Por los próximos cuatro años

Mi primera reacción el pasado domingo 25 de mayo, cerca de las cuatro y veinticinco de la tarde cuando ya habían publicado el boletín #4 de la registraduría con el preconteo de más del 10% de las mesas y ya era clara la situación, es que no había una verdadera alternativa para la segunda vuelta. El opositor de derecha Óscar Iván Zuluaga Escobar y el presidente en ejercicio Juan Manuel Santos Calderón encabezaban la votación y los siguientes boletines lo fueron confirmando. Zuluaga con casi un 30% de los votos y Santos con poco más del 25% pasarán a votación en segunda vuelta.

No soy antiuribista, pero el uribismo no me gusta. No soy antiuribista porque no me defino en oposición a Álvaro Uribe Vélez y su doctrina y legado. Reconozco logros en su administración. Reconozco la oportunidad histórica de su mandato. Dependiendo de la coyuntura política no vería problema alguno en darle mi voto a Uribe frente a alternativas menos deseables. O en darle mi voto a un candidato uribista. Por ello mismo no tuve una reacción inmediata a que hay que votar por Santos para atajar a Zuluaga. No es mi razón de ser política, ni mucho menos, atajar al uribismo.

Pero hay cosas de la campaña uribista que no me han gustado como las mentiras sistemáticas en contra del gobierno y del proceso de paz de La Habana. No es que yo crea en el proceso de paz en La Habana. Ya antes me había expresado en que no creo que el gobierno de Santos sea el interlocutor ideal de parte de la ciudadanía y la institucionalidad colombiana. Pero una cosa es expresar opiniones, opiniones informadas y hechos basados en evidencia y otra muy distinta es armar hombres de paja y hacer insinuaciones francamente mentirosas como decir que Santos y Timochenco están entregando el país al Castro-chavismo, o jugar a ser la víctima de una conspiración del gobierno que tiene las mismas evidencias que las armas químicas que Bush encontró en Irak.

La satanización de la oposición durante el gobierno de Uribe es otro punto al que, como pirata, me opongo. No he estudiado a fondo las propuestas de Zuluaga, pero el estilo de campaña desarrollado por Uribe y otros de sus escuderos me hacen ver que esto es aún peor que durante su gobierno. El sistemático desconocimiento de la institucionalidad tales como no presentar pruebas a la Fiscalía de las acusaciones presentadas en contra del gobierno o anunciar que se desconocerán las elecciones por fraude del gobierno aun antes de que estas se celebrasen (hablo de la campaña, porque Zuluaga declaró en los debates que sí reconocería los resultados). La promesa de levantar la mesa de negociación en La Habana o de condicionarla a requerimientos que se sabe que las FARC no van a aceptar es otro asunto que juega en contra de Zuluaga y su campaña del uribista y derechista Centro Democrático.

Todas esas son cosas que cuentan para que no me sienta a gusto dándole mi voto a Óscar Iván Zuluaga Escobar, candidato de Centro Democrático.

Por otro lado está el candidato de gobierno, el actual presidente Juan Manuel Santos Calderón. Como con todo gobierno que conozco, Santos ha tenido aciertos y fracasos. Hay actuaciones con las que he estado de acuerdo y actuaciones en las que estoy en franco desacuerdo. Pero, en mi opinión, pesan más los desaciertos que sus logros y, particularmente, que lo que escogió como bandera de su reelección.

Santos tiene un modelo de país en su cabeza y, en muchos aspectos, comparto esa visión. Pero tiene un gran problema de fondo de creer que ese país lo va a lograr a punta de acuerdos y de quedar bien con todo el mundo porque por ese camino lo que logra es prostituir su modelo y quedar mal con todos. Logró mayorías en el congreso en lo que se conoció como la aplanadora: una pieza de maquinaria que le permitía pasar casi todos sus proyectos pero que requiere un mantenimiento enorme; lo que siempre se conoció como aceitada pero que pasó a llamarse la mermelada.

Esa forma de hacer política no es nueva de Santos. Uribe la practicó y por ello suena irónico cuando la campaña del Centro Democrático esgrime a la mermelada como estrategia anti-Santos. Sonaría irónico si no es porque los uribistas lo creen. Y Uribe practicó ese método con Zuluaga de Ministro de Hacienda. Y antes de Uribe, lo usó Pastrana, y Samper, y Gaviria, y los gobiernos anteriores a la constitución de 1991 cuando se reconocían legalmente los así llamados auxilios parlamentarios.

Y sí, Santos ha usado el presupuesto de la nación, tramitado por los congresistas, para que estos dispongan de obras para sus regiones a cambio de pasar proyectos de ley. Juan Manuel Santos ha sistemáticamente criado una clase política que actúe en masa y, aun con ello, ha sido incapaz de lograr reformas claves como la reforma a la Salud, la reforma a la Justicia y la reforma a la Educación porque en su afán de afinar su maquinaria dejó por fuera al ciudadano de a pie, a las personas que reciben la salud, la justicia y la educación y a los profesionales que las aplican.

La implementación del tratado de libre comercio con los EE.UU., negociado durante la administración de Álvaro Uribe, trajo imposiciones sobre propiedad intelectual que favorecen al gran capital estadounidense, mismo gran capital contra el que se alzó el movimiento Occupy Wall Street, y no a los productores locales de semillas o de contenidos digitales, entre otras.

Yo creo en el libre mercado, pero creo que el libre mercado debe ser libre tanto para el gran productor como para el pequeño productor y debe ser libre para el gran consumidor y para el pequeño consumidor. Un libre mercado enfocado a favorecer al gran productor sobre el pequeño consumidor es una perversión del modelo y ahí encuentro diferencias fundamentales entre lo que propone Juan Manuel Santos y lo que yo creo. (Por cierto: una evidencia más de que Santos no es castro-chavista.) La tardanza en implementar sistemas de protección al medio ambiente frente a prácticas predatorias legales (e, incluso, frente a las ilegales), hacen que Santos esté lejos de ser el presidente que quiero gobernando a mi país por cuatro años más.

Y está el tema de la paz. Por un lado se supone que Santos pretendió armar eso como un asunto de estado, no de gobierno, pero luego, pareciera que su único caballo de batalla, su única propuesta para ser reelecto, era que él, Juan Manuel Santos, era el candidato de la paz. Claramente esto era un diferenciador frente a Zuluaga y el uribismo que prometían levantar la mesa de negociación en La Habana, pero los demás candidatos apoyaban plenamente o con reservas, las conversaciones con las FARC fueron así sistemáticamente ignorados.

Mi desilusión viene de antes. De los cinco candidatos que se enfrentaron en primera vuelta todos tenían sus peros. Ninguno lograba enamorar con sus propuestas o su carisma. La candidata conservadora Marta Lucía Ramírez me pareció que representaba a una derecha más seria, pero igual estaba demasiado a la derecha para mi gusto en temas sociales. Si hay alguien a quien creo rescatable en estos momentos en el Polo Democrático es, precisamente, a su candidata Clara López. Pero no veo al Polo, todavía, con la paciencia y liderazgo de Michelle Bachelet, Lula da Silva o Dilma Rouseff, para llevar su visión dentro de un cause democrático y dentro una economía de mercado. En Enrique Peñalosa veo una coherencia en su visión de país, empañada por una serie de saltos y piruetas en su forma de hacer política. Finalmente voté por Peñalosa por el tipo de personas que lo estaban apoyando en esta última etapa, pero tanto López como Ramírez eran para mí una mucho mejor opción para darle mi voto en segunda vuelta que Santos o Zuluaga.

Pero ni Peñalosa, ni López, ni Ramírez lograron llegar a la segunda vuelta.

Mi primera reacción fue que quedaron justamente los dos por los cuales yo no votaría; y dentro de este escenario contemplé abstenerme a votar en segunda vuelta, o esa abstención velada que es ir a la urna a anular el voto. Recuerdo que en 1998 me pasó eso mismo: no confiaba ni en Horacio Serpa ni en Andrés Pastrana y consideré seriamente anular mi voto, pero una vez en el cubículo de votación marqué sólo la casilla de Pastrana y deposité ese voto así.

Esa fue mi sensación durante el resto del domingo y el lunes.

El lunes, adicionalmente, sentí en redes sociales esa sensación de que me obligaban moralmente a votar por Santos para atajar a Uribe. Muchos a querer disfrazar o justificar su voto por Santos como un voto por la Paz. Dentro de mi duelo de no tener una buena opción para votar el 15 de junio próximo, me resentí a ese tipo de manipulación. Particularmente porque ni soy antiuribista, ni creo que Santos sea la Paz.

Pero, la verdad, las elecciones de segunda vuelta presidencial no se tratan de buscar un candidato por el que sí votarías, ni escoger entre el menos malo. Se trata de terminar de definir lo que no se definió en la primera vuelta presidencial.

En la primera vuelta presidencial ya se decidió que el próximo presidente de Colombia será una persona de tendencia económica neoliberal pro-gran-capital y comprometido a lograr la gobernabilidad comprando al congreso. Eso ya no está en juego y en mi opinión es un error si el Polo Democrático o la Alianza Verde pretenden lograr acuerdos programáticos con la campaña de Juan Manuel Santos a cambio de su voto. Lo peor que puede pasar es que Santos gane la segunda vuelta a costa de comprometerse con el Polo, con la Alianza Verde, con los conservadores de Marta Lucía Ramírez, con los congresistas mermelados, con Dios y con el Diablo y que ante una alianza tan disímil sea incapaz de cumplir cualquier cosa.

Esta segunda vuelta es para decidir, entre lo que ya se decidió, cuales puntos diferenciadores son los que deberían primar en el gobierno de los próximos cuatro años.

Y no votar, o anular el voto, es siempre una opción en una democracia libre.

Hoy me inclino por Juan Manuel Santos porque lo que no me ha gustado de Uribe y su campaña pesa más que lo que no me ha gustado de Santos. Porque prefiero un país donde haya paros y no uno donde la gente esté asustada de protestar contra el gobierno (y uds. ya saben que no me gustan los paros). Porque prefiero que se queme la posibilidad de una negociación de Paz en La Habana a, simplemente, levantarse de la mesa.

Pero dije: “Uribe y su campaña” pero el candidato presidencial no es Álvaro Uribe Vélez: el candidato es Óscar Iván Zuluaga Escobar. No he conocido a Zuluaga lo suficiente para realmente sentir cómo es él como persona o como futuro presidente. Si Zuluaga no es más que un títere de Uribe lo veo como una mala cosa porque sería un fusible, una oportunidad del uribismo de ser más radical aún de lo que fue porque al títere lo pueden quemar. Pero sospecho que Zuluaga no es un títere. Podría ser alguien aún más sectario que el expresidente y senador electo Uribe, alguien como Fernando Londoño Hoyos; o un clon ideológico como Andrés Felipe Arias; o podría ser, lo que creo más probable, una persona con criterio propio para tomar sus propias decisiones por fuera de la doctrina. Sospecho que Zuluaga puede ser esto último y, en ese caso, podría ver a Zuluaga como una mejor opción que Santos.

Hablo de una mejor opción no porque me sea ideológicamente afín. Ya perdí en la primera vuelta la posibilidad de tener un presidente ideológicamente afín. Sino una mejor opción de tener en el Palacio de Nariño, por los próximos cuatro años, un presidente que permita unas reglas de juego donde prime la discusión de qué es mejor para el país y no la discusión de quién gana.

Pero no conozco a Zuluaga lo suficiente, y dentro de lo que sí conozco me quedo con Santos sobre Uribe.

El placer de especular

Encapuchados lanzaban papas explosivas, por @presidiario1728

Inició el Tratado de Libre Comercio entre Colombia y los Estados Unidos y, como era previsible, un sector de la sociedad autodenominado como “sectores sociales” o etiquetado como “la izquierda” salió a protestar.  Según reportes que oí hubo encapuchados en la Universidad Nacional amenazando el tráfico en la Carrera 30 y la Calle 26 y otros tantos en la Universidad Distrital haciendo disturbios por la Avenida Circunvalar.   Disturbios que incluían la explosión de las así llamadas “papas bomba”.  Escuché también de disturbios similares en la Universidad de Antioquia.

Por la mañana la noticia era la desactivación de un carro-bomba dirigido al comando de la Policía.  Por un aparente desperfecto mecánico la camioneta cargada de explosivos se averió en el céntrico barrio residencial y comercial Eduardo Santos.  La bomba fue completamente desactivada por las autoridades.

Foto de los vehículos afectados, por @sanchezjuma

El día se puso más “interesante” después.  Antes del medio día explotó una bomba en la Calle 74 con Avenida Caracas en lo que a todas luces fue un atentado contra el abogado, ex Ministro de Interior y Justicia y conductor de radio Luis Fernando Londoño Hoyos.  Una “bomba lapa” fue colocada sobre el capó de la camioneta blindada en la que se transportaba el exministro.  Un escolta retiró el artefacto el cual explotó causando la muerte de este escolta, el conductor del vehículo y causando graves heridas al abogado, a un conductor de buseta que se encontraba al lado y a muchos otros transeúntes.

Carlos Fuentes

Por la tarde se conoció la noticia sobre la muerte del escritor e intelectual mexicano Carlos Fuentes.  Salvo esta última noticia vienen las especulaciones sobre si los hechos anteriores estaban conectados o no.

Fernando Londoño

Londoño Hoyos fue ministro del hoy expresidente Álvaro Uribe Vélez y trabaja actualmente como director y conductor del programa de opinión “La hora de la verdad” de la cadena Radio Super, desde donde defiende las ideas políticas y la gestión del gobierno pasado.  Es reconocido como una de las voces más importantes de “la derecha” colombiana.  Antes de ser ministro fue abogado litigante y representó en muchas ocasiones a demandantes contra el estado.  En su actividad privada se hizo poseedor de acciones de la empresa Invercolsa que en su momento estaban disponibles sólo para empleados.  Londoño, siendo contratista y no empleado, adquirió un importante paquete de acciones en lo que muchos, incluyendo la Procuraduría General de la Nación y el Juzgado 28 Civil de Circuito de Bogotá consideraron ilegal.  Sin duda la lista de enemigos personales e ideológicos de Londoño Hoyos es bastante grande.

Adicionalmente ayer se votaba en la Cámara de Representantes el proyecto de la ley Marco Legal para la Paz, de la cual el expresidente Uribe y varios de sus escuderos, incluido Londoño Hoyos, han sido férreos opositores.

No han faltado las especulaciones sobre si el atentado contra Londoño vendría de sectores obscuros de la derecha para enturbiar el proyecto de ley que permitiría una eventual paz con las guerrillas que supuestamente Uribe y su gobierno estuvieron a punto de derrotar pues si el atentado fuere atribuido a las Farc, como enemigo natural del exministro, no tendría sentido premiar a las guerrillas con una ley de impunidad.

También hay quienes dicen que el atentado no pudo provenir de las Farc por ello mismo: porque sería un tropiezo para demostrar voluntad de paz.

Desde finales de los años 1990 las Farc abrazaron el terrorismo “puro” como una forma más de combate contra el estado.  Antes de ello las guerrillas colombianas no se caracterizaban por ataques indiscriminados contra la sociedad civil o atentados con bombas contra figuras públicas, aunque para la definición de muchos el sólo hecho de alzarse en armas y combatir a la fuerza pública ya los convierte en terroristas.  Con anterioridad los atentados con bombas fueron casi exclusivos de grupos narcoterroristas como la agrupación Los Extraditables del Cartel de Medellín.

En los años 1990, las Farc empezaron a usar dispositivos explosivos improvisados en cilindros de gas vacíos que podían ser arrojados (nunca supe cómo los arrojaban).  Estos cilindros bomba eran arrojados principalmente contra puestos de policía, los cuales por ser primordialmente cuerpos de seguridad ciudadana (y no combatientes antiinsurgentes) se encuentran en los centros urbanos de pequeños municipios.  Los cilindros bomba producen una destrucción indiscriminada lo que unido a los poco precisos mecanismos de lanzamiento producían un gran daño a la población civil cercana a los puestos de policía.

Los defensores de turno de la guerrilla decían que no se les podía pedir a las Farc armas de precisión como las que poseían las fuerzas armadas constitucionales y que era responsabilidad del estado de poner combatientes en medio de la población civil.  (Repito, un Policía no es un combatiente sino un servidor civil.)

En 1999, sin embargo, estalló una bomba frente a las oficinas de la Federación Nacional de Fondos Ganaderos en Bogotá, causando daños en la casa que fungía como oficina y destrucción, heridos y muertos entre las personas que pasaban entonces por la calle.  Las Farc fueron identificadas como los autores de ese atentado y, desde entonces, no han sido tímidas en colocar bombas destinadas a causar daño en instituciones civiles no combatientes y terror en la sociedad.  Uno de los casos más sonados la bomba en el Club El Nogal en pleno gobierno de Uribe y ministerio de Londoño Hoyos.  Uno menos conocido (anterior incluso a la FNFG), fue el atentado de Santo Domingo (Arauca) cuando en medio de combates con las fuerzas armadas las Farc detonaron un carro bomba que mató a varios civiles, incluidos niños, y los hechos fueron luego atribuidos a bombas racimo lanzadas desde aviones de la Fuerza Aérea Colombiana FAC.

La tesis de que el atentado contra Londoño Hoyos no favorece a las Farc porque enturbiaría la aprobación de la ley Marco Legal para la Paz no tiene sentido a la luz de lo que las Farc han demostrado en los últimos años.  En mi opinión a las Farc les vale huevo que aprueben o no esa ley.  Como les vale huevo si con el atentado convertían a Londoño Hoyos en un mártir de la derecha colombiana.  Tampoco creo que las Farc fuesen tan brutas de creer que matando a Londoño callaban a la derecha.

Sin embargo, desde la lógica que han mostrado las Farc este atentado tiene sentido.  A las Farc como grupo extremista no les interesa callar a los extremistas del otro espectro político.  Dentro de la lógica de las Farc es más importante debilitar el centro porque con un centro debilitado las voces moderadas pierden audiencia y son más proclives a gravitar hacia cualquiera de los extremos.

E internacionalmente la extrema derecha, aún hoy, es más rechazada internacionalmente que la extrema izquierda.  Colombia, dividida entre esos dos extremos, estaría en una guerra donde ambas partes recibirían un grado de apoyo moral, económico e, incluso, militar de la comunidad internacional.  Una institucionalidad destruida y, eventualmente, una capacidad de tomarse el estado.

Por el contrario, una democracia fuerte bajo principios políticos liberales, donde el pueblo encuentre solución a sus problemas dentro de la propia institucionalidad, donde se pueda discutir abiertamente de las distintas formas de resolver los problemas sociales y con compromisos y posturas moderadas, deslegitima completamente la lucha armada de los extremistas.

En una democracia funcional las Farc no tendrían otra opción a acabar la guerra que rendirse, lo cual aún con leyes benévolas como las que sugiere el Marco Legal para la Paz, sigue siendo una derrota.

Las Farc nunca estuvieron ni medianamente cerca a ganar la guerra y no lo están hoy.  Pero nunca, ni en los momentos más duros de la doctrina de la Seguridad Democrática del gobierno de Álvaro Uribe Vélez, estuvo cerca de ser completamente derrotada.  Mientras ellos crean que aún tienen una esperanza de continuar su absurda lucha lo seguirán intentando.

Y dentro de ese sentido asesinar a una de las voces más activas de la derecha dura cumple varios objetivos: enviar el mensaje de que los enemigos de su revolución no están a salvo (y de paso declarar a ese tipo de derecha como su enemigo), crear confusión en la población civil (terrorismo) y polarizar el país: una justificación para continuar peleando.

Pero las Farc no son el único enemigo de Fernando Londoño Hoyos.  En estos momentos, con la información que conozco y que han revelado las autoridades no hay plena certeza de que sí hayan sido las Farc los perpetradores de ese atentado.  En mi opinión sí son los más probables autores, pero afirmar que lo son y la justificación que acabo de dar no es más que especulación de mi parte.

Igualmente hay indicios de que el atentado que intentaron por la mañana contra el comando de la Policía hayan sido las Farc y si ambos atentados hubieran cumplido su objetivo el grado de caos que habría hoy en la ciudad sería bastante alto.

En los pasados disturbios contra Transmilenio, de los que hablé en este blog, han surgido evidencias de que las acciones más violentas fueron coordinadas por las Farc.  Probablemente no fueron las Farc las que incitaron las protestas, pero sí aprovecharon para aumentar el caos.

Y esto ata el tercer elemento con los que inicié este post: las protestas en universidades públicas contra el tlc.

Creo firmemente que las acciones más violentas registradas ayer por los protestantes anti-tlc tuvieron participación de las Farc.  Repito: no creo que todos los que se oponen al tlc sean farianos, simpatizantes de las Farc o idiotas útiles de la insurgencia.  (Y, desde luego, mucho menos estoy diciendo que los estudiantes de universidades públicas sean guerrilleros.)  Pero sí creo que las Farc tenían interés en infiltrar esas protestas como una forma de aumentar el caos.

Y si creemos que ayer era una fecha muy especial para el actual gobierno, sin duda la resonancia de todos estos actos juntos hubiera sido un ruidoso (si no muy claro) mensaje.  Un mensaje de que las Farc seguirán luchando y que no se sienten derrotadas.

Ayer quería escribir sobre el tlc.  Sobre cómo veo el Tratado de Libre Comercio entre Colombia y los Estados Unidos a la luz de los motivos por los cuales sigo insistiendo en la creación del Partido Pirata Colombiano.  Pero eso tendrá que esperar.

#antesdeuribe Santos ya era Santos

Siento que mis amigos más uribistas, así como a mucha de las personas que leo en Twitter y otros foros, consideran votar por Juan Manuel Santos como la única forma de preservar el legado de Álvaro Uribe Vélez y de continuar su obra.  Finalmente ese es el posicionamiento que Santos ha querido dar a su campaña (antes y después del cambio de imagen).

Este post no va para mis amigos de la Ola Verde.  Ni para mis amigos del Polo; o quienes permanecen con el trapo rojo o azul, o que piensan en Pardo o Sanín a pesar del trapo rojo o azul.  Mucho menos para los seguidores de Germán Vargas Lleras.  Este artículo ni siquiera va para los seguidores de Juan Manuel Santos que creen en Santos por ser Santos y no por ser el candidato del uribismo.

Juan Manuel Santos apareció en mi radar cuando era Primer Designado (título que después sería reemplazado por el de Vicepresidente) durante el gobierno de César Gaviria Trujillo, presidente liberal.  Lo recuerdo en una caricatura de Osuna cuyos detalles son irrelevantes en este momento. Continue reading

Votando verde

Desafortunadamente no podré votar este domingo 14 de marzo, por razones ya expuestas.

Tampoco pude votar el 23 de septiembre de 2007, por ese mismo motivo. Entonces mi intención fue votar por Juan Carlos Flórez quien me parecía una mucho mejor alternativa a Samuel Moreno, Enrique Peñalosa y William Vinazco. (Sobre todo mucho mejor que Moreno y Vinazco.) Para el Concejo Distrital pensaba votar por Lariza Pizano y no recuerdo si finalmente definí o no mi voto para la Junta Administrativa Local (JAL) de Suba. Continue reading

Análisis asimétrico

«La guerra es la continuación de la política por otros medios», decía Carl von Clausewitz. Carl Schmitt respondía que «la política es la continuación de la guerra por otros medios». Nuestro gran filósofo político José Obdulio Gaviria simplemente nos propone que aquí no hay guerra.

Cuando se habla de guerras se propone el concepto de guerra asimétrica, esto es un conflicto bélico entre una parte que posee un ejército regular y otra que dice que no puede financiar tal, y por ende ajusta sus prácticas a obtener mayores beneficios con pocos gastos: emboscadas, sabotaje, apoyo (y mimetismo) en la población civil, etc.  En otras palabras guerra de guerrillas y terrorismo.  Desde luego que hablar de guerra asimétrica implica reconocer cierta legitimidad al combatiente menor.  Quien resta tal legitimidad preferirá hablar de amenaza terrorista.

Así que no sólo existen guerras asimétricas, sino también un uso asimétrico del lenguaje en el análisis de un conflicto. Continue reading

Ser uribista o ser uribista acrítico

Yo no soy uribista, ni antiuribista, la verdad soy muy poco anti-cualquiercosa, salvo que sea anti-anticualquiercosa. En ocasiones me he definido como un “agnóstico político” porque no creo que haya una verdad absoluta en la política. Creo que algunos planteamientos de Uribe son convenientes y otros inconvenientes, pero igual creería lo mismo de cualquier otro presidente que haya estado o pudiera haber estado en la Casa de Nariño.

La primera vez que voté en unas elecciones presidenciales fue en 1994. Voté por Humberto de La Calle como candidato por el Partido Liberal, y luego por el candidato presidencial Ernesto Samper, tanto en primera como en segunda vuelta. Cuando estalló el escándalo del Proceso 8000, en el fondo defendía a mi presidente, supongo que en gran medida por no sentir que equivoqué mi voto. Continue reading

No hay conflicto

Soy un agnóstico político. No creo que exista un sistema político único y perfecto que sirva a todas las situaciones y creo que todos los sistemas políticos existentes han sido respuesta a una realidad.

Creo que lo más parecido a un modelo político perfecto es la democracia constitucional liberal, entendiendo por democracia un modelo de estado en el que se consulta al pueblo sobre sus destinos, por constitucional que es regida por una serie de principios y por liberal que es incluyente y basada en el respeto a las libertades individuales; pero con todo tengo mis dudas que una democracia constitucional liberal se adapte a todas las situaciones y convenga a todos. Continue reading

Y después de Uribe ¿quién?

Alguien hacía esta pregunta a un contertulio de Facebook, seguida de una retaíla en la cual hablaba de que sólo Uribe había trabajado por el país y que nadie, y mucho menos los críticos al uribismo, estamos a la altura de dar una propuesta.

Bueno, personalmente creo que si Uribe no ha dado las condiciones para que el país siga sin él (y hablo del país, no sólo del uribismo), ese es un fracaso de la gestión de Álvaro Uribe Vélez.

Siempre he insistido que nuestro país requiere de institucionalidad, más que de caudillos. Lo ideal es que el estado, representado por instituciones, sea fuerte e invisible. Que el estado sea invisible pero que esté ahí. Que no nos moleste con trabas, pero que cuando lo necesitemos para solucionar un conflicto, esté ahí y podamos contar con él. Y este modelo de estado no se logra con un caudillo mesiánico. Es más, el caudillismo es la antítesis del estado fuerte e invisible: es personificar al estado en un sólo hombre que tendrá, por ello, que echarse todo el peso del país encima. Continue reading

¿Nos tomaron Chávez y las guerrillas?

Manifiesto primero que no voté por Samuel Moreno Rojas ni por el Polo Democrático Alternativo, y ese candidato y ese partidos no eran siquiera los segundos o terceros en mi lista, por muchas causas que incluyen que no los creo las personas más idóneas para continuar manejando la ciudad en la que vivo.

En parte desconfío de Moreno Rojas porque muchas de sus propuestas no son aterrizadas. Yo sí creo factible un sistema de tren metropolitano en Bogotá, pero no con la ligereza de cifras y argumentos que Moreno exponía. También concuerdo en que Bogotá necesita integrar todos sus sistemas de transporte público y en que la ampliación del Aeropuerto Eldorado, se está quedando corta. Pero no veo al Polo tomando una posición firme frente a los transportadores o aprobando los impuestos que se necesitan para la adecuación real del aeropuerto, el arreglo y ampliación de las calles, o la construcción del metro. Continue reading