Reflexiones legalizadas

[taza de café] Salvo cosas como el café o el chocolate no consumo regularmente ninguna substancia química que sea considerada una droga.  No fumo, salvo pasivamente y a regañadientes.  Soy abstemio por gusto frente al alcohol: no me gusta tomar aunque muy ocasionalmente acompañe una comida con un vaso de cerveza (250 cc, no una pinta) o una copa de vino.  Nunca he usado drogas recreativas ilegales y con cierta desidia me tomo las drogas medicinales que me han recetado.  Detesto que fumen al lado mío.

Por otro lado soy padre.  Tengo dos hijos que si bien hoy son lo suficientemente pequeños como para preocuparme en no pocos años podrían ser consumidores de substancias adictivas.  No me gustaría verlos convertidos en alcohólicos, fumadores empedernidos o drogadictos.

Dicho esto creo que pertenezco al segmento demográfico que más se opondría a la legalización de las drogas.  Mi libre desarrollo de la personalidad no se ve amenazada por la prohibición y, por el contrario, una legalización implicaría mayor disponibilidad de que mis hijos terminaran cayendo en la adicción.

Y, sin embargo, no me opongo.

Pensemos en una droga ilegal media como la cocaína y pensemos en los problemas sociales que conlleva su consumo teniendo en cuenta que ni es la más adictiva ni la más inocua.  Distintas drogas tienen distintos efectos y deberían estudiarse caso por caso.

La cocaína es un estimulante y como tal una persona bajo los efectos de la cocaína no tendría mayores dificultades para conducir, manejar maquinaria pesada u otras actividades sociales y productivas que requieran atención.  Cosa que no sucede con alguien bajo la influencia del alcohol.  El cocainómano puede ser más dado a un comportamiento temerario, pero eso también sucede con el alcohol.  En términos generales el consumo y los efectos directos de la cocaína no son más peligrosos para la sociedad que el de otras substancias legales.

A largo plazo, el consumo de cocaína produce problemas para la salud.  Pero, igualmente, si lo comparamos con drogas legales como el alcohol o la nicotina, el efecto no es particularmente mayor.  Así que desde el punto de vista de salubridad pública la cocaína tampoco sería una gran carga para la sociedad frente a lo que ya tenemos.

Los efectos estimulantes y temerarios de la cocaína son utilizados por ciertos delincuentes como una aliciente para cometer delitos como robos o asaltos, no relacionados con el tráfico o consumo del alcaloide.  Podría pensarse que de no haber estado presente habría ciertos delitos que el potencial infractor no hubiera cometido pero es difícil de cuantificar esto cuando nuevamente el alcohol es más utilizado en estos casos, y más disponible dado su aspecto legal.

La mayor parte de los problemas de intoxicación relacionados con la cocaína están realmente relacionados con las sustancias que se utilizan para mezclar el alcaloide y no con el alcaloide en sí.  La disponibilidad de una cocaína legal y regulada bien podría reducir una gran parte de este problema.

[Marlboro] El efecto adictivo de la cocaína es principalmente psicológico.  La abstinencia de la cocaína produce depresión, la cual puede evitarse con la continuación del consumo.  La nicotina, presente en el tabaco legal, es mucho más adictiva haciendo que ciertos centros del placer sean incapaces de funcionar sin una dosis de nicotina.

Sin embargo la depresión producida por la abstinencia de la cocaína puede ser un problema social más notorio que la ansiedad que produce la ausencia de nicotina.

Los otros grandes problemas de la cocaína, fuera de los efectos del consumo en sí, están relacionados con la ilegalidad.  Los productores de cocaína, al no poder disponer de una regulación estatal legal, tienen que acudir a su propia mano para garantizar su negocio.  Esto fomenta la creación de cárteles y de prácticas monopolísticas, las cuales, frente a la ausencia de competencia legal, permiten aumentar los precios y las ganancias.  En la producción y tráfico de cocaína hay mucha plata que se alimenta de la propia ilegalidad.

[Pablo Ecobar] Los altos precios hacen que el consumidor habitual gaste bastante dinero en mantener su vicio.  En ocasiones dinero que no puede obtener de forma lícita lo cual hace que el adicto sea más proclive a cometer delitos (no por el efecto embriagante de la cocaína, sino para obtenerla).  Estas ganancias terminan financiando estructuras ilegales que deben competir entre sí y que al no poder acceder a las estructuras de control de los estados, los lleva a utilizar el asesinato y otros métodos violentos como mecanismo de control.  El dinero se convierte también en poder corruptor, llegando a cooptar al estado.  Un funcionario íntegro podría no hacer mucha diferencia porque lo pueden matar y reemplazar por un funcionario menos escrupuloso o, por lo menos, que aprecie mejor su propia vida sobre sus posibles valores.

¿Por qué mantener la droga como ilegal?

Es claro que una simple reforma en el código penal que elimine como delito la producción y el tráfico de drogas hoy ilegales no ayuda mucho.  El negocio está hoy en manos del crimen organizado y aunque se legalice la droga no cambiará su mentalidad mafiosa.  La legalización bajo este escenario sería quitarle al estado una herramienta, un motivo más, para controlar al crimen organizado.

Mientras tanto habrá mayor oferta.  Tal vez un poco más económica, pero mayor, sin que se garantice una mejor calidad.  La muy legal y regulada industria tabacalera bien nos muestra cómo las ganancias obtenidas por el vicio de la población baja los escrúpulos de los empresarios quienes han buscado productos más adictivos y contratado científicos mercenarios para desvirtuar los estudios que muestran los riesgos del tabaco.

Más oferta, calidad igual de mala y la producción en manos de empresas con mentalidad mafiosa parece ser un caso peor que el actual de prohibición.

La legalización no puede hacerse sin una oferta completamente legal y comprometida que contrarreste cualquier interferencia mafiosa, pero para que esta oferta legal funcione debe haber una demanda que la haga rentable y ese tampoco es un escenario deseable.

Si bien la cocaína en sí no es mucho más peligrosa que el alcohol y el tabaco, está lejos de ser una substancia inocua.  Aumentar el consumo no es deseable.  Si no se aumenta el consumo hay menos incentivos para que un empresario legal quiera entrar a un negocio en el que tendrá que competir con mafiosos, así pueda en teoría contar con la protección del estado.

Las despenalizaciones parciales pueden llegar a ser soluciones aún peores: dejar completamente legal el consumo y la venta al detal pero dejar ilegal la oferta al por mayor (necesaria para suplir a los minoristas) desestimula completamente a cualquier empresario que quiera permanecer 100% en la legalidad.

La persecución actual a la producción y tráfico de estupefacientes no es buena, pero es muy difícil encontrar una alternativa.

 

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