien.  Dentro de mi filosofía, no toda forma de expresión es válida cuando se afectan los derechos de otras personas.  Es válido decir que el servicio de Transmilenio es un asco cuando lo es (y porque lo es).  Es válido buscar mecanismos para amplificar nuestra denuncia cuando nuestra denuncia es válida.  Pero en mi libro no es válido que ese mecanismo para amplificar nuestra voz sea convertir en víctimas a las mismas personas que decimos representar.

Y esas divagaciones vinieron antes de que me enterara en qué habían terminado las protestas: en destrucción de propiedad pública (pública significa que pertenece al pueblo, no que no pertenece a nadie) y en vulgar robo de dinero.

Foto: Protestas en Transmilenio - Saqueo de las cajas en la Estación Calle 72Foto: Protestas en Transmilenio - Destrucción de estación Calle 72

Nota: Ninguna de las fotos es mía. Fueron publicadas por usuarios de Twitter y haciendo clic sobre ellas llega a sus sitios originales de publicación.
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3 thoughts on “Mi derecho de pasar por encima tuyo

  1. Pingback: Bloqueando Transmilenios | The Chlewey Blog

  2. Lo peor de estas protestas, es que quienes terminan pagando todo son los mismo ciudadanos. ¿Acaso no saben para qué son los impuestos y por qué suben cada año? Lo mismo pasa con Transcaribe y eso que aún no comienza. Lo triste es saber que en este país se protesta sin pensar en el otro, porque se asume que las posturas personales son absolutas y por tanto, correctas. De tal manera, que la opinión del otro pierde validez frente a una posición adoptada como la indicada. Además, una protestas no puede terminar como el ataque de unos criminales.

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