Tratando de pensar con cabeza fria

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En el libro sobre Carlos Castaño “Mi confesión”, el jefe político de las Autodefensas Unidas de Colombia dice que todo lo que él dice es la verdad pero que él no está diciendo toda la verdad, que sólo cuando en el país podamos decirnos toda la verdad es que las cosas se solucionan pero que mientras tanto ejército, guerrillas y autodefensas no somos más que peones de los grandes intereses internacionales.

(No he leído el libro aún y la frase anterior la puedo estar citando mal.)

Ahora, soy consciente que porque Carlos Castaño diga que es la verdad, esto no lo hace automáticamente la verdad.  Según muchos analistas, de confesión el libro tiene poco y no es más que una justificación de su accionar: justificación de por qué mataron a quien mataron o por qué están involucrados en los negocios de drogas en los que están involucrados, entre muchas otras cosas.

Pero entra la duda ¿somos simples peones de un juego de intereses internacionales? ¿podemos conocer la verdad? Siempre hay algo atractivo en las teorías de conspiración y a decir verdad la parte más atractiva de las teorías de conspiración es que nos libera de la carga de asumir nuestra responsabilidad: “si los gringos quieren que haya guerra tendremos guerra” y no nos preocupamos realmente por evitar la guerra.

Por otro lado no podemos taparnos los ojos y asumir que no existen tales intereses internacionales.  Estos existen y son muy reales, lo que no es claro es qué tan poderosos son y donde no estoy de acuerdo (aunque esto no es más que una profesión de fe) es que sea omnipotentes.

Estamos entrando en una guerra (bueno, continuando y arreciando la existente) ¿a quién le sirve esta guerra?

¿A las FARC? En varias declaraciones ellos han expresado que no le temen a la guerra así que podemos creer que no han hecho más que provocarnos para que la guerra continúe.  ¿Les serviría mejor la paz? Con seguridad que les serviría mejor una paz bajo sus términos, pero el problema es que la paz que el establecimiento colombiano (lo que quiera que esto signifique) está dispuesto a dar no les conviene a los actuales combatientes de las FARC.  No les conviene dejarse masacrar como a la Unión Patriótica, ni cambiar el poder actual que les otorgan las armas por el que les otorgarán las urnas si se desmovilizan hoy mismo.

A muchos les gusta pensar en las FARC como simples delincuentes, pero si nos tomamos el trabajo de contrastar lo que dicen con lo que hacen, las FARC son consistentes con una línea política y un accionar dentro de la misma.  Yo podré no estar de acuerdo con su línea política ni con sus métodos, pero debo reconocer que son consistentes sin necesidad de recurrir a una simplificación de calificar su accionar como netamente criminal.

¿Le conviene la guerra al gobierno y al estado constitucional? Empecemos por darnos cuenta que el gobierno, y mucho menos el estado constitucional, es un ente uniforme con un propósito claro y definido dentro de nuestro país.  Existe el gobierno nacional, encabezado por el Presidente de la República con su gabinete y sus asesores.  Existen las fuerzas militares constitucionales, nominalmente comandadas por el Presidente de la República pero operativamente comandada por sus generales.  Está el congreso, las cortes nacionales, los gobiernos departamentales, distritales y municipales.  Están las empresas estatales, también; lo ministerios y secretarías, etc.

Así:

¿Le conviene al gobierno nacional en cabeza del Presidente? Sin duda, como la persona que decretó el fin del proceso de paz en el Caguán, algún interés personal, nacional o internacional debió motivar al presidente, luego sí, lo beneficia o bien como Presidente de la República de Colombia o como Andrés Pastrana Arango.  Si juzgamos por las encuestas, Pastrana subió ante la opinión rompiendo el proceso de paz; el problema es que no es claro como puede capitalizar esta popularidad cuando en seis meses entrega el mando y como ex presidente haber sido popular o impopular no le aportará ni quitará nada.  No logra la continuación de sus políticas bandera al pasar su popularidad a un sucesor, porque no hay tal sucesor ni los logros de su gobierno serán desbaratados por cualquier presidente medianamente responsable que llegue, y porque su mayor política visible que pudo haber heredado a un sucesor: el proceso de paz con las FARC, fue precisamente lo que terminó.

Descartado así el interés político directo, significa que Pastrana siguió un interés nacional o internacional, pero básicamente un interés de otra persona.

¿A quién le conviene la guerra?

¿A las fuerzas militares? Mayor guerra significa un mayor presupuesto, que implicará mayores contratos que redundará en mayores oportunidades de lucro personal —si asumimos militares corruptos—.  O por lo menos mayor guerra significa que las fuerzas armadas de Colombia tienen una razón de ser, así que los oficiales no quedarán desempleados.  La guerra misma es una opción de empleo para el pueblo de base, bien sea combatiendo con las fuerzas militares constitucionales, las guerrillas o el paramilitarismo ilegal.  Sin embargo evaluando la guerra como generadora de empleo puede ser una falacia porque la guerra misma, y más en las condiciones actuales en Colombia, mata muchas otras oportunidades de empleo.  Desde luego que estas otras oportunidades de empleo, como sería la pequeña y mediana empresa, son también amenazadas por elementos distintos a la guerra, y como tal, aunque la guerra garantiza una baja en la inversión, la no guerra no garantiza que esta inversión se dé.

Pero regresando a las fuerzas militares la guerra significa mayor presupuesto, pero también mayores gastos.  La guerra es una garantía de que las fuerzas militares tienen una razón de ser pero también convierte a cada militar en un blanco.  Tanteando la situación, pareciera que las fuerzas militares, al igual que las FARC, perciben como más substanciosa para ellas que la guerra continúe por un tiempo, así sea nominalmente.

¿Le conviene nuestros legisladores? Como grupo me atrevería a decir que no.  La guerra no le conviene al congreso ni a la clases política.  Ya vemos como los congresistas son secuestrados por las guerrillas o las autodefensas.  Pero el Congreso no es una entidad uniforme sino tan sólo un foro donde muchos intereses se discuten y sin duda hay y habrán congresistas que representen a casi cualquier cosa en el país, incluyendo a los grupos armados ilegales (guerrillas y _paras_).

¿Le conviene a las empresas estatales? No.  Si bien muchas empresas de servicios públicos pueden usar la guerra como excusa para subir sus tarifas, los altos costos de los servicios públicos no redundan en el interés de las empresas.  Si acaso en sus dueños, gerentes o sindicatos.  La reparación de infraestructura es un costo que encarece la operación y encarece los seguros.

Pero en últimas, la guerra le sirve a menos gente que la paz.  El problema es qué tipo de paz.  Mi pregunta inicial está entonces mal formulada.  El problema de la guerra no es a quien beneficia la guerra sino cómo logramos la paz, cómo lograr la paz que sea beneficiosa a los actores del conflicto y a los extras que somos todos los demás colombianos.

En cierta forma podríamos pensar que Pastrana no acabó con el proceso de paz porque la guerra le fuera más provechosa que la paz, sino porque el proceso en medio de la guerra empezó a ser menos provechoso que una guerra abierta, en vista de que la paz no se iba a conseguir.

Como ya mencioné, las FARC quieren una paz que les sea provechosa (políticamente, económicamente, lo que sea), y una simple desmovilización no les parece tan atractiva.  No con la experiencia de la Unión Patriótica.  Si las FARC se desmovilizan perderán poder aparentemente porque el pueblo no se volcará a votar por ellos en las circunstancias actuales (culpa de ellos dirán algunos, pero es la situación actual).  Sus banderas de lucha quedarán igualmente por el suelo, así que la simple desmovilización significa que no lograron ni lucro personal, ni poder político ni mejorar al país de acuerdo a su pensamiento.  Ante estas perspectivas continuar en la guerra puede ser darse la oportunidad a un largo plazo de obtener cualquiera de estas cosas… o rendirse finalmente cuando no puedan físicamente continuar.

Ante esta perspectiva de las FARC, el estado constitucional tiene que enfrentarlas.  No enfrentarlas sería rendirse.  Ahora, enfrentarlas puede significar un enfrentamiento netamente defensivo dejando que sean las FARC las que tomen las decisiones (aunque Gregorio crea que esto no es enfrentamiento), o emprender una ofensiva.  Esto no quiere decir que el estado tenga que limitarse a enfrentar a las guerrillas, sino que también es imperativo del estado el buscar una solución integral: negociar con las guerrillas sus banderas de lucha o quitárselas.

Los tres años de negociación en el Caguán fueron el resultado de la ingenuidad de nuestro presidente, y de muchos de los que lo apoyamos. El presidente fue ingenuo porque no entendió la magnitud de la empresa de consiliar los intereses de Colombia ante la comunidad internacional y de esta ante Colombia, del estado con los colombianos y las exigencias de las guerrillas.  La gran pregunta que le hicieron las FARC al presidente: “díganos qué es negociable”, el presidente no la pudo contestar porque no dependía de él ni de sus altos comisionados el negociar la deuda externa, el derecho a la propiedad, la libertad de empresa y el interés de  los votantes gringos, entre otros, con unos alzados en armas.

Sin duda Pastrana no se dio cuenta el pasado miércoles 20 de febrero que la negociación, tal como iba, era menos ventajosa que un enfrentamiento abierto… lo que necesitaba el presidente era encontrar una salida viable para continuar o una excusa para romper.

La salida viable para continuar era una tregua (y aunque no querramos reconocerlo, una tregua no puede ser concentrar a las FARC en el Caguán) pero ni el establecimiento ni los militares estaban dispuestos a pactar esta tregua en esas condiciones y las FARC le dieron la excusa: el secuestro del senador Géchem Turbay, a través del asalto a un avión comercial.

Termino por ahora.  Después discuto el papel de la comunidad internacional en la guerra y en la paz de Colombia.

— Carlos Th

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