Un frágil futuro

El No ganó con un 50,21%, el perdió con un 49,78%, menos de medio punto porcentual de diferencia. Ese margen tan escaso, de menos de 60 mil votos frente a una votación de más de 12 millones y medio de votos válidos, hace pensar que casi cualquier cosa pudo haber cambiado el resultado.

«Qué pereza salir a votar con este clima.»

«Qué pereza salir a votar con este clima.»

En la Costa Caribe el ganó, pero también hubo la mayor abstención, en gran parte promovida por el paso del huracán Matthew. Si la participación en el Caribe hubiera sido similar a la del resto del país, conservando las tendencias de voto de la región, ese medio punto porcentual se hubiera revertido fácilmente.

Muchos pastores evangélicos y muchos curas católicos hicieron una fuerte campaña en contra del plebiscito porque los acuerdos tenían enfoque de género («nos van a colar la ideología de género» decían), o porque en el acto inaugural de la firma de los acuerdos, en el espíritu de inclusión del gobierno con comunidades indígenas, hubo actos que consideraron anti-cristianos, satanistas. Si estas feligresías hubieran votado libremente, sin la guía espiritual que les mintió sobre la ideología de género, ese medio punto porcentual se hubiera revertido fácilmente.

El destino de Colombia si esos jipis del Sí hubieran ganado.

El destino de Colombia si esos jipis del Sí hubieran ganado.

Muchos promotores del No vendieron la equivocada idea de que los acuerdos implicaban que el comunismo se tomaría al país y que nos convertiríamos en Cuba o en Venezuela si pasaba el plebiscito. Que en dos años se acabaría el papel higiénico y tendríamos que hacer largas filas para comprar leche en polvo. Claramente nada de eso se desprende de la letra de los acuerdos, ni de la realidad del país, pero ese discurso de miedo caló. Sin esas mentiras, con un voto más libre, ese medio punto porcentual se hubiera revertido fácilmente.

Pero también hubo varios curas católicos que apoyaron abiertamente el , y sé de líderes evangélicos que también se mostraron favorables al mensaje cristiano del perdón. También muchos promotores del amenazaron que la consecuencia del No era regresar a la guerra, incluso a una guerra peor, a una guerra urbana. ¿Cuántos votos del fueron influenciados por estos líderes espirituales y estas mentiras apocalípticas? Si estos votos hubieran sido más libres el margen del No pudo haber sido más alto, más claro.

Y están los votos nulos, y la abstención general. Muchos votos nulos son sin duda personas que anularon su voto intencionalmente. Un amigo de Facebook comentaba que no lo convencían los acuerdos, pero tampoco quería avalar las mentiras de los del No, así que su intención era votar en blanco, pero como no existía esa opción iría a anular su voto. Conceptualmente el es el voto que cuenta. La pregunta era si apoyábamos un acuerdo, así que todo abstencionista intencional, toda anulación intencional, fue un acto democrático contrario a apoyar ese acuerdo. De forzar esos votos hubieran sido votos por el No y el No hubiera sido más claro.

ctz-fiqwaaafnf5Noté en mis redes sociales, en Twitter, pero sobre todo en Facebook, que quienes exponían sus argumentos por el No, válidos o no tanto, eran atacados. Unos pocos, después de varias semanas de discusión expresaban una incertidumbre con argumentos que en el fondo expresaban más incredulidad hacia la campaña a favor del que hacia los promotores del No. Otros muchos sólo se expresaron finalmente ayer después de las 5 de la tarde cuando el No ya era un hecho. No eran personas que temieran a la ideología de género, ni que creyeran que nos convertiríamos en Venezuela, pero sí personas que no se convencieron de la viabilidad de los acuerdos o desconfiaban de Santos y las Farc por igual. Pero, sobre todo, personas que no se sintieron libres de expresar sus inquietudes. Quienes se atrevían a expresarse por el No antes de las elecciones fueron atacados, descalificados, por muchos de los que íbamos por el . También lo vi al revés pero en una escala mucho menor.

El Sí (verde) y No (naranja) en Antioquia.

El Sí (verde) y No (naranja) en Antioquia.

Este tipo de plebiscitos deben ganarse con votaciones cercanas al 67% o más. En muchos de los pueblos que sufrieron la guerra, el apoyo fue de ese orden o superior, porque son personas que prefieren perdonar al victimario ante la perspectiva de conocer la verdad y que esta no se repita, que pensar en conceptos abstractos como la no impunidad. En 1992, en Sudáfrica, el 68,73% de los blancos apoyaron algo incluso más incierto que nuestro plebiscito: iniciar negociaciones con los negros. Sí, conversaciones con antiguos grupos terroristas como el Concejo Nacional Africano, conversaciones que podrían convertir a un país de ciudadanos blancos en un país donde los blancos serían una minoría perseguida. Y aun así dos de cada tres blancos consideró que era lo mejor.

¿Por qué dos de cada tres colombianos no apoyamos el plebiscito por la paz? Porque la pregunta es esa. No es sobre como revertir medio punto porcentual. Jurídicamente hubiera sido suficiente con revertir ese medio punto porcentual, pero la legitimidad de lo aprobado hubiera quedado en entredicho en contraste con un contundente, con una mayoría clara de colombianos que hubiéramos apoyado ese acuerdo.

El Camarada Santiago con el Comandante Fidel

El Camarada Santiago con el Comandante Fidel.

Una parte fue la propaganda del No que pintaba a Colombia como una futura Venezuela. Los que llegaron a decir, con no más evidencia que una foto, que el presidente Santos era un agente de Fidel Castro, un Caballo de Troya para infiltrar al establecimiento e implantar el comunismo. La propaganda que nos convenció que las Farc son un cartel multimillonario que estaba escondiendo sus bienes para comprar votos más adelante. Otra fueron esos líderes cristianos (católicos y evangélicos) que nos prevenían frente al satanismo y la ideología de género. Pero ese tipo de argumentos también pesaron en la Sudáfrica blanca de 1992, y aún así 2 de cada 3 sudafricanos blancos apoyaron el inicio de negociaciones con la Sudáfrica negra.

El perdió esa contundencia que debió haber tenido, y lo dejó al borde de que unos pastores manipuladores o un huracán hubieran logrado esa pírrica victoria del No, por los acuerdos mismos y la misma campaña del . Sencillamente ni el gobierno ni quienes creíamos en el , fuimos capaces de convencer a los suficientes colombianos de que apoyar estos acuerdos era lo mejor para el país.

Influyó la negociación misma. Muchos sectores se sintieron excluidos de la negociación, el más importante de ellos fue el expresidente Uribe y su caudal político. Tengo versiones encontradas, unas que dicen que Santos los invitó a participar y no aceptaron, y otras que dicen que ellos propusieron ir y Santos no aceptó. Sea la razón real, el uribismo, quien hizo posible que las Farc se sentaran a negociar, no participó y no se sintió incluido en el acuerdo final. El acuerdo final fue de otros, de un gobierno (no de un estado) con un grupo guerrillero, donde una parte importante del país (ellos, el uribismo), fueron excluidos. Uribe dice que sólo lo querían para la foto, para avalar un acuerdo en el que no tuvo injerencia, y que por ello no fue. ¿Hubiera sido posible un acuerdo con la participación del uribismo en la mesa? Tal vez no. O tal vez sí, y si el acuerdo se hubiera logrado, así hubiere sido el mismo acuerdo, el uribismo no lo hubiera estado desprestigiando con la contundencia con que lo hizo.

Influyó el acuerdo mismo. 297 páginas donde entran en mucho detalles en ciertos puntos pero dejan otros demasiado vagos. No dicen (y en mi opinión no tendrían que haberlo dicho) qué pasa con la plata que las Farc supuestamente tienen, o con los menores de edad reclutados. ¿Son los cuerpos de seguridad creados para evitar que masacren a los guerrilleros desmovilizados un disfraz de la guerrilla para no dejar las armas? ¿Qué pasará con unos pocos campesinos que adquirieron de buena fe unas tierras despojadas? El acuerdo mismo no fue lo suficientemente claro para dilucidar esas inquietudes, así que en últimas se leía bajo nuestros presupuestos: desconfío de Santos y la guerrilla, entonces esas incertidumbres son huecos para implementar el peor escenario posible; o tengo esperanza, entonces esas incertidumbres se solucionarán positivamente en su debido momento. Una lectura que pudo haber convencido a muchos, sólo sirvió para confirmar nuestros preconceptos.

Influyeron las contradicciones del gobierno. Santos dijo que iba a haber cárcel y el acuerdo permitía que cualquier guerrillero pudiera salir sin conocer el interior de una prisión. Dijo que no participarían en política y nada en el acuerdo impide que los líderes de las Farc participen en política. Y todo ello mella en la credibilidad de un gobierno y de las políticas que intenta impulsar. Repito. Es muy probable que si el uribismo hubiera estado en la mesa desde el principio, el acuerdo hubiera sido muy similar. La misma alternatividad penal que permitiera que los líderes de las Farc, sin conocer el interior de una prisión llegaran más adelante elegidos al Congreso. El rechazo no fue porque ello pasara, sino porque pasó a pesar de la promesa de que no pasaría.

Influyó que vendieran el plebiscito como el «plebiscito por la paz». La paz es multidimensional y el acuerdo lo reconoce. El acuerdo va más allá de las condiciones para que un solo grupo guerrillero, las Farc, se desmovilicen y pretende reivindicaciones sociales y política antidroga que, en mi opinión, contribuyen a esa paz multidimensional. Pero excluye (y no tendría por qué incluirlo) a otros grupos. Excluye a nuestro comportamiento intolerante frente a las diferencias. Por muy buena intención del acuerdo, y por más alcances adicionales que pretenda, no puede garantizar la paz, así que no era un plebiscito por la paz. Y, por otro lado, se vende al No como la guerra. Y claramente no es así. El No era una incertidumbre, es una incertidumbre, pero no es garantía de guerra. Ni las Farc, ni el gobierno, ni la oposición de derecha, están interesados en que las negociaciones y la tregua terminen (aunque creo que sí está en el deseo de algunos, lejos de la mayoría pero sí algunos, de quienes votaron No). Y lo vemos. Llevamos un año largo en tregua. Un mes desde que se anunció que la tregua era indefinida, y hoy no amanecimos matándonos.

Influyeron los gestos de las mismas Farc. Si no pedían perdón, los colombianos no podríamos votar , porque no tienen voluntad de reconciliación. Cuando pidieron perdón, entonces los colombianos podremos votar No porque el perdón ya los comprometió a que no regresarán a la guerra. Si negocian estando armados es porque nos están amenazando, pero si se desarman, ya el estado logró su objetivo y no hay nada que negociar. Y como las Farc no son tontas, no han declarado todos sus bienes, ni revelado todas sus verdades, ni se desarmarán antes de tener algo seguro.

Aprender a negociar es conocer al otro. Lograr la paz es entender al otro. O no. Depende qué entendamos por paz. La eliminación del otro significa también la paz para mí. Muchos de los promotores del estaríamos contentos con que no existiera el uribismo y esos otros obstáculos para implementar la paz con las Farc. Así como muchos promotores del No estarían contentos con que no existieran las Farc y así lograr la paz entre todos los que no somos Farc. Queremos una paz que no nos implique reconocer al otro, al que piensa distinto. Que no nos exija tener que conocer qué anhela, qué piensa, qué quiere, qué desea. Entonces la negociación es sólo yo qué quiero. Quiero que las Farc se desmovilicen y paguen cárcel, y que la plata de las Farc sirva para que no me cobren más impuestos. Quiero que Uribe y Cabal y Pachito Santos se callen y dejen de oponerse a todo sólo porque ellos no son los protagonistas. Y cuando escuchamos al otro, es sólo con la intención de buscar cómo rebatirlo. Leer el acuerdo para encontrar una palabra ambigua e inventarme unas consecuencias desfavorables. Buscar qué tan infundado es cada argumento por el No. Y luego pregonar sin pena que no estoy obligado a entender al otro, porque el otro es un intolerante.

Quisiera ser optimista y que este No sea un punto de partida para una renegociación más incluyente, en la que al final se logre un mejor acuerdo para el futuro del país.

Pero soy pesimista. Para las Farc su mejor interés es no apresurarse. Para el gobierno su mejor interés es invitar real y no simbólicamente al uribismo y otros sectores políticos adversos. Pero para el uribismo su mejor interés es no apresurarse. El gobierno depositó la mayor parte de su caudal político en esta negociación y en este plebiscito y lo perdió. Las Farc ya saben que no es con Santos con quien tienen que negociar. Y está la tregua. Eso es bueno. Por ahora. Pero eso significa también que no hay afán. Las Farc pueden seguir haciendo actos políticos, que a la larga servirán para recoger las banderas del Polo Democrático y, cuando prospere finalmente un acuerdo, si es que prospera, estarán políticamente más fortalecidas. El Centro Democrático puede seguir alargando el proceso con la esperanza de lograr retomar el poder en 2018 y ahí sí acabarlo. Y mientras tanto, el ELN podrá seguir con sus ambigüedades sabiendo que con el gobierno de Santos no se va a negociar. Sabiendo que la tregua entre las Farc y el gobierno es frágil y que eso les permite cierto grado de impunidad. Y algo similar pasa con las bacrim herederas del paramilitarismo.

Voté , porque consideré que era lo mejor para el país. Sabiendo que no era la paz. Sabiendo que había cosas que no me gustaban en esos acuerdos. Sabiendo que el No no implicaría la reanudación de la guerra. Algunos decían que como no se puede confiar ni en Santos ni en las Farc, había que votar No. Mi desconfianza en Santos y las Farc fueron parte de mi decisión por el , porque el era comprometer a ese Santos y esas Farc con la letra de unos acuerdos que, aunque imperfectos, eran medibles. Hoy no caímos en el peor escenario: la reanudación de la guerra, pero nos enfrentamos a más años de negociación en medio de una frágil tregua que le conviene más al ELN y las bacrim. Y al final uno de dos desenlaces posibles: llegar a un acuerdo que sea escencialmente lo mismo que ayer rechazamos, o que eventualmente la tregua se rompa, por ejemplo el día que un candidato de la derecha asuma como presidente el 7 de agosto de 2018 y no pasó nada, excepto que el ELN y las bacrim se fortalecieron.

En el mejor de los casos: Álvaro Uribe Vélez, Humberto de La Calle Lombana y Rodrigo Londoño Echeverry estarán en Oslo el 10 de diciembre de 2017 recibiendo el premio Nobel de la Paz. No soy tan optimista.

Desconfianzas

Desconfío de las personas para quienes una idea se convierte en más importante que la gente.

Marchando_por_la_libertad_en_ColombiaEnero de 2008. Las Farc habían incumplido su promesa de liberar a Emmanuel, el hijo de Clara Rojas concebido y nacido en cautiverio. En el juego de liberaciones a cuenta gotas que mantuvieron las Farc durante los gobiernos de Álvaro Uribe, este hecho rebosó la copa de la indignación colombiana. Óscar Morales, un ingeniero de Barranquilla creó un grupo de Facebook bajo el nombre de No Más Farc y pronto ganó momento. En las primeras discusiones de qué hacer, más que simplemente ventilar indignaciones en un grupo, surgió la idea de convocar a una marcha: el objetivo era lograr, convocando por redes sociales, un millón de voces contra las Farc, a un mes de creado el grupo.

Participé desde casi el principio y, entre mis aportes, cree una aplicación para Facebook que enlazaba con la página web que montó Morales, y ayudé a elaborar un documento de preguntas frecuentes, un FAQ, que fue adoptado. El objetivo más general del grupo y de la marcha de Un millón de voces contra las Farc, era mostrarles a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo, que ellas no nos representa al pueblo colombiano. Uno de los lemas fue Colombia soy yo. Pero, más allá de eso, cada uno de nosotros, de los que convocaron, los que ayudamos, los que organizaron, los que participamos, tenía su propia idea de qué significaba no más Farc y qué país esperaban a cambio.

Pasó la multitudinaria manifestación. Fue bonito sentirse parte de algo. Pero no bastaba. Los muchos grupos que participaron de la organización, incluyendo el grupo de Facebook y sus administradores, continuaron trabajando. A un mes de la marcha contra las Farc, se había convocado otra contra el paramilitarismo. No fue una reacción, la verdad los convocantes habían venido trabajando desde antes. Para mí, así como para muchos de los que habíamos trabajado en Un millón de voces, las marchas eran complementarias: nos oponíamos a la violencia, bien fuera causada por las Farc y el Eln o por las Auc y sus engendros. Para otros era disonante: la marcha contra las Farc fue una marcha contra el comunismo y por ello no podrían marchar ahora al lado de los comunistas que convocaban la marcha contra las Auc.

Dentro del grupo No más Farc, pronto la línea anticomunista se impondría. Empezaron a censurar las voces que no nos ajustábamos a la línea editorial. La línea antiviolencia empezó a trabajar por otros lados y varios de nosotros fuimos encontrándonos, entre otros frentes, en el movimiento Visionarios de Antanas Mockus.

Bien. El 4F, la marcha de Un millón de voces contra las Farc, pasó hace más de ocho años. Cambiamos de presidente: Juan Manuel Santos Calderón se insinuó como el sucesor de Álvaro Uribe Velez. Antamas Mockus Šivickas se perfiló como el principal contendor, pero Santos terminó convenciendo mejor a los no uribistas de representar una opción más seria. Entre los votos del uribismo, de santistas de vieja data, y de personas que se sentían más seguros con la seriedad de Santos que la esperanza de Mockus, Santos se hizo en segunda vuelta la votación más alta que cualquier presidente de Colombia haya tenido.

Santos empezó siguiendo, casi al pie de la letra, las políticas de Uribe, pero se reconcilió con Ecuador y Venezuela. Deshizo la fracasada unión de los ministerios de Salud y Trabajo. Las Farc, que habían venido retomando iniciativa en combate, se siguió haciendo sentir. Uribe y sus seguidores empezaron a hablar de retroceso. En lo que parece ser más un caso de orfandad de poder, Uribe se alejó del presidente que ayudó a elegir y empezó a criticarlo. Dos años después Santos se había desprendido de todo rezago del uribismo y anunciaba el inicio de diálogos con las Farc.

Esos diálogos terminan en estos días y ahora nos corresponde al pueblo colombiano aceptar los acuerdos o rechazarlos.

Los antiviolencia que participamos el 4F en Un millón de voces contra las Farc, vemos esto como ese paso importante a una Colombia sin Farc. Los anticomunistas de entonces lo ven como una claudicación definitiva al Comunismo internacional.

doctor_faustoNo diré que el no al plebiscito venga todo de este anticomunismo dogmático, paranoico. Hay una parte importante que viene de ahí. Esas voces que sin leer los acuerdos ya están equiparando la Colombia de Santos con la Venezuela de Chávez y Maduro. Porque lo importante aquí no es mirar qué se tiene en las manos, sino una guerra de ideas. Y, la verdad, esta guerra de ideas no es muy disímil a cómo el gobierno ha querido vender los acuerdos: como si esta, y sólo esta, fuera la paz.

Una de las cosas que intentó hacer el presidente Uribe durante su mandato, una de las tesis centrales de la Doctrina de Seguridad Democrática, es considerar que en Colombia no hay una guerra civil, ni un conflicto armado, sino una amenaza a la democracia. Hay colombianos armados con fusiles y portando uniformes enfrentados a otros colombianos armados con fusiles y portando uniformes. En muchos diccionarios eso es una guerra civil. Las Farc y el Eln esgrimen una razón política basada en hechos tales como el acceso de los campesinos a la tierra, y en contra de una clase terrateniente que ha utilizado las armas del estado para proteger sus intereses. Objetivamente hay un conflicto armado. Pero el reconocimiento del conflicto, si bien no obliga, si confiere a los actores el carácter de partes. Farc y Eln, así como un grupo de estos terratenientes a los que se oponen, se aliaron con el narcotráfico. Los unos como una forma de financiación, los otros como protección de intereses mutuos. Estos nexos de las Farc y el Eln con el narcotráfico, junto con los actos terroristas que cometieron, llevó a que sus detractores simplemente los llamaran narcoterroristas. Su carácter insurgente, cualquier motivación política esgrimida, cualquier causa objetiva del conflicto, queda negada al llamárseles narcoterroristas.

Captura de pantalla de 2016-09-05 17-13-52Y ante narcoterroristas ninguna negociación es posible. En un conflicto se puede negociar entre las partes. En una guerra civil se negocia entre los bandos. Pero con los narcoterroristas no se negocia. Esto es, desde luego, una consigna general. En la práctica Uribe anunció varias veces la intención de negociar con las Farc, incluyendo la posibilidad de conceder indultos y permitir la participación en política de sus miembros. Pero al habérsele negado la posibilidad de continuar en la presidencia, en cabeza propia, o de un seguidor cercano como pudo serlo Andrés Felipe Arias, ahí si la consigna se convierte en grito de batalla y se culpa a Santos de negociar con narcoterroristas. Y de haber logrado un acuerdo.

En parte Uribe tenía razón para haber desconfiado de Santos. Si bien Santos aprovechó en 2010 el posicionamiento uribista, Santos no se debe exclusivamente a Uribe. Santos tiene un gran historial político antes del uribismo. Santos no sería un títere de Álvaro Uribe y por ello el distanciamiento. Pero en muchos uribistas queda la sensación de que Santos traicionó a Uribe. Y he aquí la otra razón para el no: la desconfianza sistemática hacia Juan Manuel Santos, sumada a la desconfianza sistemática a las Farc. Aún si el acuerdo entre el gobierno y las Farc fuera inmaculado, desde su ideología y análisis objetivo, no confían ni en Santos ni en las Farc y, por lo tanto, no confían en el acuerdo.

IMAGEN-11192182-1.pngDesde luego, no se necesita ser uribista para desconfiar de Santos. Y no se necesita ser uribista para desconfiar de las Farc. Las Farc han dado muchas muestras de no ser confiables, desde la silla vacía al lado del presidente Andrés Pastrana, hasta declaraciones en las que dicen buscar la paz como estrategia hacia el poder. Santos negocia con todo el mundo y no le cumple a nadie: campesinos, transportadores, grupos ecologistas, etc. Cuando anunciaron las negociaciones con las Farc yo mismo me preguntaba si Santos sería el interlocutor ideal.

Estas dos grandes razones para el no: la ideológica (zero concesiones al comunismo) y la desconfianza (hacia las Farc, hacia Santos, o hacia ambos) no las voy a cambiar con un artículo. Para cambiar una ideología, una visión filosófica de la realidad, es necesario una conversación larga, donde debo estar tan preparado para convencer como para dejarme convencer. Sobre la desconfianza, no seré yo quien trate de convencerlo a ud. que Santos y Timochenko son personas de confianza. Yo por mucho confío que sean los garantes, las organizaciones internacionales, y la fuerza que de la refrendación popular, la que sostenga esta apuesta que es el Acuerdo Final.

En los argumentos por el no, hay muchas personas que expresan dos oposiciones ideológicas puntuales: el hecho de que los autores de delitos atroces no paguen penas de cárcel, y un número fijo de escaños parlamentarios que tendrán aseguradas las Farc. Al menos es una oposición concreta con referencia a los acuerdos. Sin especulaciones sobre que estos escaños son una puerta al modelo venezolano, sí se crea un premio a la insurgencia armada, victimaria de terrorismo, a formar un partido político con ventajas jurídicas que otros partidos políticos no tienen, incluidos partidos nuevos que no tienen el bagaje de 200 años de violencia partidista en Colombia.

Este tipo de objeciones ideológicas basadas directamente en los acuerdos tienen más validez. Ese es el punto del plebiscito, en mi opinión, que como pueblo, como ciudadanía, escojamos entre dos escenarios: no hacer nada, o dar un paso por un bien mayor sabiendo que ese paso tendrá cosas posiblemente desagradables. Decir si creemos que ese bien mayor supera lo desagradable o si lo desagradable es tanto y el bien mayor tan poquito que es mejor no hacer nada. Si bien he visto muchas cosas que no me gustan, por ahora no he visto algo lo suficientemente desagradable que me lleve a pensar que es mejor dejar así, pero tu criterio puede ser otro, tu límite puede ser otro, o tu opinión sobre la importancia de ese bien mayor puede ser distinta.

El bien mayor del que hablamos no es la paz de Colombia. Es tan solo un paso hacia la construcción de la misma por medio de la desmovilización y desarme del grupo ilegal más grande que hay hoy en Colombia. El mercadeo de este acuerdo como si ya fuera la paz es inconveniente. Por un lado genera una falsa expectativa pero, sobre todo, porque eso da munición a la oposición porque pueden decir, con razón, que el acuerno no sólo no es la paz sino que no la garantiza. O incluso, como muchos dicen, es un paso equivocado hacia la paz. Ya vemos cómo el Eln quiere mostrar fortaleza frente a una eventual negociación y podríamos enfrentarnos a un nuevo proceso de violencia con el fin de lograr objetivos políticos.

Pero sí creo errado lo que algunos promotores del No dicen: que el acuerdo es un paso a una renegociación donde el estado sea menos generoso frente a las penas alternas y no haya tantas concesiones políticas. Para que haya un nuevo acuerdo con menos cosas que no nos gusten.

¿Es factible una renegociación?

Algunos dicen que sí. Que tras tanto anuncio de alto el fuego y una relativa convivencia pácifica durante el último año ni el gobierno ni las Farc estarían dispuestos a levantarse de la mesa. Otros dicen que no importa. Si las Farc realmente tienen voluntad de paz renegociarán y si no, entonces eso prueba lo que temían: que las Farc no tenían voluntad de paz. Mi respuesta es que no me importa comprobar si las Farc tienen o no voluntad de paz: quiero es que se desarmen.

En principio ni las Farc ni el gobierno han hablado de un plan B, ¿qué hacer si no pasa el plebiscito? En principio eso es no hacer nada. Es mantener el status quo. Lo que no queda claro es si es el status quo de una larga negociación en La Habana en medio del alto el fuego actual, o al status quo antes del inicio de las negociaciones: la guerra, el conflicto, o la amenaza terrorista, como querramos llamarlo.

Sin acuerdo, el alto el fuego es inestable, y eso significará más colombianos muertos. Sin acuerdo no hay incentivos para los frentes de las Farc para abandonar la extorsión, o eventualmente decir qué pasó con los secuestrados en medio de un proceso de reparación.

Tal vez haya renegociación, y tal vez las Farc sean más humildes esta vez. (¿Realmente creen eso?) ¿Será suficiente? O habrá otro No para que haya otra renegociación hasta que sea aceptable: la rendición incondicional de las Farc.

Ver el no como una prueba para las Farc, o como un mensaje pensando en una renegociación, me parece peligroso. Más bien digan que votan No porque los sapos son muy difíciles de tragar y lo que se logra a cambio: el desarme de las Farc, no es suficiente.

castrochavistaFinalmente están los puntos del acuerdo que no son claros. ¿Cuáles son las nuevas circunscripciones especiales? ¿Qué son «las conductas criminales que amenacen la implementación de los acuerdos y la construcción de paz» que se definirían en el inexistente punto 3.7? Aquí nos toca dar un voto de confianza o desconfianza. No confío particularmente en Santos y en las Farc, pero por razones distintas. No creo que Santos esté confabulando con las Farc, ni mucho menos Humberto de La Calle Lombana y los otros negociadores colombianos. Como tal no creo que nos estén ocultando la receta de cocina para la implementación de Socialismo del Siglo XXI, y por otro lado hay suficientes ojos encima de estos acuerdos que me hacen pensar en dar mi voto de confianza. Pero frente a estas incertidumbres no puedo culpar a quien decida dar un voto de desconfianza.

Desconfío de las personas para quienes una idea se convierte en más importante que la gente. Es por esto que desconfío de las Farc. Pero también desconfío de quienes se les hace la boca agua hablando del principio de la no impunidad, o de quienes decidieron que cualquier cosa vale para contrarrestar el socialismo. Desconfío quien automáticamente llama narcoterrorista a un colombiano reclutado por el lado equivocado de la guerra, porque no es guerra, ni es persona: es una idea. Desconfío del que usa lemas y consignas en lugar de puntos y argumentos. Desconfío del que ya decidió su voto y considera que todo vale, incluyendo ignorar los problemas de sus aliados y se sirve de la manipulación mediática.

Dolor de patria

Primero, no creo que haya paramilitares colombianos en Venezuela porque considero que lo que en Colombia hemos aprendido a llamar paramilitares no son realmente paramilitares. Hecha esa salvedad sí creo muy probable que en Venezuela haya grupos armados ilegales en los que participan colombianos y cuando personas como Ernesto Samper, presidente de Unasur y expresidente de Colombia, o Iván Cepeda, senador de Colombia, dicen esa obviedad no son traidores a la patria.

Nicolás MaduroSegundo. Técnicamente Nicolás Maduro no ha hecho nada que se desvíe de las prácticas internacionalmente aceptadas para el trato de inmigrantes indocumentados. Es internacionalmente aceptado que un gobierno pueda detener y deportar a un inmigrante cuya situación jurídica no está normalizada. Hay un par de detalles sobre el caso que vale la pena tener en cuenta, pero lo haré más adelante. También es facultad internacionalmente aceptada que un gobierno pueda desalojar a una persona que vive en un terreno sobre el cual no tiene títulos de propiedad y que la administración pueda demoler una construcción que no cumplió los permisos legales para ser levantada. Por muy duro que nos parezca, el desalojo, demolición de viviendas y deportación son prácticas aceptadas. Y son prácticas que nuestro gobierno ejerce y ha ejercido en administraciones anteriores.

Desalojos en Corinto, Cauca

Desalojos en Corinto, Cauca.
© El País

Nada más en este año, varios colombianos de etnia paez fueron desalojados de Corinto, Cauca y sus casas fueron demolidas. Sí, las autoridades actuaron de acuerdo a la orden de un juez que determinó que esos colombianos no tenían derecho a habitar ese terreno. Y Colombia detiene y deporta a cada rato ciudadanos ecuatorianos, chinos, africanos y de muchas otras nacionalidades, que usan a Colombia como parte de su recorrido hacia Estados Unidos, entre otras posibles razones para estar ilegalmente en Colombia.

Armar un caso legal ante instancias internacionales para que condenen a Nicolás Maduro y su gobierno por los hechos en la frontera con Colombia es complicado porque nada de eso es ilegal. Declararle la guerra a Venezuela nos convertiría en el país agresor.

Ahora, que esté amparado por la legalidad, el principio de soberanía y la normalidad de las prácticas internacionales no significan que lo que esté haciendo Nicolás Maduro esté bien.

Primero: hay tratados binacionales que establecen que la zona de frontera es una zona de tránsito libre. En situaciones normales un colombiano podía ir a San Antonio de Táchira sin pasaporte, sin visa, y quedarse allá el tiempo que quisiera, y un venezolano podía hacer lo propio en Cúcuta. Eso incluye que un colombiano podría comprar una casa en San Antonio y vivir allí como su residencia permanente. Así las cosas, un colombiano residente en San Antonio del Táchira y otras zonas de frontera no es un inmigrante ilegal, como no lo es un venezolano viviendo en Cúcuta. Adicionalmente todo colombiano que haya vivido por quince años en Venezuela, trabajando dentro de la economía venezolana, sea legalmente dentro de la zona de frontera o ilegalmente al interior del país, puede optar por legalizar su situación. No he confirmado si entre los recientes deportados hay colombianos que estuvieren en esa situación.

Parte de una conversación reciente

Parte de una conversación reciente

Segundo: muchos de los colombianos deportados de Venezuela en estos días tenían cédula venezolana. Aparentemente durante el régimen de Chávez se les ofreció la cédula venezolana a varios colombianos sin verificar si cumplían las condiciones para normalizar su ciudadanía venezolana. Se dice que la única contraprestación es que votaran por Chávez (o por su sucesor: Nicolás Maduro). Cabe la pregunta de si esa cedulación es similar a una amnistía, donde el colombiano cedulado como venezolano es ahora un ciudadano venezolano con plenas garantías, o si esa cedulación fue ilegal, en cuyo caso la situación de esos colombianos no fue normalizada y seguían viviendo como indocumentados.

En muchos casos de migración irregular se tiene un país pobre A y un país rico B y un ciudadano X de A migra al país B. (El país A no es necesariamente más pobre que B; puede ser simplemente desigual y X siente que no tiene esperanzas de salir de la pobreza en A.) En B, X será un ciudadano de segunda porque no tiene su situación legalizada, pero para X ser un ciudadano de segunda en B es mejor que ser un ciudadano pobre en A. Para un ciudadano Y en B, sin embargo, X es un invasor. Si B ofrece subsidios o ayudas a sus habitantes, entonces X recibe un subsidio, lo que disminuye el subsidio que recibiría Y. Si X consigue trabajo y Y no, Y interpretará que X le quitó el trabajo. Mientras alguien puede ver a X como una persona que huye de la pobreza, alguien más (p. ej. Y) ve a X como alguien que se aprovecha del régimen en B.

Desde antes del régimen chavista, Venezuela era un país con altos subsidios a su población. Muchos bienes tales como alimentos y combustibles estaban y siguen subsidiados. Por ello la gasolina es más barata en Venezuela que en Colombia, lo cual, por un lado genera contrabando, pero por otro lado para muchos colombianos, sobre todo colombianos pobres, migrar a Venezuela era atractivo.

El contrabando, para un colombiano que quiere hacer industria, es una competencia ilegal. Hace varios años un amigo que trabaja como gerente de marca para una empresa colombiana me decía que tenía problemas para vender su producto en la Costa Atlántica porque tenía que competir con su propio producto (su propia marca) contrabandeado desde Venezuela. Venezuela compraba el producto a un menor costo y encima lo subsidiaba para vendérselo a los venezolanos. Pero ese producto más barato lo compraban también colombianos que iban luego a venderlo a Colombia a menor precio.

Contrabando

Contrabando. Tomado de El Venezolano en Costa Rica quien la atribuye a Internet.

Pero para el venezolano el contrabando de bienes hacia Colombia significa que el gobierno venezolano está subsidiando a los colombianos. Hay plata que sale de las arcas públicas de Venezuela que, en lugar de cubrir necesidades de los venezolanos, está haciendo más rico a los contrabandistas colombianos. En Colombia circulan varias fotos de supermercados venezolanso con los mostradores vacío, pero no muestran que en Cúcuta se encuentran esos productos venezolanos a la mitad del precio que el producto colombiano.

Y eso no es sólo del chavismo: eso sucedía con los gobiernos anteriores a Hugo Chávez. Tal vez la solución de fondo es que en Venezuela haya menos subsidios derivados de las ventas de petróleo y se fomente industria propia, pero eso no va a pasar en un corto plazo y menos bajo la ideología del Socialismo del Siglo XXI.

Puede que la economía venezolana esté peor que la colombiana, pero para muchos individuos en Colombia, Venezuela y la frontera eran una forma de estar mejor que quedándose en Colombia. Y eso, para muchos venezolanos, era una invasión: el colombiano que se aprovecha de los subsidios y de las cedulaciones ilegales, y demás.

Pero además sabemos que no todos los colombianos que se iban a Venezuela lo hacían para ser menos pobres allá que acá. También muchos huyeron a Venezuela porque fueron desplazados en Colombia. Porque a su tierra llegaron los guerrilleros, o los ejércitos privados mal llamados paramilitares, o terratenientes y avivatos que con jueces comprados se hacían a las tierras trabajadas por campesinos más pobres. Muchos de los colombianos en Venezuela no eran migrantes pobres sino desplazados de la violencia.

Y regresamos al contrabando. El contrabando es una empresa ilegal y por ello el contrabandista no cuenta con la protección del estado. Eso hace que el contrabandista, si tiene un problema, deba recurrir a métodos ilegales o entregarle su negocio a actores ilegales. Y de actores armados ilegales está lleno Colombia. No todo contrabandista pertenece a una banda armada ilegal, pero sin duda entre los contrabandistas hay miembros de tales bandas y tales bandas han y siguen pretendiendo sacar tajada de ese negocio.

Y está el narcotráfico, el cual también corrompe autoridades incluyendo a las autoridades venezolanas. Por ahí circula la versión de que el problema reciente comenzó por una disputa entre carteles venezolanos de narcotráfico en los que participan miembros de la Guardia Civil venezolana.

Elementos paramilitares en Venezuela

«El sector “La Invasión” servía como centro de acopio y logística de mafias y paramilitares.»
Foto: Vicepresidencia Venezuela
Contenido publicado originalmente por teleSUR

La situación es mucho más compleja que reducirla a que los colombianos deportados son paramilitares que querían deponer a Maduro, o que son pobres desplazados de la violencia que ahora son perseguidos allá por motivos políticos.

Vemos las imágenes de colombianos que cruzan el Río Táchira, y personas que no les importó cuando se fueron ahora apelan al sentimiento patrio para que nos indignemos. Y sí, es fácil indignarse por ello. Es fácil sentir nuestro orgullo herido porque nuestros compatriotas no son bienvenidos allá. Y las cámaras enfocan a un niño que cruza con su camión de juguete y quienes tenemos hijos vemos como si fuera en nuestro.

Y me parece mal ello. Cláramente el hecho fue un hecho político motivado porque Maduro no ve tan claro su próximo triunfo en las próximas elecciones, así que apela al nacionalismo. Apela a los venezolanos que temen que Colombia exporte su violencia (así hoy Venezuela tenga índices de violencia superiores a los colombianos). Apela a los venezolanos que han visto siempre a los colombianos como invasores, que no son todos pero sí los hay. Aunque Maduro está en el límite de lo legal y lo internacionalmente admisible, se está amparando en estados de excepción y está realizando sus batidas en formas sumarias y arbitrarias, para producir el mayor efecto mediático posible frente al drama de estos nuevos desplazados. Y todo esto está mal.

Pero algunos de nuestros medios y algunos de nuestros políticos apelan oportunistamente a la situación para mostrar sólo una parte: el dolor de patria. Y luego, maniquéamente culpar, más que a Maduro, a nuestro gobierno.

Las raíces de lo que pasa en Venezuela tiene raíces no sólo en acciones del gobierno de Santos, sino en los de sus predecesores, incluyendo a Álvaro Uribe, Andrés Pastrana y Ernesto Samper, quienes dejaron crecer el problema de los grupos armados ilegales en Colombia, e hicieron poco para evitar del desplazamiento interno y la emigración irregular de colombianos que huían de la pobreza o de la violencia. Poco le importó a ellos o a nosotros que tantos colombianos se fueran a Venezuela y esa es una de las razones por las cuales me repulsa ver ahora que quieran vendernos un orgullo patrio herido con la imagen de niños cruzando la frontera.

Meme golpista

Encontrado en mi feed de Facebook porque alguien a quien yo conozco está de acuerdo.

Santos y Holguín han estado haciendo lo que tienen que hacer: buscar los mecanismos bilaterales y multinacionales para minimizar la crisis y ofrecer ayuda a los colombianos que regresan deportados. Salir a hablar mal de Maduro ante los medios puede apaciguar cierto sentimiento de colombiano herido pero no hace mucho, no hace nada para solucionar la crisis, sólo serviría para radicalizar la contraparte. No podemos invadir militarmente a Venezuela para prevenir los hechos porque eso no soluciona nada y sí agrava todo. Por mucho que creamos que nuestro ejército es el mejor del mundo no logró Uribe acabar con las FARC y el ELN en 8 años, no vamos a invadir un país de 20 millones de habitantes en dos días, derrocar un gobierno y retirarnos impunes. Realmente no entiendo, los que dicen que Santos no hace nada, qué es lo que quieren que Santos haga. (Que Santos renuncie, dirán algunos, pero entonces, ¿qué es lo que esperan que el sucesor de Santos haga?)

Es maniqueo presentar todo esto bajo la luz del dolor patrio cuando esos medios, esos generadores de memes antisantistas, esos políticos, no les importa lo que le pasa a los colombianos que constantemente son desposeídos de sus terrenos y sus casas dentro de Colombia. Tres mil colombianos desalojados este año en el Cauca, tres veces los que han sido deportados de Venezuela. No, ellos no importan. Ellos no sirven para generar memes pidiendo la renuncia de Santos o mostrar al Senador Uribe con un megáfono ganando puntos en las encuestas para sus candidatos a alcaldes y gobernadores. Ellos no sirven para generar dolor patrio, comenzando porque ni siquiera los llamamos colombianos: los llamamos indígenas.

Lo que está pasando en la frontera está mal. Muy mal. Es culpa inmediata del gobierno de Nicolás Maduro y su necesidad de mantenerse relevante dentro de una Venezuela en crisis. Y es culpa también de nuestros gobiernos, incluídos el pasado y el actual, así como los gobiernos de Venezuela, por haber permitido que esa situación compleja se diera en primer lugar.

Pero no me pidan que me una a un discurso patriotero que apela a sentimientos manipulados.

Por los próximos cuatro años

Mi primera reacción el pasado domingo 25 de mayo, cerca de las cuatro y veinticinco de la tarde cuando ya habían publicado el boletín #4 de la registraduría con el preconteo de más del 10% de las mesas y ya era clara la situación, es que no había una verdadera alternativa para la segunda vuelta. El opositor de derecha Óscar Iván Zuluaga Escobar y el presidente en ejercicio Juan Manuel Santos Calderón encabezaban la votación y los siguientes boletines lo fueron confirmando. Zuluaga con casi un 30% de los votos y Santos con poco más del 25% pasarán a votación en segunda vuelta.

No soy antiuribista, pero el uribismo no me gusta. No soy antiuribista porque no me defino en oposición a Álvaro Uribe Vélez y su doctrina y legado. Reconozco logros en su administración. Reconozco la oportunidad histórica de su mandato. Dependiendo de la coyuntura política no vería problema alguno en darle mi voto a Uribe frente a alternativas menos deseables. O en darle mi voto a un candidato uribista. Por ello mismo no tuve una reacción inmediata a que hay que votar por Santos para atajar a Zuluaga. No es mi razón de ser política, ni mucho menos, atajar al uribismo.

Pero hay cosas de la campaña uribista que no me han gustado como las mentiras sistemáticas en contra del gobierno y del proceso de paz de La Habana. No es que yo crea en el proceso de paz en La Habana. Ya antes me había expresado en que no creo que el gobierno de Santos sea el interlocutor ideal de parte de la ciudadanía y la institucionalidad colombiana. Pero una cosa es expresar opiniones, opiniones informadas y hechos basados en evidencia y otra muy distinta es armar hombres de paja y hacer insinuaciones francamente mentirosas como decir que Santos y Timochenco están entregando el país al Castro-chavismo, o jugar a ser la víctima de una conspiración del gobierno que tiene las mismas evidencias que las armas químicas que Bush encontró en Irak.

La satanización de la oposición durante el gobierno de Uribe es otro punto al que, como pirata, me opongo. No he estudiado a fondo las propuestas de Zuluaga, pero el estilo de campaña desarrollado por Uribe y otros de sus escuderos me hacen ver que esto es aún peor que durante su gobierno. El sistemático desconocimiento de la institucionalidad tales como no presentar pruebas a la Fiscalía de las acusaciones presentadas en contra del gobierno o anunciar que se desconocerán las elecciones por fraude del gobierno aun antes de que estas se celebrasen (hablo de la campaña, porque Zuluaga declaró en los debates que sí reconocería los resultados). La promesa de levantar la mesa de negociación en La Habana o de condicionarla a requerimientos que se sabe que las FARC no van a aceptar es otro asunto que juega en contra de Zuluaga y su campaña del uribista y derechista Centro Democrático.

Todas esas son cosas que cuentan para que no me sienta a gusto dándole mi voto a Óscar Iván Zuluaga Escobar, candidato de Centro Democrático.

Por otro lado está el candidato de gobierno, el actual presidente Juan Manuel Santos Calderón. Como con todo gobierno que conozco, Santos ha tenido aciertos y fracasos. Hay actuaciones con las que he estado de acuerdo y actuaciones en las que estoy en franco desacuerdo. Pero, en mi opinión, pesan más los desaciertos que sus logros y, particularmente, que lo que escogió como bandera de su reelección.

Santos tiene un modelo de país en su cabeza y, en muchos aspectos, comparto esa visión. Pero tiene un gran problema de fondo de creer que ese país lo va a lograr a punta de acuerdos y de quedar bien con todo el mundo porque por ese camino lo que logra es prostituir su modelo y quedar mal con todos. Logró mayorías en el congreso en lo que se conoció como la aplanadora: una pieza de maquinaria que le permitía pasar casi todos sus proyectos pero que requiere un mantenimiento enorme; lo que siempre se conoció como aceitada pero que pasó a llamarse la mermelada.

Esa forma de hacer política no es nueva de Santos. Uribe la practicó y por ello suena irónico cuando la campaña del Centro Democrático esgrime a la mermelada como estrategia anti-Santos. Sonaría irónico si no es porque los uribistas lo creen. Y Uribe practicó ese método con Zuluaga de Ministro de Hacienda. Y antes de Uribe, lo usó Pastrana, y Samper, y Gaviria, y los gobiernos anteriores a la constitución de 1991 cuando se reconocían legalmente los así llamados auxilios parlamentarios.

Y sí, Santos ha usado el presupuesto de la nación, tramitado por los congresistas, para que estos dispongan de obras para sus regiones a cambio de pasar proyectos de ley. Juan Manuel Santos ha sistemáticamente criado una clase política que actúe en masa y, aun con ello, ha sido incapaz de lograr reformas claves como la reforma a la Salud, la reforma a la Justicia y la reforma a la Educación porque en su afán de afinar su maquinaria dejó por fuera al ciudadano de a pie, a las personas que reciben la salud, la justicia y la educación y a los profesionales que las aplican.

La implementación del tratado de libre comercio con los EE.UU., negociado durante la administración de Álvaro Uribe, trajo imposiciones sobre propiedad intelectual que favorecen al gran capital estadounidense, mismo gran capital contra el que se alzó el movimiento Occupy Wall Street, y no a los productores locales de semillas o de contenidos digitales, entre otras.

Yo creo en el libre mercado, pero creo que el libre mercado debe ser libre tanto para el gran productor como para el pequeño productor y debe ser libre para el gran consumidor y para el pequeño consumidor. Un libre mercado enfocado a favorecer al gran productor sobre el pequeño consumidor es una perversión del modelo y ahí encuentro diferencias fundamentales entre lo que propone Juan Manuel Santos y lo que yo creo. (Por cierto: una evidencia más de que Santos no es castro-chavista.) La tardanza en implementar sistemas de protección al medio ambiente frente a prácticas predatorias legales (e, incluso, frente a las ilegales), hacen que Santos esté lejos de ser el presidente que quiero gobernando a mi país por cuatro años más.

Y está el tema de la paz. Por un lado se supone que Santos pretendió armar eso como un asunto de estado, no de gobierno, pero luego, pareciera que su único caballo de batalla, su única propuesta para ser reelecto, era que él, Juan Manuel Santos, era el candidato de la paz. Claramente esto era un diferenciador frente a Zuluaga y el uribismo que prometían levantar la mesa de negociación en La Habana, pero los demás candidatos apoyaban plenamente o con reservas, las conversaciones con las FARC fueron así sistemáticamente ignorados.

Mi desilusión viene de antes. De los cinco candidatos que se enfrentaron en primera vuelta todos tenían sus peros. Ninguno lograba enamorar con sus propuestas o su carisma. La candidata conservadora Marta Lucía Ramírez me pareció que representaba a una derecha más seria, pero igual estaba demasiado a la derecha para mi gusto en temas sociales. Si hay alguien a quien creo rescatable en estos momentos en el Polo Democrático es, precisamente, a su candidata Clara López. Pero no veo al Polo, todavía, con la paciencia y liderazgo de Michelle Bachelet, Lula da Silva o Dilma Rouseff, para llevar su visión dentro de un cause democrático y dentro una economía de mercado. En Enrique Peñalosa veo una coherencia en su visión de país, empañada por una serie de saltos y piruetas en su forma de hacer política. Finalmente voté por Peñalosa por el tipo de personas que lo estaban apoyando en esta última etapa, pero tanto López como Ramírez eran para mí una mucho mejor opción para darle mi voto en segunda vuelta que Santos o Zuluaga.

Pero ni Peñalosa, ni López, ni Ramírez lograron llegar a la segunda vuelta.

Mi primera reacción fue que quedaron justamente los dos por los cuales yo no votaría; y dentro de este escenario contemplé abstenerme a votar en segunda vuelta, o esa abstención velada que es ir a la urna a anular el voto. Recuerdo que en 1998 me pasó eso mismo: no confiaba ni en Horacio Serpa ni en Andrés Pastrana y consideré seriamente anular mi voto, pero una vez en el cubículo de votación marqué sólo la casilla de Pastrana y deposité ese voto así.

Esa fue mi sensación durante el resto del domingo y el lunes.

El lunes, adicionalmente, sentí en redes sociales esa sensación de que me obligaban moralmente a votar por Santos para atajar a Uribe. Muchos a querer disfrazar o justificar su voto por Santos como un voto por la Paz. Dentro de mi duelo de no tener una buena opción para votar el 15 de junio próximo, me resentí a ese tipo de manipulación. Particularmente porque ni soy antiuribista, ni creo que Santos sea la Paz.

Pero, la verdad, las elecciones de segunda vuelta presidencial no se tratan de buscar un candidato por el que sí votarías, ni escoger entre el menos malo. Se trata de terminar de definir lo que no se definió en la primera vuelta presidencial.

En la primera vuelta presidencial ya se decidió que el próximo presidente de Colombia será una persona de tendencia económica neoliberal pro-gran-capital y comprometido a lograr la gobernabilidad comprando al congreso. Eso ya no está en juego y en mi opinión es un error si el Polo Democrático o la Alianza Verde pretenden lograr acuerdos programáticos con la campaña de Juan Manuel Santos a cambio de su voto. Lo peor que puede pasar es que Santos gane la segunda vuelta a costa de comprometerse con el Polo, con la Alianza Verde, con los conservadores de Marta Lucía Ramírez, con los congresistas mermelados, con Dios y con el Diablo y que ante una alianza tan disímil sea incapaz de cumplir cualquier cosa.

Esta segunda vuelta es para decidir, entre lo que ya se decidió, cuales puntos diferenciadores son los que deberían primar en el gobierno de los próximos cuatro años.

Y no votar, o anular el voto, es siempre una opción en una democracia libre.

Hoy me inclino por Juan Manuel Santos porque lo que no me ha gustado de Uribe y su campaña pesa más que lo que no me ha gustado de Santos. Porque prefiero un país donde haya paros y no uno donde la gente esté asustada de protestar contra el gobierno (y uds. ya saben que no me gustan los paros). Porque prefiero que se queme la posibilidad de una negociación de Paz en La Habana a, simplemente, levantarse de la mesa.

Pero dije: “Uribe y su campaña” pero el candidato presidencial no es Álvaro Uribe Vélez: el candidato es Óscar Iván Zuluaga Escobar. No he conocido a Zuluaga lo suficiente para realmente sentir cómo es él como persona o como futuro presidente. Si Zuluaga no es más que un títere de Uribe lo veo como una mala cosa porque sería un fusible, una oportunidad del uribismo de ser más radical aún de lo que fue porque al títere lo pueden quemar. Pero sospecho que Zuluaga no es un títere. Podría ser alguien aún más sectario que el expresidente y senador electo Uribe, alguien como Fernando Londoño Hoyos; o un clon ideológico como Andrés Felipe Arias; o podría ser, lo que creo más probable, una persona con criterio propio para tomar sus propias decisiones por fuera de la doctrina. Sospecho que Zuluaga puede ser esto último y, en ese caso, podría ver a Zuluaga como una mejor opción que Santos.

Hablo de una mejor opción no porque me sea ideológicamente afín. Ya perdí en la primera vuelta la posibilidad de tener un presidente ideológicamente afín. Sino una mejor opción de tener en el Palacio de Nariño, por los próximos cuatro años, un presidente que permita unas reglas de juego donde prime la discusión de qué es mejor para el país y no la discusión de quién gana.

Pero no conozco a Zuluaga lo suficiente, y dentro de lo que sí conozco me quedo con Santos sobre Uribe.

#antesdeuribe Santos ya era Santos

Siento que mis amigos más uribistas, así como a mucha de las personas que leo en Twitter y otros foros, consideran votar por Juan Manuel Santos como la única forma de preservar el legado de Álvaro Uribe Vélez y de continuar su obra.  Finalmente ese es el posicionamiento que Santos ha querido dar a su campaña (antes y después del cambio de imagen).

Este post no va para mis amigos de la Ola Verde.  Ni para mis amigos del Polo; o quienes permanecen con el trapo rojo o azul, o que piensan en Pardo o Sanín a pesar del trapo rojo o azul.  Mucho menos para los seguidores de Germán Vargas Lleras.  Este artículo ni siquiera va para los seguidores de Juan Manuel Santos que creen en Santos por ser Santos y no por ser el candidato del uribismo.

Juan Manuel Santos apareció en mi radar cuando era Primer Designado (título que después sería reemplazado por el de Vicepresidente) durante el gobierno de César Gaviria Trujillo, presidente liberal.  Lo recuerdo en una caricatura de Osuna cuyos detalles son irrelevantes en este momento. Continue reading