¿Delincuencia enemiga del estado?

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Definamos el estado como ese conjunto de organizaciones que controlan institucionalmente a un país. El estado está compuesto, así, por el gobierno, el congreso, las fuersas armadas, los organismos de control, etc.

El estado no incluye a las grandes empresas ni a la insurgencia, que aunque puedan controlar a su modo un país, no son instituciones creadas para ello (no lo controlan institucionalmente).

El otro componente de un país es el pueblo, no como antagonista del estado, ya que las personas que trabajan con el estado son parte del pueblo, sino como complemento.

El objetivo del estado debe ser garantizar que los ciudadanos, que el pueblo, puedan vivir bajo ciertas garantías. Que un ciudadano no tenga que temer que los del pueblo de al lado lo linchen, sólo por vivir en otro poblado. Que un ciudadano sepa que puede realizar un negocio, por ejemplo comprar papa, sin que lo estafen, o sin que le peguen un tiro porque al otro no le gustó la oferta. Desde esas pequeñas cosas que damos por hechas, hasta otras que deberíamos dar por hechas, como que yo pueda disfrutar de un café al lado de un parque sin que me maten con una bomba, sólo porque Menganito había matado a Fulanito y yo no conozco a ninguno de los dos.

Bien. La sociedad: el conjunto de las personas del pueblo, de los ciudadanos de un país, tiene amenazas. Una de las principales amenazas es la delincuencia, entendiendo por delincuencia los actos que individuos realizan y que afectan negativamente a la sociedad. En otras palabras, un delincuente es el que comete un delito y un delito es algo que se ha estipulado como una amenaza a la sociedad. Y la delincuencia es el conjunto de personas que cometen delitos y el conjunto de delitos cometidos.

Bajo este punto de vista, un funcionario corrupto del estado es un delincuente y la corrupción es delincuencia. También es delincuente el ratero que deja a la víctima sin plata y sin papeles y sin la cadenita que le regaló la mamá. También es delincuente el que toma un fusil, se va para el monte y se pone a matar policías y campesinos disque porque está luchando contra un estado corrupto. También es delincuente el sargento que envía sus tropas a retener civiles sin justificación disque porque está buscando insurgentes y a ejecutar, extrajudicialmente, a todo retenido que le huela a rojo.

Bien, si el objetivo del estado es garantizarle seguridad a los ciudadanos, el objetivo del estado debe ser eliminar las amenazas a la sociedad, más no, convertirse él mismo en una amenaza a la sociedad. Lo último que debe hacer el estado, y mucho menos la fuerza pública (la parte del estado destinada a controlar la delincuencia, o _law enforcement_ en inglés), es personalizar la lucha contra la delincuencia o contra ciertas manifestaciones de la delincuencia.

En otras palabras, la estado y la fuerza pública no deben considerar ciertas amenazas a la sociedad como “enemigos del estado”. Y este es un error que ha cometido el estado colombiano durante mucho tiempo.

Y es claro. Si la lucha contra la insurgencia es tomada por el estado, no como una lucha para proteger a la sociedad de una amenaza, sino como una guerra para aniquilar a un enemigo, se ha dejado a la sociedad de lado. Y así como ignoramos a la sociedad, en el afán de combatir a la insurgencia bien puede el estado convertirse en una amenaza a la sociedad.

La lucha contra la delincuencia no debe ser nunca una guerra contra los delincuentes. El papel que debe asumir el estado es el de contar con una policía que pueda vigilar y actuar como proyección del estado cuando un delito se comete, pero también debe contar con un fiscal que investigue y acuse, un procurador que se encargue de que el estado funcione bajo sus propias reglas, un defensor del pueblo que controle que el estado no se convierta en una amenaza a la sociedad, un juez que dictamine las culpas y un carcelero que se encargue de evitar que los individuos que amenacen a la sociedad lo sigan haciendo.

El estado para cumplir con su labor no debe confiarse exclusivamente de la fuersa pública sino que debe tener una presencia permanente, pero a la vez discreta, en todos los ámbitos de la sociedad. Desde el notario que atestigua por los negocios celebrados o el alcalde que decide cual vía se va a pavimentar, es estado debe garantizar a los ciudadanos su bienestar.

Si el estado es demasiado omnipresente ahoga; está así la burocracia que exige un montón de papeles sólo para que pueda abrir una tienda. Por otro lado si el estado está ausente, las amenazas a la sociedad crecen y obligan a la larga a que los individuos empiecen a tomar, sin preparación ni control, funciones que corresponden al estado garantizar.

Es así como se forman las milicias antisubersivas como reacción a un estado que no está presente, y apoyadas por una fuerza pública que, incapaz de ganar una guerra contra la delincuencia, recurre a estos grupos de vigilancia, no como una extensión de su labor de proteger, sino como una extensión de su guerra.

Las autodefensas, o paramilitares (según la versión que cada uno acoge), son el resultado de un estado que esta en parte ausente y que tan sólo se proyecta, si acaso, como una fuerza pública que ha olvidado su objetivo de proteger a la sociedad por el objetivo de ganar una guerra.

La misma insurgencia es también una causa de un estado deficiente. Un estado que se ha puesto al servicio de una oligarquía en lugar de la totalidad del pueblo. Un estado que no es capaz de controlar la corrupción de sus funcionarios. Un estado que no es capaz de garantizar a los ciudadanos unas mínimas condiciones de igualdad y dignidad, es lo que ha generado y que mantiene viva a la insurgencia.

La solución a los problemas de Colombia no consisten en luchar contra el estado, o en crear paraestados. La solución de los problemas de Colombia debe partir del estado mismo y de la responsabilidad que como ciudadanons ejercemos sobre el estado que tenemos. Bien sea que el estado se cambie o que los ciudadanos lo cambiemos, pero el objetivo debe ser claro: necesitamos un estado que esté a servicio del pueblo y de la sociedad.

No necesitamos un estado ausente.

No necesitamos un estado paralelo.

No necesitamos un estado sumido en una guerra contra una de las manifestaciones de la falta de estado.

Necesitamos un estado que nos sirva. Un estado que permita que yo pueda vivir tranquilo y progresando en mi vida personal. Un estado que me permita educar a mis hijos. Un estado que me permita reír, disfrutar de una película, llorar por mi bisabuelita que se murió de vieja, tomarme mi salario en una parranda, ahorrar para tener mi casita propia, trabajar mi tierra, comprar la papa y la yuca de la comida de mañana, enamorarme, escribir un poema, disfrutar un cielo estrellado, conocer la maravillas naturales de mi país, empaparme en un aguacero porque olvidé el paraguas o arruinarme en un juego de pocker. Pero tambien un estado que no me permita sobrepasarme. Un estado que no me permita pisotear a mis conciudadanos. Un estado que no me permita olvidarme de mi responsabilidad como miembro de una sociedad.

Necesitamos un estado que le permita al jornalero del campo obtener un pago justo por su trabajo. Que le permita al ganadero producir su carne y exportarla. Que le permita a la multinacional petrolera que pueda entregarle energía al mundo, no sin una justa contraprestación a la nación dueña de las reservas. Que permita opinar a quienes creen que ciertas personas tienen demasiados privilegios y a quienes creen que ciertas otras tienen demasiadas ayudas y a quienes creen que están en el sandwish de la clase media sin privilegios ni ayudas. Y que le permita a cualquiera protegerse de los abusos del estado.

Necesitamos en fin un estado que no le dé papaya a la guerrilla para justificar su guerra, ni le dé papaya a los paramilitares de justificar su guerra. Y que tenga la fuerza suficiente para que si la guerrilla y los paras continúan con su injustificada guerra contra la sociedad, el estado pueda combatir la amenaza en al que estos grupos delincuenciales se han convertido.

— Carlos Th

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