Tomando SOPA

[The Producers poster] Un productor musical es una persona que acompaña al artista y lo complementa en sus falencias. Provee al cantante de una orquesta y provee a la banda de otros instrumentos que harán que su música suene más profesional. Graba, edita, crea un producto musical más allá de lo que el artista es capaz de hacer por sus propios medios. El productor acompaña al artista. Le aconseja qué temas tocar. Le sugiere nuevos autores. Conoce lo que el público quiere y aconseja al artista a lograrlo. Crea esa conexión entre el artista y el público. Trabaja de mano con las emisoras para que roten la música del artista. Lleva los CD a las tiendas de música. Conoce los canales de consumo para llegar a ellos liberando al artista de esa tediosa promoción y lograr que estos puedan pensar mejor en seguir creando y mejorando su presentación.

Un artista sin productor tiene que costear la grabación de su propia música. Tiene que usar sus propias uñas para promocionar su creación. Llamar a las emisoras, a las tiendas y a los demás canales de distribución para que su música se conozca. Sin poder contratar músicos que lo acompañen instrumentalmente ni editores musicales profesionales su trabajo no tendrá nunca el sonido de estudio profesional que el público requiere.

El productor es necesario en la industria y si desaparece frente a las nuevas amenazas tecnológicas los artistas y los consumidores perderán. El artista perderá oportunidades y el consumidor de música perderá calidad.

¿O no?

Hoy en día un buen computador personal puede convertirse en un estudio de grabación y un puesto de edición con calidad profesional. Los artistas pueden compartir pistas entre sí y un cantante puede recibir la colaboración de un guitarrista en algún otro lugar del ciberespacio. Las estaciones de radio y la televisión pública abierta no son los únicos espacios de promoción. Un buen producto o un producto que llegue al corazón de un público se puede promocionar a sí mismo gracias al voz a voz de las redes sociales.

En los años precedentes a la última revolución digital el sueño de un artista musical era contratar con una casa disquera, con un productor que hiciera todo lo que describí en el primer párrafo. Pero ese sueño estaba reservado para pocos. El negocio del productor consistía en tener pocos productos que pudiera comercializar masivamente. Tener estrellas. Fabricar estrellas.

El productor trabajaba también con unos pocos medios cerrados y controlados de distribución: emisoras de radio, televisión, tiendas de música.

El grueso de los músicos se veía rezagado a trabajar por su propia cuenta. Sin un productor. Como se describió en el segundo párrafo. Sin acceso casi a los pocos medios de distribución existentes. Sin sonar en la radio ni vender en las tiendas.

Las herramientas provistas tras la última revolución digital han abierto la posibilidad de que más artistas puedan acceder a medios alternos de distribución. Muchos artistas, incluso, han redescubierto que su posibilidad de obtener una subsistencia a partir de su música no viene de la cantidad de temas vendidos sino de la capacidad de ser contratados para tocar en vivo. Y con las nuevas tecnologías y los nuevos medios ya pueden obviar a la disquera para lograr ese reconocimiento.

Desde luego que el productor pierde.

O, más bien, el productor que basaba su modelo de negocio en la capacidad de controlar unos pocos y escasos medios pierde.

También pierde la estrella musical. Aquel que, gracias a sus productores, lograba un alto reconocimiento y contratos cautivos y que, gracias a ello, podía renegociar las condiciones para obtener un poco más de lo que el productor reserva para el grueso de sus artistas.

Esta tecnología que permite a los nuevos artistas tener canales alternos de distribución permite también otra cosa: que los usuarios generales compartan. Desafortunadamente para la industria fonográfica tradicional, los usuarios no se limitan a compartir la música independiente: también comparten la música de estrellas musicales.

Desde el inicio de la industria editorial los consumidores siempre han compartido. Los libros impresos se prestan entre amigos. Cuando la música empezó a grabarse y a distribuirse por medio de discos, los usuarios se prestaban e intercambiaban los acetatos. El cine logró un mejor control porque no vendía un producto que el público pudiera conservar para reproducir más tarde. [HTIKM campaign poster] Con la aparición de cassette (originalmente de audio y luego de video) el usuario tuvo la capacidad de hacer copias tanto para uso personal como para compartir con familiares y amigos. Y sí, también vinieron empresarios independientes que decidieron hacer copias para comercializarlas por fuera del control de las disqueras y los estudios.

Pero la industria de contenidos se mueve. Ese cassette que amenazaba la venta de un disco de acetato también provocó la aparición del walkman y la industria musical descubrió que era rentable vender los LP también en cinta. Los estudios descubrieron que después de la presentación en teatros de sus películas podían seguir obteniendo ganancias por el alquiler de VHS en las videotiendas. (Antes habían descubierto que la televisión no solo era una amenaza sino que podían venderle a las cadenas los derechos de transmisión de películas que ya habían terminado su ciclo en los teatros.)

Hoy los consumidores tienen más y mejores formas de compartir e Internet ha logrado que los usuarios establezcan conexiones con personas que no conocen pero comparten intereses. Yo conozco pocas personas en mi circulo social inmediato que se interesen en la construcción de lenguas o la historia alterna, pero gracias a Internet pude establecer contacto con personas en todo el mundo que comparten esos intereses. Y un interés que muchas personas comparten es el consumo de contenidos culturales como la música.

Pero los productores temen.

El negocio se les está escapando.

La capacidad de la gente de compartir permite a los nuevos artistas promocionar más fácil sus nuevas creaciones y buscar colaboración para llevarlas a niveles más profesionales sin la necesidad del productor. Pero también visibiliza la cantidad de extraños que comparten entre sí y de forma anónima productos cuya comercialización antes controlaban.

Es una falacia llamar piratería a este esquema.

La industria editorial y fonográfica siempre ha sabido que los consumidores que comparten se convierten en promotores que generan nuevas ventas. Ayudando muchas veces a conquistar mercados nuevos. El Jazz y el Rock no se convirtieron en música universal porque las disqueras de EE.UU. hubieran promocionado sus discos en tiendas y emisoras de todo el mundo sino porque los consumidores viajaban con su música y llegaban a nuevas regiones donde la música empezaba a gustar, originalmente sin ganancia para los productores pero eventualmente creaban el mercado donde estos productores podían tener ganancias adicionales.

El problema que enfrentaban los productores era cuando comerciantes independientes copiaban y vendían las copias dentro de los nuevos mercados o incluso en casa, capturando el mercado que el productor hubiera deseado.

Fueron estos empresarios independientes a quienes la industria editorial y fonográfica empezó a llamar piratas y a exigir a sus gobiernos y a gobiernos foráneos una legislación que protegiera sus propios intereses frente a estos piratas.

La industria no temía al usuario que compartía un libro o un disco, sino al que copiaba y vendía la copia al por mayor.

Pero llegamos ahora a una nueva revolución tecnológica. Una que favorece al usuario y al artista y productor independiente sobre una industria basada en controlar medios de distribución.

Esa industria que quiere llamarnos ahora a todos nosotros piratas. Una industria que pretende destruir cualquier medio de distribución que no pueda controlar. Y quiere hacerlo no porque sea el nido de empresarios independientes (piratas) que se lucren por fuera de su esquema de distribución sino porque ellos mismos se han quedado obsoletos.

Y de ahí viene la SOPA y la PIPA. Y viene el SINDE, el HADOPI, la #LeyLleras y demás legislación que bajo el pretexto de proteger a los propietarios intelectuales y combatir la piratería no son más que lobistas quieren obtener ganancias por demandar a los usuarios que promocionan gratis sus productos.

Leyes que no hacen nada, siquiera, para combatir a los empresarios que distribuyen por lucro obras copiadas sin el permiso de la industria de contenidos. Esos empresarios que acaso serían lo que podríamos llamar propiamente piratas.

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