No hay nada gratis

Un conocido aforismo nos dice que no hay nada gratis. Todo tiene un costo. Todo lo paga alguien.

Otras personas en su afán de mostrar que todo socialismo es un desastre se empecinan en mostrar por qué los socialismos exitosos no son realmente socialismos. China se convirtió en la tercera economía mundial después de Estados Unidos y la Unión Europea (segunda si contamos los países de la U.E. por separado) porque son socialistas sólo de nombre y realmente son capitalistas; o los países nórdicos no son realmente socialistas porque hay libertades económicas.

Recientemente Finlandia suspendió un experimento: la renta básica garantizada, porque falló. No dio los resultados esperados. Falló de la forma como los abogados del libre mercado y el anarco-capitalismo vaticinaban: darle un sueldo a una persona independientemente de si trabajaba o no, elimina el incentivo al trabajo y con ello disminuye la calidad de vida.

Pero este experimento de la renta básica garantizada, es uno que falla entre muchos experimentos que han sido más o menos exitosos y que van en contra de la teoría libertariana.

No hay nada gratis,

Pero un padre sueco no tiene que preocuparse por la matrícula de sus hijos. No sólo tienen los niños residentes en Suecia (suecos o no) sus estudios garantizados, sino que eso no les cuesta a los padres una corona. Ni tienen que gastar en útiles escolares. Y además los niños reciben un almuerzo. Adicionalmente, los chicos tienen derecho a una tarjeta de transporte que les permite viajes ilimitados en el transporte público local entre semana. Y, encima de todo, le pagan a los padres de niños pequeños un subsidio por tener a sus hijos estudiando, dinero que va directamente a los niños cuando cumplen cierta edad.

Desde el punto de vista de los padres, más gratis que eso no puede ser.

Sí. Los maestros reciben un salario. Y el personal de la cocina y cafetería. Y quienes se encargan del mantenimiento de la planta física de las escuelas. Y los burócratas que se encargan del papeleo y de visitar a las familias que, por alguna razón, no han registrado a sus niños en la escuela. ¿Quién lo paga? Pues los mismos suecos, a través de impuestos.

Ahora, una familia con tres hijos, la madre chofer de bus y el padre desempleado, probablemente pague en impuestos mucho menos de lo que sus hijos reciben en educación y el padre en subsidio de desempleo (por no hablar de ciudades limpias, autopistas sin peajes, etc.). Una alta ejecutiva soltera y sin hijos, con un buen salario, por el contrario, estará pagando más impuestos de los que recibe en beneficios. Sí, la ejecutiva está subsidiando a los niños del papá desempleado.

El grueso de los impuestos que se convierte en subsidios, ayudas, servicios gratuitos como educación, salud y autopistas, lo pagan las grandes industrias. Bueno, al menos las industrias que no se «domicilian» en Liechtenstein o Mónaco.

Dentro de mi definición de socialismo, eso es socialismo: el estado se asegura de que las necesidades de la población sean resueltas (educación, gratuita hasta educación terciaria, salud, mantenimiento de la ciudad, autopistas, etc.), dando a cada uno de acuerdo a sus necesidades, y tomando de cada uno de acuerdo a sus posibilidades.

Y para los grandes contribuyentes, por ejemplo los grandes empresarios, es buen negocio. Una población educada significa buenos empleados que saben hacer bien su trabajo. Una población educada significa buenos clientes en el mercado interno. Buenas vías que le permiten mover sus mercancías, y que sus empleados y sus clientes lleguen a donde se producen y se venden sus bienes.

Los anarco-capitalistas dirán que el estado sigue sobrando como intermediario. Que la empresa podría construir las vías y contratar el mantenimiento sin invertir en una burocracia gubernamental al pagar impuestos. Incluso podría pensar que el trazado de las vías construidas de esta forma sería más óptimo para las necesidades de la empresa: vías que realmente sirva a sus empleados y clientes, a sus proveedores y sus mercados, y no que parte de lo que pagan en impuestos se destine a pavimentar vías de quienes no serán empleados, clientes o proveedores.

Y no es que el estado sueco esté libre de corrupción. De cuando en cuando hay titulares en los periódicos de que tal funcionario desfalcó tantos millones de coronas al estado. Suecia también tiene su cuota de elefantes blancos: grandes obras que costaron mucho y sirven a muy pocos, o no sirven y tuvieron que abandonarlas.

Pero, con todo y eso, las empresas suecas, y los millonarios suecos, siguen pagando impuestos en Suecia y apoyando a los gobiernos social-demóctratas, porque prima una visión de sociedad integral, que una visión de lucro individual. Porque entienden que gran parte del éxito individual es parte del éxito como sociedad.

La jornada laboral está entre 30 y 35 horas a la semana. Y el trabajador medio rinde lo mismo que un trabajador estadounidense que trabaja 48 horas a la semana, o un japonés que permanece en la empresa 60 horas a la semana. En parte, tener jornadas más cortas y descansadas es una motivación para lograr su cuota de producción dentro de esas pocas horas y salir a aprovechar su tiempo libre en otras labores. El japonés, por el contrario, su tiempo libre es la empresa, donde nadie lo afana para producir más allá de su cuota. ¿El resto? Juegue Tetris o duerma en la oficina, lo que es socialmente aceptable.

Más tiempo libre y un buen salario (que trabaje menos horas no significa que gane menos si igual produce lo mismo), es más consumo de ocio, lo cual significa un mercado para la industria del ocio, lo cual significa más empleos y más ganancias para otros empresarios. El éxito de la sociedad como conjunto (una idea socialista) repercute en el éxito individual, no sólo de los empleados de cuello azul de la sociedad, sino de los grandes y pequeños empresarios.

Ahora. Esta social-democracia está cimentada en un sistema capitalista con importantes elementos de libre competencia, libre mercado y otras libertades económicas. Esto funciona si hay grandes empresas que paguen sin problema sus impuestos. Funciona con millonarios que paguen impuestos. Si a la empresa no le gusta pagar impuestos, hay países como Liechtenstein y Luxemburgo que con gusto registran las empresas como locales cobrando impuestos mucho más bajos. Si un millonario no le gustan tantos impuestos, bien compra una casa en Mónaco o en Suiza donde los impuestos son más bajos y la registra como su residencia permanente. Gran parte de las operaciones internacionales de empresas suecas como Ericsson, Volvo o Ikea, están domiciliadas fuera de Suecia. Pero hay todavía suficientes empresas suecas y millonarios suecos pagando impuestos, por no hablar de los propios suecos que pagan uno de los IVA más altos del mundo (25%) y compran sus bebidas alcohólicas por medio del monopolio que mantiene el estado.

No hay nada gratis. Un sueco que no ahorre nada de lo que se gana, que se lo gaste todo, está destinando una de cada cinco coronas que gana a pagarle al estado por la educación de sus hijos (o de los hijos de otros), por su salud, por las autopistas que use (o no use), etc. Más de una por cada cinco coronas si le gusta beber mucho. Y esos servicios: educación, salud, vías, etc. los usará cuando los necesite, sin preocuparse del costo. Lo paga con un menor salario del que el empleador podría ofrecerle si el empleador tuviera que pagar menos impuestos (porque definitivamente lo que un empleador se ahorra en impuestos se lo paga a los empleados como salario). Lo paga como sociedad y recibe como parte de la sociedad.

Y funciona.

Tal vez un día el estado se permita cambiar el subsidio de desempleo (y sus condiciones) por una renta básica asegurada (con condiciones distintas). Y fracase como fracasó en Finlandia. Tal vez se extienda un beneficio y se cancele otro. Pero la esencia no cambia: una visión de la sociedad como conjunto con un fuerte componente de «a cada quien según su necesidad y de cada quien según su capacidad», fundado sobre un capitalismo de libre mercado con respeto a la propiedad individual y a las libertades económicas.

¿Funcionaría en Colombia?

Es más complejo.

El estado sueco no es libre de corrupción, y cuando un funcionario roba, roba bastante. Pero es ocasional. Aquí en Colombia la corrupción es sistemática e incluye a funcionarios de todos los niveles. Ha sido tan sistemática la corrupción en nuestros países que hasta los años 1980 una empresa sueca podía deducir de sus impuestos los sobornos que pagaba en nuestros países. Una sociedad tan moralista frente a lo público, veía los sobornos en países tercermundistas como parte de hacer negocios. (Desde luego esas exenciones las desmontaron cuando les hicimos ver su hipocresía.)

Porque eso es lo otro. La corrupción en Suecia es vista como un delito contra el pueblo. Es algo que el pueblo no acepta. Aquí es vista como algo cotidiano. Mientras no se robe mucho es aceptable: hoy por ti mañana por mí. Es aceptable que un policía de tránsito se deje untar, porque tal vez mañana yo pueda librarme de una multa untándolo.

Y por ello mismo desconfiamos. Si nos van a subir nuestros impuestos para que más niños puedan tener educación de calidad, estamos ya anticipando quién se robará esa plata, y luego, los que tenemos la capacidad de pagar esos impuestos, también estamos en capacidad de pagarle un colegio privado a nuestros hijos, así que ¿para qué debo pagarle el colegio a los hijos de los pobres? ¡Que trabajen ellos!

Comenzar una política social subiendo impuestos, en un país como Colombia, con nuestro grado de corrupción estructural, con la desconfianza que nos tenemos, lo que genera es una fuga de capitales. Meter de una toda la gratuidad de servicios suecos en Colombia sería insostenible con los impuestos recolectados y subir los impuestos ahuyentará a los contribuyentes.

Hay otro posible camino. Un atajo. Nacionalizar nuestra principal fuente de divisas, por ejemplo la extracción de hidrocarburos, y con esa chequera, el estado financiaría todo. Ese es, por ejemplo, el secreto de los reinos y principados del golfo. La familia reinante es también la dueña del petróleo, y con lo que gana tiene para subsidiarle la buena vida a sus súbditos. Chávez intentó eso en Venezuela, justo cuando el petróleo pasó de menos de 30 dólares el galón a más de 150. Tan rentable resultó PDVSA que ni siquiera era necesario administrarla bien y de ahí salieron ayudas para Cuba y para gobiernos y candidatos amigos en América Latina. Cayó nuevamente el precio del petróleo y todos los gastos que cubría PDVSA, dentro y fuera de Venezuela e incluyendo su propia ineficiencia, no pudieron cubrirse y el castillo de naipes del Socialismo del Siglo XXI se desmoronó.

Pero que sea difícil implementar un socialismo (del Siglo XXI o de estilo socialdemócrata nórdico) no significará que sea imposible, y menos con una visión a largo plazo. El camino venezolano, que es una mala copia del modelo petrolero árabe, no es fácil de adoptar en Colombia porque no existe un recurso único lo suficientemente rentable. Y el modelo nórdico tiene todo ese problema de credibilidad y que, igualmente, no existen industrias tan poderosas como Ericsson, Volvo o Ikea que puedan jugársela de la mano con un cambio. Bavaria es ahora Anheuser-Busch, una empresa cuyo centro de operaciones está fuera de Colombia. Nuestros otros dos billonarios (junto a Santo Domingo, otrora accionista mayoritario de Bavaria, hoy accionista minoritario de Anheuser-Busch), Ardila Lülle y Sarmiento Angulo, son alérgicos a la izquierda, y el Sindicato Antioqueño, no es tan alérgico pero prefieren apostarle a otros caballos.

Veo muy difícil que un próximo gobierno de izquierda pueda llevarnos de la mano a parecernos un poco más a Suecia, junto con el apoyo del empresariado colombiano. Sin ese apoyo, no nos convertiremos en Venezuela, pero básicamente habría un estancamiento entre no lograr las políticas prometidas o una fuga de capital (y probablemente ambas). Veo difícil pero no imposible. Y no veo a Gustavo Petro como la persona capaz de liderar este proceso.

En cuanto al candidato del establecimiento, Iván Duque, su referente no es el socialismo democrático de corte nórdico. Más bien tenemos a un discípulo de la escuela de Washington haciéndose pasar por godo uribista; pero, básicamente, a un producto del establecimiento que no hará nada drástico que amenace a este establecimiento.

Así que, no hay nada gratis. Y por ahora, pensar en algo lo suficientemente gratis que salga de nuestros impuestos que pagaríamos gustosos no lo veo cercano.

¿Hubo fraude en los E-14?

¿Hubo fraude sistemático a favor de Duque?

Ves los reportes de formularios E14 adulterados. Vas a la página de la registraduría visor.e14digitalizacion.com, buscas el departamento, municipio, zona, puesto y mesa reportados y sí. Esa imagen con el 6 adulterado o el 104 todo raro es real. Compruebas uno y otro y sí.

¡Ojo con el sesgo de confirmación!

Con sólo ver esa imagen hay tres totales que normalmente coinciden: el conteo del número de votantes (arriba a la izquierda), es tomado del formulario E11 (registro de votantes) donde marcan cada uno de los votantes registrados que llegaron a la mesa. El otro total es el número de tarjetones en la urna. Se abre la urna y se cuentan todos los tarjetones. Se anota el total. Ocasionalmente hay más tarjetones que votantes. Se puede contar nuevamente para asegurarse que no fue un error de conteo. Si la discrepancia persiste, se selecciona aleatoriamente algunos tarjetones para incinerarlos. Esto debe hacerse antes de mirar por quién fue el voto, para evitar suspicacias. Los seis jurados deben estar seguros y, por lo general, llamarían al registrador delegado y a los testigos que haya cerca. (O no.) Esto se conoce como nivelación de mesa.

El tercer total es la suma de todos los votos (por candidato, en blanco, nulos y sin marcar). Se anota esta suma. Casi siempre estos tres totales coinciden. Lo primero que debes ver, tras cada formulario sospechoso es ver si los tres totales coinciden y si la suma sí es la suma reportada.

Estos números se anotan en tres lugares diferentes: dos formularios E14 y otro que no recuerdo el nombre. Uno de los formularios E14 se entrega al registrador delegado para que suban los datos al sistema y escaneen para el registro. Ese es el que vemos en la página de la registraduría.

¿En qué momento ocurre el presunto fraude? Si son los jurados (usualmente seis desconocidos que firman con su cédula al final del documento) no tendría mucho sentido que pusieran el número real, luego lo enmendaran, y después sacaran los totales. Es más fácil manipular los números desde el principio. Cuando los tres totales coinciden y efectivamente la suma (enmendada) equivale a los totales, significa que antes de la enmienda la suma no coincidía. La enmienda fraudulenta debería hacerse en varios lugares, pero en todos los casos señalados ocurre sólo en uno.

Si es el registrador delegado. Lo mismo. Tiene aún menos campo de acción porque sí tendría que enmendar en varias partes (p. ej. sumarle votos a Duque y enmendar los totales, o sumárselos a Duque y quitárselos a alguien más). Pero todos los documentos aportados como prueba del fraude la enmienda es en una sola línea.
Tiene más sentido entonces pensar que lo que la enmienda no sea un fraude sino la corrección de un error de transcripción.

Pero ¿Por qué es tan sistemático y a favor de un sólo candidato?

Porque sólo estás verificando los formularios que publicaron con el objetivo de que tú los verifiques.

Uno de los casos que circula: en una mesa en Santa Marta, aparece un 104, donde el 1 y el 0 son claramente manipulados. Fui a la pagina de la registraduría y sí, ese formulario es real. Pero los totales cuadran con el 104, no cuadrarían con un – – 4. Observamos, debajo de los 104 votos reportados a Duque hay ––4 votos reportados a De La Calle, y arriba ––1 votos reportados al comité promotor del voto en blanco. Mi tesis. Quien estaba transcribiendo los resultados se equivocó de línea y luego enmendó.

Pero les he estado hablando de sesgo de confirmación. Hagamos otro experimento. No busquemos los formularios que nos piden verificar. Busquemos cualquier otro. Me puse a ver los formularios de las otras mesas en ese puesto de votación en Santa Marta y lo que noté es que en las mesas aledañas hay un número similar de sufragantes (y totales de votos), ciento y pucho de votos para Petro, entre 80 y 100 votos para Duque, y los otros votos más modestos para las otras categorías. Y en ninguno de ellos hay evidencias de adulteración. La tesis de que sean 104 votos es más consistente que la tesis de que hayan sido sólo 4 votos. Sobre todo cuando los tres totales coinciden con los 104 votos y no coinciden con los 4 votos.

Por interés propio miré mi mesa de votación. Y ya que mi esposa y mi hermana votaron en el mismo puesto (y misma mesa) fui a ver el de ellas. Pero ya que tenía la página abierta, decidí mirar todas las 48 mesas del puesto.

Descubrí 3 enmiendas evidentes. Una por Duque (¿lo subieron de 12 a 140 votos?). En otra mesa hubo un 3 hechizo para 32 votos a favor de Vargas. Y aquí adjunto un 09 convertido en 49 para Petro. En todos las sumas cuadran con los totales. En todos, las cifras enmendadas son consistentes con las mesas aledañas.

En otras cuatro mesas hay discrepancia entre el número de votos en la urna y el número de votantes en el registro. En dos de las mesas hay un votante más que votos y en las otras dos mesas un voto más que votantes. Un caso curioso: las mesas 6 y 7. Los jurados anotan explícitamente que un sufragante de la mesa 6 depositó por error su voto en la urna 7. En la mesa 11, anotan que una votante dejó el tarjetón en el cubículo. En la mesa 4 no dan explicación del voto de más, sólo el registro de un voto incinerado. Pero la suma reportada de votos coincide con el número de votos antes de incinerar. Pero la suma real de los números reportados coincide con el número de votos después. Aparece en esa mesa que hubo reconteo a solicitud de los observadores de Duque y de Petro.

Tres enmiendas en 48 mesas. Esto es un 6,25%. En el país (y consulados) había un total de 97.663 mesas. De extrapolar la tasa de error estaríamos hablando de 6.104 formularios con enmiendas. Hay once posibles sitios donde pudiera haber un error, así que fácilmente, de haber una distribución uniforme, habría más de 550 formularios con un error sistemático a favor de un determinado candidato. Igual pienso que no es uniforme: es más probable que haya errores a enmendar en las líneas más votadas.

Pero ¿Por qué aparecen tantos favoreciendo a Duque y apenas unos pocos favoreciendo de Petro, o a Fajardo, o a De La Calle? Si fueran muestras aleatorias debería reflejarse.

Porque estás siendo manipulado. Alguien con una bodega de operadores buscando información específica tiene tiempo para distribuir la tarea, buscar en la mayor parte de los noventa mil documentos para ver cual tiene algo destacable que denunciar. Como tienen un propósito ignorarán las enmiendas que no sean a favor de Duque, y luego publicarán todo lo cuestionable que vean para hacer quedar mal la campaña del CD.

Cuando la registraduría ha visto los casos puntuales, ellos pueden ver no sólo la copia escaneada, sino la copia que va para escrutinio y lo que encuentran es que coinciden los valores y que la enmienda está en un solo lado.

Facilito de dónde tomé la imagen que publico aquí, para que vean los detalles que quieran ver (estilos de letras, anotaciones, etc.) 2268418_E14_PRE_X_16_001_011_XX_17_043_X_XXX.pdf

Predicciones petroduquistas

Mi predicción:

  • pase Duque o pase Petro, el país no se acabará y en cuatro años estaremos eligiendo a otro presidente. Sí, a otro. Ninguno va a cambiar la constitución nuevamente para aprobar de nuevo la reelección, o para permitir reelegir a algún expresidente.
  • A Santrich lo extraditan. El muy huevón se le ocurrió que podía seguir con el negocio. La diferencia será en qué tan expedita sea el trámite una vez se dé vía libre.
  • El acuerdo con las FARC continúa, con algunas reformas cosméticas si sube Duque.
  • Ni el expresidente Uribe ni el expresidente Santos serán condenados a nada. Ni el candidato que pierda, quien asumirá su papel en el Congreso.
  • Habrá un intento fallido de reforma a la justicia. Con Duque además un intento fallido de reforma al congreso.
  • Seguiremos en la OCDE, pero variará el grado de compromiso y ciertas prioridades. Petro buscará dilatar todo lo que no sea imperativo.
  • Peñalosa no licitará el Metro de Bogotá. Pero si sube Petro culpará a Petro. Si no, simplemente no dirá nada. Lo que sí hará es alguna licitación sobre alguna obra accesoria que haga bastante difícil que el próximo alcalde haga el metro.
  • Con Duque se mantendrá la jurisprudencia actual sobre matrimonio y adopción igualitaria. Petro sí intentará avanzarla más.
  • No habrá fracking ni minería en los páramos. Pero Duque otorgará tantas licencias mineras como pueda dadas esas dos restricciones.
  • Si llegare a pasar algo grave en Venezuela (guerra civil, invasión), Colombia se declarará neutral con cualquiera de los dos.
  • Seguirá el tire y afloje con respecto a los diálogos con el ELN. Ambos combatirán a las disidencias de las FARC, y a las Bacrim, aunque variará el enfoque. Duque se cuidará de los falsos positivos porque sabe que lo tendrán bien vigilado en ese aspecto.
  • Habrá muchas diferencias en la orientación del gasto público, la reacción de los mercados, si la política social se enfoca en asistencialismo o empoderamiento, etc. Petro tendrá más dificultad para lograr alianzas en el congreso, pero tratará de que importe lo menos posible.

Y pensando que el país no se arruinará en un sentido o en el otro, me veo muy tentado a seguir el consejo de mis amigos anarquistas. El país será el que yo cree con mis actos, no el que un político decida.

Constituyendo un Petro

En 1990, el consejo electoral de entonces (creo que no se llamaba así) no aprobó la séptima papeleta. Los promotores de la misma aún así la promovieron y, finalmente, la Corte Suprema de entonces (no existía una corte constitucional) le dio validez, considerando que el mandato popular por la séptima papeleta había sido claro. Eso dio vía a un referendo/elección sobre si se convocaba una Asamblea Nacional Constituye, que se llevó a cabo en diciembre de 1990.

La participación en ese referendo fue muy inferior a la votación por el congreso que se había hecho en marzo, pero el voto a favor de la Asamblea fue claramente mayoritario y la Corte Suprema, de nuevo, consideró el proceso válido y considero que la Asamblea así constituida era válida y soberana. Como soberana, disolvió al Congreso y terminó redactando una nueva Constitución.


Veo cierto temor a si Petro podrá convertirnos en Venezuela. Primero, no todo experimento de izquierda ha sido tan desastroso como el venezolano. Ecuador y Bolivia, por sólo hablar del «Socialismo del Siglo XXI», no son paraísos pero tampoco fracasos. En muchos aspectos son hoy sociedades más estables y modernas que antes de que asumieran Correa y Morales. La sola palabra socialismo no predice nada. Escandinavia ha estado regida por partidos socialdemócratas y tienen hoy índices de libertad económica y calidad de vida muy altos. Desde luego Petro no es un Olof Palme y no ha ocultado su admiración por Chávez.

La pregunta es, si tuviera el poder, ¿Petro nos llevaría por el camino de Chávez y Maduro? ¿Por el camino de Correa y Morales? ¿O por el camino de la socialdemocracia escandinava?

Pero la otra pregunta es, si Petro llega a la presidencia, ¿tendrá el poder para cambiar el destino de Colombia a su acomodo?

Lo primero, Petro entraría con un congreso mayoritariamente en contra. Una gran parte de su baja ejecución como alcalde de Bogotá fue la oposición en el Concejo. Un presidente en Colombia tiene mayor autonomía presupuestal que un alcalde pero igual tendría que hacer pactos con un congreso clientelista u oligarca.

Si no puede contar con el congreso, la alternativa sería saltarse al congreso. Petro ha expresado su deseo de convocar a una constituyente, pero ¿Puede hacerlo? No con el Congreso en contra, la Corte Constitucional en contra y el Consejo Electoral en contra. Sí, una constituyente sería soberana y podría disolver al Congreso, a la Corte Constitucional y al Consejo Electoral, pero no podrá ser convocada en primer lugar si el Consejo Electoral no colabora, a motu propio o mandado por el Congreso o la Corte.

Al menos no el 8 de agosto de 2018. Tiene cuatro años para enmermelar al Congreso o a la Corte, o para hacerse al control del Consejo Electoral. Y con oposición de los medios, la oligarquías políticas y los poderes económicos, aún así no le será fácil.

Chávez también tenía la oposición de los medios y los poderes económicos, dirán. Pero Venezuela es un país tremendamente dependiente del petróleo. Chávez solo tuvo que lograr el control de PDVSA y con eso comprar los apoyos suficientes en los puestos claves del poder para iniciar su camino de reformas. Correa y Morales también lograron introducir algunas reformas políticas importantes pero no las suficientes para cambiar el modelo económico que en gran medida continuó intacto.

Petro no me inspira confianza. Tiene algunas buenas ideas pero también algunas ideas que de lograr implementar no serían muy convenientes. Pero no me asusta. Incluso creo que una reorientación a las prioridades del país que pueda introducir Petro, estarían en el camino correcto y tras cuatro años podremos evaluar y decidir si seguimos con la idea o nos regresamos.

Siento que la mayor parte del discurso anti-petrista es paranoia. Tanto sobre sus posibilidades de ganar (con votos comprados por Maduro y las FARC) como sus posibilidades reales de desbaratar al país si llegare a ganar.

Y algo que los anti-petristas ignoran es por qué Petro genera tanta esperanza en tanta gente. No, no es que sea un pueblo ignorante que quiera todo regalado. Pero pensar así es fácil. Es ignorar nuestra responsabilidad en haber creado y criado un pueblo que ve en Petro su mejor esperanza.

Doñaflorindos

La idea de que un pobre asalariado no debería votar por la derecha o si no es un traidor de clase, o sufre de síndrome de Estocolmo o síndrome de Doña Florinda es partir de una retórica de conflicto empleado-empleador y desconocer que somos personas complejas y desconocer que hay más razones que sólo prebendas laborales.

Una buena parte de la izquierda se presenta como la abogada de causas. No sólo la causa del pobre asalariado, también la de las reivindicaciones de género y raza, la de las causas animalistas y ecológicas y, en últimas, la que quiere meterle la mano a todos los aspectos de nuestras vidas con la mejor intención. Para muchos asalariados pobres, para muchas mujeres y para muchos en las minorías LGBT*, para muchos negros e indios, esas buenas intenciones no son suficientes frente al peligro que los bienintencionados representan: poner al estado a inmiscuirse en nuestras vidas.

No todo empleado ve a su empleador como el enemigo a vencer. Si esa mentalidad fuera general y se reflejara en las urnas, mientras haya más empleados que empleadores ganarían una y otra vez los candidatos de izquierda, legislando lo que los sindicatos han obtenido negociando y, como el empleador es el enemigo, aumentando salarios por ley y cobrando más y más impuestos a la industria hasta que se ahoga la industria y está quiebra o se va. Entonces no habrá empleos, ni quién pague los subsidios de desempleo, y muchos desempleados se convertirán en empresarios independientes informales porque formalizarse es oneroso. Hasta que haya más empresarios que empleados y empiecen a votar por la derecha.

Sí. Mucho asalariado pobre prefiere ser agradecido con su empleador a ver a su empleador como el enemigo de clase. Mucho pequeño empresario y trabajador independiente prefiere un estado que lo deje trabajar que uno que, por supuestamente proteger al trabajador, ponga trabas y controles. Muchos empleados son hermanos, padres, hijos, de pequeños empresarios independientes. Y muchos de ellos ven en la derecha que promete no inmiscuirse un mejor aliado que la izquierda que promete proteger al empleado.

Y cuando esa izquierda prefiere tratar a los pobres que no la apoyan de tarados, traidores, o doñaflorindos, significa que esa izquierda no conectó con ellos ni les interesa.

Y de eso se trató en gran medida el triunfo de Trump en 2016. Y es por eso que Duque está más adentro que afuera del Palacio de Nariño.

Por los próximos cuatro años

Mi primera reacción el pasado domingo 25 de mayo, cerca de las cuatro y veinticinco de la tarde cuando ya habían publicado el boletín #4 de la registraduría con el preconteo de más del 10% de las mesas y ya era clara la situación, es que no había una verdadera alternativa para la segunda vuelta. El opositor de derecha Óscar Iván Zuluaga Escobar y el presidente en ejercicio Juan Manuel Santos Calderón encabezaban la votación y los siguientes boletines lo fueron confirmando. Zuluaga con casi un 30% de los votos y Santos con poco más del 25% pasarán a votación en segunda vuelta.

No soy antiuribista, pero el uribismo no me gusta. No soy antiuribista porque no me defino en oposición a Álvaro Uribe Vélez y su doctrina y legado. Reconozco logros en su administración. Reconozco la oportunidad histórica de su mandato. Dependiendo de la coyuntura política no vería problema alguno en darle mi voto a Uribe frente a alternativas menos deseables. O en darle mi voto a un candidato uribista. Por ello mismo no tuve una reacción inmediata a que hay que votar por Santos para atajar a Zuluaga. No es mi razón de ser política, ni mucho menos, atajar al uribismo.

Pero hay cosas de la campaña uribista que no me han gustado como las mentiras sistemáticas en contra del gobierno y del proceso de paz de La Habana. No es que yo crea en el proceso de paz en La Habana. Ya antes me había expresado en que no creo que el gobierno de Santos sea el interlocutor ideal de parte de la ciudadanía y la institucionalidad colombiana. Pero una cosa es expresar opiniones, opiniones informadas y hechos basados en evidencia y otra muy distinta es armar hombres de paja y hacer insinuaciones francamente mentirosas como decir que Santos y Timochenco están entregando el país al Castro-chavismo, o jugar a ser la víctima de una conspiración del gobierno que tiene las mismas evidencias que las armas químicas que Bush encontró en Irak.

La satanización de la oposición durante el gobierno de Uribe es otro punto al que, como pirata, me opongo. No he estudiado a fondo las propuestas de Zuluaga, pero el estilo de campaña desarrollado por Uribe y otros de sus escuderos me hacen ver que esto es aún peor que durante su gobierno. El sistemático desconocimiento de la institucionalidad tales como no presentar pruebas a la Fiscalía de las acusaciones presentadas en contra del gobierno o anunciar que se desconocerán las elecciones por fraude del gobierno aun antes de que estas se celebrasen (hablo de la campaña, porque Zuluaga declaró en los debates que sí reconocería los resultados). La promesa de levantar la mesa de negociación en La Habana o de condicionarla a requerimientos que se sabe que las FARC no van a aceptar es otro asunto que juega en contra de Zuluaga y su campaña del uribista y derechista Centro Democrático.

Todas esas son cosas que cuentan para que no me sienta a gusto dándole mi voto a Óscar Iván Zuluaga Escobar, candidato de Centro Democrático.

Por otro lado está el candidato de gobierno, el actual presidente Juan Manuel Santos Calderón. Como con todo gobierno que conozco, Santos ha tenido aciertos y fracasos. Hay actuaciones con las que he estado de acuerdo y actuaciones en las que estoy en franco desacuerdo. Pero, en mi opinión, pesan más los desaciertos que sus logros y, particularmente, que lo que escogió como bandera de su reelección.

Santos tiene un modelo de país en su cabeza y, en muchos aspectos, comparto esa visión. Pero tiene un gran problema de fondo de creer que ese país lo va a lograr a punta de acuerdos y de quedar bien con todo el mundo porque por ese camino lo que logra es prostituir su modelo y quedar mal con todos. Logró mayorías en el congreso en lo que se conoció como la aplanadora: una pieza de maquinaria que le permitía pasar casi todos sus proyectos pero que requiere un mantenimiento enorme; lo que siempre se conoció como aceitada pero que pasó a llamarse la mermelada.

Esa forma de hacer política no es nueva de Santos. Uribe la practicó y por ello suena irónico cuando la campaña del Centro Democrático esgrime a la mermelada como estrategia anti-Santos. Sonaría irónico si no es porque los uribistas lo creen. Y Uribe practicó ese método con Zuluaga de Ministro de Hacienda. Y antes de Uribe, lo usó Pastrana, y Samper, y Gaviria, y los gobiernos anteriores a la constitución de 1991 cuando se reconocían legalmente los así llamados auxilios parlamentarios.

Y sí, Santos ha usado el presupuesto de la nación, tramitado por los congresistas, para que estos dispongan de obras para sus regiones a cambio de pasar proyectos de ley. Juan Manuel Santos ha sistemáticamente criado una clase política que actúe en masa y, aun con ello, ha sido incapaz de lograr reformas claves como la reforma a la Salud, la reforma a la Justicia y la reforma a la Educación porque en su afán de afinar su maquinaria dejó por fuera al ciudadano de a pie, a las personas que reciben la salud, la justicia y la educación y a los profesionales que las aplican.

La implementación del tratado de libre comercio con los EE.UU., negociado durante la administración de Álvaro Uribe, trajo imposiciones sobre propiedad intelectual que favorecen al gran capital estadounidense, mismo gran capital contra el que se alzó el movimiento Occupy Wall Street, y no a los productores locales de semillas o de contenidos digitales, entre otras.

Yo creo en el libre mercado, pero creo que el libre mercado debe ser libre tanto para el gran productor como para el pequeño productor y debe ser libre para el gran consumidor y para el pequeño consumidor. Un libre mercado enfocado a favorecer al gran productor sobre el pequeño consumidor es una perversión del modelo y ahí encuentro diferencias fundamentales entre lo que propone Juan Manuel Santos y lo que yo creo. (Por cierto: una evidencia más de que Santos no es castro-chavista.) La tardanza en implementar sistemas de protección al medio ambiente frente a prácticas predatorias legales (e, incluso, frente a las ilegales), hacen que Santos esté lejos de ser el presidente que quiero gobernando a mi país por cuatro años más.

Y está el tema de la paz. Por un lado se supone que Santos pretendió armar eso como un asunto de estado, no de gobierno, pero luego, pareciera que su único caballo de batalla, su única propuesta para ser reelecto, era que él, Juan Manuel Santos, era el candidato de la paz. Claramente esto era un diferenciador frente a Zuluaga y el uribismo que prometían levantar la mesa de negociación en La Habana, pero los demás candidatos apoyaban plenamente o con reservas, las conversaciones con las FARC fueron así sistemáticamente ignorados.

Mi desilusión viene de antes. De los cinco candidatos que se enfrentaron en primera vuelta todos tenían sus peros. Ninguno lograba enamorar con sus propuestas o su carisma. La candidata conservadora Marta Lucía Ramírez me pareció que representaba a una derecha más seria, pero igual estaba demasiado a la derecha para mi gusto en temas sociales. Si hay alguien a quien creo rescatable en estos momentos en el Polo Democrático es, precisamente, a su candidata Clara López. Pero no veo al Polo, todavía, con la paciencia y liderazgo de Michelle Bachelet, Lula da Silva o Dilma Rouseff, para llevar su visión dentro de un cause democrático y dentro una economía de mercado. En Enrique Peñalosa veo una coherencia en su visión de país, empañada por una serie de saltos y piruetas en su forma de hacer política. Finalmente voté por Peñalosa por el tipo de personas que lo estaban apoyando en esta última etapa, pero tanto López como Ramírez eran para mí una mucho mejor opción para darle mi voto en segunda vuelta que Santos o Zuluaga.

Pero ni Peñalosa, ni López, ni Ramírez lograron llegar a la segunda vuelta.

Mi primera reacción fue que quedaron justamente los dos por los cuales yo no votaría; y dentro de este escenario contemplé abstenerme a votar en segunda vuelta, o esa abstención velada que es ir a la urna a anular el voto. Recuerdo que en 1998 me pasó eso mismo: no confiaba ni en Horacio Serpa ni en Andrés Pastrana y consideré seriamente anular mi voto, pero una vez en el cubículo de votación marqué sólo la casilla de Pastrana y deposité ese voto así.

Esa fue mi sensación durante el resto del domingo y el lunes.

El lunes, adicionalmente, sentí en redes sociales esa sensación de que me obligaban moralmente a votar por Santos para atajar a Uribe. Muchos a querer disfrazar o justificar su voto por Santos como un voto por la Paz. Dentro de mi duelo de no tener una buena opción para votar el 15 de junio próximo, me resentí a ese tipo de manipulación. Particularmente porque ni soy antiuribista, ni creo que Santos sea la Paz.

Pero, la verdad, las elecciones de segunda vuelta presidencial no se tratan de buscar un candidato por el que sí votarías, ni escoger entre el menos malo. Se trata de terminar de definir lo que no se definió en la primera vuelta presidencial.

En la primera vuelta presidencial ya se decidió que el próximo presidente de Colombia será una persona de tendencia económica neoliberal pro-gran-capital y comprometido a lograr la gobernabilidad comprando al congreso. Eso ya no está en juego y en mi opinión es un error si el Polo Democrático o la Alianza Verde pretenden lograr acuerdos programáticos con la campaña de Juan Manuel Santos a cambio de su voto. Lo peor que puede pasar es que Santos gane la segunda vuelta a costa de comprometerse con el Polo, con la Alianza Verde, con los conservadores de Marta Lucía Ramírez, con los congresistas mermelados, con Dios y con el Diablo y que ante una alianza tan disímil sea incapaz de cumplir cualquier cosa.

Esta segunda vuelta es para decidir, entre lo que ya se decidió, cuales puntos diferenciadores son los que deberían primar en el gobierno de los próximos cuatro años.

Y no votar, o anular el voto, es siempre una opción en una democracia libre.

Hoy me inclino por Juan Manuel Santos porque lo que no me ha gustado de Uribe y su campaña pesa más que lo que no me ha gustado de Santos. Porque prefiero un país donde haya paros y no uno donde la gente esté asustada de protestar contra el gobierno (y uds. ya saben que no me gustan los paros). Porque prefiero que se queme la posibilidad de una negociación de Paz en La Habana a, simplemente, levantarse de la mesa.

Pero dije: “Uribe y su campaña” pero el candidato presidencial no es Álvaro Uribe Vélez: el candidato es Óscar Iván Zuluaga Escobar. No he conocido a Zuluaga lo suficiente para realmente sentir cómo es él como persona o como futuro presidente. Si Zuluaga no es más que un títere de Uribe lo veo como una mala cosa porque sería un fusible, una oportunidad del uribismo de ser más radical aún de lo que fue porque al títere lo pueden quemar. Pero sospecho que Zuluaga no es un títere. Podría ser alguien aún más sectario que el expresidente y senador electo Uribe, alguien como Fernando Londoño Hoyos; o un clon ideológico como Andrés Felipe Arias; o podría ser, lo que creo más probable, una persona con criterio propio para tomar sus propias decisiones por fuera de la doctrina. Sospecho que Zuluaga puede ser esto último y, en ese caso, podría ver a Zuluaga como una mejor opción que Santos.

Hablo de una mejor opción no porque me sea ideológicamente afín. Ya perdí en la primera vuelta la posibilidad de tener un presidente ideológicamente afín. Sino una mejor opción de tener en el Palacio de Nariño, por los próximos cuatro años, un presidente que permita unas reglas de juego donde prime la discusión de qué es mejor para el país y no la discusión de quién gana.

Pero no conozco a Zuluaga lo suficiente, y dentro de lo que sí conozco me quedo con Santos sobre Uribe.

La campaña del señor Blanco

Veo que desde ya se está destapando la campaña a favor del voto en blanco en las próximas elecciones presidenciales que tendrán lugar en mayo de 2014.

Ya en otras ocasiones me he referido al voto en blanco, de cómo este tuvo sus orígenes como carta blanca, es decir como un voto de no compromiso, una opción de aceptar que otros decidan por uno, y se ha convertido en una especia de voto de protesta.

Hay tres razones principales para votar en blanco: la primera es de la persona que acepta de antemano el resultado de la elección pero no quiere comprometerse con un nombre o una postura en particular. La segunda es de quien considera que los candidatos o las posturas presentadas no reflejan su propia posición y por lo tanto las rechaza todas. La tercera es de quien simplemente se reusa a pensar y toma la salida fácil: depositar un voto sin valor.

Como todos estos votos en blanco se cuentan con una sola cifra, discernir las razones y, sobre todo darle un significado a esos votos, es prejuicioso, particularmente cuando la votación en blanco se encuentra dentro de los niveles históricos. Ahí hay de los tres tipos de votantes en blanco: los que protestan y los que aceptan, los que pensaron su voto en blanco y los que no quisieron pensar.

Las razones personales por las que una persona puede votar en blanco son muchas. Dentro de las tres básicas mencionadas hay muchos matices y la decantación por el voto en blanco frente a las alternativas de candidatos o propuestas a votar puede ser más o menos razonada. Por ejemplo, alguien puede pensar que ninguno de los candidatos que puntea las encuestas convence y que ninguno de los demás candidatos merece ser considerado. O ninguno de los candidatos que conoce (o cree conocer por referencias o afiliación política) es su candidato y los que no conoce no hay tiempo de conocerlos (o si son desconocidos es porque en principio no convocan y por lo tanto no serán buenos). O repasó las hojas de vidas de todos y ninguno convenció. O, sencillamente, todos tienen el vicio de ser políticos y por lo tanto ninguno merece el voto. O porque siempre vota en blanco.

Si bien es deseable, no podemos exigir que todos nos tomemos el tiempo debido para evaluar todos y cada uno de los candidatos, sus pros y sus contras y decidirnos por el mejor o, en su defecto, por el voto en blanco.

Por lo tanto, si tienes razones personales para votar en blanco, aún cuando no todos los candidatos se han lanzado y han expuesto sus propuestas, no entraré a juzgarlas. Tu voto es tu voto.

Lo que sí desconfío a esta hora de la contienda es de una campaña a favor del voto en blanco.

Para empezar no seamos ingenuos de pensar que toda campaña de voto en blanco está descontaminada de la política tradicional. El Concejo Electoral ofrece espacios de participación política a cargo del erario para las campañas a favor del voto en blanco así como para las campañas a favor de votar por un candidato. No sólo eso sino que las campañas a favor del voto en blanco reciben, al igual que las campañas a favor de candidato, una plata por reposición de votos. Con los solos promedios históricos de votación en blanco, esa reposición está garantizada mucho más fácil que saliendo a competir con propuestas reales.

Pero incluso pensando que las campañas por el voto en blanco son sinceras y no una forma de obtener plata del estado (de los contribuyentes que pagamos IVA y 4‰ y nos descuentan retefuente, etc.) una campaña por el voto en blanco cuando no se han definido la totalidad de candidatos y propuestas es prematura.

La consecuencia política del voto en blanco es la siguiente.

Si el voto en blanco se mantiene dentro del promedio histórico, ese voto no significa mucho en términos políticos. No significa nada. El estado seguirá como siempre y no pasará nada.

Si el voto en blanco sube substancialmente en contra de los candidatos menores pero los candidatos punteros y de la maquinaria política tradicional se mantienen con cifras importantes, entonces el voto en blanco es un castigo a las alternativas. Eso significa que la única forma de ser tenido en cuenta en política no es presentar propuestas novedosas sino pertenecer a la maquinaria. Un castigo a quienes se atreven a presentar propuestas alternativas.

Si el voto en blanco sube substancialmente a costa de la votación de los candidatos punteros (pero no los sobrepasa), es claramente un voto de castigo. El estado seguirá funcionando como siempre pero la importancia de la votación en blanco se incrementa. Significa algo en contra del ganador, significa que este no tiene un apoyo total de parte del electorado.

Si el voto en blanco gana (no recuerdo es si es necesario que el voto en blanco sea mayoría o sólo baste con ser la mayor pluralidad), las elecciones son invalidadas. He aquí el verdadero poder del voto en blanco de acuerdo a la legislación colombiana: obliga a unas segundas elecciones en las que no participen ninguno de los candidatos que no pudieron vencer al voto en blanco. Claramente, cuando ningún candidato ofrece suficientes garantías al electorado (por ejemplo en casos que se han dado a nivel regional en los que hay un candidato único y este no representa a sus ciudadanos) la consecuencia política del voto en blanco como voto mayoritario importa.

Pero, repito, ese no es el escenario aún.

Aun no podemos decir si los candidatos punteros (p. ej. Juan Manuel Santos, Óscar Iván Zuluaga, Clara López) o los candidatos alternativos (p. ej. Camilo Romero, Óscar Naranjo, Antonio Navarro) no merecen ocupar el cargo de Presidente de la República de Colombia.

Adicionalmente, cuando el voto en blanco se convierte en una opción permanente (y no sólo coyuntural), cuando la campaña es a que votemos en blanco esta vez, pero también la próxima, lo que se está es proponiendo otro modelo de política. Se crea una crisis institucional dentro del acontecer político tradicional pues haría imposible la toma de decisiones de acuerdo con la constitución.

No estoy diciendo que eso sea malo. (No creo que sea bueno, pero esto es tan solo una opinión.) Pero esto requiere que el promotor del voto en blanco sea claro en decirnos cual es la propuesta real que hay detrás del voto en blanco: castigar una coyuntura o generar un cambio profundo en la forma de hacer política. ¿Qué es lo que propone si gana el voto en blanco?

Mientras una campaña de promoción del voto en blanco no responda esta pregunta, consideraré que esa campaña es poco seria y su propuesta es por moda o por plata.

Y eso incluye una campaña a favor del voto en blanco por el movimiento político que ayudé a fundar.

¿Qué no vale?

Hace poco tuve una breve discusión en Twitter sobre si el principio Visionario de “No todo vale” era compatible o no con el pasado guerrillero de una persona como Gustavo Petro.

Antes de dejarme enredar yo solito en otra discusión sobre legitimidad de la fuerza pública o la lucha guerrillera sostenía y sostengo que no hay divergencia en el criterio siempre y cuando la discusión sea sobre el presente y no sobre el pasado.

Repito primero que, en mi concepto, la lucha armada en los años 1960 y 1970 obedecen más a la moda de una época que a causas objetivas, y que la continuación de tal lucha en las décadas siguientes no sólo no se justifica por las condiciones del país, sino que no obedecen tampoco a un movimiento global.  Con esto quiero decir que en ningún momento considero que alzarse en armas contra el estado colombiano es un medio válido para acceder al poder político en Colombia. Continue reading

Por el verde que soñamos

Cuando se discutía la reforma constitucional que permitiría la reelección de Uribe en 2006, no faltaban algunos personajes que se declaraban como uribistas no reeleccionistas.  El más notable de ellos fue el columnista de El Tiempo Juan Manuel Santos.  Pero, finalmente, el congreso aprobó la reforma constitucional y la Corte Constitucional declaró exequible esa reforma.  Sin ningún reparo Santos se convirtió en el jefe de un partido político nuevo, el Partido Social de Unión Nacional, que reuniría a varios políticos afines al presidente a reelegir Álvaro Uribe Vélez.

Para las elecciones de 2010, muchos políticos afines al uribismo se declararon en contra de otra reforma más para permitir una segunda reelección.  Varios de ellos incluso expresaron abiertamente aspiraciones presidenciales que los llevarían a competir contra Uribe si la reelección se permitía.  Entre estos uribistas que se atreverían a competir con Uribe estaban Marta Lucía Ramírez (senadora por el Partido de la U), Enrique Peñalosa (ex candidato al senado por el partido Por el país que soñamos), Germán Vargas Lleras (senador por el partido Cambio Radical) y Noemí Sanin (embajadora ante el Reino Unido y ex candidata presidencial en 2002 por el movimiento político Sí, Colombia). Continue reading

Hora de tomar decisiones

Este domingo 30 de mayo de 2010 son las elecciones presidenciales en Colombia. Todos los colombianos tenemos una parte de la decisión sobre quién nos guiará y nos presidirá durante los próximos cuatro años.  La decisión final tal vez no se tome este domingo si ninguno de los candidatos logra el 50% de los votos válidos tendremos otra oportunidad de decidir el 20 de junio entre los dos más plurales del 30 de mayo.

Un voto no hace mucha diferencia.  Un voto más un voto más otro voto y así pueden sumar diferencias significativas.  Por ello lo importante es que tomes la decisión de por quién votar (o de no votar) con la mejor sinceridad.  Tus razones no tienen que ser del todo las correctas, pero sí es importante que te sientas conforme, que te sientas bien contigo mismo, por la decisión que tomes. Continue reading